lunes, 25 de mayo de 2015

...Et pourtant, j'attendrai... Ton retour.



J’attendrai
Le jour et la nuit
J’attendrai toujours
Ton retour

... Et pourtant, j’attendrai
Ton retour

Poterat 1937

La primavera de Claire llegó en el otoño de 1961. Cumplía diecisiete años y empezaba Derecho en la Complutense de Madrid.

Atrás, colegio, uniforme, colores grises y mu­ros altos. Letanías y mecanismos de repetición. Tiempo perdido, día a día, año a año. Once.

En la facultad había luz de colores y personas vivas. Desde las aulas Claire ponía sus ojos en la Casa de Campo, el monte del Pardo y, más allá, en la sierra de Guadarrama. Mañanas de azules velazqueños, ru­bescentes horizontes en las tardes.

Bajaba del metro en Argüelles, salida Alberto Aguilera, y el autobús E depositaba a Claire en clase. Por el camino plátanos de adorno, castaños de Indias, algunos cedros de nueva plantación, pinos piñoneros, alcornoques y nogales. Todavía quedaban retazos de monte bajo. Retamas, jarales, madroñeros y encinas chaparras.

El nuevo mundo era mejor. Claire elegía. Estu­diaba o no. Entendía o memorizaba. Si perdía el tiempo, de ella dependía, no se lo perdían los demás.

Claire optó por estudiar dos o tres horas al día, desde el primero, antes que dejar para mayo el atracón final. Gustaba más de las asignaturas que se referían a otros tiempos, como la historia del dere­cho o el romano. Asistía a clase por la mañana, estu­diaba después de la siesta y al caer la tarde salía a orearse con sus amigas.



Cañas, vinos y tapas por Moncloa con las nue­vas. Pinchos en Serrano con las burguesitas ex­compañeras de las irlandesas. El Corrillo, Samuel, Peláez, El Águila, El Aguilucho, Mozo, el café Roma, La Ancha, Jurucha y Sakuskiya. Mucho cineclub de colegio mayor y algún concierto en el Monumental. Antonioni, Bergman, Godart, Chabrol, Truffaut, Risi. ¡Rohmer! Y los inevitables Eisenstein, Max Ophuls, Renoir y Von Strömberg. Bardem y Berlanga, con guiones de Azcona, de cuando en cuando ma non troppo. El cine español estaba tachado de cutre y facha.


Yo también devoraba cine. Sin orden ni con­cierto. Mejor si estaba censurado o prohibido. Rossellini, Visconti, Clouzot, los Taviani, la Varda, Resnais, Louis Malle. Cualquier película mutilada era mejor que una americana intacta. Así pensaba yo, que huí, haciendo notar ruidosamente mi disconformidad, de la proyección de películas como “Esplendor en la hierba” o “La gata sobre el tejado de zinc” .


Claire empezó a salir con un chico delgado y alto, de Linares, provincia de Jaén. Guapo, paleto y torpón, andaba el hombre confuso tanto por lo civil como por lo religioso. El primer ligue de Claire no dio para mucho, ni ella lo procuró. Cuando se celebró el XXV aniversario de la promoción, el chico del sur invitó a Claire a subir a su habitación en el Meliá Princesa. “Asignatura pendiente” decía él. Así con­testó ella al tal Tomás: “si entonces no me apeteció, me­nos hoy. Con los cubatas que te has metido, igual ni pue­des...”.

En verdad a Claire quien le hacía gracia era otro, que era de Valladolid y muy blanco de piel. Casi tartamudo de puro tímido, ella veía en él algo pro­fundo y oscuro, como Serrat en el Mediterráneo. Hijo de militar, vivía por el paseo de la Florida, cerca de la Estación del Norte. Allí le dejó Claire en más de una ocasión, cuando su hermana le prestaba el Seat 600D de color azul claro, matrícula M‑300.564.



Claire coqueteaba con él, le ponía ojitos y le hacía morritos y mohines. Ni por esas. El crío no se atrevía ni a respirar en su derredor. Claire sabía que Mario andaba pretendiendo a “una pedorra” más fea que Picio, hija del director del periódico de los sindi­catos de Franco. Con ella se casó y con ella sigue. En otro aniversario de algo, Claire buscó sentarse a su lado en la mesa del restaurante José Luis. Así habló Claire a Mario: “¿por qué no te dejaste ligar?”. Respuesta de él: “porque no ibas en serio conmigo”.

Hoy, transcurridos cuarenta años, pienso en lo fácil que para Claire resultó pasar del invierno de la infancia a la primavera de la adolescencia. Sin dudas, sentimientos de culpa o regresiones. De golpe se terminaron las prácticas formales de la religión ofi­cial. De regla tardía, la caja de su cuerpo maduró maravillosamente en la Ciudad Universitaria de los madriles. Ojos claros, bien abiertos y bien guasones. Sus pechos remedaban a mejor el busto de la Ma­rianne de la república francesa. De piernas largas, que brotaban de más arriba de sus caderas, que a su vez sostenían el trasero más importante de todo el distrito universitario.

Algún curso después, el relamido de D. Leo­nardo P.C., granadino y catedrático de derecho pro­cesal, echó a Claire de clase por llevar pantalones vaqueros, que por entonces no se llamaban jeans. ¡Qué estupidez! Otro apunte del clima imperante: un catedrático de derecho canónico, con apellido de co­munero castellano, gordito, bajito y meapilas, a la hora de explicar los impedimentos matrimoniales y las causas de su anulación (impotentia coeundi etc.), rogaba que se ausentaran de clase las futuras abo­gados.

Claire leyó “El Cuarteto de Alejandría” de Durrell. A Henry Miller también: los dos trópicos, Nexus, Plexus y lo demás. Leyó la Rayuela de Cortá­zar, el Bomarzo de Mújica Lainez, el Jardín de los Finzi Contini de Giorgio Bassani. ¡Bendita editorial Losada. Buenos Aires. Argentina! Vio “Jules et Jim” de Henri-Pierre Roché y “Le genou de Claire” de Eric Rohmer. Huellas perennes dejaron en ella, como la suya en mí.



Esta cultura de gauche divine servía a Claire para relativizar nuestras salidas con gente pija. La parrilla del Plaza, el Royal Bus en la Gran Vía. Ber­nard Hilda’s Orchestra en el Castellana Hilton, el Gas Light, la Boîte, el Gitanillo’s de cerca de la calle Mayor, que no el de Claudio Coello. También la disco­teca de Moncho Street y el Tartufo de detrás de la Gran Vía, entonces avenida de José Antonio. En to­dos ellos bebíamos y reíamos como jóvenes cacho­rros, regocijadamente.


Claire tenía un amigo, hermano de amiga, que gustaba de alternar con putas en cabaretes. El Biombo Chino, Alazán (“encanto y belleza”), Michele­ta, Las Palmeras, Casablanca, Pasapoga, Riscal, la piscina Stella en el verano. L’éléphant blanc, también, en los bajos del Coliseum. El putero señorito decía que las chicas de alterne eran más generosas y honestas que las doncellas casaderas. Alguna vez llevó a Claire a las sesiones de tarde de esos clubes (“señoritas gratis”). El amigo golfo se llamaba Carlos y practicaba la caza mayor en los cotos a donde acu­dían los jueves las criadas y doncellas de servicio. Bajos del cine Salamanca, del Barceló, palcos del cine Alcalá. Había otros cazaderos, pero fuera “del ba­rrio” por antonomasia, y Carlos no quería ser visto por Tetuán de las Victorias, Ventas o el mismo Ar­güelles. De Vallecas sólo sabía que tenía un puente, al igual que el Pozo del Tío Raimundo un cura comunista.

Claire sabía ver el lado tierno de su amigo, que contaba historias con donaire y desparpajo. Carlos se reía de sí mismo y no dudaba en ridiculizarse al narrar sus gracias y desgracias. Jugador de póker en timbas de tahúres semiprofesionales que le sacaban los cuartos que afanaba en su casa, Carlos conoció prestamistas y compradores de objetos robados. A éstos últimos llevaba algún bibelot, libros viejos de su padre e incluso sortijas de familia. Siempre con deudas, siempre de buen humor, siempre con copas, bien llevadas eso sí, y siempre dispuesto a ayudar a los amigos “normales”. ¿Quién no ha necesitado un apartamento para una tarde, un coche para un fin de semana o cuarenta duros para gasolina? Carlos pro­veía de todo con elegancia y nunca reclamaba nada. No como los matatías y mohatreros, de quienes re­cibió, en mala hora y por personas interpuestas, al­guna paliza.
Un día de cocido en Malacatín, en el Rastro, un compañero progre recriminó a Claire su amistad con el pijo de Carlos. Ella, con su voz de trigo recién molido, reprodujo así la última de Carlitos: «“salgo de casa a recoger a una yankee que me ligué en el bar de Fi­losofía y Letras y de la Manila de Callao me la llevo a bailar al club Castelló. Pide la gringa media combinación (2 partes de ginebra, 8 partes de vermut rojo, 2 chorrros de curaçao, 2 chorros de angostura. Remover, colocar 1 loncha de limón y otra de naranja verticales pinchadas en el vaso. ) tras otra. Yo con mi ballantines, venga a dar vueltas al hielo, a ver si cundía. Bailo, sin conseguir arrimar material de combate. Pido la nota y... advierto que no llevo encima la cartera. Se lo digo al maître. “Por Dios, D. Carlos... ya pagará Vd. otro día... si no le importa dejarme el carnet de identidad... ya sabe... es la norma”. Dejo a la tal Ruth en su residencia y me voy a buscar pasta al Corral de la More­ría. Puri, la del tabaco, me presta quinientas del ala y me dice: “Carlitos, no te vayas, que estoy esperando un hijo tuyo...” Hago la estatua. Ella se pone a llorar. Me pide que la espere a terminar el segundo pase del espectáculo de La Chunga. Quiere que la deje en casa. Aguardo. Aparece un empeñero y me trinca la pasta, toda. A las cuatro a.m. llevo a Puri hasta unos bloques que Banús había cons­truido por donde da la vuelta el aire. Intento despedirme. Puri insiste en que suba. ¡Qué remedio! Ya en el piso se me echa encima un hermano de la mancillada, con un garrote de feria de tamaño natural...». No quiso seguir. Como muestra basta un botón. Claire preguntó al progre si las reuniones de la FUDE eran tan amenas.


Claire era donosa, espigada, de pómulos salien­tes, mandíbulas cuadradas, con un principio de muesca hendida en su mentón. En las mejillas tenía dos hoyuelos que rendían el albedrío de tirios y tro­yanos. Su pelo pesaba mucho. Sólo vi una vez cabellos semejantes. Pertenecían a una chica suiza, lánguida y triste de desamor. Guapa y melancólica hasta decir basta. La helvética me contó que a veces le dolía la cabeza de soportar el peso de su melena. Comprobé que un pelo suyo era 3 ó 4 veces más grueso que uno mío.

El amor invitaba, llamaba, a Claire. Ella espe­raba... a estar de buena luna. Claire no era el invierno, ni el otoño, ni el estío. Era la consagración de la pri­mavera, con su boca llena de risas, que regalaba al universo y a cada uno de sus habitantes. De noche brillaba su piel y sus ojos tornaban de verdes a color miel de acacia. De manos largas y fuertes, como ala­dos eran sus pies, del número 40, tan infrecuente enton­ces en la mujer made in Spain. Ni Ava Gardner, ni Rita Hayworth, ni Abbe Lane, ni Katherine Hepburn, eran dignas de besar por donde Claire pisara. Alta era, quizás de tanto mirar al cielo.

Una vez, en La Pérgola de la Cuesta de las Perdices, me habló con una voz tan suave, profunda, y dulce que juro que me caí de la silla. En otra oca­sión estábamos dentro del seiscientos de su herma­na, aparcados en el Paseo de Rosales. Le ofrezco un pitillo Rex o Récord, que no me acuerdo bien, y va y me lo agradece con una leve caricia de su dedo índice sobre mi mejilla. Al sentir su piel en la piel mía, me puse a llorar y salí corriendo. No paré hasta llegar a los altos del Cuartel de la Montaña. Me tumbé boca arriba y me dije “ya está”. Así me decía y repetía ciento quince mil veces. Aún hoy, cuarenta años p’alante, no sé a ciencia cierta qué era lo que “ya es­taba”. Pero estaba.

Escribo con ojos que mojan los rayados plie­gos de mi block y mano que corre sola sin esperar a que mi mente ponga orden en mi lacerado recuerdo.

Hoy, en este puto otoño de mi vida, comprendo que Claire tenía una manera humanista y laica de vivir su alegría, sus sentires. En medio del desierto, era la duna más alta, el oasis más feraz, el faro de nuestra Alejandría, el lucero de mi alba. La Justine de Du­rrell. Una diosa, hada de un boscaje que sufría la lluvia ácida del franquismo, lleno de gnomos confusos de pura medianidad.

Claire se apañó para salir indemne del asunto del profesor ayudante de derecho romano. Como rayo de sol por un cristal, sin romper las estructuras ni mancharse ella. Resulta que un profesorcillo salido quiso gustar la miel de Claire con su boca de asno. En aquella época una denuncia de lo que ahora ha venido en llamarse “acoso sexual” hubiera conducido muy probablemente a la expulsión de la alumna de la fa­cultad y a la confirmación, o ascenso, del acosador. Así funcionaban las cosas. Cuando Claire se hartó de tanta insinuación, de tantos encuentros “causales” disfrazados de “casuales” en aulas vacías, de notas bajas cuando merecía altas y de veladas amenazas de ser suspendida en junio si no era posible tomar una copa tête a tête, pasó a la acción.

Un tal Vivancos, amigo por vía familiar, traba­jaba en la secretaría de la facultad. Obtuvo el telé­fono de la casa del lujurioso docente. Una mañana, mientras el profesor‑asno estaba en clase haciendo la pelota a su catedrático‑mandarín, Claire llamó a casa del abusador y habló con su sufrida esposa. “¿Está Ud. de acuerdo en que propinemos, a medias, a su maridito lindo una lección incruenta aunque olorosa? Soy una alumna de su cátedra y estoy hasta las tetas de aguantar al baboso que le ha tocado a Ud. en suerte”. La legítima se avino al juego. Ella también estaba hasta el moño de las infidelidades, o tentativas, del tontol­culo de su Federiquito.

Claire citó al deshonesto y rijoso profesor en El Corzo, bar inglés sito en la calle General Sanjurjo. Para ello aguardó a la siguiente acometida. Es decir, pocos días. Advirtió a la señora esposa del lugar, día y hora de la cita que el gilí pensaba sería el inicio de un affaire con la chica más guapa y lustrosa que ja­más vieron los tiempos modernos.

A las 7,30 p.m. del día de autos, Claire llamó por teléfono a Jose, camarero de El Corzo, amigo y confidente suyo. Le dijo: “¿ves a un palomino casposo en la mesa del lado de la barandilla, la más cercana a la puerta? Pues vas y le dices que Claire no puede asistir a la cita. Pero te esperas para transmitir mi recado a que llegue una señora llorosa y cabreada. Se lo dices en voz alta, de­lante de ella. Gracias. Te debo una. Por cierto ¿te acordaste de mezclar las píldoras de Laxen Busto (“Laxen Busto, para cagar a gusto”, se decía. Su principio era fenolftaleína) en su copa? OK. Besos. Cambio y corto”. Recuerden: Laxen BUSTO para cagar a gusto.



En el verano que puso fin al primer curso, monté un viaje, a dedo autostopero, con un par de amigos de la facultad.

Pretendía llegar hasta Viena (diez días de estancia), pasando por París (quince días de parada) y Fribourg en la Suiza romande (un mes de estudio, parada y fonda). Y así lo hice, porque quise y porque en las tres estadías “pegué la gorra” a modo. En la Ciudad Universitaria de París (XIVe) me alojé en el Colegio de España, a precios del SEU y con enchufe de mi tío para lograr plaza. Comía en el comedor uni­versitario. “¿Café, thé ou chocolat?” me preguntaba cada mañana una vieja encantadora.
Aquel agosto del 62 Claire, que había prometi­do visitarme, se presentó en París... con un amigo. Se habían conocido en el viaje, al borde de la carretera, mochilas a la espalda, caras quemadas por los soles de la meseta de Castilla, por los céfiros de los Piri­neos, la brisa de las Landas, el bochorno verde y húmedo de Dax, los dorados reflejos de los viñedos de Burdeos... Así hasta París, procurando caminos no trillados.

La diosa Claire estaba radiante, en sus glorias. Se abrazó a mí y me hizo abrazar a su socio de autostop, que resultó ser un tío legal. Mayor que nosotros, había estudiado sociología en La Sorbona y nos enseñó un París desconocido que no he vuelto a saborear. Hicimos un poco el trío de Jules et Jim, pero sin abandonar mi adustez, tan hispana. Me porté muy bien. Aguanté los celos y disfruté viendo a Claire disfrutar con cara de aleluya.


En Fribourg me alojé en una residencia de los padres agustinos y disfruté de la hospitalidad de los marianistas para llenar la andorga en su seminario. Conocí pronto el cuarto de las cámaras frigoríficas y mis dieciocho años agradecieron mucho los fiambres, embutidos y quesos suizos que me servía yo mismo, eso sí, con permiso de la autoridad eclesiástica. En Viena dormía y cenaba en el colegio marianista de la ciudad imperial. Mi cama estaba en un pabellón aisla­do del resto de los inmuebles de los religiosos. En la nave y en su dormitorio colectivo vivía solo, aquel agosto del 62, éste que lo cuenta y no para. Confieso que en aquella enorme alcoba, dividida por mamparas y con la típica salamandra centroeuropea en el cen­tro, pasé miedo y frío. Dormía a solas en un gran edi­ficio, en país de lengua germana y con un hambre en las tripas que aún me suenan. Los curas y levitas ce­naban, y yo con ellos, dos salchichas vienesas y una taza de té. ¡Ah! y pan negro, que era lo que me sal­vaba de quedar exánime cada madrugada. En las es­caleras de aquel pensionado vienés, sufrí por vez primera de lo que, a mi vuelta, el médico de casa diagnosticó como “dolores neuríticos”. El tiempo ha querido que sean muy llevaderos, pero en aquel en­tonces creí que me había dado un “paralís”.



En Fribourg me matriculé en L’École Benedict para un curso de lengua y literatura francesa. Los tres españoles armábamos tal algazara que las clases se interrumpían sistemáticamente con este estribillo del profesor suizo: “messieurs les espagnoles, là bas, ¿de quoi rigolez vous?”. Yo me reía del profesor, un ridículo tipejo de la bas‑ville(También reía al acordarme de un profesor de mi colegio que nos decía cuando estábamos levantiscos:
“juegancharlanríensedivierten;
estánustedesestafandoasuspadres;
enjuniovendránloslloros;
hayquecomprarunpelotónparaelrecreo”).
También de tener 18 años y de haber ligado ¡en la parroquia del pueblo! con una italiana atractiva, simpática y cariñosa. Fue en una fiesta para estudiantes extranjeros. Se lla­maba Ligia y era pelirroja, con pecas y una espetera admirable. Un auténtico torbellino toscano. Me re­cordaba a Monica Vitti, pero a la pata la llana y con más raza si cabe. Parecía un personaje de Fe­llini/Antonioni/Dino Risi. Y yo contabilizaba mi se­gundo ligue extramuros, que primero fue una ingle­sita llamada Wendy a quien conocí en el Mar Menor, donde la guiri se ocupaba de unos niños ricos y bu­rros, hijos de un exportador pimentonero. La joven institutriz estaba tristona y debió juzgar que el único mozo potable del lugar era yo, modestia aparte. Yo no hablaba, ni lo hago hoy, inglés. Ella, cuatro co­sas en español con acento de “hay bueyes en el re­baño”. Pero nuestro pequeño romance de verano nos ayudó a sentirnos iguales entre nosotros y distintos de los demás, de aquella troupe de vándalos, tanto indígenas como veraneantes. Si hablo de ligues no vernáculos me tengo que acordar de un beso que me dio una niña francesa, en el verano de preu. Acaeció en el portal del hostal donde se hospedaba en la Gran Vía. Luego aprendí que en París las personas se besaban así en los años sesenta.

Aquel beso me trae a las mientes mi primera detención para declarar en un cuartelillo de la Guar­dia civil. Sucedió en la playa de La Torre de la Hora­dada. Ya saben: “el cura del Pilar de la Horadada, como todo lo da, no tiene nada y, a falta de vecinos y vecinas, por la calle circulan las gallinas...”. No puedo presumir de malos tratos, pero no he olvidado la humillación de ser conducido al cuartelillo, ella estu­pefacta y avergonzada, y yo asustado y renegando de la época y pasaporte que me habían tocado en suerte. Noche oscura, playa de un mar sin olas, Wendy y yo reconociéndonos y deseándonos. Linterna de cabo de la Guardia civil ¡mosquetón al hombro! Los niñatos que se pasean hoy con banderas sin el escudo consti­tucional, si padecieran en sus carnes episodios se­mejantes, quizás gustarían menos de la autoridad, de los bigotes y de las hazañas bélicas.

Si hablo de una primera detención es porque hubo una segunda, también con chica y por igual deli­to: retozar junto al mar en playa y hora desiertas. Esta vez, tres o cuatro veranos después, la chica era de un guapo subido, un cañón del Colorado de fabri­cación española, y con más peligro que una piraña en un bidé. Ella (Elena Ferrándiz. Su amiga íntima, Nani Ruescas, tan pronto conoció nuestro asuntejo, me tiró los tejos, que yo recogí al vuelo. Así fue lo que pasó) y yo estábamos a lo nuestro en noche de plenilunio en la calita rocosa de Cabo Roig. La his­toria fue un remake de la anterior y mi cabreo mayor porque perdí una lentilla en el incidente. Para los jó­venes y jóvenas que seguramente no me leerán, diré que mis lentillas, de rígido cristal duro, fueron de las primeras que adaptó en Madrid Da Carmen Tato (“microlentillas de contacto”), en la calle Jacome­trezo de Madrid. Año 63/64. ¡Casi ná! ¡Ah! también perdí las 250 pesetas de la multa. El honor de la ru­bia niña bien salió indemne del trance, pues conseguí que el sargento no tomara los datos de su documento de identidad. El mío bien, también, gracias. En el fondo, y casi en la forma, en el cuartelillo tenían ga­nas de aplaudirme.






Vuelvo a Claire. “De alguna manera tendré que olvidarte...” me dice Aute. No. Jamás te olvidaré.
Cuando me volví loco por ti, tú me elegiste como amigo, como el mejor de ellos. Mas ¡ay! que yo te quería para “amor constante, más allá de la muerte”(Quevedo). La poesía que ahora me importa, a luna llena de septiembre, a ti se refiere también:

“... calado de ti hasta el
tuétano de la luz...
En mi alma nacía el día.
Brillando estaba de ti; tu
alma en mí estaba...
Sentí dentro, en mi boca...
el sabor de la aurora...”

¿Es que Aleixandre te conoció? ¿Por qué se apropia de mis temblores, de mi “élan vital” hacia ti? Hubo de conocerte, porque no ha habido otra perso­na digna de tales versos.

Comoquiera que este relato está condenado al cuarto oscuro, de un lado y, de otro, que no es tiempo de faroles, despacharé mis amoríos de la do­rada época universitaria en tres renglones. No inclu­yo los más fugaces. Jacqueline, la chica de Filadelfia, Rita, la de Rosario (Argentina), y Almudena, una es­pañola que estudiaba arquitectura y que se prestó a interpretar conmigo una película en super ocho.

Aviso al no avisado lector que, en aquella época, español que preñara a mozuela nacional incu­rría en riesgo cierto de ser casado o fusilado al ama­necer. Hasta el punto que el único compañero de mi curso que, ¡oh infelice!, se atrevió a yacer con su novia formal, fue obligado a casarse porque la ex­doncella cayó embarazada tras una sola sesión de trabajo en el curso del viaje del paso del ecuador, expedición en la que no participé. Hago un paréntesis para reflexionar sobre una de las eternas paradojas de la condición humana. En aquellos años una casta muchacha podía quedar embarazada con poco menos de una certera mirada. Hoy en día, con las libertades generales y las particulares sexuales, proliferan las clínicas y sistemas para combatir la infertilidad. Ya se sabe, Dios da pañuelos a quien no tiene mocos, y viceversa.

Tuve una relación blanca, de noviazgo formal, con una de las hermanas de un amigo, compañero del alma, compañero. La cría era alba de piel, caritita (En Venezuela, caritita es niña rubia) y dulcísima. La historia se terminó por mi inmadurez y porque un verano, en un Madrid vacío y tórrido, se cruzó por medio una gacela de enormes ojos verdes, mata de pelo castaño, con cuerpo de modelo de Mary Quant, pero con hombros y caderas a lo Haley Berry y carácter de mujer hecha y derecha. Cuando la niña blonda y dulce volvió de vacaciones, le conté la en­tente hispano‑francesa. También hubiera podido ca­llarme e intentar compatibilizar lo incompatible, pero preferí ser sincero y cantar la gallina. La cría no dudó en mandarme a freír puñetas y yo conservo un recuerdo maravilloso de ella y la esperanza de haber redimido mi falta, o, en su defecto, haber desenzar­zado la situación. La hermana de mi amigo era menu­da y alegre, de dulces ojos muy parecidos a los de mi madre; óvalo perfecto su cara. Era una mujer‑niña en paz consigo, cercana a un misticismo que ¡ay! aprecio y busco hoy más que antaño. Era una niña‑mujer de alma transparente, fuerte y más libre de lo que su frágil figura dejaba adivinar. Yo estaba verde. Me faltaban años y sabiduría.

Lo de Catherine fueron dos años d’amour fou que me curtieron cuerpo y alma. No soy capaz de desvelar aquí el modo, la manera y el por qué se ex­tinguió aquel volcán. Lo tengo escrito en relato que guardo bajo llave en el alma, dentro de mi almario.

Mujer‑pasión, Catherine, era más vulnera­ble de lo que ella y yo creíamos. Su sensualidad me­diterránea estaba a medio camino entre Argelia y Alicante, con parada y fonda en las Antillas france­sas. Venía de salir de una historia de amor que no me contó, con buen criterio. Lo supe mucho después, por boca de otra persona. Y tuve celos retroactivos.

Jugamos a ser eso que hoy se llama pareja estable y fuimos enormemente felices (Especialmente fuimos dichosos los días que pasamos en Almuñécar (Granada). Ella se sentía en Argel y yo estaba en la tierra de mis ancestros, pero libre del pasado y del presente. Que no del futuro.) y desgracia­dos. No consiguió terminar con mi parte frívola y malamente burguesa pero... hizo lo que pudo.



Catherine encarnaba la dignidad y la decencia. En medio de un Madrid cutre y garbancero, con olor a berza y a churros mal fritos, constituía la más co­diciada presa para el nutrido club de los señoritos cazadores de gacelas de importación. Ella se mantuvo íntegra, en medio de tanto depredador de vía estre­cha que campaba a sus anchas por la terrible estepa castellana. Con cuatro perras en el bolsillo, o sin ellas, a vueltas con el pago del alquiler y lo demás, y mal comiendo en restaurantes llamados económicos, con riesgo de contraer salmonelosis o ladillas en el baño. Trabajando mal pagada, sin contratos ni S.S., siempre bella, siempre elegante de espíritu y de ma­neras, Madrid perdió un gran fichaje el día en que, doctorado bajo el brazo, regresó a su tierra demo­crática y civilizada (Catherine y yo rodamos una peliculilla de cine amateur en super ocho. Entrambos asimismo participamos en un precioso libro de poesía y fotografía. Todo ello se ha perdido, salvo en mi remembranza).

Gracias a los dioses, a principios de los años ochenta pude, cara a cara que no cuerpo a cuerpo, explicarla lo inexplicado y arreglar el ayer. Eso es lo que trae el otoño. Buscas paz, serenidad y saldar cuentas contigo mismo, con tu pasado y con los seres que te han hecho tal y como eres. Iluminarte e ilumi­nar, si puedes lo primero y te dejan lo segundo.

Claire era utópica y acrónica. Las muje­res‑niñas o las niñas‑mujeres de mi vida de entonces pertenecían a su época y estaban en su lugar, incluso desplazadas de su origen o raíces. Claire era astro de otro mundo y su tiempo era eterno, no como los nuestros, que marcaban nuestro hablar, nuestros movimientos y sobre todo nuestros pequeños miedos y tabúes diarios.

Tan es así que todos la queríamos pero ningu­no supo entenderla del todo, ni amarla lo suficiente. Ni estar a su altura. Pienso, humildemente, que me aproximé mucho. Pero... no lo suficiente. Aunque... ¿alguien conoce cómo se debe querer a una diosa? ¿Existen modo y manera?

Anduve trochas y carriles, sin ella, yo solito. Mas, pero, aunque, sin embargo, leímos juntos, en voz alta, a Gore Vidal, a Kerouac, a Rimbaud, a Mallarmé, a Verlaine. También el “Bonjour tristesse” de la Sagan. Malditos. Escuchábamos a Zitarrosa, a Cafru­ne, a Cabral. También a Los Chalchaleros, a Falú. Nos gustaba ir al Jazz de la calle Villamagna. Tete Mon­toliú. Iturralde. Hoy no queda jazz en el barrio, que yo sepa. Jaime Marques, el brasileiro del jazz de Diego de León, llegó a ser amigo nuestro. Entendía la música como un sacerdocio. Yo militaba en la iglesia de Claire.

Claire seguía estudiando con método y natural facilidad. Yo empecé a perder interés por el Dere­cho. El derecho público, administrativo y fiscal sobre todo, es sencillamente horroroso. Sólo el civil me gustaba y eso quizás porque está en desuso. ¿Alguien con sensibilidad puede sostener que el derecho fis­cal, o el laboral son verdaderamente “Derecho” con mayúsculas? ¿Dónde quedan los viejos principios ro­manos: “Vivir honradamente, no perjudicar al prójimo y dar a cada cual lo suyo” (Honeste vívere, álterum non laédere, suum cuique tribúere. Justiniano)?

A partir de tercer curso mi único interés por la carrera era terminar cuanto antes. Y así lo hice. Claire seguía su tran‑tran, matrícula tras otra. Estu­diaba todas las tardes, salía todas las noches. Dor­mía en dos tranchas: seis horas en la noche, dos en la siesta. Dejé de ir a clase y me matriculé por libre de 4o y 5o cursos juntamente.

Me dediqué a otros aprendizajes. Antonio Ron, mi amigo ex­comunista, volvióse inseparable compañero. Pobre, divertido y culto, padecía de “pá­jaras negras” según su autodiagnóstico. Hoy diríase que tenía tendencias depresivas. Siempre conmigo, incluyendo “los salones bien” de Madrid. Era brillante si estaba de buen humor. Si estaba “down” podía ser corrosivo y destructivo. Por contra, mi sangre latía a toda pastilla y yo estaba vivo hasta durmiendo. Dado que para mí ya era evidente que el universo tiende al caos, cuando éste se aproximaba, buscaba a Claire, porque ella era la última línea defensiva.

Si el Ron se ponía depresivo nos íbamos los tres a Brunete, y en Casa Campa nos metíamos p’al cuerpo sendas perdices estofadas y bien de vino tinto manchego con sifón. Luego pasábamos la tarde en la finca de mon père. Chimenea si invierno, piscina si verano.


Por entonces yo andaba en un Mini‑Morris 1275 cc. Qué digo andaba, ¡volaba! El Ron y yo, cuando se terciaba y teníamos efectivo, nos largá­bamos al Mar Menor, a jugar al póker en la fonda Neptuno de mi amigo Inocencio, otro “compay” del alma. Pagué la última letra del coche cuando dejé Derecho para ingresar en la Escuela de Cine. Al re­vés: dejé la carrera cuando pagué la última letra. Claire obtuvo el premio extraordinario de licenciatura o de fin de carrera o como se llamara o llamase. Sin hacer alharacas. La entrevistaron en el Arriba y en el Ya. Conservo la foto de los periódicos, a las que añadí este pie:

“inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísima luz pura,
que jamás anochece;
eterna primavera aquí florece”

¿De quién tomé los versos? ¿De Fray Luis de León, quizás?

Sigo en el mundo del cine, ahora más bien en el de la TV. Un crítico más mejor que los demás es­cribió un día sobre mi obra: “su cine es literario y su literatura cinematográfica, pero no consigue separar ambos géneros”. ¡Qué cabrón! ¡Vaya manera de afi­nar! Mi literatura... Sí, también escribo. Guiones para series de TV española. Guiones nutricios, que me permiten seguir viviendo en el barrio. Alguna colabo­ración para Prisa, donde piensan que soy un ácrata de salón. Un señorito desclasado, pero señorito a la postre. ¡Qué “quedrán”! que dicen en “Graná”.

Claire ha hecho de todo, siempre bien y sin despeinarse. Bufete profesional, enseñanza universi­taria, “banca ética” dedicada a la financiación de energías renovables, microcréditos, apoyo a grupos de riesgo. Otra clase de banca, pues, también en América. Durante dos o tres años dirigió equipos multidisciplinares para estudiar el deterioro de las grandes forestas amazónicas y borneanas.

La diosa sigue en el Olimpo. Nunca ha sido políticamente correcta. Se ha gastado lo que ha ga­nado en hacer lo que ha querido. Ha sembrado bien y paz. Ayuda sin entregarse. Los hombres dejaron de interesarla, salvo como personas. Tachada de poco práctica, me dijo un día “¡Quiá! nací herida de reali­dad y en busca de realidad sigo”. Usó palabras de Paul Celan, uno de sus poetas favoritos. Yo advertía en ella un modo exacto de estar en el mundo (Alessandro Baricco me presta la expresión, que tomo de mi memoria).

Yo estoy bien, con la ayuda de mi Tao y la clara luz de Claire en mis entretelas.

“Amor no es voluntad,
sino destino
de violenta pasión” (Villamediana, conde de. Circa 1600) .

¿Dónde iré a parar si se apaga luz tan clara? ¿Quién me sacará de los rastrojos?

La vanidad es yuyo (Yerbajo, hierba inútil) malo, que envenena toda huerta. Claire se sabe superior pero actúa como si no lo fuera. No es humilde, actitud que se refiere al reconocimiento de la propia inferioridad, sino sensi­ble y compasiva. Casi siempre... A mí la injusticia me da unas veces tristeza y otras rebeldía. A ella sólo la última.

Claire también puede ser injusta. Alguna bronca me gané sin yo creer merecerla. Era cuestión de sensibilidad. Si yo no notaba que algo mío la hería, ella no disculpaba mi torpeza. A veces pienso que era un privilegiado porque a los demás todo perdonaba. Pero... yo sufría, sin que mermara ni tantico así mi embobamiento por Claire. Las diosas también pueden ser arbitrarias. La arbitrariedad confirma su mando. Pudiera ser que una regañina inmerecida de Claire significara que antes me había perdonado varias de las justificadas. Mas yo me sentía como cachorro que no recuerda por qué su ama le atiza con el periódico en el morro.


Becaud, Brassens, de un lado. De otro Mo­dugno, la Vanoni, la Zanicchi, Milva, Mina. Más abajo Richard Anthony. Marie Laforet, Sylvie Vartan y France Gall eran más de ver que de oír. Igual que la Hardy. Para las tardes lluviosas frente a la chimenea de la casita de Brunete. A Claire le gustaban Dylan y Joan Baez, incluso el plasta de Leonard Cohen. A mí el rock and roll de Bill Haley y sus cometas. La rela­ción de Antonio Ron con Claire era curiosa. Por un lado, como todos nosotros, estaba loco por sus hue­sos. Por otro, celoso de mi cuelgue por ella. Son sen­timientos ambivalentes, normales entre amigos, aun­que no fuéramos ninguno “confusos sexuales”.

El Ron no tenía nunca un duro. Literalmente. Su trabajo en el Instituto Nacional de Previsión daba para mal comer él y su familia. Le vi fumar coli­llas de cigarrillos ya fumados, que arramblaba de los ceniceros de cualquier casa o bar. Salía a la calle, y yo con él, a buscar una moneda caída en el suelo. An­tonio Ron conocía mucho a un ginecólogo progre, el doctor Hernández, quien proveía de recetas de píl­doras cuando alguno del grupo se ennoviaba. Con ex­tranjeras, claro. Salvo Claire, que fue una de las pri­meras españolas de clase burguesa usuaria de la pri­mera generación de aquel invento químico que, a no tanto tardar, trajo la revolución sexual a Europa primero, y después a la España tardofranquista.

En las farmacias del barrio no despachaban ni preservativos. Y encima se permitían regañarte en voz alta, para avergonzar al lúbrico adolescente que pretendía cumplir con su instinto, que no es tanto el de reproducirse sino de jugar y gozar con el único deporte que no tiene reglamento. Mi generación ha sufrido no sólo la mutilación de sus derechos políti­cos y culturales sino la enorme represión del instinto más elemental y divertido. ¿Quién restituirá lo que nos hurtaron?

Es evidente que Claire no se afilió al clandes­tino PCE porque el Ron acababa de dejarlo. Detenido en las redadas del año 56, Antonio se fue alejando del partido. El estalinismo no casaba con su natural asilvestrado. En la cárcel de Carabanchel el partido obligaba a distribuir los paquetes de ropa y comida que las familias hacían llegar a los presos políticos. En la navidad del año 57 la “señá” Antonia, abuela del Ron, le mandó a su nieto un jersey de cuello vuelto hecho con sus manos asarmentadas. El Ron se negó a la redistribución. Así empezó su disidencia ideoló­gica.
Claire coqueteó con el partido, pero... ni ellos confiaban en ella ni ella lo tenía claro. El Ron la deci­dió con su ejemplo. Al final de la carrera, Claire optó por ayudar a los comunistas, eso sí, desde su irre­ductible independencia de criterio.
Yo participé en la fundación de “Cuadernos para el diálogo”. Me gasté las veinticinco mil pesetas que tenía en una libreta en la Agencia Urbana no 1 del Banco de Santander, en Claudio Coello esquina Goya. Guardo las acciones como recuerdo.
Ahora sé que la democracia cristiana es re-trógrada. Pero aquel grupo no lo era. Quería un ré­gimen de libertades para España. Y sabíamos que el catolicismo oficial de la Iglesia jerárquica estaba con la ideología reaccionaria dominante. La oposición a Franco tenía cuatro frentes: los estudiantes (a partir del 56) los intelectuales (pocos y mal aveni­dos), los obreros de comisiones obreras y unos cuan­tos curas sueltos.

Claire y yo dejamos de vernos y de saber uno del otro durante largos años. Ella se fue a América y yo a mi mundo de ficción. He escogido una vida tran­quila, de emociones medidas y necesidades controla­das. No siempre lo consigo pero... “estoy en ello”. Nunca dejé de pensar en ella un solo día. Como el “Ciudadano Kane” respecto de una chica que un día vio fugazmente pasar en un tranvía.




Ahora es tarde para todo porque no queda tiempo para nada. Ni siquiera para seguir con esta historia, que empezó en primavera y me deja un re­gusto a grosellas y hongos de otoño.

La dulce tarde ha llegado a su fin. La aurora aclara el segundo día de mi otoño. Ninguna primave­ra, ningún otoño remedian nada. Claire ha vuelto al jardín de los dioses que nunca dejó del todo, pues apenas se mezcló con nosotros, los mortales. Desde que se fue no quedan flores en la tierra. Todas están junto a Claire, que regresó al origen.
En Madrid, a 22 de septiembre de 2004, festividad de san Mauricio y compañeros mártires.

Tu étais trop jolie, trop jolie
Mon amour
Ton rire était trop frais
Et ton corps trop parfait
Tu aimais tant la vie, tant la vie…

... Tu étais trop jolie pour moi mon amour

Tu étais trop jolie, trop jolie
Mon amour
Tu étais une enfant
Vivant intensément
Moi je n’ai pas compris, pas compris…

… Tu étais trop jolie pour vivre mon amour. Aznavour 1959.

domingo, 17 de mayo de 2015

En aquel huerto inmediato

Del monte en la ladera
por mi mano plantado, tengo un huerto
que con la primavera,
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto

"Oda a la vida retirada. Fragmentos"
Fray Luis de León


En el quinto año de la séptima década del pasado siglo determiné pasar el estío en compañía de nadie. Polvo, sudor y hierro, en el jodido secarral de la meseta castellana. Terminaría así unos estudios universitarios que me tenían harto. Harto de tanta anormalidad artificial. Fue mi primer verano sin veraneo.

Otro propósito, genuino y no confeso, era el de labrar un huerto en el piso paterno, vacío durante la canícula.

El primer designio no requería sino de unas horas de estudio cada madrugada, a menudo sentado en el balcón, por si se levantaba la fresca, que no lo hacía ni con las claritas del día. Desde siempre, las madrugadas han sido para mí la parte final de la noche, nunca comienzo del día. Me gusta atar la luna con el sol.

El segundo empeño fue planificado meses antes con rigor y disciplina cisterciense. Consistía en convertir mi dormitorio, el contiguo y el medianero cuarto de estudio, en un huertecico. Recogería sus frutos a finales de septiembre, antes de la vuelta de mi familia y demás bichos.

Pero había más. Algo que constituye el nudo de esta historia. Quería que mi gran secreto, mi mayor tesoro, medrase un tiempo en mi suelo.

El tesoro databa de mucho antes de Cristo, pues era contemporáneo de Buddha.


Un tío abuelo mío, por parte de madre, se había casado con una maharaní hindú, a quien llevó a vivir a Granada desde las lejanas orillas del río Jhalum en el valle de Cachemira.

No tuvieron hijos y sí un gran afecto por mí. Me contaban historias preciosas de la India, de los vedas y del budismo. Alguna vez me sentaron a meditar con ellos en el carmen que tenían por el Albaicín. Yo era un crío que gustaba del silencio y conseguía poner la mente tranquila y calma, lo que me procuraba paz y bien.

Una tarde de Corpus andaba yo con los maharanís en su carmen, cuando llegó el mecánico de casa para llevarme a no sé qué gaita familiar. Me disgusté mucho, pues los tíos me iban a hablar a la puesta del sol del Buddha niño, cuando todavía se llamaba Siddhartha Gautama. Para consolarme, mi tío me tomó de la mano y me llevó a su torre‑estudio, clausurada siempre por una llave de plata que colgaba de su cuello y de un cordón trenzado con hilos de oro y seda magenta.

El torreón era un sueño. El sueño de mi vida. Servía de observatorio astronómico, de laboratorio de alquimia, de biblioteca de libros teúrgicos y de teosofía y de recoleto fumadero de opio. Mi tío abrió mi mano derecha para cerrarla a poco sobre un cofrecillo anacarado.


Habló así:

- No te enfades por pequeños contratiempos. Tampoco por los grandes pesares. Tienes muchas vidas para ser feliz. Cuando crezcas, siembra esta semilla en tierra por ti bendita. ¡Ah! primero debes ablandar el grano en agua caliente durante tres semanas, a contar desde la luna nueva de enero de cualquier año impar.

Pregunté:

- ¿Qué árbol será cuando fructifique?

Escuché su respuesta:

- Un árbol sagrado, pues es simiente del gran árbol Bo, donde Gautama “el Despierto” tuvo su iluminación. Es el árbol de la ciencia.

Me dejé conducir por el chófer hasta la vana celebración familiar. Pero aquella tarde yo había aprendido de mi tía hindú un principio de incalculable valor espiritual. Me reveló que la tradición de su tierra favorece el abandono de la vida convencional al llegar a cierta edad, después de haber cumplido con los deberes de familia y de ciudadanía. Ese sabio consejo no me fue arrebatado nunca.

Pasó tiempo y tiempo. Muchos años. A principios de mil novecientos sesenta y cinco entendí llegado el momento de seguir la exhortación de la ex–maharaní de Srinagar. Y de hacer fructificar el tesoro que me había legado su sabio marido.

Hice de agrimensor pues levanté un plano con las medidas exactas de los tres rodales que tendría mi huerto, uno por habitación. Era preciso tener muy en cuenta el espesor y la altura de los zócalos. Esta etapa requería de cálculos tan precisos como los de Einstein a la búsqueda de su teoría unificada de los campos, que los físicos de hoy persiguen bajo el nombre de teoría de las supercuerdas. O algo así.


Conté con primor los veintiún días que siguieron a la luna nueva de enero. Llegado que fue el día prescrito, sumergí con unción la vieja semilla del árbol de la ciencia en un termo con agua caliente, que renovaba cada veinticuatro horas. Para las fiestas de la cruz de mayo la pepita había brotado: una raicilla por un extremo y un alevín de tallo por el otro.


Como en la vivienda de la familia el espacio a mí asignado era mínimo y promiscuo, decidí pedir ayuda a una japonesa que había venido a Madrid a estudiar unos cursos de flamenco. Tenía un ático cerca de la calle Ibiza y era versada en zen. Me agencié en el Rastro un enorme macetón de barro toscano que había pertenecido al marqués de Esquilache. Pedí quedarme a solas la tarde‑noche en que procedí al trasplante de la semilla del árbol sagrado desde el termo‑útero hasta la rica tierra que había preparado en el gran tiesto. Seguí las instrucciones de mi tío el teósofo y todo salió según la naturaleza de las cosas santificadas.

Retomo mi oficio de geómetra medidor. La exactitud y el rigor eran inexcusables, pues las planchas de zinc que cubrirían el suelo a cultivar y protegerían el parquet de madera de mi vocación agrícola debían encajar al milímetro con las otras piezas del propio metal que, verticalmente, iban a recubrir zócalos, rodapiés y pared hasta sesenta centímetros de altura.

Todo ello con la finalidad de disponer de un hondo de medio metro de buena tierra y humus orgánico que, convenientemente regados por mis manos de hombre de vega, permitieran sembrar tomates, berenjenas, calabacines, judías verdes y otras verduras. Una esquinadura quedaría reservada para unas poquitas matas de cannabis sativa.

Avelino el fumista ejecutó mi proyecto al milímetro. Necesitó de todo el invierno y parte de la primavera, pero el día 22 de junio, histórica fecha en que partió mi familia hacia el Sur, en los sótanos donde vivía la gran caldera de carbón que suministraba calefacción al edificio, apilados estaban todos los pedazos de zinc requeridos para montar mi sueño de horticultor de la propiedad horizontal.

Si la caldera calentaba en el invierno, la canícula mesetaria fundía plomo derretido sobre los cuatro enanos excéntricos que quedábamos en esta absurda capital de España, elegida como tal por Felipe II contra toda lógica política y conveniencia estratégica de un imperio que entonces estaba conquistando América. ¿Por qué no Lisboa? Puto racionalismo geométrico‑centralista.

El plomo incandescente del centro del día se volvía aceite hirviendo por las noches y yo me freía hasta el punto de dormir en el balcón, en un colchón Flex tamaño cadete. Los muebles de las tres habitaciones experimentales habían vuelto impracticables los largos pasillos del piso. Ni para dormir servían.

De todos los problemas que afronté aquel verano de lobo estepario, el que más me sulfuraba era la portera del inmueble, de quien tenía serios indicios para sospechar que trabajaba como agente secreto para la Drug Enforcement Administration de USA. La señá Pilar había convenido con mi madre en que cuidaría de asear mi dormitorio, a cuyo efecto fue provista de un llavín de la casa.

Soborné a la cancerbera del edificio con mi escasa paga semanal, a fin de que diera por cumplido su cometido, puesto que mi dormitorio, una vez plantado de ricas hortalizas, no requeriría de más cuido que riegos y mimos. Pero la señá Pilar, a quien mi madre había adelantado su remuneración de todo el estío, si bien aceptó mi soborno no cumplió su parte del trato. Ocasión tuve de comprobarlo poniendo trampas simples, como cinta de papel celo en la junta de la puerta o plastilina en la cerradura. La muy cabrona.



Entrenada por la DEA, olfateaba como un rottweiler las matas de maría. Madrileña castiza de Lavapiés, husmeaba como un can mil‑leches cualquier estela o aroma de presencia femenina, que ellas siempre dejan residuos. Los informes fruto de su espionaje sobre cultivos sospechosos eran depositados en la embajada americana. Las conclusiones que sacara sobre visitas “de género”, malicio que eran para el placer de su cotilleo con las vecindonas. Con la pipera de la esquina, con la quiosquera, con Casilda la cacharrera y, por qué no, con el cura párroco del lugar.

Avelino me enseñó que el zinc puro se puede enrollar y tensar. Comprobé que su color es blanco azuloso, lustroso y brillante. Su vaga dureza, apenas 2,5 en la escala de Mohs, determina que sea tan dúctil y maleable como un empleado de banca polivalente. No puedo dar fe de si Avelino utilizó algún otro metal para hacer un galvanizado. Sí recuerdo que lo hizo para soldar las juntas.

Certifico que el día de junio que sigue a San Pedro, bien entrada la madrugada, Avelino y yo, silenciosos como hormigas meando sobre algodón, subimos a mano por la escalera de servicio y con muchas fatigas, las tres grandes planchas que recubrirían el suelo y las otras doce destinadas a forrar las paredes de mi huerto hasta sesenta centímetros de altura. Con lamparilla de soldar, lija, hilo de estaño, estropajo de acero, una lima y unos guantes, aquel artesano que calzaba muchos puntos dejó listas las estancias que habrían de fructificar.

Dormí lo menos que pude y me fui con el Renault cuatro latas a recoger los semilleros, plantones y semillas que había dejado encargados en los viveros de la Ciudad Universitaria que gerenciaba un tal Sr. Matallana. Éste me había aconsejado que utilizase una tierra con un tres por ciento de humus y bien equilibrada en su composición mineral.

Leí en un manual sobre cuidado de huertos y jardines que el método para regar dependía del tamaño del huerto, del coste de cada sistema y del estilo de vida del hortelano. El manual provenía de la Oregon State University y me dio mucho que pensar. La tajante afirmación de que la decisión sobre las tres básicas maneras de regar, a saber, a mano (con manguera o regadera), por goteo o mediante aspersores portátiles dependía en buena parte de mi estilo de vida, me llevó a consultar a los filósofos presocráticos en busca de orientación.

Ni Parménides ni Heráclito me aclararon el enigma de la relación entre mi forma de vivir y el sistema de riego adecuado. Yo pensaba que el regadío de un huerto urbano sito en un tercer piso era cuestión que venía dada por la naturaleza de las cosas y no por la moral o costumbres de las personas. De todas formas, Parménides es gilipollas. Confiar todo al razonamiento, aseverando que lo que no es pensable según la razón, no puede ser, es desconocer todo. Empezando por uno mismo. Me sentía y me siento más próximo a Heráclito con su teoría de la contradicción.

Descarté el goteo y los aspersores por instinto de conservación. De mi persona, no del huerto.


Mi idea‑fuerza era simple. Se trataba de meter un trozo de la vega de Granada en una residencia en el barrio de Salamanca de Madrid, y cultivar así una serie de hortalizas cuyos frutos me comería antes de que el otoño me devolviera a la tozuda realidad familiar.

Subí, siempre con nocturnidad y alevosía, los plantones crecidos en semilleros y las semillas de aquellas hortalizas que se pueden sembrar directamente en la tierra. Los plantones eran de berenjenas, melones, pimientos y tomates. Las semillas que no habían pasado por intermediario semilleril alguno eran de judías verdes, habas y zanahorias.

Embutir un pedazo de campo en aquel apartamento suponía interiorizar en mi mundo el universo exterior. Entiéndase bien, en un sentido físico, no metafísico. No conseguí totalmente poner de acuerdo la vida exterior con la interior y lo que logré fue con sufrimiento y sobre todo con soledad. Días enteros hubo en que no cambié palabra con nadie salvo conmigo, que tampoco era nadie. Pero sí afirmé mi libertad, mi independencia y mi total disponibilidad hacia mi yo, que sólo se casaba con mi propia opinión. Defendía mi alma secreta con constancia de jornalero. En aquellos meses mayores y de fuego yo me metí en sus brasas. Tieso que tieso.

A finales de junio quise que mi bonsái sagrado, que ya medía dos palmos de altura, prosperase en mi cuarto de dormir, justamente cerquita de la ventana, que daba a mediodía. Se trataba de una suerte de transubstanciación. A fe que lo conseguí, pues en el último día del reinado de los virgo, cuando las para entonces cuatro cuartas del árbol de Bo volvieron al ático de Mamiko, la planta estaba hermosa y serena. Bien arraigada.

Me alimenté frugalmente a base del jamón de york que subía de California 21, de los yogures y frutas que compraba en el mercado de la Paz y de un puré de patatas de sobre cuya excelente calidad agradeceré siempre a Maggi. Román, el maître de California 21, me preguntó en alguna ocasión si estudiar tanto no resultaría malo para la cabeza. Yo le dije que era muy pernicioso y que prueba de ello eran los tics y muecas que ejecutaba el notario que se sentaba al final de la barra a las veintiuna horas en punto, al término de cada jornada laboral. Román decía que me veía ojeroso e iluminado como un orate. Y que no comía con fundamento.


Cuando pienso en mi proceder de aquel ciclo solar, diagnostico que me autosecuestré. Los secuestros son muy largos de vivir y muy cortos de contar. No recuerdo que mi soledad interior me hiciera perder el sentido del humor, y sí que tenía acentuado el sentido del amor que propician los huertos, aunque sean esteparios.

Ahora sé que las emociones son muy importantes para el mecanismo de la formación de los recuerdos. Mi vecino el neurobiólogo me enseña que los humanos compartimos memoria con las moscas. ¡Qué alivio!, mi memoria no está sola. Se parece a una mosca cojonera.

Me llevé al huerto a unas pocas extranjeras de las que hacían cursos de verano en la facultad de Filosofía y Letras. Yo recitaba a Lorca y ellas miraban mis verduras, hasta que se tocaban nuestras miradas. Advertía en ellas la ternura que a veces se siente ante una persona determinada a llegar hasta el final en busca de objetivo imposible. Las que habían nacido en el campo me reconocían como a un igual, aunque Andalucía quedara lejos de Georgia y mi huerto fuera una maqueta o remedo de.

Pero Lorca es mucho Lorca, Los Panchos funcionan casi siempre y yo las amaba casi tanto como a mis matas. Nos sumergíamos en la música como en el mar. ¡Qué sentimentales y tiernas pueden llegar a ser las yankees, o las confederadas, cuando les tocas la tecla... romántica! No entendía la mitad de lo que me decían, pero seguro que era muy bonito. Conste que me atuve a mi regla: es inmoral acariciar a una chica que no te gusta. El escrúpulo desaparece si a ella tampoco le gustas tú.

Para mejorar mi swing con las gachises foráneas que me liberaron de tantas y tan viejas represiones y tabúes, tomé unas clases de guitarra española con un maestro que era conserje del Ministerio de Obras Públicas y vivía en un chalet muy gracioso en la colonia de la “Prospe”. Yo tenía más afición que oído y la naturaleza no quiso obrar el milagro de convertirme en el único semoviente de mi viejo linaje, que se remonta a Adán y Eva, que articulase tres o cuatro notas musicales seguidas y acordes. ¡No se puede tener todo en la vida! Antes bien, es más probable no tener “naíta de naíta”, como predicaba una maritornes al contemplar el estado de vacío de la despensa de sus señores. “Está la despensa que se descalabran los ratones” se decía en Madrid.


Al atardecer, cuando decaía mi solitario ánimo, recurría a un método homeopático. Así como el veneno se cura con veneno, si me sentía triste leía a Schopenhauer, cuyo pesimismo telúrico y ontológico me suministraba inmediatamente la ración de optimismo que necesitaba. No acudí, por contra, a la medicina alopática y eso que por aquel entonces la simpatina y la centramina se vendían a go-go, y sin receta, en cualquier botica.

Testigo soy de que Madrid en verano no es Baden-Baden. Con familia o sin ella, es más bien un terrible poblachón manchego con vistas a la nada. Ni siquiera a un mar presentido. Siempre con Góngora:

«Dejadme llorar
orillas del mar.»

Los huertos dejan huella. En las manos del cuerpo y en las del alma. Su siembra, abono, desinsectación y desinfectación, su riego, y también la guía de las plantas trepadoras por sus cañizas, huellas son. El momento mágico de juzgar si un tomate sabe mejor una madrugada o a la siguiente, marca trazas. Consumir en seis o siete días, en plan crudité, kilos y kilos de plantas hortenses imprime carácter. Huellas dejan los huertos. Y más si son inmediatos.

Así cantaba yo, por tientos, a mis “salvaoras” nínfulas:

«Inmediato.
En este huerto inmediato
donde beben mis palomas,
yo me siento
y me distraigo un rato
con ver el agua que toman.»

A juro que la guiri de guardia se quedaba in albis y me miraba como las vacas al tren. Y yo me marcaba una petenera, cante que para unos nació en las antiguas juderías españolas y para otros en un pueblecito gaditano níveo de cal moruna:

«Ven acá, “remediaora”,
y remedia mis dolores;
que está sufriendo mi cuerpo
una enfermedad de amores.»

Y se hacía una luz de luna que aclaraba todo.
La operación de desmontar la estructura de zinc de mi vergel hubiera requerido de un par de profesionales de esos que en el cine americano hacen desaparecer cadáveres por el desagüe de una bañera y limpian el escenario de un crimen de manera que ni el FBI, con todo su esplendor, encuentra una sola prueba de la matanza del día de San Valentín. El window dressing navideño de las cuentas y balances bancarios es juego de niños comparado con mi trabajillo septembrino.

Como quiera que mi conocimiento de los bajos fondos de Madrid era entonces limitado, pedí ayuda a dos amigos que por aquí andaban desnortados. Uno era pobre y el otro muy rico. El pobre me ayudó, a cambio de instalarse en casa los días que duró su adecentamiento y la eliminación de las pruebas del hortelano delito. El muy rico me dijo compungido que se iba a pasar unos días, el muy mamón, a Saint Jean Les Pins en la Costa Azul.

Siempre me ha enternecido la natural disposición de los ricos a prestarse entre sí la ayuda que niegan a los que verdaderamente la necesitan. Y quede claro que a mí los ricos me gustan, mas siempre he procurado no formar parte de la colección de ninguno de ellos. De muchacho advertí que algunos millonetis padecen en grado sumo la curiosa vanidad de la filantropía. Sobre todo si se practica con dinero ajeno.

En la gran limpieza, que hubimos de extender al resto del piso, contabilicé ciento veintiocho vasos usados, noventa platos lisos de los grandes y noventa y ocho de los pequeños. No había ningún plato sopero. Cienes y cienes de cucharas y tenedores y muy pocos cuchillos.

En este capítulo que versa sobre el gorrino estado del menaje de cocina, buena parte de la responsabilidad la tuvo el pato que pesqué aquel verano de grana y oro.

El ánade pertenecía a la portera‑agente secreto y habitaba en un patio interior, que era el mismo al que daban las tres habitaciones convertidas en huerto. Y me tenía harto de sus graznidos ininteligibles. Se trataba de hacer desaparecer limpiamente al pato, sin que la portera me denunciara en comisaría o, peor aún, a la CIA. Fuime a una tienda de caza y pesca llamada Rehala y pedí sedal y anzuelo.

El dependiente me preguntó:

- ¿Cuánto sedal necesita Ud.? ¿De qué grosor? ¿De qué clase de pesca estamos hablando?

Contesté:

- Se trata de un pato azulón común y de un tercer piso. El edificio es antiguo y cada planta mide unos cuatro metros. Es decir, cuatro por cuatro son dieciséis, más otros cuatro metros de reserva, veinte metros en total.

El dependiente cayó preso de un ataque de risa y no me cobró sedal ni anzuelo. A pesar de sufrir un pinzamiento lumbar de etiología carcajeril.

Me compré la linterna más potente que encontré en aquella España de tan poca potencia lumínica y empecé a observar las costumbres dietéticas y etología del pato a fin de buscar el cebo adecuado. El bicho no se inmutaba cuando le tiraba lombrices de las que habían aparecido en el huertecico, cuya tierra yo cavaba y escardaba con tiento y con un almocafre granaíno. La pasta de dientes tampoco le gustaba ni, sorprendentemente, el jamón de york de California 21. Di finalmente con la clave: el tomate, siempre que fuera raff.

Tras una noche sin sustancia, dejé que el curso de las cosas se precipitara. La madrugada del 10 de agosto pesqué al patito y lo subí a pulso hasta la tercera planta. De guillotinar al palmípedo se encargó mi amigo el pobre, que era revolucionario, jacobino y, por tanto, gran conocedor de las técnicas de Madame Guillotine. Conste que el anzuelo se hincó en el tejido córneo del pico, que no duele, según me explicó luego el profesor Franz de Copenhague.

El fracaso final de la operación pato a la naranja fue rotundo. La receta que habíamos recortado de la revista Semana no funcionó. Tiempo después aprendí que las piezas de caza, de pelo o pluma, suelen dejarse unos días para que sean invadidas por su propia flora intestinal, sin que el grado de fermentación llegue a modificar su gusto. Creo que los franceses lo llaman laisser faisander.

La portera acechadora no comprendió jamás el destino de su animalico. Dícese que visitó a un psiquiatra, pues no hallaba razón de la desaparición, por arte de birlibirloque, de un ave encerrada en un patio de luces en un edificio de seis alturas. Era un pato virgen, que no había volado en su vida. Y dada la pequeña dimensión del patio, aunque hubiera sabido volar, que no sabía, la corta pista de despegue no le hubiera permitido alcanzar la altura necesaria para no despanzurrarse.



Es una historia cruel y la cuento con el corazón comprimido. Pero la vida de un pato prisionero por capricho de una portera agente doble es dura. Como dura era la vida de cualquier animal en la España cañí. Las cabras volaban desde los campanarios de las iglesias de pueblo. Los mozos rurales apaleaban a los pobrecicos perros mientras éstos se apareaban y prefiero no mentar a los miles de toros que son sacrificados cruelmente, cada año, en el ara de nuestra fiesta nacional.

De muy chico vi con estos ojitos que se ha de comer la tierra cómo, en una finca de Ávila y en invierno, los perros de una gran casa de labor dormían atados a carros y tartanas, en noches rasas, a diez grados bajo cero. Al cabo y a la postre, el pato sufrió poco, murió rápido y se ha convertido en una leyenda en esta parte del barrio. Algún precio hay que pagar por pasar a la historia. Y no se hable más de ello.

El verano terminó y volvió el barullo de la vida, esa gran parodia de la realidad. Se acabó mi estado de letargia y mi vocación de ermitaño a tiempo parcial. Si alguien de la familia advirtió indicios o sospechas de actividades paranormales, tuvo la delicadeza de callar, probablemente porque fingir ignorancia es menos fatigoso que indagar verdades inanes.

Empecé a ganarme la vida como leguleyo cagatintas, con gente poco divertida, si bien hubiera preferido regentar un casino o un burdel, inclinaciones ambas que cumplí años más tarde. He procurado que mi existencia no sea tan solo un episodio de la nada. La vida no obliga a nadie a ser una mierda. A evitarlo me ayuda la circunstancia de que mi época y yo no concordamos.

Cuando junté unos dineros, compré un buen tramo de tierra de sembradura, adecuada para que mi arbusto del gran árbol de Bo pudiera crecer lo que quisiera. Hoy mide más de muchos metros y he logrado que mi árbol sagrado tenga la forma corporal del viento.


P.S.: Antes de imprimirse, en edición de autor y no venal, di a leer este relato a mi inverso alter ego e impostor de uno de mis falsos heterónimos. El profesor Olonam Serrot Sajor me dice que algunas cosas le huelen a Rohmer o a Chabrol. Y que también las hay con tufillo a Alan W. Watts. Que conste en acta.

domingo, 10 de mayo de 2015

Venezia hostil


(el autor en Venezia)

Viernes 14 marzo

Como a solas, para variar, en el restaurante La Taverna del hotel La Fenice.
¡Atiza! Me sirven la mismísima agua mineral naturale que en La Habana. Acqua Panna oligominerale. ¡Esto es cosa de Fidel! Pido dos primeros platos. Zuppa di cipolla, que es suave como la noche y… ¡no lleva costra de queso! Luego unos pequeños gnochis… Suena música cubana… “si me quisieras lo mismo que veinte años atrás…” ¿Alguien quiere y es querido durante veinte larguísimos años? ¡Que levante el dedo! Un pavo corta un jamón ibérico, antes llamado serrano. ¡En Venezia!
A las tres de la tarde fui el hombre que corría hacia el vaporetto con la servilleta prendida del jersey de cuello vuelto. Era azul, como el fascio y como la puta noche negra.
Me he cruzado con centenares de personas. Una sola ví que estuviera tan sola como yo. Era una chica pegada a unas gafitas. Ni me miró. La soledad es misógina o andrógina o lo que sea. Es difícil. Tanto o más que yo. El absurdo desencuentro, a una hora absurda, me dejó absurdo y agraz sabor de boca.
Gusto de regresar donde ya estuve. No así en el sexo. Cansa la reincidencia y gusta conocer chicas nuevas. Pero… requiere tantísimo esfuerzo… Me refiero al conocimiento, no a la parte física del amor físico.


(todas las fotos están tomadas por el autor)

Sábado 15 marzo

En la galería Zora da Venezia atiende Ambra una preciosa mujer de una rara ambarina belleza. Y encima me procura buen descuento al pagar dos mínimos camafeos, que no necesito para nada. La hubiera o hubiese comprado el león de San Marco si la criatura se lo propone.
Sorbo despacito una gran taza de té verde con bergamota en Le Café, sala de té y pasticceria que está en el 2797 de San Marco. Es también galería de pintura de las que Venezia rebosa. Me entra el spleen. Tedium vitae.



Domingo 16 marzo

He soñado que eran tres hermanas. La mayor blanca como Liv Tyler. La mediana tenía los ojos de la Scarlett Johansson. Las dos y yo nos amábamos, pero por exigencias del guión me casaron con la tercera que era bajita y cabezona como aquella avilesica cabezona y bajita. La noche de bodas dormimos los cuatro juntos, en familia.
De la Academia leo:
- Nos vemos ahora o paso más tarde y hablamos un poco de tu libro último!!!!
Contesto:
- Sí.
Espero. Soy el hombre que espera. Ahora aguardo al borde del Gran Canal. Llueve, hace frío y toso. Ciudad absurda. Húmeda y vieja como las putas viejas. Aquí sólo puede encontrarse bien un jodido ranchero de Texas.



Lunes 17 marzo

Las chicas de la era moderna dicen NO. Casi siempre. Casi siempre están en camino. Luego llegan y se van. La culpa es mía por no aposentarme en Mestre.
¿Cuándo es ahora? ¿Cuándo es luego? Son muy suyas las personas que lo son. Pertenecen al sector crítico, en general, y mío en particular. Me corrigen a mí, que soy mayor. El doble de mayor que ellas. Dicen  Ga.u.gín (como se escribe) y hablan mucho de Miró, cuya obra nunca me gustó. Escribo:
- Mañana te mando un mensaje.
Incierto se presenta el futuro. Y yo en el Véneto.
Huele a Aznavour. El vino blanco olía a putre. En la mierda de restaurante cuya puerta nunca debí franquear. ¡Qué asco!



Martes 18 marzo

¡Buona Pascua! Me cisco en le feste di pascua.
Il Gazzettino: última chiamata per EME: il rischio secessione esiste ancora.
Friuli – Venezia – Giulia: secessione frente a federalismo. La Liga Norte encartela la gota roja que es Venezia: “Roma ladrona”.
En Venezia hace un frío húmedo que se mea el lorito. En los exteriores y en los interiores.
Las toilettes de los restaurantes tienen puertas que se deslizan hacia la izquierda y el agua de sus lavabos sale a pedal. Si no conoces los trucos, te puedes hacer pis encima. Lo bueno de pasar dos semanas en Venezia es que ya no tienes que volver más nunca.
Los indígenas de aquí tienen las rodillas como polvo de talco. Son las putas escalinatas de los puentecitos que atraviesan los canales. ¡Qué sufrición!
La vez anterior no había perros. Ahora sí, sobre todo teckelinos de pelo corto de claro color marrón. Me acusan de ser exquisito y asocial. Será… seré… me cuesta muchas fatigas aguantar gilipollerías.
En la mesa de al lado dos norteamericanos hablan por sus móviles. El gordo es un cerdo de ciento veinte kilos. Ella es una cerdita que habla como el pato Donald. Aún tiene su polvo.
El vino Rubrato contiene sulfitos. Yo me contengo a mí mismo y me perjudico seriamente. La salud mía.
En la vitrina escaparate del restaurante La Faluca, en la calle de la Mandola vive un rodaballo. El ojo que me mira tiene catarata. Muerto no está, pues me saluda cada vez que paso, que son varias al día. No me gustaría morir con él en Venezia. El bicho parece un po particolare. Como yo ¡Magari!
Mi error es un viaje. El viaje. La semana santa es un horrible malentendido. Entre ella y yo. La iglesia y yo.
Escribo en un café&wine bar llamado Teamo. San Marco 3795. Mujeres guapas y una nube de maricones. Alguna chica con pelo a lo garçon da la mano a otra chica con pelo a lo garçon.
Una moza, con melena ella, me recuerda a Laetitia Casta… en bajito eso si.
Hablando de comer, esto es lo que hoy he jamado. Dos manzanas, dos lácteos con fruta y cereales. Dos tés, uno verde y otro no. Ensalada. Tomates pequeñitos. Espaghettis con tomate. Un té. Dos vodkas. Nada.
Escriben de Mestre:
- Azienda agrícola. Villa Crespia. Villa Chiòpris. Fattoria Colsanto.
En el restaurante en que ceno pido un cuchillo para sacar punta al lápiz que me regalaron en Mondadori www.libreriamondadorivenezia.it
Ya sé qué cosa es el arte en Venezia. Es morirte de frío.



Miércoles Santo

¡Y tanto!  En realidad me siento como en Miércoles de Ceniza. No se si tengo un catarro común, o la gripe aviar, pero estoy hecho fosfatina. La ventana de mi cuartito de baño da a un costado del teatro de La Fenice. Por ella se cuelan dos clases de gorgoritos. Los que emiten los artistas que calientan sus voces con escalas y esas cosas y los arrullos de unas palomas que viven en el alfeizar y que allí han depositado una ostra marina.
En Venezia el personal vive como si tal. Como si no hiciera tantísimo frío cabrón y húmedo. Noventa y mucho por ciento de humedad relativa del aire.
En Venezia no hay Actimel, ni sacapuntas, ni papelerías.
Al ponerse el sol la ciudad se muere. De buena mañana empiezan a llegar nubes de españoles que gritan y no me dejan perspectiva para ver lo que hay que ver, chicas incluidas.
Huele a podrido. Aquí, no en Dinamarca. El alcalde de Treviso dice que su éxito se basa en que aplica las enseñanzas del fascismo y del catolicismo.



Jueves Santo

En las escaleras del hotel una señora habla en francés por su telefonino:
- “Si, el hotel está bien. El baño muy limpio y además tiene bidet…”
Sospecho que las autoridades municipales han instalado artilugios acústicos en los escasos árboles venezianos. Emiten gorjeos y cantos de pajaritos, a fé mía, tropicales.
También huele a racismo. De los italianos del norte sobre los del sur y de todos ellos contra los inmigrantes pobres.
De la siesta me despierta el maullido de una gata en celo. Uno macho caga en el jardín del hotel.
En la tienda donde compro té una vieja indígena clama contra una chica de hermosos rasgos hispano-cubanos. Protesta porque los inmigrantes se atrevan a comprar en tiendas de exquisiteces. ¡Hija de la porca putana! Y de Mussolini. En el café Fiori un té cuesta nueve euros. En servicio de alpaca y con música en vivo, eso sí. Y te dan de leer mi periódico, que yo ¡ay! ya había comprado.



Viernes Santo

Sufro de metereopatía que no de meteorismo. Los cambios de tiempo me matan y la primavera me entierra. En la RaiTre un médico dice que me vista por capas, como una zipolla. ¡Es lo que hago desde niño y que si quieres arroz Catalina!
En toda Venezia no puedo comer nada que no lleve queso.
El mantenimiento del hotel lo lleva una familia con su nona y un perrito. Hoy la cosa va de habitaciones que se inundan, por arriba, no por la puta laguna podrida. El padre lleva gafas de diseño de los años cincuenta. Los trabajos duros corren a cargo de un oriental y una chica andina.
La humedad que llevo en el cuerpo no me la quito más nunca, ni en la meseta.
El té verde de cada día me toca hoy en el Bar Al Teatro, en el Campo S. Fantin 1916, vicino a La Fenice.
Los moluscos y crustáceos de esta laguna están muy contaminados de mierdas tóxicas. Venezia está edificada sobre la laguna marina, encima de traviesas de madera. Mejor es no pensar en el submundo oscuro sobre el que vive esta gente. Tocan a más ratas por habitante que en parte alguna.
A las cinco de la tarde no se ve un carajo.



Domingo de Resurrección

Para almorzar algo que no lleve queso recurro al expediente de confesarme vegetariano. No dista tanto de ser verdad.
La chica que arregla mi camera me felicita la pascua y me da su mano, que yo estrecho agradecido y se la devuelvo. Soy el huésped que deja su habitación, día tras día, a hora “tempestuosa”. Anoche me invitó a cenar a su apartamento de Mestre una familia del proletariado del Véneto. La señora es cristaloterapeuta. Me enseñó con devoción sus pequeñas amatistas, ágatas, cuarzos, turmalinas y poco más. Se dice devota de Osho. ¡Como Alex Morlote! Tiene no se qué titulo en Reiki. Y es jefe de un grupo de vendedoras de Avon (llama a su puerta). Es una italiana rubia y bajita, de ojo claro. Se ha casado por poderes con un negro de Camagüey que aún no ha conseguido la carta blanca para salir de Cuba. Hace nueve meses que no le ve. Convivió con él en la isla nueve días. El hombre importado que aguarda que Raúl Castro le deje marchar se llama René. Cinthya, su esposa, por mandato, me pregunta si en España están mejor las cosas que en Italia. Sonrío y callo.
Odia a Prodi. Acusa a Castro de esclavizar a su pueblo. Le recuerdo que Mussolini causó mucha mayor mortandad y que Berlusconi no es Julio César.
Ha cocinado para mí unos penne de maíz y arroz muy ricos. Aparte los tropezones, que parecían del omnipresente branzio. La pasta estaba acompañada de unas raddichie al vapor, exquisitas. ¡Me comí yo solito toda la fuente! Amargas y al dente.
¡Il Cavagliere! ¡Qué grandísimo hortera!



Lunes de Pascua

Continúa el ejército gris de días grises. ¡Horrible clima! Proust se estremecía de tan solo pensar en Venezia. A mí me ocurre de pensar en que los dioses me obligaran a volver. ¡Es horrible! Si se vive sin luz, en un medio húmedo, frío y pestilente, las almas se embrutecen. Los venezianos odian a los turistas, a quienes explotan y detestan con razón. También con ella, los ciudadanos de la villa lacustre no comparten con nosotros sino el puto dinero que les endosamos.
Ni ayer ni hoy. Ni con dinero puedes comprar un periódico, porque los kioscos están chiusos.
La rehabilitación de los palazzos se hace para reconvertirlos en hoteles carísimos. Dado que aquí no hay alcantarillas, porque no hay tierra firma debajo de la mierda acuática y como quiera que un hotel tiene cien veces más retretes que un caserón particular, ¿adónde vierte tanta mierda?
Parece que levantarán, durante cinco semanas, la veda del mejillón tóxico.
No tengo fuerzas ni para enfermar del mal del viajero. Hoy he conseguido fotografiar a la paloma que me ha pegado la gripe aviar. La muy cabrona.
Trattoria “da Arturo” di Ernesto Ballarín. San Marco 3656. La mejor pasta de Venezia. El camarero tiene más pluma que un palomo cojo. Me pone ojitos de cordero degollado. ¡Que Santa Lucía le conserve el olfato, porque la vista la tiene perdida!
Voy a intentar comprar melatonina, yogurt y manzanas.



Martes 25 marzo

Resulta que el restaurante del signore Ernesto es el preferido de los nobles y de los actores. No siendo yo ni aristócrata ni de la farándula, estoy con ellos. Es el único que me gusta de Venezia. Tardío descubrimiento, pero útil al fin. Lleva abierto 35 años y se come natural, sin queso y senza pescados tóxicos.
Papardelle con raddichio. ¡Exquisitas! Alcachofitas y espárragos verdes. Tres sabores amargos, que son suaves al paladar y digestivos para el foie.
Primera vez en mi vida que deseo volver a la meseta esteparia y mesetaria.
Repito. Ceno en donde el Sr. Ernesto. Fotos con los hermanos Cohen. Con el Leonardo di Caprio. Con el bailarín Nureyev. Platos creados por él. Me dejo llevar. Fío demasiado en las mujeres. Por una vez, lo hago en un hombre y ello para cenar tan solo como en la edad moderna.
Las pequeñas alcachofas son de color violeta. Ya me gustaría pillarlas en Madrid.
Los hongos guisados con patata, cebolla y ajo son la pera limonera. En Venezia los locales no tienen espacio. Te sientan en cajas de vino y no puedes estirar la pata, que no hay tierra para enterrar a los muertos.
Ya comprendo. Los primeros días me sentí agredido por el saor, el aceto balsámico, el pescado radiactivo y la mozzarella laxante. Este signore me ha reintroducido en el mundo de los sabores humanos. No especies picantes, no peperonni, pero sí  ajo, sí plantas aromáticas.
Semireconciliado, me vuelvo a Madrid mañana.

Entra una señora que huele a violeta y a mala milk. Un niño se come un solomillo más grande que Del Piero.