domingo, 13 de octubre de 2019

Vindicación egocéntrica



Vindicación egocéntrica                                               

El se despertó sobresaltado. Ella no estaba a su lado. De pronto, él recordó la última frase de ella: "tu egocentrismo ha llegado al límite". "¿A qué límite se había referido ella?", pensó él. "¿A su límite, a mi límite o a un límite objetivo inexistente?". 
Saltó de la cama y se fue directo al María Moliner, sin pasar por el cuarto de baño. "Egocéntrico, -a (de «ego» y «centro») adj. y n. Se aplica a la persona que refiere a sí misma todo lo que ocurre y pone su propia persona en primer lugar en lo que dice, en los asuntos en que interviene o en las reuniones en que toma parte. = *Egoísta." 
"Muy de ella, utilizar egocentrismo en vez de egoísmo", se dijo él. "Siempre a vueltas con el lenguaje" ("léxico", decía ella). 
El se aseó y afeitó pulcramente. En el baño eran evidentes las huellas dejadas por los potes y frascos de ella. El creyó oír el eco del vacío dejado por el albornoz y las toallas de ella que ya no estaban en sus baldas. 
El se vistió con pausa y abrió el balcón. Se subió al antepecho y se dejó caer. Mientras caía él recordó que antes de irse a la cama había abierto el Julio Casares por la voz vindicación "f. Acción y efecto de vindicar o vindicarse". 
Ella coincidió en la acera con el cuerpo de él, con la policía y con el juez de guardia. Llevaba su bolsa de viaje al hombro y unos bollos calientes y las llaves del apartamento en la mano derecha. En la izquierda, el DRAE, edición de bolsillo. 
"Canalla egocéntrico y vindicativo" rezongó ella.

domingo, 6 de octubre de 2019

‘Calentamiento’ es una palabra fría


Inundación en Bangladesh este pasado 22 de julio. Getty images

‘Calentamiento’ es una palabra fría                                         

Como el vocablo “clima” se ha desvirtuado, la locución “cambio climático” ya no provoca perplejidad

Álex Grijelmo

Las transformaciones que sufren las constantes vitales de la Tierra deben recibir un nombre que se halle a la altura de ese fenómeno. Se llamó “calentamiento global”, pero eso podía entenderse como una mejora del tiempo. Apareció luego “cambio climático”, que edulcoraba lo nombrado y que muchos habrán entendido como parte de lo que ocurría siempre: que unos días llueve y otros hace sol.


La insistente confusión periodística entre lo meteorológico y lo climático ha contribuido a confundir el tiempo y el clima. El tiempo y la meteorología se relacionan con las circunstancias de cada día: lluvia, granizo, sol, viento…; pero el clima hace referencia a las condiciones habituales y reiteradas en un lugar dado: el clima atlántico, el clima mediterráneo, el clima polar, el clima de Burgos…

Con frecuencia encontramos en los medios informativos oraciones como “el acto se suspendió por las adversas condiciones climatológicas”, en lugar de “el acto se suspendió por el mal tiempo”; o “esta mañana estamos gozando de un buen clima”, en vez de “estamos gozando de una buena mañana”.
Salvo glaciaciones, bolas de fuego sobrevenidas o que el cielo se derrumbe sobre nuestras cabezas, algo que no ocurrirá mañana, el clima no cambia. El tiempo meteorológico, sí.
Bueno, eso en teoría. Porque el clima sí que cambia ahora. He ahí lo preocupante. Pero como la palabra se ha desvirtuado, la locución “cambio climático” no provoca ya perplejidad alguna. Por ello, quienes han tomado conciencia de estas limitaciones lingüísticas están planteando fórmulas que ponen el acento de la angustia en el sustantivo, pues dan por descontada la intrascendencia del adjetivo (“climático”); y por eso hablan de “crisis climática”, “golpe climático”, “impacto climático”.
El diario británico The Guardian ha modificado su manual de estilo para introducir alternativas preferentes como “emergencia climática” y “crisis climática”. Por su parte, la líder ecologista Greta Thunberg ha hablado de “colapso climático”, “emergencia climática” o “colapso ecológico”.
Y aun así, todas esas fórmulas también corren el riesgo de no representar con crudeza la subida del nivel del mar (que algún día llegará a anegar islas y playas), el derretimiento de los glaciares, la insospechada supervivencia invernal del escarabajo descortezador (que antes moría en invierno pero ahora supera los fríos y deja sin savia en EE UU y Canadá a millones de árboles, convertidos en cadáveres verticales), las tormentas más intensas, el aumento de los desastres naturales, el mayor contagio de enfermedades, el incremento de incendios en los bosques…
Una tragedia.
Y puesto que la humanidad sufrirá una tragedia si no se pone remedio a todo esto, quizá valga la pena recordar esa palabra, expresiva y grave, alertante y tremenda. Hay que parar la tragedia climática, prevenir la tragedia climática, combatir la tragedia climática. Se trata de un vocablo grueso, pero perfecto para el caso a tenor de la quinta acepción del Diccionario: “Situación o suceso luctuoso y lamentable que afecta a personas o sociedades humanas”.
Y en efecto, nos hallamos ante una situación dolorosa (lamentable) que cuesta vidas (luctuosa) y que causará pobreza y peligros a mucha gente (afecta a las sociedades humanas).
Habrá quien acuse a la opción “tragedia climática” de sonar muy trágica. Pero eso, ay, quizás forme parte también de la propia tragedia.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Woody Allen: “Una vez muerto, como si tiran mis películas al mar. La posteridad me importa un pito”


Woody Allen: “Una vez muerto, como si tiran mis películas al mar. La posteridad me importa un pito”

A la condición de genio de la historia del cine, Allan Stewart Königsberg (Brooklyn, 1935) ha sumado a su pesar la de controversia andante. Su nueva película, la comedia romántica Día de lluvia en Nueva York, llegará el 11 de octubre a España y a otros países, pero no a Estados Unidos: Woody Allen y la productora Amazon están en guerra, con las acusaciones por abusos sexuales y el movimiento #MeToo como trasfondo. Entretanto, el cineasta acaba de terminar en San Sebastián el rodaje de otra cinta más, Rifkin’s Festival.

El país. Pedro Usabiaga.
https://elpais.com/elpais/2019/09/20/eps/1568992020_403300.html

domingo, 22 de septiembre de 2019

Churchill pedía ayuda hasta para matar moscas


Winston Churchill en su finca de Chartwell (condado de Kent, Inglaterra) en 1950. Mark Kauffman / The LIFE Picture Collection (Getty Images)

Churchill pedía ayuda hasta para matar moscas                    

Una nueva biografía ofrece el retrato más completo hasta la fecha del legendario líder británico
Winston Churchill nació en el seno de una casta que disponía de un inmenso poder político y económico en el mayor imperio que haya conocido la historia, un imperio que además todavía no había sido agusanado por la inseguridad y la falta de aplomo. Tanto la absoluta confianza en sí mismo que siempre caracterizó a Churchill como su extraordinaria independencia emanaban directamente de la serena tranquilidad que le hacía sentir instintivamente la conciencia de quién era y de dónde venía.

Al redactar la nota necrológica de su primo Charles, alias Sunny, noveno duque de Marlborough, Churchill señala que su nacimiento había tenido lugar en el seno de una de “las trescientas o cuatrocientas familias que durante trescientos o cuatrocientos años han guiado los destinos de la nación”. Churchill sabía que provenía de la cúspide de la pirámide social, y en esa época, uno de los atributos clave de dicha clase consistía en poder permitirse el lujo de no preocuparse demasiado de lo que el resto de los mortales, situados en peldaños inferiores, pudiera pensar de ellos. Como habría de escribir a este respecto su mejor amigo, el abogado y parlamentario conservador Frederick Edwin Smith, que andando el tiempo ostentaría el título de lord Birkenhead, Churchill “poseía un escudo mental que le impedía desconfiar de sí mismo”. Esta capacidad habría de revelarse inestimable en aquellos periodos —y fueron muy numerosos— en los que nadie más diera la impresión de fiarse realmente de él. (…)

La aristocracia inglesa de la era victoriana formaba una tribu muy particular, provista de toda una serie de jerarquías, acentos, clubes, escuelas, facultades, carreras profesionales, vocabularios, códigos de honor, rituales amatorios, lealtades, tradiciones y deportes —todo ello coronado por un peculiarísimo sentido del humor—. Algunas de esas claves resultaban francamente enrevesadas, como arcanos prácticamente impenetrables para los no iniciados. En la época en la que, siendo un joven subalterno, hubo de entrar en contacto con el sistema de castas de la India, Churchill lo entendió al instante. Sus opiniones políticas brotaban en esencia del movimiento de la Joven Inglaterra, auspiciado por Disraeli en la década de 1840, cuya percepción de la idea de noblesse oblige presuponía una eterna superioridad de clase, pero abrazaba también, de manera instintiva, los deberes de los privilegiados para con los menos favorecidos. La interpretación que Churchill daba a los compromisos de la aristocracia se resumía en la noción de que tanto él como los de su clase tenían una honda responsabilidad hacia el país, que con toda legitimidad podía esperar de su persona una entrega vitalicia.

De cuando en cuando, podía tenerse la impresión de que las clases superiores británicas del último cuarto del siglo XIX se hallaban bastante distanciadas del resto de la sociedad. Lord Hartington, por ejemplo, heredero del ducado de Devonshire, confesaría en una ocasión que jamás había oído hablar de los servilleteros (debido a que daba por supuesto que la mantelería se lavaba después de cada comida); lord Curzon, el estadista, llevaba fama de no haber tomado un autobús más que una sola vez en toda su vida —y además se había sentido indignado al comprobar que el conductor se negaba a llevarle al lugar al que él le ordenaba dirigirse—. Algo parecido podría decirse del mismo Churchill, ya que no marcó un número de teléfono con sus propias manos hasta la edad de 73 años (fue una llamada al servicio horario, y tras escuchar la locución dio amablemente las gracias a la cinta). No tenía la sensación de depender casi totalmente de los criados domésticos. “Yo mismo me haré la comida”, le dijo orgullosamente en una ocasión a su esposa, corriendo la década de 1950. “Sé cocer un huevo. He visto cómo se hace” (sin embargo, al final no tocó los fogones). A los 15 años, en la posdata de una de sus cartas, se lee: “Milbanke te escribe por mí estas líneas, puesto que yo me estoy dando un baño”. Dos años más tarde, se quejaría amargamente por haber tenido que viajar en un compartimento de segunda clase. Así lo explica en uno de sus escritos: “Por Júpiter que no volveré a viajar en segunda por nada del mundo”. Ya en la madurez, era raro que se desplazara sin la compañía de un ayuda de cámara y así lo haría incluso en los campos de batalla de la guerra de los bóeres y la Segunda Guerra Mundial. Durante su estancia en prisión en Sudáfrica solicitó (y consiguió) que se llamara a un barbero para rasurarle. En el hotel Savoy pedía platos que no estaban en el menú, y, siendo ya primer ministro, si quería matar a una mosca, pedía a su secretario que mandara venir a su criado para que “le retorciera el pescuezo al maldito bicho”. Desde luego no puede decirse que Churchill fuera precisamente un perfecto representante de la inminente “era del hombre común”.

Como buen aristócrata, no era en modo alguno esnob. Una de las cosas que deseaba preguntarle a Adolf Hitler respecto de los judíos era esta: “¿Qué sentido tiene oponerse a un hombre por la simple razón de su nacimiento?”. Sus amigos más íntimos procedían de un amplio círculo social. De hecho, si de algún pie cojeaba era del que le inducía a mostrar una especie de debilidad por los advenedizos, como sus compañeros Brendan Bracken y Maxine Elliott. Una de sus amistades más próximas diría de él: “Está imbuido de un sentido de la tradición histórica, pero no le atan prácticamente nada los convencionalismos”. Esto puede apreciarse en sus excéntricos gustos en materia de vestimenta, como el mono de trabajo y los zapatos de cremallera, así como en la estrafalaria irregularidad de sus horarios. Le gustaba hacer caso omiso de las reglas jerárquicas, lo que muchas veces encolerizaba a quienes le rodeaban. “Soy arrogante”, diría en una ocasión de sí mismo, en un perspicaz ejemplo de autocrítica, “pero no engreído”. En el mundo actual, todo aquel que dé muestras de creerse dotado de privilegios de naturaleza aristocrática resulta reprensible, pero Churchill rezumaba ese tipo de actitud, lo que afectaba al comportamiento que mantenía en todo. Ese carácter explica, por ejemplo, que estuviera dispuesto a gastar alegremente un dinero que no tenía.

Vivió su existencia al estilo aristocrático a pesar de no poder permitírselo, pero eso mismo llevaba ya el sello de la aristocracia. Pedía que le ampliaran el crédito, apostaba grandes sumas en los casinos, y tan pronto como se vio en una posición realmente boyante —lo que no le sucedería hasta cumplidos los 70— se dedicó a comprar caballos de carreras. Son muchos los testimonios que condenan a Churchill por la insensibilidad que manifestaba hacia otras personas y puntos de vista, pero todos esos recuerdos olvidan valorar una cosa: que esa piel de rinoceronte era, en realidad, un atributo esencial para alguien tan adicto a la polémica como él. “Usted es uno de los pocos individuos en los que reconozco la facultad de emitir juicios dignos de mi respeto”, le escribió a lord Craigavon en diciembre de 1938, que había combatido en la guerra de los bóeres y era primer ministro de Irlanda del Norte, sabiendo que el aludido pasaba por uno de los peores momentos de su vida. Como también les ocurriera al marqués de Lansdowne, que había promovido la paz con Alemania durante la Primera Guerra Mundial, o al de Tavistock, que de forma mucho más censurable habría de hacer otro tanto en la segunda gran contienda, el aristócrata que llevaba dentro animaba a Churchill a decir lo que pensaba con exactitud y sin ambages, con independencia de cuáles pudieran ser las consecuencias.



. El País. 

domingo, 28 de julio de 2019

Cuba, la descarga que no cesa



Cuba, la descarga que no cesa                

"Cuba es una isla de música y los cubanos pagamos por escucharla", dice Roberto Carcassés.

El país semanal. 

domingo, 21 de julio de 2019

Retratos de la relación turbulenta entre Warhol y Basquiat


Retratos de la relación turbulenta entre Warhol y Basquiat     

El país semanal. Quino Petit.
https://elpais.com/elpais/2019/06/28/eps/1561752424_501615.html

Fueron dos monstruos del arte contemporáneo de la segunda mitad del siglo XX. Basquiat, el dandi salvaje curtido en el grafiti que alcanzó la fama impulsado por Andy Warhol, el amante impenitente del talento. Una colección de fotografías inéditas ahonda en su turbulenta relación

PAIGE Y yo estamos peleando. Ella seguía con sus indagaciones sobre Jean-Michel. Y dijo: ‘¿Ya estás empezando de nuevo tu rollo gay con Jean-Michel? Le respondí: ‘Escucha, no me iría a la cama con él porque es tan mugriento que no puedo imaginar que alguien pueda hacerlo. Tú eres la que tuvo un rollo con una persona sucia y desaseada”. Pocas semanas antes de morir, este pasaje de sus Diarios fechado el 11 de enero de 1987 es la última referencia que Andy Warhol dejó escrita sobre Jean-Michel Basquiat. De los tres protagonistas de la escena, solo Paige Powell sigue viva. Su voz suena ajada, pero lúcida, al otro lado del teléfono desde un rincón de Portland, al noroeste de Estados Unidos. Todavía regresa esporádicamente a Nueva York, donde convivió con estos dos monstruos del arte contemporáneo estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. “Andy y yo siempre estábamos bromeando. No hay que tomarse al pie de la letra ni en un sentido trágico aquella conversación reproducida en sus Diarios. Esa era nuestra forma de hablarnos”.

Fotógrafa, marchante de arte y luminaria de los años ochenta en la Gran Manzana, Paige Powell es memoria viva de aquel tiempo. Y un formidable testigo de la compleja relación entre Warhol y Basquiat. Con este último, al que recuerda “extremadamente romántico”, mantuvo un turbulento e intermitente noviazgo entre 1982 y 1985. Y vendió buena parte de sus primeros lienzos. “Lo que hubo entre Jean-Michel y Andy no fue algo romántico, sino simbiótico”, recuerda Paige Po­well. “Pintaron obras juntos, compartieron estudio y viajes ocasionales. Pero no fueron amantes ni nada parecido. Simplemente se necesitaban el uno al otro. Jean-Michel era hipnótico, poético, enérgico, extremo e impulsivo. Andy era divertido pero formal, poético pero desde ángulos muy distintos. Jean-Michel idolatraba a Andy. Y Andy siempre estaba en busca de algo nuevo y enérgico”.
Lo encontró el 4 de octubre de 1982. Aquel lunes, el galerista Bruno Bischofberger llevó a Basquiat a la guarida de Warhol en el 860 de Broadway. Allí posó junto al lobo del pop art para una foto poniendo cara de querer comerse el mundo. Iba vestido como un dandi salvaje. Camisa mal abrochada y corbata torcida bajo la americana arrugada. Magníficas rastas en el cabello afro. El hijo de Gerard, un contable haitiano, y Matilda, de origen portorriqueño y confinada en un sanatorio mental, solo tenía entonces 21 años y el aspecto de un Rimbaud negro que vagaba por las calles de Nueva York cuando el rap era la banda sonora de la ciudad, y el grafiti, su huella en los muros y vagones de metro. Los destellos de aquel arte callejero alumbraron a Samo, el pseudónimo de Basquiat durante su época de grafitero lírico que nació de la expresión SAMe Old shit, la misma mierda de siempre. Warhol mostró en aquella primera foto juntos una cara de desconcierto que quizá obedeciera a su incontrolable enamoramiento de todo talento que se cruzaba en su camino. Tenía 54 años, y así lo dejó escrito en sus Diarios: “Es el muchacho que usaba el nombre de Samo cuando solía sentarse en el paseo de Greenwich Village a pintar camisetas (…). Era justo uno de esos chicos que me volvió loco. (…) Entonces, dispuse un almuerzo para ellos y tomé una polaroid. Él se fue a casa y en dos horas regresó con una pintura, todavía húmeda, de él y yo juntos. Solo alcanzar la calle Christie debe de tomar una hora. Me dijo que lo había pintado su asistente”.


La instantánea de aquel primer encuentro entre ambos es una de las muchas que ahora ven la luz gracias al empeño de Michael Dayton Hermann. Artista de 43 años y director de licencias en The Andy Warhol Foundation, ha sido el encargado de recopilar las fotografías sobre Basquiat que permanecían en su mayoría inéditas entre los 130.000 negativos y 3.600 hojas de contacto del archivo gráfico de Warhol. La fundación que gestiona su legado donó este acervo en 2014 al Cantor Arts Center de la Universidad de Stanford para su análisis académico y la creación de una base de datos online que permita la consulta de este material. El escaneado de los negativos regresó a manos de Dayton Hermann a finales de 2016. Y a partir de entonces se dedicó a ensamblar con su ayudante las imágenes sobre Basquiat con los pasajes relacionados de los Diarios de Warhol. Las fechas marcadas en las hojas de contacto sirvieron de guía para hilar las escenas en blanco y negro con las descripciones de los textos, dando forma a lo que Dayton Hermann define como “piezas de una novela gráfica” sobre la relación entre ambos artistas. El resultado se ha convertido en el libro Warhol on Basquiat (Taschen), al que pertenecen las imágenes que ilustran estas páginas. “Son, ante todo, escenas de una época de Nueva York que nos abren la puerta a la convivencia de Warhol con las celebridades de aquel tiempo y que a la vez humanizan al personaje”, sintetiza Dayton Hermann. “De los 130.000 negativos, una pequeña proporción está dedicada a la figura de Basquiat. Pero él es sin duda el más retratado. Estas imágenes nos permiten contemplar la intimidad entre ellos de manera cruda y enternecedora”.

Basquiat pintando de rodillas en su estudio. O fumando un canuto mientras cierra un bolsón de hierba. Amaneciendo desnudo en la habitación de un hotel en Washing­ton. Haciendo pesas. Posando para Warhol con un taparrabos. Pinchando vinilos en su fiesta de cumpleaños. Junto a Madonna, fugaz romance. Con Grace Jones, Keith Haring y Fela Kuti. Y con el todo Nueva York más hedonista y creativo del momento. Fiestas en el Area y el Palladium. Cenas en Mr. Chow. Los vinos más caros de la carta del restaurante. Su desaforado consumo de drogas y las tendencias suicidas. Las conversaciones telefónicas entre ambos de madrugada. La avidez sexual —­tan opuesta a Warhol— y su debilidad por las camareras. Son solo algunos de los universos paralelos que evocan estas fotografías de Warhol al fundirse con sus Diarios.

Martes 11 de octubre de 1983: “Jean-Michel está intentando ser famoso muy rápido. Y si funciona, lo conseguirá”. Miércoles 11 de enero de 1984: “Jean-Michel llamó de nuevo desde Hawái. Le dije que se cortase la oreja. Probablemente lo hará”. Martes 29 de mayo de 1984: “Pintamos una obra africana juntos de 10 metros de largo. Él es mejor que yo”. Domingo 7 de octubre de 1984: “Jean-Michel es tan complicado, nunca sabes de qué humor estará, en qué punto se encuentra. Se vuelve realmente paranoico y dice: ‘Me estás utilizando, solo me estás utilizando’. Y entonces se siente culpable por su paranoia”. Viernes 21 de junio de 1985: “Llamé a Jean-Michel, pero no me ha devuelto la llamada. Imagino que está distanciándose lentamente. Solía telefonearme todo el tiempo dondequiera que estuviese”.
Una noche de septiembre tras aquel verano de 1985, Basquiat recogió a Warhol en una limusina que los llevó a una fiesta en el Rockefeller Center. Aunque llevaban un tiempo empezando a desdibujarse mutuamente, hay una imagen de los dos tomada aquella noche llena de ternura y simbolismo. Pegado a la espalda de Warhol, Basquiat lo abraza cruzando las manos por delante de su cintura. Tan juntos y tan distantes. Uno, con el cabello afro alborotado, las pupilas dilatadas por los paraísos artificiales y la mirada perdida en un sueño caleidoscópico de colores primarios. El otro, con la sempiterna peluca plateada y la misma cara de estar siempre alucinando sin necesidad de narcóticos. Todo se jodió horas más tarde. Al llegar al Odeon, Warhol pidió un periódico y le trajeron un ejemplar de The New York Times que se publicaba la mañana siguiente. En las páginas interiores, una crónica sobre la exposición que ambos habían inaugurado días antes en la galería de Tony Shafrazi afirmaba que Basquiat era la “mascota” de Warhol.

El pintor y cineasta Julian Schnabel abordó aquel episodio en su película Basquiat (1996). Al teléfono desde Long Island (Nueva York), Schnabel recuerda por qué rodó el filme. “Jean-Michel siempre quiso saber lo que yo pensaba sobre su trabajo. Nunca se lo dije”. Respecto a la publicación del artículo en 1985 que llamó a Basquiat mascota del mundo del arte, Schnabel rememora: “Aquello hirió la amistad entre ambos por un tiempo, pero se querían el uno al otro y así fue hasta el final de sus vidas”.


Nada volvió a ser lo mismo entre ellos durante el año siguiente. Y ya en 1987, Warhol dejó escrito el 11 de enero en sus Diarios aquella última cita sobre Basquiat en la que recreaba una discusión con Paige Powell. Pocas semanas después, Warhol murió durante una intervención quirúrgica. Y Basquiat, el artista que había soñado con ser una estrella como sus héroes Charlie Parker y Jimi Hendrix, el chico listo que empapaba sus pinturas de improvisación, violencia, instinto y pasión, dio rienda suelta a toda su rabia —“Mi obra está compuesta en un 80% de ira”, dijo en una ocasión— inundando sus venas de heroína. Falleció por una sobredosis de varias drogas el 12 de agosto de 1988. A los 27 años, alcanzó la condición de artista inmortal.
En 2017, su lienzo Sin título, de 1,83 × 1,73 metros y fechado en 1982, batió con 99 millones de euros el ­récord de una subasta para la obra de un creador estadounidense. Hace pocas semanas, el Guggenheim de Nueva York inauguró una exposición con parte de sus trabajos. Y la reciente publicación de la colorista novela gráfica Basquiat, de Paolo Parisi, es solo otra de las muchas noticias sobre la atracción que sigue irradiando el mito que Warhol ayudó a fabricar. Paige Powell, su novia y amiga de ambos, lo vio por última vez al principio del verano en que murió por sobredosis. “Estaba en Central Park con [el también pintor] Francesco Clemente. Parecía colocado. Como en un viaje feliz. Más de 30 años después de su muerte, Jean-Michel nos sigue fascinando porque tuvo siempre algo tan original… Sus obras eran pinturas del corazón”.

domingo, 14 de julio de 2019

El hiperónimo municipal engañoso


El hiperónimo municipal engañoso                                        

Los hiperónimos son, para entendernos, unos sustantivos genéricos cuyo significado engloba el de sustantivos específicos. Es decir, una especie de palabras grandes en las que caben otras más pequeñas. Por ejemplo, “casa” es el hiperónimo de “piso”, “chalé”, “apartamento” o “mansión”. “Árbol” es el hiperónimo de “roble”, “pino” o “castaño”. “Animal” es el hiperónimo de “gato”, “vaca” o “cocodrilo”.
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Este tipo de términos abarcantes adquieren una gran utilidad cuando no disponemos de información precisa o desconocemos cómo se denomina un individuo de los englobados por ellos. Si no sabemos que un endrino es un endrino, decimos “árbol” y santas pascuas.
Las palabras grandes pueden alterar la importancia de algo. Si prometemos a un niño regalarle “un animalito”, el niño se imaginará tal vez un perro; y si le entregamos una sardina, no podrá alegar que le hemos mentido. Sin embargo, sus expectativas razonables habrán quedado defraudadas.
Dentro de “regalo” caben un Ferrari, una escoba, una camiseta o un peine. Si alguien regala a otra persona una escoba, una camiseta y un peine en una misma semana, podrá decir a quien reciba tales muestras de cariño “te he colmado de regalos”. Del mismo modo que quien reciba un Ferrari puede protestar: “Sólo me ha hecho un regalo en su vida”.

Los negociadores políticos de estas semanas han acudido en sus ofertas a los hiperónimos, y lo sucedido nos sirve de enseñanza para nuestra vida cotidiana; para aprender que conviene huir de lo general y exigir lo preciso.

El Partido Popular ofreció a Vox “concejalías de gobierno” en Madrid. Y los de Vox imaginaron que eso significaba obtener concejalías de primera división (Hacienda, Cultura, Urbanismo…). Pero, según el PP, las presidencias de juntas de distrito son también concejalías de gobierno porque forman parte de los “órganos superiores” del Ayuntamiento (artículo 7 del reglamento orgánico del Gobierno y la Administración del Ayuntamiento de Madrid, de 2004).
Otro tanto puede ocurrir con los “altos cargos” (pero no ministerios) ofrecidos por el PSOE a Podemos en las conversaciones para la formación del Gobierno de la nación. Un “alto cargo” es un secretario de Estado del mismo modo que un animal es un buey; pero un “alto cargo” es también un director de la Autoridad Portuaria del mismo modo que un pájaro es un pingüino. Y nunca pensamos en un pingüino cuando alguien nos habla de pájaros.
Por eso los hipónimos no prototípicos (“tigre” o “perro” son hipónimos de “animal”) pueden engañarnos fácilmente.

Según las leyes españolas, se considera altos cargos a los ministros, a los secretarios de Estado, los subsecretarios, los delegados del Gobierno, los jefes de misión diplomática, los secretarios generales técnicos, los directores generales y asimilados, los directivos de las empresas públicas, los directores generales de las Entidades Gestoras y Servicios Comunes de la Seguridad Social; los responsables del Consejo Económico y Social… Un porrón de gente.
Así que ante estos juegos de hipónimos e hiperónimos, ante tanta ambigüedad verbal, cabe esperar que todos tomemos conciencia de que con ellos se puede engañar sin mentir. Basta con usar palabras que provoquen en el receptor una idea prototípica, para luego darle el cambiazo por un elemento insospechado y, sin embargo, englobado en la definición.

domingo, 23 de junio de 2019

Instrucciones para redactar mi obituario



(retrato de mí mismo)

Instrucciones para redactar mi obituario                    

Apreciadas e improbables lectoras:

Dado que no podré acompañaros en mi funeral civil, que no lo deseo religioso, debéis saber que, en el momento oportuno, me propongo convocar un concursillo, reservado a mis lectoras más conspicuas, a fin de que sea la ganadora/as redacten  mi obituario.

El galardón para la necrología que resulte elegida por un jurado multidisciplinar e interclasista será el de su lectura por la propia autora, eso sí, cuando el que suscribe esté de cuerpo presente, no antes de haber partido de esta vida. Se admite el género lírico o elegíaco.

La nota necrológica que reseñe mi futuro, y ojalá muy lejano, fallecimiento, no debe ocultar mis rarezas ni flaquezas. Tampoco deseo ditirambos ni venganzas póstumas. Supongo que incluirá una breve referencia al personal universo de mi escritura. Y otra a mi gusto juanramoniano por la mujer.

Y nada más ¿De acuerdo? ¡No cotilleéis en demasía!

Vuestro,
Manuel Mª Torres Rojas

domingo, 2 de junio de 2019

Tú, animal hembra, mujer de otro


Tú, animal hembra, mujer de otro                

I Preludio 

Esta narración, que escribí hace algún tiempo, pertenece al género de auto-ficción, también llamado de auténticos recuerdos falsos.

He dejado correr la pluma, en parte para aislarme del tedio que me producen la política, la televisión o los periódicos. Y también para procurar a aquellas de mis lectoras que sientan parecido tedio un motivo para transformar la diaria rutina en ruidosa carcajada. Esto último, sobre todo si están emparejadas con personas aburridas.

Ofrezco, gratis, alegorías eróticas y un pellizco de amarga ironía. ¡Ah! Y otra cosa mariposa: he tratado con esmero de ser yo quien quede peor parado en esta sátira moral. Nobleza obliga.

Finalmente os diré que las fotos, tomadas por mí, son de modelos profesionales.


(fotos propias) 

Capítulo primero 

Ella me gritaba en el restaurante El Covacho:

- ¡Quiero una puta o el Cartier!

No aseguro si el aullido era “la puta y el Cartier” o “la puta o el Cartier”. Copulativa o disyuntiva.

Estábamos bebidos. Decidí no terminar mi Grey Goose y tratar de llevarla al hotel. Se dejó ayudar, más o menos. Acompañé/llevé a Violante a su habitación, que era la 327. Pensaba desvestirla y darle mi bendición de buenas noches. Quedaban tres o cuatro horas para que su gente, la de su trabajo, la recogiera en el lobby del hotel. Se puso a acariciarse el sexo y me hocicó, gafas incluidas, sobre su coño húmedo y caliente. Hice lo que pude. Encendió el televisor y buscó un canal porno. Yo estaba de espaldas a la pantalla. Ella miraba de soslayo a un negro polludo que­­ se la metía a una sueca, o lo que fuera, aquella puta rubia de la película pornográfica.

Se corrió, creo, y me fui a mi cuarto. El 423. Yo era su puto esclavo. Iba de acompañante, hombre-objeto o petimetre. Me daba igual. Estaba loco por ella. Hubiera sido su perro, si ello me permitía lamerla y olerla.

Por el día ella recorrió su territorio de ventas y yo compré lencería francesa en los almacenes de siempre. Mis llamadas a su móvil estaban restringidas. No podía recordar la talla de sus tetas para el sujetador. Tampoco la de sus caderas para el mini-tanga. Las conocía al tacto y de memoria pero no traducidas al sistema de tallas de la mierda europea.

Por la noche estaba cansada. O eso creía yo. Me chupó la polla a ratos intermitentes mientras hablaba por el móvil con Don Alfredo, el gran jefe. Yo pensaba: ¡qué leches de dignidad, si prefiero 5 minutos con ella antes que 30 años de vida, sin vida!

Ella quería ir a un cíber-café, pero fuimos a un par de restaurantes a comer y a beber. En todos ellos vendía y sonreía. Sonreía a los tíos y acariciaba a las tías. Yo bebía y me ponía burro como un soldado con pase de pernocta. Al día siguiente se volvió a su tierra. Me dejó tirado como a un caniche sin pedigrí. Fui al aeropuerto para despedirla. Quizás para siempre. Casi conseguí no llorar. Ella hablaba. Si yo metía media frase en su monólogo me decía: “no me dejas hablar…”

No admitía palabras soeces, salvo las que ella soltaba en la cama.

Decía que yo tenía llamaradas y ramalazos. Las primeras eran buenas, por inteligentes, los segundo malos, por…no me acuerdo por qué. Por vulgares quizá. Estoy enamorado. Hasta los tuétanos y menudillos y me importa un carajo lo que tenga que venir.


(foto del autor) 

El primer domingo de aquel viaje sin retorno a mi mundo antiguo, me llevó a misa de una en la iglesia de San Francisco. Seguí la misa con atención, después de cuarenta años de abstenerme. Casi con fervor. Ella vestía de negro, de punta a cabo. Parecía la viudita de un capo siciliano. ¡Qué bella estaba! Llegar a viejo para enamorarse de una real hembra. Joven y casada. Y madre.

Me decía: “¡llama a tu amiga para que me coma el coño!”.

Mi amiga estaba en Madrid y nosotros en el quinto pino. La llamé. Llamé a mi amiga. Ella me arrebató el móvil:

- Alóóó?, soy Violante. Nunca he estado con una mujer. Las condiciones son: te pones un antifaz y, después, no sabes de mi más nunca.

Yo escuchaba. Me la ponía tiesa, en cada minuto y lugar. Y yo anciano y bebido.

- Tienes que comerme el coño con delicadeza. Como quien lame un helado de cucurucho. Cada labio de mi sexo. De cuando en cuando metes la lengua para adentro. Siempre tienes que tener la lengua relajada, no rígida.

Mi cerebro no entendía nada. Estaba fundido de amor y lujuria. Mi polla quería violarla en cuerpo y alma. Ella buscaba su placer veinticinco horas al día. No me dejaba hablar, ni decir tacos. Prefería mi lengua, inexperta, a mi polla, que tenía los cojones canosos por el humo de cien batallas.

Para lamerle bien el coño a una tía hacen falta unas cervicales de gimnasio.

Me duele el cuello, el alma y todos y cada uno de mis músculos, tendones, menudillos o lo que sean. Tendones, fibras. Memoria, entendimiento y voluntad me duelen también. El amor es una enfermedad y yo estoy en fase terminal.

(continuará...) 

domingo, 26 de mayo de 2019

400 patadas al idioma


400 patadas al idioma                                           

Un cartógrafo envía numeradas las faltas que ve en el diario. “Aporto un grano de arena a la mejora de mi periódico”.

Esta columna pretende ser un homenaje al lector Fausto Rojo, nacido en Granada hace 72 años y residente en Barcelona desde 1967. Mi antecesora, Lola Galán, ya le dedicó dos elogiosas menciones porque este cartógrafo jubilado envía numerados errores que detecta en EL PAÍS. Los denomina patadas al idioma y el pasado día 11 alcanzó la cifra de 400.

Ese día, aclaraba: “Me gusta creer que aporto un microscópico grano de arena a la mejora de mi periódico favorito y presumo con mis nietas (Emma, de 16 años, y Nuria, de 13)”. El homenaje, por tanto, es también un agradecimiento a quienes nos escriben para mejorar su diario. “No habré dejado de leer ni cien números del periódico. Antes leía otro pero, cuando salió EL PAÍS, se acabaron las tonterías”, cuenta por teléfono Rojo, que no entiende la “falta de cariño” hacia un idioma “tan bonito, tan rico, con tantos matices…”.

Cada patada al idioma es un sobresalto. “No las busco; se me aparecen como luces de neón. Me hieren y salta una alarma”. Le ocurre cuando los redactores utilizan “hasta que” en lugar de “mientras” (algunos quieren “expulsar del lenguaje este segundo adverbio”, escribía el 1 de marzo). O cuando lee “perspectivas de futuro” (18 de enero, 7 de febrero y, en la patada 405, el pasado día 21). “Sería más complicado si las perspectivas fueran de pasado”, bromea.
Le salta la alarma cuando confundimos “galeotes” con “galeones” (13 de abril), cuando hablamos de “austericidio” (“¡Ojalá hubiera habido una Europa del austericidio! Hubiese asesinado a la austeridad”). O cuando usamos el incorrecto “punto y final” en lugar de “punto final”.
EL PAÍS dedica atención y medios para evitar errores. El control de las diez ediciones de papel, desde mediodía hasta pasadas las dos de la madrugada, corresponde al redactor jefe Javier Rivas y su equipo de cuatro personas. “Es un enorme volumen de trabajo”, asegura. La web produce unos 300 artículos diarios y sus cinco editores/correctores, que cubren un horario de nueve de la mañana a once de la noche, tienen “una tarea hercúlea”, cuenta Ana Lorite, su coordinadora. Precisa que solo se revisa el 30% de los textos: los que están en la portada de la web, muchos de los cuales se modifican a lo largo del día.
Los filtros son insuficientes porque algunos periodistas no son tan amantes del lenguaje como Fausto Rojo. En un editorial dijimos que “un jugador de color” fue insultado (18 de abril) y, en otro, que los Oscar premiaron a personas “de color” (26 de febrero). Como bien recuerda el Libro de Estilo, “los blancos también son de color”. La principal crónica política del 21 de abril empezaba con esta errata: “Iguionba demasiado bien”. La frase correcta era: “Iba demasiado bien”. Y en la portada del viernes se remitía una información sobre Portugal a la página 10, cuando iba en la 12. “Salvo improbable imprevisto”, arrancaba un análisis ese día. Son solo algunos de los ejemplos que han molestado a lectores.
Salvador La Casta Muñoa y Javier Clemente Baños nos afean el abuso de anglicismos. Un clásico. “Es una batalla casi perdida”, dice La Casta. Le damos motivos. En un texto del 7 de abril, había cinco palabras inglesas en los dos primeros párrafos: coworking (dos veces), vintage, cool, y start-ups. Del 9 de noviembre al 5 de abril, y solo en domingos, Javier Clemente contabilizó 215 expresiones en inglés. “Al menos incluyan la traducción”, exige, al igual que Francisco Álvarez Losada.
Spoiler es el término del mes por Juego de tronos, la exitosa serie de la que el periódico ha difundido “un aluvión de noticias”, “una enorme cantidad de información”, según consideran los lectores Jaime González y Marta Prádanos. Ambos se quejan de que el diario les ha destripado claves de la trama. “Esta entrada contiene spoilers”, advertía un texto. To spoil significa “estropear, echar a perder”, así que la traducción sería: “Esta entrada contiene estropeadores”. No, no suena bien.
La Casta nos reprocha los “falsos amigos” en las traducciones. Así, utilizamos “bizarro” como sinónimo de “raro, extravagante”. Eso significa bizarre en francés o inglés pero, en español, bizarro es “valiente, generoso”.
Montse Roca critica precisamente algunas traducciones. Un texto del 20 de marzo sobre Michelle Obama adjudicaba a la ex primera dama este comentario sobre la vida de sus hijas en la Casa Blanca: “Significó mucho esfuerzo mantenerlo en su realidad. Nos asegurábamos de asistir a las reuniones de padres y maestros, de ir a sus juegos y de que estuviéramos al margen, de tener niños durmiendo en nuestra casa. Y eso lleva trabajo”.
El 25 de abril dijimos que cuatro terroristas muertos en Arabia Saudí tenían como objetivo “un centro de interrogaciones”, un traspié que denunció el lector Fernando García González.

Si no fuera por los dos equipos de edición, les aseguro que Fausto Rojo vería muchísimas más luces de neón


Carlos Yárnoz. El País Semanal.

domingo, 19 de mayo de 2019

Defenderse del asedio





Defenderse del asedio                                    

ESCRIBO ESTO el 28 de abril. No he tenido suerte con la “ardua tarea” de la que hablé aquí hace tres domingos. Es decir, cuando he llegado al colegio electoral, aún no había decidido mi voto. Pero he votado, como anuncié. Con preocupación, asco y arrepentimiento anticipado. Lo último irá en aumento, supongo, según vayan pasando las fechas y descubra a qué horror he contribuido. Me parece por el estilo de tenebroso que entren en el Gobierno Vox o Podemos, de lo que se nos avisó anteayer (anteayer para mí). Sólo me cabe el indecente consuelo de saber que, si hubiera optado por la otra posibilidad (en mi caso sólo disponía de dos), sentiría la misma preocupación, el mismo asco y el mismo arrepentimiento.

Pero ustedes ya están hoy en otra cosa, a catorce días de votar de nuevo, ahora municipales, autonómicas y europeas. Las primeras carecen de importancia, al menos donde estoy empadronado, Madrid. Soy lo bastante veterano para haber comprendido que todos los alcaldes y alcaldesas sufren de megalomanía y de fobia a los madrileños, pertenezcan a partidos de derecha o de supuesta izquierda. Todos albergan ideas peregrinas y se las copian entre sí, por mucho que los unos clamen estar en las antípodas de los otros. La delirante peatonalización de la Gran Vía ya fue un proyecto de Gallardón. La fiebre por los carriles-bici, que han convertido tantas vías en intransitables, la padeció Ana Botella con la misma intensidad que Carmena. Ésta es quizá más autoritaria (aquélla no se atrevió a prohibir la circulación de viandantes en ciertas calles en Navidad), pero se parecen enormemente en su gusto por la suciedad del centro. Nunca entenderé por qué un puñado de ciclistas impone sus exigencias al conjunto de la capital. Tampoco por qué diez mil corredores (los inscritos para la maratón de ayer, ayer para mí) tienen derecho a fastidiar al resto cortándolo todo durante horas cada vez que se les antoja. ¿Es que votan doce veces, a diferencia de los demás? Los domingos Madrid es secuestrado por las minorías “lúdicas” y recreativas en perjuicio de las mayorías mansas, y esto sucede con Manzano, Gallardón, Botella y Carmena, tanto da. Esta última es por añadidura la candidata del PSOE, además de la de su formación que ya no sé cómo nombrar. El PSOE le propuso que compitiera bajo sus siglas, y, como no pudo ser, le ha puesto de contrincante a un ex-seleccionador de baloncesto al que no veo por qué nadie iba a votar. Es indiferente quién salga elegido: el que sea enloquecerá y seguirá siendo rehén de las minorías despóticas. Así que quizá me incline por quien (por ahora) veo menos demente, Begoña Villacís. Sin apenas esperanza: en Madrid como en Barcelona (véase la inenarrable Colau) todos caen víctimas de los delirios de grandeza y de destrucción.

Las autonómicas importan aún menos en Madrid. Desde que dos absentistas ignominiosos le regalaron (¿vendieron?) la Presidencia a Esperanza Aguirre, el cargo no sólo está desprestigiado, sino maldito. Aquí el más sensato parece Gabilondo, que por lo menos no vocea mamarrachadas.

Así que las más transcendentales son las europeas, esas a las que en España no se hace ni caso. La Unión Europea está asediada por incontables enemigos. Quieren destrozarla los personajes más siniestros y sin escrúpulos del globo: desde Putin a Trump, que la detestan, hasta una pléyade de europeos que, desde dentro, pretenden acabar con ella: los brexiteros a la cabeza, pero también Orbán en Hungría, Le Pen y Mélenchon en Francia, Salvini y Di Maio en Italia, ­Kaczynski en Polonia, Wilders en Holanda, Alternativa por Alemania en este país, los Auténticos Finlandeses, Aurora Dorada en Grecia, Podemos y Vox y Bildu y Torra y compañía en España, checos, eslovacos, eslovenos, austriacos, todos orquestados por Steve Bannon, que aupó a Trump al poder. Los votantes de esta gente irán en masa a las urnas, razón suficiente para que los imitemos quienes consideramos la Unión Europea, pese a sus muchos defectos, el mejor invento de nuestra historia común. El que, por no decir más, ha logrado que en este continente no nos matemos desde 1945, tras siglos y siglos de guerras y escabechinas. A ellas parecen querer volver todas esas formaciones nacionalistas y antieuropeas. Anhelan que cada país se aísle con sus banderas y se crea superior a los demás; que el continente se debilite y no se pueda defender de los ataques brutales de Putin y Trump. El primero maniobra sin cesar a favor de esos antieuropeístas, lo mismo que Bannon. Después de la mayor matanza de la historia, la Segunda Guerra Mundial, todos estos sujetos ansían propiciar un clima de recelo y enfrentamiento entre nuestros países; y sabemos cómo suelen acabar esos climas en nuestro suelo, desde la Edad Media hasta el siglo XX, que ya son centurias de asesinarse unos a otros. Se prevé que el 60% de la población europea desdeñe estas elecciones y les dé la espalda. En el 40% restante figurarán los partidarios de esos políticos y partidos enumerados, suicidas o más bien criminales, si pensamos en lo que nos pueden traer. No las desdeñen ustedes, por favor. Absténganse en las municipales y autonómicas si quieren. En las europeas no. En ellas sí que nos va la vida.

Javier Marías. El país semanal

domingo, 5 de mayo de 2019

Leyendas ocultas del Támesis

La fotógrafa que recrea las leyendas ocultas del Támesis        


Seguir el curso de un río implica recuperar la memoria de aquellos que transitaron a lo largo de sus orillas. La autora de estas evocadoras imágenes recrea algunos de los relatos y fábulas que arrastra su enigmático caudal. Un universo onírico basado en hechos ficticios y reales que viaja por el territorio de la fantasía.

Julia Fullerton-Batten | Texto: Gloria Crespo Maclennan

El País semanal. https://elpais.com/elpais/2019/05/01/album/1556721477_946809.html#foto_gal_1

domingo, 24 de marzo de 2019

El MIT descubre la clave de la desigualdad: no nos mezclamos



El MIT descubre la clave de la desigualdad: no nos mezclamos        

Somos el lugar donde vivimos? Hasta ahora se creía que el factor determinante de la segregación económica en las ciudades era el lugar de residencia. Un estudio del MIT Media Lab y la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M) liderado por el español Esteban Moro lo desmiente: la distribución de perfiles diferentes está condicionada en un 50% por nuestras acciones diarias. Es decir, que gran parte de la segregación está embebida en nuestro comportamiento. “Es una buena noticia porque significa que se puede cambiar”, afirma Moro.


El estudio, que se publicará en las próximas semanas, es fruto de una investigación que comenzó hace más de un año, cuyos resultados preliminares se presentaron en la Fundación BBVA. Para llevarla a cabo, los investigadores del MIT han usado datos de 4,5 millones de usuarios de teléfonos móviles en EEUU, representativos de una población de 83 millones de personas en 11 áreas metropolitanas (incluidas Nueva York, San Francisco, Boston, Los Ángeles o Miami, entre otras).

Por . Retina El País.

domingo, 10 de marzo de 2019

Dejar la guerra atrás


Dejar la guerra atrás                                       

La expansión del ISIS por Oriente Medio provocó el éxodo masivo de personas por toda la región. En 2016, Juan Diego Quesada y Natalia Sancha cubrieron el asalto de las fuerzas kurdas e iraquíes a Mosul: el último gran bastión del grupo terrorista./ Foto: IVOR PRICKETT


El país semanal.

domingo, 3 de marzo de 2019

Balada de la flor de la jara




Balada de la flor de la jara                         

Ponte de blanco, Blanca, para
ver en el monte la flor de la jara.

JRJ.