jueves, 29 de diciembre de 2011

...Y se armó el belén (capítulo sexto)



( En la foto,de izquierda a derecha, de pie:
Serrano de Pablo/ Alcaraz/ Rodriguez/ Alonso/ Resines/ Domínguez/ Torres Rojas
agachados:
Viada/ Galindo/ Rumeu/ Enciso/ Ruiz/ De Diego

EN UN PATIO DEL COLEGIO DE EL PILAR DE MADRID,DENTRO DE UN EDIFICIO NEO-GÓTICO REMATADO DE CRESTERÍAS,GABLETES, GÁRGOLAS Y PINÁCULOS, JUGÁBAMOS AL FÚTBOL ¡CON CORBATA! ... Y MENOS MAL QUE LA CAMISETA NO ERA BLANCA...)

La mañana de aquella noche, la más oriental, jugué un partido de fútbol en el patio del colegio, que no es particular porque ¡cuando llueve se moja, como los demás!

La cena de Nochebuena es entrañable. Los viejos lloran por sus muertos y se atracan de gallina en pepitoria y de besugo, de turrones y de figuritas de mazapán y alfajores, alfandoques, roscos de anís, mantecados, polvorones, batatines, yemas y demás dulces, de esos que no amargan a ningún tonto. Comoquiera que mis mayores, tanto por parte de padre como de madre, son de provincias, de allá llegaban unas inmensas alcuzas de aceite, así como pavos vivos en serones de esparto cosidos con arpillera, de manera que los animales respiraran cabeza afuera. También reforzaban nuestra despensa, de cara a los rigores del invierno, unas grandes orzas de barro llenas de lomos de cerdo adobados con pimentón colorao y clavo y bien enterrados en manteca del propio animal.


( foto Santos Yubero )

El empacho del ágape de Nochebuena y su correspondiente cagalera no eran de cuidado, pues se curaban a base de chocolate de algarroba y de agua con limón y bicarbonato. Además... ¡qué más daba si todavía quedaban días y días hasta que, pasado Reyes, hubiera que reingresar en el calabozo escolar!

Me viene ahora a los puntos de la pluma que la vida es tal que así: naces, vas al colegio, te licencias de la mili cual hombre de provecho, te arregostas a trabajar cuarenta años en una jodida oficina y ¡venga alegría!, al jubileo de visitar médicos para ver en cuántas estrellitas se pasan de la raya tus niveles de ácido úrico, colesterol o triglicéridos. A propósito, a ver si los galenos paran ya de bajar el límite para aprobar el examen del colesterol. Hace años pasabas la prueba con 260, luego exigieron 240, ahora van por 220 y... malicio que para el próximo análisis o te presentas con menos de 200 o te catean y te castigan a tomar estatina.

La noche de Reyes era la única ocasión en que se quebraba, dentro de un orden, la austeridad requerida por la escasez de aquellos cutres años y por la circunstancia de ser tantísimos hermanos, que daba derecho a carnet de familia numerosa de primera categoría. Habían quedado atrás, eso sí, las cartillas de racionamiento, aunque no los productos de estraperlo. ¡Lo tengo rubio! decía una estraperlista de la Gran Vía cuando pasaba un señorito. Se refería a los cigarrillos americanos de contrabando y sin filtro. Camel, Chesterfield, Lucky Strike o Pall Mall.

En el salón grande, cada miembro de la familia, servicio incluido, ponía su mejor par de zapatos debajo de tresillos, sofás, mesas, bargueños, vitrinas, tibores, cubrerradiadores y demás armatostes susceptibles de albergar regalos, presentes y liberalidades. Para mi mente aún infantil pero ya, ¡ay!, cartesiana, la prueba de que los regalos eran traídos por los Reyes Magos y no por los padres se basaba en la presunción económica de que la suma de todo aquel lujo bizantino que se nos ofrecía donosamente no podía salir de los ahorros familiares ¡angelito de mí!

En contra de tan mágico origen jugaba el razonamiento, también racionalista, de que los Reyes de Oriente y su comitiva no tenían tiempo en una sola noche de abastecer a todos y cada uno de los niños de la católica España. Ni aun excluyendo de tal donación a los niños pobres y huérfanos me salían las cuentas. Ni tan siquiera descontando a los chaveas de padres protestantes, comunistas, republicanos, judíos y masones.


( foto Santos Yubero )

Con todo y con eso ganaba Oriente, pues mi corazón sabía que la fantasía y la poesía vienen de allá y que de Occidente no se debe esperar más que prosa prosaica y especulaciones, silogismos y otras pendejadas . Cuanto más insistían mis camaradas de clase en que los Reyes eran los padres, menos me lo creía yo. Una leyenda conmueve. La Historia, con mayúscula, tiene buena imagen, buen cartel, pero... no me fío de ella y me deja frío como agua del río. La poesía puede y debe transgredir todas las normas. La Historia, por contra, sólo debe ser fiel a la ley de la muerte, único dato incontrovertible. Tengo para mí que los Reyes Magos simbolizan, en su diversidad y exotismo, al mundo todo. Pioneros de la convivencia de razas y civilizaciones, de que se lleven bien las tres culturas, ¡qué carallo! Difícil será que hagan las paces las tres religiones monoteístas, porque cada una de ellas cree ser la única entera y verdadera. ¡Qué le vamos a hacer!

miércoles, 21 de diciembre de 2011

...Y se armó el belén (capítulo quinto)



En la grisura de aquellos tiempos antiguos y étnicos no siempre había agua corriente, ni caliente, ni constante, ni al instante. La hornilla de carbón de la cocina calentaba el agua de un depósito encima de ella colocado. Muchos y muchos metros de pasillo desde allá hasta la bañera. Tuberías de plomo o de hierro, que no de cobre. La alcachofa de la ducha cegada por la cal del agua. Cortes de agua. Restricciones de posguerra. Una tardenoche pregunté:

- ¿Por qué sale agua marrón del lavabo?

- Son las obras del Canal de Isabel dos palitos, respondió la yaya.

Así llamaba mi aña a Dª Isabel II. Se conoce que los naturales de Ventas con Peña Aguilera no saben de números romanos, ni falta que les hace. La yaya Sagrario utilizaba un argumento inapelable y contundente para obligarte a llevar la ropa interior siempre limpia:

- ¿Llevas puesta la muda que coloqué anoche al pie de tu cama? ¿Y si te pasa cualquier cosa en la calle?

Me gustaba cuando balaba la ovejita ¡¡beeee!! y yo le contestaba ¡¡baaa!! En suma, lo que pudiéramos considerar como una inteligente conversación. Me sabía a musiquilla celestial ese dulce balar. Todavía lo echo de menos. Mi ovejita y yo éramos niños limpios que olíamos a rosas del campo. Su lanilla era más suave que el vello de una cabra de Cachemira.

Oía yo rezongar al cuerpo de casa sobre mis costumbres y aficiones, murmullos que arreciaban cuando la oveja dejaba sus cagarrutas en el pasillo o donde le diera la real gana. El mayor disgusto de mi infantil infancia me lo propinó mi padre cuando decidió, en la octava de Reyes, que ya estaba bien de contemplaciones y de pamplinas y que la oveja fuera enviada por Auto-Transportes Andalucía al convento de las monjas clarisas capuchinas de San Antón, en Granada capital ¡A saber en qué asiento me la acomodaron para aquel viaje sin retorno! ¡Pobretica!


( foto tomada por el autor )

Llegado que fue el verano siguiente, nada más desembarcar en Los Cipreses, en la vega de Granada, decidí ir a casa de las monjitas por ver de abrazar a mi lucerita, a quien había puesto de nombre Guillermo, por cariño al proscrito personaje de Richmal Crompton. Infeliz de mí, no daba importancia a los caracteres diferenciales de una oveja macho respecto de los de una hembra y parece que en mi casa tampoco eran duchos en ese arte. Oséase, que podía ser Guillermina. Ya he contado que en mi familia las cosas del sexo no se explicaban porque eran pecado. Y los pecados no tienen explicación, teologías aparte.

Con tata Mariana agarré un tranvía en la parada del Cerrillo de Maracena y, después de trasbordar en la avenida de Calvo Sotelo, me plantifiqué en la calle Recogidas para dar un beso en los morros a mi Guillermina. Con la recta intención, eso sí, de preguntar luego por tía Emilia, conocida en religión como Sor Emilia de Granada.

Esto último me daba cierta fatiga porque, como era monja de clausura, de las fetén cinco estrellas, las visitas se perpetraban en una salita encalada, donde había una oquedad guarnecida con tres o cuatro barreras de rejas, la última de las cuales, esto es, la más cercana al visitante, tenía unos pinchos de tamaño natural. No estoy tuerto hoy en día porque, prudente de mí, cubría con un pañuelo de hilo egipcio el pincho más cercano al ojo que mantenía abierto. El otro ojo quedaba cerrado y sin luz hasta bien terminada la visita. Sale mejor comprometer un cincuenta por ciento de tus capacidades, antes bien que el cien por cien. 

Mi tía era bajita, es decir, enana, lo que dificultaba aún más su reconocimiento sin ningún sistema de ayuda técnica para la navegación. Sor Emilia debía tener su guasa, pues una tarde, entre un ora pro nobis y un miserere nobis, preguntó a mi madre si yo era tuerto de nacimiento o sobrevenido.

Total que hoy es el día, cuarenta años después del asesinato antropofágico de mi Guillermina, en que no he conseguido que nadie de la familia cante la gallina. Digo yo si será cosa de la ley de la “omertá”, como en la mafia. Pero a mí nadie me la da con queso, pues sé muy bien cuántas púas tiene un peine. Sostengo que la oveja fue engordada por las monjitas, quienes se la jamaron tal que el día del santo de la madre abadesa. Si alguien tiene prueba en contrario, que la aporte ahora o calle para siempre. ¡Anda que no le dieron matarile! ¡Mucho voto de pobreza, castidad y obediencia y qué falta de consideración con un niño de la infancia!

viernes, 16 de diciembre de 2011

...Y se armó el belén (capítulo cuarto)



( foto Irving Penn )

Vuelvo al nacimiento, que me pongo a escribir y me salen más recuerdos que pensamientos. Pintar de rojo la bombilla que va situada detrás del portalejo para que la luz difunda calor de hogar era tarea delicada. Cinco minutos de bombilla encendida bastaban para que aquello oliera a chamusquina, con grave riesgo de que las montañas de auténtico corcho de alcornoque, el serrín del desierto y el musgo que a los tres días estaba más tieso que la pata de Perico, ardieran en llamas de fatales consecuencias en un edificio cuyas vigas eran de madera. ¡Pa’ habernos matao!

Nuestro inmueble no sufrió fuego incendiario ni explotó aquel trozo de decorado de Palestina, pero mis dedos pulgares y sus vecinos tienen sus huellas deformadas por las quemaduras que me hice tratando de desenroscar la lamparita Osram de 40w, sin paciencia suficiente para que se enfriase, que no tenía interruptor.
Cuando ya de mayor fui espía triple, a saber, para el Eje, para los Aliados y para la difunta URSS, me salvé en varias ocasiones de ser descubierto y fusilado al amanecer gracias a las irregularidades que presentan mis huellas dactilares. Y ello porque los dibujos de la piel de mis dedos son volubles. Como las damas. Mutables.
Aquella Navidad, o la siguiente, me empeñé en subir a casa una ovejita viva. Para que viese un belén instalado en todo su esplendor. Pensaba yo que a la oveja le gustaría conocer los campos de Galilea, de Samaria y de Judea, representados en época en que no daban tanto el coñazo unos y otros. O eso es lo que uno, en su cándida ignorancia, se suponía.

Más tarde, espiando para el Mossad, me enteré de que ya en tiempos de Pilatos andaban tirándose unos y otros de los pelos, pero yo a la sazón no lo sabía. Si lo sé, voy y localizo los exteriores del nacimiento en Murcia, que es región bien hermosa y tiene de todo. Montañas altas, desiertos bravos, huerta feraz y un mar de miniatura, cual menuda alga brillante y plateada de sal.

Nuestro castillo de Herodes era un puro despropósito, porque mi hermana pequeña se empeñó en poner uno tan grande que deshacía toda la armonía y proporciones del conjunto. A mí me parecía una burrada dar tanto protagonismo a un señor “malafollá”, que había mandado degollar a no sé cuántos niños santos e inocentes. Nunca entendí qué narices tienen que ver los artículos de bromas y piñatas, que ahora venden los chinos del todo a cien, con la conmemoración del holocausto con esas pobrecitas criaturas, seguramente carne del Limbo.

La ovejita lucera tenía carita de azucena y provenía de un rebaño que pasaba por nuestra calle, de Pascuas a Ramos, porque mi querida calle era, y sigue siendo, una cañada o servidumbre de paso para ganado. Recolecté de entre los hermanos veinticinco pesetas, que cambié a la señá Casilda, la panadera, para juntarlas en un hermoso billetito de los de color morado. Esperé a que pasara el rebaño, que lo hizo un jueves, y metí al pastor en su zurrón la tela marinera del ala y ¡hala! para mí la ovejita.

Encaramé al corderito en mis hombros y trepé por la escalera de servicio, pues me dio por barruntar que en el montacargas igual se mareaba la criatura. Soy muy considerado con la cosa de los mareos por padecer de ellos. Tanto en coche, como en tranvía, avión o tren. Tengo el mal de mar hasta en la bañera, cuando me capuzo para enjuagarme el pelo, que en aquellos heroicos tiempos lavaba con champú de brea de marca Sindo. Era un mejunje laborioso de aplicar tanto por ir en unos sobrecitos que debían ser cortados por los extremos, como por picar en los ojos más que enchilada en mucosa gástrica.

La ovejita se aclimató bien a la casa y gustaba de mirar conmigo el belencico, aunque prefería mamar de la tetina de unos riquísimos biberones que yo le preparaba, a base de Pelargón y leche de la Granja Poch. Para mí que el animalillo creía que yo era su mamá, sobre todo porque le metía a dormir conmigo debajo de las sábanas y me bañaba con él en la bañera grande, para no desperdiciar el agua caliente, que entonces era un bien muy preciado por escaso.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

...Y se armó el belén (capítulo tercero)



El río cuyos meandros serpenteaban a lo largo de todo el tablero se hacía con papel de plata, pues aún no existía el papel Albal. Quiere decirse que el agua argenta provenía de las tabletas de chocolate Tárraga, Elgorriaga o Nogueroles y llevaba adherencias de cacao y algarroba, que es fruto del algarrobo cuya vaina y semillas machacadas se mezclaban por entonces con el cacao para que cundiera el chocolate. Quizás fuera no tanto por escasez, sino por cuidar de nuestras colitis infantiles, tan abundantes antaño. La algarroba o garrofa es legumbre cuyos taninos son potente remedio antidiarreico. Mano de santo, como quien dice, oiga.

Atrás cito varias marcas comerciales de aquellos años del cuplé. Las marcas son, como las instituciones, inestables. Las de prestigio aguantan años y años y ahí están Kodak, Gillette, Coca Cola, Cola Cao, Danone y muchas otras. Pero ya no hay camisas Tervilor, estufas Super Ser o televisores Marconi. Tampoco chicle Bazoka ni los aromáticos caramelos SACI, fabricados éstos por Gª Hnos. (Jijona).

Parte del pluriempleo de mi padre consistía en trabajar para la Agrupación Nacional de Fabricantes de Chocolate, lo que nos aseguraba el suministro de alimento tan fundamental para merendar en el cine Colón o en el Príncipe Alfonso. Un plátano, una onza de chocolate y un bollo suizo por barba daban para ver, sin rechistar, dos películas seguidas, que los programas eran dobles y en sesión continua. La que se llamaba “Flecha rota” me gustaba mucho y la vi cuantas veces soportaron los hermanos. A la yaya como que le daba igual, pues para llorar sirve cualquier peli, salvo las que ahora se hacen con efectos virtuales de ordenador, y portan mensajes tan sutiles y elaborados que no capto bien. Entiendo mejor a Bergman, a Antonioni, a Godard o a Win Winders que a los cineastas que englobo en el “clan de los rompehuesos o del sonido del trueno”, aunque me esté mal el comparar.




La secuencia que más me gustaba, y que formaba parte de una película de castillos y justas medievales, era la de un mozalbete, de alias “El Príncipe Valiente”, quien huía de los malos arrojándose desde una fortaleza al agua que la circundaba. Aguantaba sumergido en el fondo de la laguna durante varios minutos, hasta que los ballesteros que le perseguían se cansaban. Respiraba por el procedimiento de cortar con su machete un tallo de caña o junco o lo que fuera y asomar un extremo por la superficie, a manera de moderno tubo de bucear, pero en más largo. El príncipe melenudo se pegaba una panzá de minutos bajo el agua, cual delfín del Medievo.



Aquella Navidad soñé que me bañaba en el mar con un delfín.

Este último verano se ha realizado, al fin, mi sueño premonitorio. He tocado el lomo y la panza de un delfín preciosísimo. En la playa de las dunas me avisaron a sol puesto que había aparecido un delfín joven cerca de la orilla. Cercanía relativa, y más si el océano está de marea alta y son casi las diez de la noche.

Llegué a él como pude y con ayuda de Thérèse, mi joven y fuerte nereida. De pronto, el agua abierta del océano se vuelve círculo de agua cerrada, para el delfín y para mí. Mide mucho más que yo. Su piel, que acaricio a su gusto, tiene tacto de poliuretano terso pero rugoso a la vez. Se voltea de panza y me la ofrece. El lomo es de color antracita y la tripa gris azul. Le toco. Cierra los ojos. Ya no hay ni pizca de luz. Nado con él, porque él quiere y hacia donde quiere.

Siento no tomar una copa con mi adolescente cetáceo. Es apuesto y gentil, y yo le contaría cosas de los humanos, que también somos mamíferos. Él me hablaría de sus cadenas de tribu, pues viven en familia, como nosotros y los orangutanes. ¡Suerte, querido delfín! Si te vuelvo a ver, te regalo mi piscina y una cartilla de ahorro.


lunes, 28 de noviembre de 2011

Y se armó el belén para la noche más oriental II



(con mis hermanos mayores)


Capítulo segundo


El montaje del nacimiento coincidía con el mismísimo día  veintidós de diciembre, cuando salía el gordo de la Lotería, premio que nunca cayó en casa, aunque mi padre murió convencido de que algún año nos tocaría. Pensaba que para ello era menester comprar un número completo, con todas sus series. Nunca lo hizo al considerarlo gasto excesivo. Por eso no le cayó el premio gordo. Por no asumir el riesgo de tan elevada inversión. Así aprendí que no hay beneficio sin riesgo. Es la base de la economía capitalista, para bien o para mal, que yo no termino de ver las dulces perfecciones del mercado regido por la codicia en estado puro ¡Así nos va!

Instalar el tablero de madera sobre el armazón de caballetes que lo sostenía, ir a la Plaza Mayor a comprar musgo fresco y a reponer alguna figurita descabezada, coja o manca, era rutina bien entretenida, bonita y barata. Los muñequitos eran de barro y sus extremidades estaban aseguradas con unos alambritos que hacían de tibias y peronés, si de piernas se trataba, o de húmero, cúbito y radio, si de brazos hablamos. Ahora las efigies son más feas que Picio, de plástico las baratas y de porcelana de Lladró las caras, que no sé qué cosa es peor.

Miga tenía pegar estrellas doradas en el papel azul de forrar libros que remedaba la cúpula celeste, mientras los mayores se empeñaban en que los más renacuajos no metiéramos mano en el tubo de pegamento (ya saben, “para remedio, pegamento Imedio”), bajo la especie calumniosa de que poníamos todo pringando, como si ellos fueran espíritus puros. En la radio Inter, que tenía ojo mágico y todo, y que estaba plantificada en lo más alto del cuarto de estar, Rafael Medina cantaba “En los jardines de Granada” y Carmen Miranda el “Tico Tico”. ¡Ahí es nada!

El azul violeta de ese papel forralibros es también el color de la tanzanita, la piedra preciosa que vela por la tribu de los Massai, que viven en Kenia. Distinto azul es el de la turquesa iraní, piedra semipreciosa que aleja el mal de ojo. Del turbante de un rey mago cayó, aquella noche encantada, una gran turquesa, perfecta de color y sin impureza alguna. Encontré la piedra inspeccionando los restos del refrigerio que SSMM se habían dignado catar. A nadie confié mi precioso hallazgo, que siempre llevo encima en una pequeña faltriquera de malla de algodón del Eúfrates. Me ha librado de más de un hechizo. Tanzanita no he conseguido, pero estoy en ello. Echen ustedes a volar la voz a ver si me cae una de tales piedras, que estoy seguro que no me dejará mentir.



( Cola ante una Admón. de Loterías. Tomé la foto hoy en Madrid)

jueves, 24 de noviembre de 2011

...Y se armó el belén para la noche más oriental




En mi familia la Navidad comenzaba tal que el día 22 de diciembre, justamente a la hora en que los huérfanos del colegio de San Ildefonso principiaban a desgranar la letanía del rosario de premios y pedreas de la Lotería Nacional de España, patria que los franquistas calificaban como "Una, Grande y Libre" ¡Qué exageraciones!

Esa mañanita todos los hermanos, bien perfumados con agua de colonia Álvarez Gómez, subíamos a la azotea de la buhardilla para la resurrección anual de las figuras del belén. El portal con su Niño Jesús en el pesebre, la Virgen María y San José, el buey, la mula, la anunciación a los pastores y sus ovejas, las lavanderas, los Reyes Magos con sus camellos o dromedarios, que sigo sin saber qué eran, y los pajes; el ángel, la estrella que guía, las palmeras, el corral con las gallinas, Herodes y su castillo. Y esto y lo otro y aquello y lo de más allá.

Desde los patios de vecindad y desde los talleres de corte y confección subían al cielo las canciones de Jorge Sepúlveda, como “Mirando al mar”, de Chelo Villarreal, como “La raspa”, o de los Lecuona Cuban Boys y su “Conga de Jaruco”, que todo el mundo creía “de Jalisco”. Tampoco eran mancas la “Lisboa Antigua” de Issa Pereira y la “Niña Isabel” de Luisita Calle. “Niña Isabel ten cuidado, donde hay pasión hay pecado...”, cantaba la Luisita en defensa del amor aburguesado.

Un niño de mi clase, que era gordo y comía pollo todos los días en lugar de tan solo los domingos, como los restantes chaveas de la clase, tenía otra clase de belén, con movimiento mecánico a cuerda y musiquilla de timbre metálico, que sonaba como la de las cajitas esas que venden en Suiza, pero a los acordes del Gloria in excelsis Deo. Para mí que el gordezuelo era más tonto que un hilo de uvas.

Me dicen que el asunto de los presentes y regalamientos navideños en un principio fue oficio de personajes paganos como la bruja buena llamada Befana y los ancianos, borrachines y tiernos, conocidos como Berchta y Knecht Ruprecht. Así es fama, pero a mí que me registren, que mis regalos me los traían los Reyes de Oriente, como tiene que ser.




sábado, 5 de noviembre de 2011

Error tras error



(ilustración de Ikenaga Yasunari)

"Conocer a alguien es una empresa complicada y
peligrosa cuyos resultados suelen ser bastante pobres."
Sándor Márai


Anteanoche, vacía ya la segunda botella de Ruinart brut, ella, alterada y desnuda, me dijo:

-La gente y tú mismo ¿cómo vais a funcionar de esa manera? ¡Tenéis dotaciones distintas, pero todo el mundo comete el mismo error! ¡Compleméntate, no te desunas!

No entendí el sentido cabal de su frase, pero sí su importancia. Me incorporé de la cama, anoté en mi blog con rigor dactilográfico la femenina sentencia y me dormí con la seguridad de que, habiendo cometido en mi vida multitud de errores sentimentales, ninguno era comparable al de ahora.

A la siguiente anochecida, mientras se desvestía sin erotismo, me dio una muy valiosa clave:

-Te equivocas, siempre, con nosotras. Es erróneo fingir amor por una mujer cuando ella espera mucho menos de ti.

Resulta que, si a la postre voy entendiendo algo de ellas, cuando una mujer inteligente y bella se siente amada por un hombre, comienza a angustiarse un poco, pues piensa:

-¿Qué querrá de mi este alma de cántaro? Liberal por fuera, Otelo por dentro.

miércoles, 26 de octubre de 2011

El Caballero de las Letras


"De su dulzura al albor" - Manuel Maria Torres Rojas el "Caballero de las Letras" en Globatium



26/10/2011 01:49:11 l Cultura
"De su dulzura al albor" - Manuel Ma.Torres R.
mery larrinua Encuentros Literarios Intl.
Es para E.L.I.L.U.C. Encuentros Literarios Internacionales "Luz del Corazón" un placer compartir "De su dulzura al albor" del poeta español Manuel Maria Torres Rojas, el "Caballero de las Letras" mery larrinua directora
www.luzdelcorazon-mlarrinua.blogspot.com...
"De su dulzura al albor" - Manuel Ma.Torres R.
mery larrinua Encuentros Literarios Intl.



(versos de Manuel María Torres Rojas)


Al borde de la alborada,
después de arder en amor,
se alzó la voz de la niña,
antes de nacer el sol.

Entre rúbricas de espuma,
la flor del agua en su vientre
y en los restos de mi ardor,
cantaba la madre niña,
de su dulzura, al albor.
Su lozano canturreo,
de rumorosa melodía,
ensanchó, de amanecida,
el mustio otoño del alma,
del silencio, y de mi casa.

¡Bendita sea tu belleza y
eternamente lo sea,
en tu transparente cuerpo,
lucero de mi mañana!

casadecitasliterarias.blogspot.com
(fotos de Masao Yamamoto)


Haz clic en: 

http://www.globatium.com/index.php?nota=3857

martes, 18 de octubre de 2011

Al hilo dignifica la hermosura



(…) Al hilo dignifica la hermosura,
dulcemente inmadura,
del tendido durmiente,
porque en dieciséis años 
no ha habido tiempo aún para los daños 
de tiempo cruel o práctica natura, 
que sacrifica el arte a la simiente; 
en el cuerpo yacente 
hay candor y abandono y hay tersura
que vértigo provoca, 
como provoca vértigo la boca,
roja rosa entreabierta 
de riquísimo aroma, 
con las mórbidas formas de una poma, 
que al más dormido instinto lo despierta. 
Y los párpados lisos, 
y de las cejas las espesas líneas, 
que no han tocado nunca las Erinias 
con sus crueles avisos, 
la barbilla perfecta, 
la nariz intachablemente recta 
y la suave mejilla ruborosa; 
la cara más hermosa, 
en fin, y el cuerpo más hermoso y noble 
que engendrara jamás mujer alguna, 
y no quiso el azar hacerlo doble 
porque tanta belleza fuera una,
y pudiera decirse con justicia:
"¡Sin par!"; y, en su malicia,
por no excederse en buena la Fortuna.
Frunciendo el fino ceño,
la sublime criatura deja el sueño,
que parece llorar por su partida,
y en actitud que fuera,
para aquel que lo viera,
recompensa y gloria inmerecida,
se mueve y despereza
con voluptuosidad, y al fin bosteza
con tan dulce bostezo,
que le envidian las flores más preciosas
del naranjo, el almendro y el cerezo.
Su aliento es el aliento de las rosas...
Se yergue, y su hermosura al cielo embriaga
y al barro que su planta pisa halaga,
y el águila recuerda
sus misiones de antaño
y lamenta que hoy, para su daño,
sea la divinidad siempre tan cuerda. 
Con leve pie el muchacho sale y deja, 
más cuanto más se aleja, 
arrebatada y anhelosa el alma 
y vacía de calma.



( El poema es de Carmen Jodra Davó, Madrid, 1980;
las fotos,  tomadas por el editor del blog )



jueves, 13 de octubre de 2011

Tras el cristal


( foto Saul Leiter )

En la sala que da al jardín,
donde todavía florecen las margaritas,
firmamos, tras el cristal empañado,
una revuelta de pactos solitarios,
y bajo un murmullo apagado de satén
rasgamos el cuerpo
según el antiguo orden de la colmena.

He aquí el contrato solidario,
el de los grandes amores:
una derrota de rosas
que nos traerá la luz del otoño
y las manchas pardas en la piel,
y después del equinoccio
florecerán, entre tú y yo,
los crisantemos del jardín cercado.

Poema original de Francesc Cornadó, 
cuyo blog recomiendo sin duda alguna 

martes, 4 de octubre de 2011

Madrid está sucio







(fotos tomadas con mi móvil)

Madrid está sucio, incluso asqueroso. Huele mal. Estoy viviendo en el lugar equivocado.
Madrid fue limpio antaño. Hogaño está cochino, contaminado y cochambroso. 
Se trata del efecto de la conspiración neoliberal y cutre ¡Me cachis en diez!

¡La manga no riega, aquí nunca llega!



jueves, 22 de septiembre de 2011

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo décimotercero)



A la hora de almorzar me viene en gana probar un poco de chupe de gallina y un pescado sancochado, a ser posible una buena rueda de mero. La comitiva me desplaza hacia el barrio de La Candelaria. Invito a sentarse a mi mesa al comandante, quien acepta después de juntar sus tacones reglamentariamente por decimocuarta vez en lo que va de día ¡Jesús qué manía!

En el “pluscafé” indago:
- ¿Qué se oye decir en los cuartos de banderas?

El comandante me suelta de carrerilla y sin respirar:

- El apoyo del ejército bolivariano al proyecto revolucionario es irrestricto. También compartimos la estrategia de nuestro Jefe de lentificar el calendario de medidas a favor del pueblo debido al zaperoco que se ha formado con el derrumbe del precio del barril de petróleo en los mercados de futuros.

Así que noté a Chávez tan modosito la otra noche. Si la facturación de la compañía petrolera pública venezolana significa la mitad del producto interno bruto del país, pues eso, que la cosa la tienen jodida y bien jodida.

- ¿Puedo hablarle francamente? pregunto al comandante. Sin esperar su contestación inquiero sobre el resultado de los planes estatales para industrializar el país y hacerlo menos dependiente del petróleo.

El comandante me mira como yo debía mirar a mi loquero de la clínica de Madrid, aquella en la que me dormí o me durmieron unos añitos de nada.

- Convendría más, doctor Torres, que platique usted de todo esto directamente con nuestro Jefe.

Levanto la sobremesa y digo a mi hermético señorito de compañía que haga el favor de llevarme al hotel, pues deseo dormir el vino un rato.

En el hotel Tamanaco reparo en que las toallas y sábanas tienen agujeros, que el papel del retrete se parece al de estraza, que los grifos del baño tienen roña y la moqueta más mugre que la cama de un ciego.
 


Me despierta el teléfono.

- Doctor Torres le paso una llamada de palacio.

Al otro lado, un acento dulce me ruega que acepte la invitación del Jefe para desayunar el día de mañana. A las 6:45 a.m. en punto. Para ello debo estar en el lobby del hotel a las 6:15, también a.m.

Me contenta haber dormido la siesta, pues esta noche no me da tiempo a acostarme si debo cumplir con el horario propuesto y aceptado.

Paso la noche bebiendo agua mineral en el Pompóm Club, en donde fui recibido, como socio de honor, con una acriollada interpretación de la musiquilla de Casablanca.

A las 6:45 a.m. estábamos Chávez y yo desayunando él y cenando yo. Pegaditos a un estanque andaluz repletico de nenúfares y agapantos.

- ¡Eres un gran carajo! Ya veo que te dedicas a joder a preguntas a tu comandante-asistente. Te cuento yo mismito de qué va la vaina del petróleo.

Otorgo y callo. Aliento a Hugo Rafael al estilo vernáculo:

- ¡Epa, compae! ¡échale bolas, pués!

viernes, 16 de septiembre de 2011

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo duodécimo)



( el autor en el museo de Arte Contemporáneo )

Chávez se olvida de que mañana madruga. Me cuenta el ex teniente coronel de paracaidistas las llamadas que recibió de Fidel Castro durante el golpe que le montaron militares y empresarios, el día 11 de abril del año 2002. Mientras Hugo estaba atrincherado en el Palacio de Miraflores, sitiado por las tropas que se alzaron en tan curiosa asonada, Fidel llamaba insistiendo a su amigo para que aguantase el tipo. “¡No te inmoles!”, “no dimitas, no renuncies”, me cuenta Chávez que le aconsejaba Fidel.

La cara de Chávez ha cambiado. Este hombre las pasó canutas hasta que el 14 de abril retomó el poder, gracias a que la división blindada y el regimiento de paracaidistas de Maracay amenazaron con arrasar a sangre y fuego Caracas si Chávez no era restituido. Ayudó y no poco, que el gobierno golpista eligiera como presidente a quien fungía como capo de la confederación de empresarios de allá, un tal Carmona. Empezó su gobierno títere aboliendo, por decreto, todas las instituciones más o menos democráticas.

Certifico que al emperador Chávez el recuerdo de su estancia en prisión en Fuerte Tiuna, sede de la comandancia general del ejército venezolano y el de su viajecito posterior en helicóptero a la isla de La Orchila le conmueve profundamente. Cuarenta y ocho horas feas y amargas.

Yo me pongo en plan “por atún y a ver al duque”:

- ¿Cómo murió Fidel?

Chávez, mudo.

- ¿Se despidió de ti?

Suelta cada palabra como si fueran cálculos renales:

- Ni de mí ni de nadie. Se desvaneció. No me consta su muerte. No la deseaba. Para mi hermano Fidel morir era una derrota inadmisible ante el imperialismo. Cuando escribió: “… tal vez se me escuche. Seré cuidadoso.” entendí clarito su mensaje. De ahí que ahorita ande yo con más ojo. La historia absolverá a Fidel.

De vuelta en el Tamanaco, me aticé un par de tragos de ron destilado en una hacienda de Ocumare del Tuy.

Caigo en brazos de Morfeo y empiezo con la soñadera. Dormía en un delta de bancos de arena y gritaba sin cesar: ¡qué sueño tan desgraciado, qué sueño tan desgraciado! Dormía con los ojos abiertos. Mi mente no dejaba en paz a mi cuerpo. ¿Qué puedes hacer?, decía: ¡Estás perdido! Mirar a ella es todo fuego. Si vuelves la cabeza, cuitas y más cuitas. ¿Qué vas a hacer? ¿Por qué no pasas las cosas de una luz a otra luz?


( foto Wendy Bevan )

Despierto y compruebo que llevo el pijama puesto y que mi gato duerme y ronca. Me propongo aprovechar el día de hoy y el de mañana también. La simple cagada de una moscarda te puede llevar al otro barrio. En el entretanto salgo a la calle y disfruto del espectáculo.

Me provoca volver al museo de Arte Contemporáneo. Así se lo digo a mi compadre militar quien dispone lo necesario para la visita. En el trayecto encuentro a Caracas bastante desmejorada, la pobre.

Al cabo de una hora de ver arte contemporáneo, le digo al comandante que me asiste que tengo el antojo de darme un garbeo por el museo de Arte Colonial, en la Quinta Anauco. Luego propongo asomarnos al museo Arturo Michelena y rematar la faena en la Galería de Arte Nacional.

En verdad no recuerdo qué hacía yo en Venezuela en mi otra vida. Conforta comprobar que al hombre que me acompaña todo le parece correcto.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo undécimo)


A las siete y media en punto me avisan de recepción. En el lobby del hotel aguarda mi asistente militar.

En el trayecto hacia La Casona pregunto al comandante si me recomienda evitar algún tema de conversación.

- No. Ya usted sabe que Hugo Chávez se faja con el más guapo. Quizás sea conveniente, doctor, que no toque usted la vaina de miss Venezuela.

Tomo nota y me animo a formular la misma cuestión en positivo.

- ¿Asuntos que son del agrado del ciudadano emperador?

El oficial me indica que Chávez, al día de hoy, se interesa vivamente por la industria de la farmacopornografía como motor del mercado en la economía capitalista de este siglo. Pongo cara de Buster Keaton. Me quedo con gana de preguntarle a mi amabilísimo acompañante si sabe dónde se encuentra mi gato.

Recorro las preciosas galerías coloniales de la residencia oficial del número uno de la república venezolana. No aprecio cambio alguno respecto de las que frecuenté en tiempos de Carlos Andrés Pérez, Herrera Campíns y Rafael Caldera. Reveo con placer los óleos del maestro Armando Reverón. Envuelto en la niebla del pasado, no espabilo del todo hasta que me estremece el abrazo de oso que me propina el compañero Chávez. Acabo de perder la única preocupación que sentía, esto es, el modo y manera de saludar a un emperador presidente de república bolivariana.

- ¡Cónchales! ¡Qué bien luces después de tanto tiempo! ¿Dónde fue que tú te metiste mi compay? inquiere el camarada Hugo.

Si le digo a Hugo Chávez Frías que no tengo ni puñetera idea de dónde vengo ni a dónde voy igual le chafo la cena. Como es seguro que mi asistente le ha pasado una nota sobre mi descubrimiento, eso sí, por error, de un método para recobrar la memoria, insisto en esa historieta y le comento, en contra de la evidencia, que le veo más delgado que antes.

Chávez se interesa por mis experimentos en Ontario pues se presenta, modestamente, como hombre que, además de hablar bien y saber escribir a máquina, protege a las ciencias en general, y a la neurocirugía en particular. Se ilusiona con la idea de llevarme un día de estos a la clínica La Floresta para que vea los ensayos clínicos que unos médicos cubanos, de los muchos que quedaron por estos pagos, huérfanos de Fidel, están haciendo con guerrilleros colombianos de las FARC; la idea es mejorar su carácter para que no se tomen las cosas tan a pecho. A base de implantar microchips en sus cerebros.

Digo a Hugo que tengo un amigo psiquiatra dedicado a la patología dual y que está contento con los resultados clínicos que obtiene con los deportistas de élite a base del zolpidén. Omití decirle que el zolpidén, según la dosis y la sustancia que acompañe su ingesta, produce al día siguiente una amnesia de padre y muy señor mío.

Nos acomodan para cenar en un precioso porche lleno de orquídeas de mil clases. La mesa está bien vestida con cubertería de plata vermeille. De guante blanco y calzón corto, nos sirven una cremita helada de espuma de auyama. Chávez, bendice la mesa así: “vamos a pedirle a Dios por la Patria Nueva”. Inefable.

Repuesto de la sorpresa, me hago cruces. Reconozco y degusto un sabroso lebranche cachicameado, seguido de unas virutas de muchacho al limón verde sobre un lecho de papitas nuevas, chayotas, cebollitas colorás y su poquito de yuca andina. De postre, la mejor torta de jojoto que nunca comí, que en el paladar me da que lleva su miajita de batata morá. Como vino, después de probar un delicioso sauterne, dimos cuenta de un chablis pouilly fussé en su punto, que antecedió a un viejo Vega-Sicilia que ya lo quisiera yo para los días de fiesta mayor.




Encontré a Chávez gracioso como siempre y más calmo que nunca. Apenas si cargó contra Estados Unidos mientras elogiaba continuamente a Don Felipe VI y a la astucia que ha demostrado poniéndose al frente de la tercera república española. Incluso me llegó a confesar que de ahí le vino la idea de que el parlamento venezolano le proclamara emperador.

- ¡Coño Hugo! ¿por qué no te quedaste en rey?

En una pura risotada, Chávez me dice:

- Te hago el cuento corto. Efectivamente mi primera idea era limitarme a ser rey. Sin embargo, me acordé de lo que me pasó con el papá de Don Felipe en la cumbre de Chile, cuando me mandó callar. Con el corazón en la mano, te digo que a mí no me importó tanto el bufido de Juan Carlos, como que no lo acompañara de un guiño entre amigos, para que los otros colegas se dieran cuenta de que él y yo éramos panas. Antes de entrar a la sala de reuniones había bromeado con Juan Carlos poniéndome a la orden de mi majestad. ¡A ver si ahora un rey se atreve a mandar callar a un emperador!

Había llegado la hora de desplegar mis encantos. A tal fin pregunto su opinión sobre la farmacopornografía.

- ¡Carajo Manolito! me contenta que saques ese tema a colación. ¿No te habrá soplado el dato el jalamecates del comandante que he puesto a tus órdenes?

Tranquilicé a Hugo mintiendo como un bellaco. No. Era ocurrencia mía.

- Está clarito. Es la base de un capitalismo que se mete en la gestión política de la vida privada. Es un capitalismo caliente, psicotrópico y chabacano. La depresión se convierte en prozac; la erección, en viagra; la masculinidad, en testosterona; la fertilidad, en píldora. La pornografía es hoy el gran motor impulsor de la economía informática. Existen más de un millón y medio de webs para adultos.

Bueno, reflexiono. La cibernética será el futuro, pero yo aún me masturbo a mano. Los Estados son hoy bases de datos que extravían como los borrachos noctívagos hacen con el contenido de sus bolsillos. El servicio de seguridad de la policía política de la República Democrática alemana tenía expedientes sobre sus ciudadanos que ocupaban ciento sesenta kilómetros de largo.

¡Alma de cántaro!, me digo. Lo bueno de los hombres poderosos es que te hacen pasar una agradable velada sin que uno tenga que decir esta boca es mía.

- Mañana me desayuno con el nuncio de la Santa Sede y el primado de Venezuela. Vienen a plantear, acompañados del embajador USA, la renovación, con una subida del ciento por cien en su capítulo económico, de los acuerdos con el Vaticano. He extendido la ayuda económica a las confesiones protestantes que me sugirió George W. Bush III. No pienso resistirme más allá de muy poco. No quiero volver a toparme con la iglesia. Para una vez que me resistí un poco al realero que me cuestan, casi me descabalgan del trono.


lunes, 5 de septiembre de 2011

Los sueños...


Los sueños...
¡Cómo endulzan la sombra!

Tomé esta foto durante mi reciente exilio espiritual en el campo mallorquín, que hoy mi cuerpo abandona.
"Los sueños..." es el inicio de un conmovedor poema escrito por Juan Ramón Jiménez en 1913.

martes, 23 de agosto de 2011

El alma de mi hermana



Se me ha muerto mi hermana, la mayor y más querida. Se van quienes amé, aquellas personas que me amaron. Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando; y estaré solo, sin árbol verde, sin pozo blanco…y mi espíritu errará, nostálgico de quienes se van para no volver. ¡Qué lejos! ¡Qué solo!
Su alma, el alma de mi hermana,
¡qué lejos y qué cerca de mí!

( Tomo en préstamo cosas de Juan Ramón Jiménez, de memoria, en desorden y mezcladas con otras mías. Las fotos, hechas con mi móvil...  )

jueves, 18 de agosto de 2011

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo décimo)

Duermo como un bendito y amanezco en el aeropuerto de Maiquetía.

Bajo del avión. Una banda militar ataca con brío el himno “Gloria al Bravo Pueblo”. Terminado que hubo la charanga patriótica, se acerca un general con un montón de estrellas quien me comunica que el emperador Hugo Chávez me ha concedido la ciudadanía venezolana, con derecho a pensión vitalicia. Y no contento con eso, va y me condecora e impone la medalla y banda de la Orden del Mérito al Buen Revolucionario. Y añade que Su Serenidad el emperador Chávez estaría muy honrado en cenar conmigo esa misma noche, precisando que sería una cena privada, sin discursos. ¡Qué gusto!

El comandante que dirige mi traslado hasta la suite presidencial del hotel Tamanaco me da buena espina y por eso decido jugar al despiste preguntando:

- ¿Cómo van las cosas por España?

Efectivamente, el militar es un criollo vernáculo bien entrenado y me responde con un laconismo alejado de la verborrea caribeña:

- ¿Se refiere usted a la Confederación de Estados Ibéricos, Catalanes y Vascongados?

No hay mejor información que la suministrada por un oficial de Estado Mayor al servicio de la inteligencia militar. Aseveré que sí y que mi pregunta venía a cuento porque había estado unos años muy ocupado, sin apenas tiempo de recibir información sobre la vieja Europa.

Le conté que, en el último lustro, había dirigido el departamento de neurocirugía del Toronto Western Hospital en Ontario, Canadá, dedicado a implantar electrodos en el hipotálamo de pacientes voluntarios que andaban un poquillo flojos de memoria. Mi equipo u yo conseguimos subir el volumen de los circuitos de la memoria y que la gente recordara escenas olvidadas muchísimos años antes. Con los impulsos eléctricos de una veintena de electrodos se hacen virguerías en el cerebro. Omití confesar que mi equipo lo que realmente buscaba en el hipotálamo era reducir el apetito, saciando la sensación de hambre. Pensábamos que tendría más éxito comercial la oferta de saciar el deseo de comer, sin ingerir alimento alguno, que la de recobrar la memoria.

El comandante se dio por enterado y me dijo que la Confederación de Estados Ibéricos, Catalanes y Vascongados, antes España y Portugal, estaba compuesta por dieciocho estados, con capital en Lisboa y que funcionaba correctamente. El Senado radicaba en Barcelona y el Congreso de los Diputados en Bilbao. Madrid había sido ascendida a la categoría de municipio pedáneo de Chinchón.

Agradecí su resumen y, por simple curiosidad, indagué sobre el estado de la cosa política en los Estados Ibéricos.

El comandante sonríe durante un nanosegundo y me cuenta que el Presidente de la Confederación es Don Felipe VI y que el partido en el gobierno, de tinte progresista, se llama Empresarios de la Construcción Unidos Jamás Serán Vencidos.

¡Señor, Señor, qué trajín! Ya en el vestíbulo del hotel correspondí al oficial haciéndole por mi parte de una revelación clave:

- De buena tinta puedo asegurarle que el sol se está despertando. Un nuevo ciclo solar ha comenzado.

En mi suite del hotel Tamanaco medito. Hace pocas horas no tenía ni un jodido papel. Ahora tengo tres pasaportes y no sé cuantas condecoraciones y pensiones de por vida.

Descabezo un sueñecito reparador, hasta que empiezo a soñar con ella. ¡Válgame Dios! La voz hueca me machaca. La mujer que tú conocías, no ha existido jamás, vomita el sonsonete. ¡Qué sofocación!