domingo, 13 de octubre de 2019

Vindicación egocéntrica



Vindicación egocéntrica                                               

El se despertó sobresaltado. Ella no estaba a su lado. De pronto, él recordó la última frase de ella: "tu egocentrismo ha llegado al límite". "¿A qué límite se había referido ella?", pensó él. "¿A su límite, a mi límite o a un límite objetivo inexistente?". 
Saltó de la cama y se fue directo al María Moliner, sin pasar por el cuarto de baño. "Egocéntrico, -a (de «ego» y «centro») adj. y n. Se aplica a la persona que refiere a sí misma todo lo que ocurre y pone su propia persona en primer lugar en lo que dice, en los asuntos en que interviene o en las reuniones en que toma parte. = *Egoísta." 
"Muy de ella, utilizar egocentrismo en vez de egoísmo", se dijo él. "Siempre a vueltas con el lenguaje" ("léxico", decía ella). 
El se aseó y afeitó pulcramente. En el baño eran evidentes las huellas dejadas por los potes y frascos de ella. El creyó oír el eco del vacío dejado por el albornoz y las toallas de ella que ya no estaban en sus baldas. 
El se vistió con pausa y abrió el balcón. Se subió al antepecho y se dejó caer. Mientras caía él recordó que antes de irse a la cama había abierto el Julio Casares por la voz vindicación "f. Acción y efecto de vindicar o vindicarse". 
Ella coincidió en la acera con el cuerpo de él, con la policía y con el juez de guardia. Llevaba su bolsa de viaje al hombro y unos bollos calientes y las llaves del apartamento en la mano derecha. En la izquierda, el DRAE, edición de bolsillo. 
"Canalla egocéntrico y vindicativo" rezongó ella.

domingo, 6 de octubre de 2019

‘Calentamiento’ es una palabra fría


Inundación en Bangladesh este pasado 22 de julio. Getty images

‘Calentamiento’ es una palabra fría                                         

Como el vocablo “clima” se ha desvirtuado, la locución “cambio climático” ya no provoca perplejidad

Álex Grijelmo

Las transformaciones que sufren las constantes vitales de la Tierra deben recibir un nombre que se halle a la altura de ese fenómeno. Se llamó “calentamiento global”, pero eso podía entenderse como una mejora del tiempo. Apareció luego “cambio climático”, que edulcoraba lo nombrado y que muchos habrán entendido como parte de lo que ocurría siempre: que unos días llueve y otros hace sol.


La insistente confusión periodística entre lo meteorológico y lo climático ha contribuido a confundir el tiempo y el clima. El tiempo y la meteorología se relacionan con las circunstancias de cada día: lluvia, granizo, sol, viento…; pero el clima hace referencia a las condiciones habituales y reiteradas en un lugar dado: el clima atlántico, el clima mediterráneo, el clima polar, el clima de Burgos…

Con frecuencia encontramos en los medios informativos oraciones como “el acto se suspendió por las adversas condiciones climatológicas”, en lugar de “el acto se suspendió por el mal tiempo”; o “esta mañana estamos gozando de un buen clima”, en vez de “estamos gozando de una buena mañana”.
Salvo glaciaciones, bolas de fuego sobrevenidas o que el cielo se derrumbe sobre nuestras cabezas, algo que no ocurrirá mañana, el clima no cambia. El tiempo meteorológico, sí.
Bueno, eso en teoría. Porque el clima sí que cambia ahora. He ahí lo preocupante. Pero como la palabra se ha desvirtuado, la locución “cambio climático” no provoca ya perplejidad alguna. Por ello, quienes han tomado conciencia de estas limitaciones lingüísticas están planteando fórmulas que ponen el acento de la angustia en el sustantivo, pues dan por descontada la intrascendencia del adjetivo (“climático”); y por eso hablan de “crisis climática”, “golpe climático”, “impacto climático”.
El diario británico The Guardian ha modificado su manual de estilo para introducir alternativas preferentes como “emergencia climática” y “crisis climática”. Por su parte, la líder ecologista Greta Thunberg ha hablado de “colapso climático”, “emergencia climática” o “colapso ecológico”.
Y aun así, todas esas fórmulas también corren el riesgo de no representar con crudeza la subida del nivel del mar (que algún día llegará a anegar islas y playas), el derretimiento de los glaciares, la insospechada supervivencia invernal del escarabajo descortezador (que antes moría en invierno pero ahora supera los fríos y deja sin savia en EE UU y Canadá a millones de árboles, convertidos en cadáveres verticales), las tormentas más intensas, el aumento de los desastres naturales, el mayor contagio de enfermedades, el incremento de incendios en los bosques…
Una tragedia.
Y puesto que la humanidad sufrirá una tragedia si no se pone remedio a todo esto, quizá valga la pena recordar esa palabra, expresiva y grave, alertante y tremenda. Hay que parar la tragedia climática, prevenir la tragedia climática, combatir la tragedia climática. Se trata de un vocablo grueso, pero perfecto para el caso a tenor de la quinta acepción del Diccionario: “Situación o suceso luctuoso y lamentable que afecta a personas o sociedades humanas”.
Y en efecto, nos hallamos ante una situación dolorosa (lamentable) que cuesta vidas (luctuosa) y que causará pobreza y peligros a mucha gente (afecta a las sociedades humanas).
Habrá quien acuse a la opción “tragedia climática” de sonar muy trágica. Pero eso, ay, quizás forme parte también de la propia tragedia.