domingo, 7 de febrero de 2016

Soberbia obstinación



(dibujo de Peridis)

Soberbia obstinación                                                 

La soberbia obstinación del poder para mentir y negar errores y realidades...

domingo, 31 de enero de 2016

Cubanidad


(foto tomada por el autor en el Acuario Nacional de La Habana)

Cubanidad                                                            

Con frecuencia oigo o leo que, para expresar las características fundamentales del pueblo cubano, se utiliza la expresión "cubanía".

Después de darle vueltas en mi mollera llego a la conclusión de que prefiero utilizar el término de "cubanidad".

Los felinos tienen, en general, "felinidad",  tanto un gato como un tigre.

¿Están ustedes de acuerdo?


domingo, 24 de enero de 2016

Comida insana


(foto tomada por el autor)

Comida insana                                                               

Las furgonetas blancas, sin letreros de identificación, aparecen en las madrugadas. Son blancas y mudas y van llenas de cajas con platos pre-congelados o refrigerados.

Sin ruido, sus conductores descargan unas cajas de cartón que sueltan humo de hielo. Tampoco llevan letras. El propio conductor entra las cajas a los bares y restaurante de mi calle y sigue su ruta.

Eso que va dentro de los paquetes de cartón es lo que nos sirven de comer en buena parte de los bares y restaurantes de mi barrio, fundamentalmente en lo que se llaman “menús del día”.


Los menús que comen gran parte de las personas que trabajan en mi barrio son caros, a base de platos refrigerados o pre-congelados, y de poca calidad. Además son insanos y sospechosos de tener sobrepasadas sus fechas de caducidad. 

miércoles, 20 de enero de 2016

Guatemala en noviembre


Guatemala en noviembre                                      

Aquí en Guatemala, aparentemente, nunca pasa nada.

Como en cualquier ciudad de provincias en la España de la postguerra. Bardem retrató con buen tino aquella atmósfera asfixiante. Las pasiones fluían por debajo, cual ríos subterráneos.

Yo, ahora, vegeto en la capital guatemalteca a ocho mil quinientos kilómetros de la estepa castellana. Eso sí, “converso con el hombre que siempre va conmigo”. El poeta así lo escribió. Y Serrat lo cantó.

El barman de El Cafetal, en el hotel Biltmore, Camino Real, me muestra en su cámara digital la foto de una talla de un Jesús Nazareno. Opino, con prudencia, que parece una talla antigua de un imaginero español. No le convenzo. Afirma que esa imagen de un pelirrojo hebreo es obra de un guatemalteco tallada hace quinientos años. Desisto de argumentar ¡qué más da!

En Noviembre, en Guatemala City, se gradúan o “reciben” los estudiantes locales. Copan los hoteles caros con sus fiestas de traje largo, orquestas y flores exuberantes. Las mozas locales rellenan sus escotes con postizos y otros artilugios. Los muchachos van embutidos en unos trajes que imitan a los esmoquin. Se muestran incómodos con ropajes que nunca han usado y sean probablemente de alquiler.

La música viene de Florida y la ideología de los neocons también. El neocapitalismo ultra liberal está causando destrozos con sus falsas y tramposas concepciones del mundo. ¡Que ardan en el fuego eterno esos hideputas!

Pierdo el sentido del tiempo y del lugar. Creo que estoy en Caracas hace cuarenta años. Cuarenta años ha… Confundo y entremezclo mis dos casamientos. La cabeza me llama al orden pero yo mando al carajo a Descartes. Yo soy lo que siento.

En Guatemala la mantequilla es australiana. Y yo soy Bill Murray en su hotel de Tokyo. Suntory. Kampay.

En la calle veo pasar algunos matrimonios de gringos con bebés indiecitos.

Yo estoy en la habitación 603 y Lissette en la 703. De madrugada, no me deja subir a su cuarto. En cambio, me llama papito y me dice que piensa visitarme en Madrid. ¿Tendrá un ligue en el hotel?


Tai-Wok.

En el hotel se celebra un congreso de migrantes, atendidos por unas jóvenes stagières bellísimas y bien criadas. Están haciendo prácticas de sus estudios para licenciarse como gerentes de establecimientos turísticos. Irene Cedwin, simpática estudiante de administración de empresas turísticas está en el hotel con su papá y su mamá, quien se parece mucho a Chavela Vargas.

Un amigo guatemalteco me cuenta que conoce a una bruja que cura cualquier cáncer con una rigorosa dieta que debe seguirse durante tres meses: tres días de ayuno y agua y los tres siguientes a puro tomate. Y así sucesivamente.

El ayudante de Edwin es Braulio y es evangelista y va repeinado hacia atrás con el pelo brillante de aceite.

Las chicas me llaman Don Manuelito y me miran mucho. En las fotos que nos toman se abrazan a mí y me arriman sus tetas en formación.

Abro las cortinas de mi habitación y veo a una pandilla de patoteros con look de afroamericanos USA. Están encaramados en la azotea de un edificio anejo al hotel. Son de raza blanca, burguesitos pijos, pero hablan y se mueven al estilo del Bronx. La fiesta de graduación son los fastos de noviembre de Guatemala City. Millones de quetzales se votan en alcohol y en horribles trajes y coronas para vestir a las reinas del bachillerato. Son menores de edad y beben alcohol de cuarenta grados a morro.

Follan por los pasillo de los hoteles y corren en bolas, en el amanecer caribeño, por salones mezzaninas y jardines ornados con guacamayas amarradas por una pata a un palo. Son las malditas costumbres de los gringos que nos invaden por doquier.

Observo a las muchachas quinceañeras que van descalzas pues no soportan los zapatos con tacones de quince centímetros. Algunas van medio cojas y con ampollan en sus pequeños pies de la talla 35. Es el precio de calzar sus primeros tacones.

Las mamás y los papás, a eso de las 13 horas del día siguiente aguardan en el lobby del hotel a que sus cachorritos de dirigentes neocapitalistas-neoconservadores se dignen subir, a trompicones a enormes automóviles 4x4. Los papás pagan las habitaciones y los festejos. En Guatemala City todos los hoteles caros están full.

“Doctor es que son las graduaciones de noviembre”, me repiten los empleados de cualquiera de los hoteles que visito. Biltmore, Grand Tikal Futura Hotel, Camino Real, Intercontinental, Ramada, Marriot, Holiday Inn.

Me cuelo en los salones que acogen un Congreso de Migrantes guatemaltecos en USA. Son líderes de esas comunidades allá. Van y vienen. Me dicen que quieren quedarse en su país, volver a sus raíces pero… Son más de dos millones.


domingo, 3 de enero de 2016

La noche más oriental


(foto tomada por el autor)


La noche más oriental                                           

Sin remedio, que no lo tengo.

Me pregunta una lectora:

- ¿Por qué no escribes de una vez por todas un libro gordo?

Como tampoco tengo propósito de la enmienda, voy a explicarme ahora.

Mi escritura está en la órbita de la cortedad en el decir –Gracián? y obedece a la estética de lo menos.

Estas obritas mías evitan ocupar muchas horas de mis lectores, que a buen seguro las necesitan para otros menesteres.

Además, cierto pudor me impide publicar nada más extenso de lo que yo acostumbro a leer. Soy présbita y mi ánimo también está cansado. Y cada edad tiene su literatura.

A mis años cuesta menos leer poesía que prosa. Las novelas que merecen la pena, leídas fueron por mí cuando podía hacerlo a la luz de una vela.

Así lo veo yo: si te gusta escribir, hazlo breve y lee poco. Si prefieres la ficción, toma algo de tu memoria, aunque no tenga trama ni desenlace. La memoria conserva lo que debe ser archivado y sabe más de ti que tú mismo. Tu caletre no podrá inventar nada mejor que lo realmente vivido.

Lo complicado es conciliar las ganas de vivir con los deseos de escribir.

Por último, si lo que cuenta es el tamaño, junten mis lectoras una docena de estos relatos y tendrán un instrumento de buen porte.


En mi familia la Navidad comenzaba tal que el día 22 de diciembre, justamente a la hora en que los huérfanos del colegio de San Ildefonso principiaban a desgranar la letanía del rosario de premios y pedreas de la Lotería Nacional de España, en aquel entonces Una, Grande y Libre.

Esa mañanita todos los hermanos, bien perfumados con agua de colonia Álvarez Gómez, subíamos a la azotea de la buhardilla para la resurrección anual de las figuras del belén. El portal con su Niño Jesús en el pesebre, la Virgen María y San José, el buey, la mula, la anunciación a los pastores y sus ovejas, las lavanderas, los Reyes Magos con sus camellos o dromedarios, que sigo sin saber qué eran, y los pajes; el ángel, la estrella que guía, las palmeras, el corral con las gallinas, Herodes y su castillo. Y esto y lo otro y aquello y lo de más allá.

Desde los patios de vecindad y desde los talleres de corte y confección subían al cielo las canciones de Jorge Sepúlveda, como “Mirando al mar”, de Chelo Villarreal, como “La raspa”, o de los Lecuona Cuban Boys y su “Conga de Jaruco”, que todo el mundo creía “de Jalisco”. Tampoco eran mancas la “Lisboa Antigua” de Issa Pereira y la “Niña Isabel” de Luisita Calle. “Niña Isabel ten cuidado, donde hay pasión hay pecado...”, cantaba la Luisita en defensa del amor aburguesado.

Un niño de mi clase, que era gordo y comía pollo todos los días en lugar de tan solo los domingos, como los restantes chaveas de la clase, tenía otra clase de belén, con movimiento mecánico a cuerda y musiquilla de timbre metálico, que sonaba como la de las cajitas esas que venden en Suiza, pero a los acordes del Gloria in excelsis Deo. Para mí que el gordezuelo era más ton-to que un hilo de uvas.

Me centro a lo que voy y digo que, en tiempos de Maricastaña, los Reyes Magos eran tres y astrólogos de profesión y venían de Oriente, cuando de Oriente sólo venían cosas buenas.

Tan es así que de por allí, de Asia Menor, era natural el mismísimo San Nicolás, llamado también Sankt Nikolaus, Sinter Klaas y luego, en EEUU, Santa Claus. Le Père Noël en Francia, Julenisse en Escandinavia y Father Christmas en Inglaterra, todos son representaciones o heterónimos del propio San Nicolás.

Resulta, por tanto, que todos estos personajes de leyenda, tan bondadosos, generosos, caritativos y muníficos, provienen de Oriente Medio, paraje repleto hoy día de armas invisibles de destrucción masiva y de malignos aborígenes.

Oriundo de allí es el mismísimo Niño Je-sús, Christkindl en alemán, quien hace o hacía tal función filantrópica, directamente y sin intermediarios, en algunos países protestantes. Curiosamente la figura de Christkindl ha evolucionado hasta llamarse riss Kringle, que justamente es otro de los apodos de Papá Noël. O sea, que tal pa' cual y que lo mismo me da que me da lo mismo.

Me dicen que el asunto de los presentes y regalamientos navideños en un principio fue oficio de personajes paganos como la bruja buena llamada Befana y los ancianos, borrachines y tiernos, conocidos como Berchta y Knecht Ruprecht. Así es fama, pero a mí que me registren, que mis regalos me los traían los Reyes de Oriente, como tiene que ser.



(el autor en la época del relato)


El montaje del nacimiento comenzaba cuando salía el gordo de la Lotería, premio que nunca cayó en casa, aunque mi padre murió convencido de que algún año nos tocaría. Pensaba que para ello era menester comprar un número completo, con todas sus series. Nunca lo hizo al considerarlo gasto excesivo. Por eso no le cayó. Por no asumir el riesgo de tan elevada inversión. Así aprendí que no hay beneficio sin riesgo. Es la base de la economía capitalista.

Instalar el tablero de madera sobre el armazón de caballetes que lo sostenía, ir a la Plaza Mayor a comprar musgo fresco y reponer alguna figurita descabezada, coja o manca, era rutina más que bonita. Los muñequitos eran de barro y sus extremidades estaban aseguradas con unos alambritos que hacían de tibias y peronés, si de piernas se trataba, o de húmero, cúbito y radio, si de brazos hablamos. Ahora las efigies son feas y bastas, de plástico las baratas y de porcelana de Lladró las caras, que no sé qué es peor.

Miga tenía pegar estrellas doradas en el papel azul de forrar libros que remedaba la cúpula celeste, mientras los mayores se empeñaban en que los más renacuajos no metiéramos mano en el tubo de pegamento Imedio (ya saben, “el remedio, pegamento Imedio”), bajo la especie calumniosa de que poníamos todo pringando, como si ellos fueran espíritus puros. En la radio Inter del cuarto de estar, Rafael Medina cantaba “En los jardines de Granada” y Carmen Miranda el “Tico Tico”. ¡Qué fuerte!

El azul violeta de ese papel forralibros es también el color de la tanzanita, la piedra preciosa que vela por la tribu de los Massai, que viven en Kenia. Distinto azul es el de la turquesa iraní, piedra semipreciosa que aleja el mal de ojo y protege el corazón. Resulta igualmente muy útil contra la picadura de escorpión. El sabio Salomón conocía perfectamente el abanico de virtudes de la turquesa, que debe tener color celeste uniforme, clarito y sin vetas.

Del turbante de un rey mago cayó, aquella noche encantada, una gran turquesa, perfecta de color y sin impureza alguna. Encontré la piedra inspeccionando los restos del refrigerio que SSMM se habían dignado catar. A nadie confié mi precioso hallazgo, que siempre llevo encima en una pequeña faltriquera de malla de algodón del Eúfrates. Me ha librado de más de un hechizo. Tanzanita no he conseguido, pero estoy en ello. Echen Udes. a volar la voz a ver si me cae una de tales piedras, que estoy seguro que no me dejará mentir.

El río cuyos meandros serpenteaban a lo largo de todo el tablero se hacía con papel de plata, pues aún no existía el papel Albal. Quiere decirse que el agua argentaria provenía de las tabletas de chocolate Tárraga, Elgorriaga o Nogueroles y llevaba adherencias de cacao y algarroba, que es fruto del algarrobo cuya vaina y semillas machacadas se mezclaban por entonces con el cacao para que cundiera el chocolate. Quizás fuera no tanto por escasez, sino por cuidar de nuestras colitis infantiles, tan abundantes antaño. La algarroba o garrofa es legumbre cuyos taninos son potente remedio antidiarreico. Mano de santo, como quien dice.

Atrás cito varias marcas comerciales de aquellos años del cuplé. Las marcas son, como las instituciones, inestables. Las de prestigio aguantan años y años y ahí están Kodak, Gillette, Coca Cola, Cola Cao, Danone y muchas otras. Pero ya no hay camisas Tervilor, estufas Super Ser o televisores Marconi. Tampoco chicle Bazoka ni los aromáticos caramelos SACI, fabricados éstos por Gª Hnos., de Jijona.

Parte del pluriempleo de mi padre consistía en trabajar para la Agrupación Nacional de Fabricantes de Chocolate, lo que nos aseguraba el suministro de alimento tan fundamental para merendar en el cine Colón o en el Príncipe Alfonso. Un plátano, una onza de chocolate y un bollo suizo por barba daban para ver, sin rechistar, dos películas seguidas, que los programas eran dobles y en sesión continua. La que se llamaba “Flecha rota” me gustaba mucho y la vi cuantas veces soportaron los hermanos. A la yaya como que le daba igual, pues para llorar sirve cualquier peli, salvo las que ahora se hacen con efectos virtuales de ordenador, y portan mensajes tan sutiles y elaborados que no capto bien. Entiendo mejor a Bergman, a Antonioni, a Godard o a Win Winders que a los cineastas del clan de los rompehuesos o del sonido del trueno, aunque me esté mal el comparar.

La secuencia que más me gustaba, y que formaba parte de una película de castillos y justas medievales, era la de un mozalbete, de alias “El Príncipe Valiente”, quien huía de los malos arrojándose desde una fortaleza al agua que la circundaba. Aguantaba sumergido en el fondo de la laguna durante varios minutos, hasta que los ballesteros que le perseguían se cansaban. Respiraba por el procedimiento de cortar con su machete un tallo de caña o junco o lo que fuera y asomar un extremo por la superficie, a manera de moderno tubo de bucear, pero en más largo. El príncipe melenudo se pegaba una panzá de minutos bajo el agua, cual delfín del medievo.



Aquella Navidad soñé que me bañaba en el mar con un delfín.

Este último verano se ha realizado, al fin, mi sueño premonitorio. He tocado el lomo y la panza de un delfín preciosísimo. En la playa de las dunas me avisaron a sol puesto que había aparecido un delfín joven cerca de la orilla. Cercanía relativa, y más si el océano está de marea alta y son casi las diez de la noche.

Llegué a él como pude y con ayuda de Thérèse, mi joven y fuerte nereida. De pronto, el agua abierta del océano se vuelve círculo de agua cerrada, para el delfín y para mí. Mide mucho más que yo. Su piel, que acaricio a su gusto, tiene tacto de poliuretano terso pero rugoso a la vez. Se voltea de panza y me la ofrece. El lomo es de color antracita y la tripa gris azul. Le toco. Cierra los ojos. Ya no hay ni pizca de luz. Nado con él, porque él quiere y hacia donde quiere.

Siento no tomar una copa con mi adolescente cetáceo. Es apuesto y gentil, y yo le contaría cosas de los humanos, que también somos mamíferos. Él me hablaría de sus cadenas de tribu, pues viven en familia, como nosotros y los orangutanes. ¡Suerte, querido delfín! Si te vuelvo a ver, te regalo mi piscina y una cartilla de ahorro.

Vuelvo al nacimiento, que me pongo a escribir y me salen más recuerdos que pensamientos. Pintar de rojo la bombilla que va situada detrás del portalejo para que la luz difunda calor de hogar era tarea delicada. Cinco minutos de bombilla encendida bastaban para que aquello oliera a chamusquina, con grave riesgo de que las montañas de auténtico corcho de alcornoque, el serrín del desierto y el musgo que a los tres días estaba más tieso que la pata de Perico, ardieran en llamas de fatales consecuencias en un edificio cuyas vigas eran de madera. ¡Pa’ habernos matao!

Nuestro inmueble no sufrió fuego incendiario ni pegó un explotío aquel trozo de decorado de Palestina, pero mis dedos pulgares y sus vecinos tienen sus huellas deformadas por las quemaduras que me hice tratando de desenroscar la lamparita Osram de 40w, sin paciencia suficiente para que se enfriase, que no tenía interruptor.

Cuando ya de mayor fui espía triple, a saber, para el Eje, para los Aliados y para la difunta URSS, me salvé en varias ocasiones de ser descubierto y fusilado al amanecer gracias a las irregularidades que presentan mis huellas dactilares. Y ello porque los dibujos de la piel de mis dedos son volubles. Como las damas. Mutables.

OVEJITA LUCERA

Aquella Navidad, o la siguiente, me empeñé en subir a casa una ovejita viva. Para que viese un belén instalado en todo su esplendor. Pensaba yo que a la oveja le gustaría conocer los campos de Galilea, de Samaria y de Judea, representados en época en que no daban tanto el coñazo unos y otros.


Sin embargo más tarde, espiando para el Mossad, me enteré de que ya por entonces andaban tirándose unos y otros de los pelos, pero yo a la sazón no lo sabía. Si lo sé, me hago el longui y localizo los exteriores del nacimiento en Murcia, que es región bien hermosa y tiene de todo. Montañas altas, desiertos bravos, huerta exhuberante y un mar de miniatura, cual menuda alga brillante y plateada de sal.

Nuestro castillo de Herodes era un puro despropósito, porque mi hermana pequeña se empeñó en poner uno tan grande que deshacía toda la armonía y proporciones del conjunto. A mí me parecía una burrada dar tanto protagonismo a un señor malafollá, que había mandado degollar a no sé cuántos niños santos e inocentes. Nunca entendí qué narices tienen que ver los artículos de broma que ahora venden los chinos del todo a cien, con la conmemoración del holocausto de esos niños inocentes.

La ovejita lucera tenía carita de azucena y provenía de un rebaño que pasaba por nuestra calle de cuando en cuando porque mi querida calle era, y sigue siendo, una cañada o servidumbre de paso para ganado. Recolecté de entre los hermanos vinticinco pesetas, que cambié a Casilda la panadera para juntarlas en un hermoso billetito de los de color morado. Esperé a que pasara el rebaño, que lo hacía todos los jueves, y metí al pastor en su zurrón la tela marinera del ala y ¡hala! para mí la ovejita.

Monté al corderito en mis hombros y trepé por la escalera de servicio, pues me dio por barruntar que en el montacargas igual se mareaba la criatura. Soy muy considerado con la cosa de los mareos por padecer de ellos. Tanto en coche, como en tranvía, avión o tren. Tengo el mal de mar hasta en la bañera, cuando me capuzo para enjuagarme el pelo, que en aquellos heroicos tiempos lavaba con champú de brea de marca Sindo. Era un mejunje laborioso de aplicar tanto por ir en unos sobrecitos que debían ser cortados por los extremos, como por picar en los ojos más que una enchilada en la mucosa gástrica.

La ovejita se aclimató bien a la casa y gustaba de mirar conmigo el belencico, aunque prefería mamar de la tetina de unos riquísimos biberones que yo le preparaba, a base de Pelargón y leche de la Granja Poch. Para mí que el animalillo creía que yo era su mamá, sobre todo porque le metía a dormir conmigo debajo de las sábanas y me bañaba con él en la bañera grande, para no desperdiciar el agua caliente, que entonces era un bien muy preciado por escaso.


En la grisura de aquellos tiempos antiguos y étnicos no había agua corriente, ni caliente, ni constante, ni al instante. La hornilla de carbón de la cocina calentaba el agua de un depósito encima de ella emplazado. Muchos y muchos metros de pasillo desde allá hasta la bañera. Tuberías de plomo o de hierro, que no de cobre. La alcachofa de la ducha cegada por la cal del agua. Cortes de agua. Restricciones de posguerra. Una tardenoche pregunté:

- ¿Por qué sale agua marrón del lavabo?

- Son las obras del Canal de Isabel dos palitos, respondió la yaya.

Así llamaba mi aña a Dª Isabel II. Se conoce que los naturales de Ventas con Peña Aguilera no saben de números romanos, ni falta que les hace. La yaya Sagrario utilizaba un argumento inapelable y contundente para obligarte a llevar la ropa interior siempre limpia:

- ¿Llevas puesta la muda que coloqué anoche al pie de tu cama? ¿Y si te pasa cualquier cosa en la calle?

Me gustaba cuando balaba la ovejita ¡¡beeee!! y yo le contestaba ¡¡baaa!! En suma, lo que pudiéramos considerar como una inteligente conversación. Me sabía a musiquilla celestial ese dulce balar. Todavía lo echo de menos. Mi ovejita y yo éramos niños limpios que olíamos a rosas del campo. Su lanilla era más suave que el vello de una cabra de Cachemira.

Oía yo rezongar al cuerpo de casa sobre mis costumbres y aficiones, murmullos que arreciaban cuando la oveja dejaba sus cagarrutas en el pasillo o donde le diera la real gana. El mayor disgusto de mi infantil infancia me lo propinó mi padre cuando decidió, en la octava de Reyes, que ya estaba bien de contemplaciones y de pamplinas y que la oveja fuera enviada por Auto-Transportes Andalucía al convento de las monjas clarisas capuchinas de San Antón, en Granada capital. ¡A saber en qué asiento me la acomodaron para aquel viaje sin retorno! ¡Probetica!

Llegado que fue el verano siguiente, nada más desembarcar en Los Cipreses, decidí ir a casa de las monjitas por abrazar a mi lucerita, a quien había puesto de nombre Guillermo, por cariño al proscrito personaje de Richmal Crompton. Infeliz de mí, no daba importancia a los caracteres diferenciales de una oveja macho respecto de los de una hembra y parece que en mi casa tampoco eran duchos en ese arte. Oséase, que podía ser Guillermina. Ya he contado que en mi familia las cosas del sexo no se explicaban porque eran pecado. Y los pecados no tienen explicación, teologías aparte.

Con la tata Mariana agarré un tranvía en la parada del Cerrillo de Maracena y, después de trasbordar en la avenida de Calvo Sotelo, me plantifiqué en la calle Recogidas para dar un beso en los morros a mi Guillermina. Con la recta in-tención, eso sí, de preguntar luego por tía Emilia.

Esto último me daba cierta fatiga porque, como era monja de clausura, de las fetén, las visitas se perpetraban en una salita encalada, donde había una oquedad guarnecida con tres o cuatro barreras de rejas, la última de las cuales, esto es, la más cercana al visitante, tenía unos pinchos de tamaño natural. No estoy tuerto hoy en día porque, prudente de mí, cubría con un pañuelo de hilo egipcio el pincho más cercano al ojo que mantenía abierto. El otro ojo quedaba cerrado y sin luz hasta bien terminada la visita.

Sale mejor comprometer un cincuenta por ciento de tus capacidades, antes bien que el cien por cien. Mi tía era bajita, es decir, enana, lo que dificultaba aún más su reconocimiento sin ningún sistema de ayuda técnica para la navegación. Sor Emilia debía tener su guasa, pues una tarde, entre un ora pro nobis y un miserere nobis, preguntó a mi madre si yo era tuerto de nacimiento o sobrevenido.

Hoy es el día, cincuenta y cinco años después de aquel asesinato, en que no he conseguido que nadie de la familia cante la gallina. Digo yo si será cosa de la ley de la “omertá”, como en la mafia. Pero a mí nadie me la da con queso, pues sé muy bien cuántas púas tiene un peine. Sostengo que la oveja fue engordada por las monjitas, quienes se la jamaron tal que el día del santo de la madre abadesa. Si alguien tiene prueba en contrario, que la aporte ahora o calle para siempre. ¡Anda que no le dieron matarile!


La cena de Nochebuena es entrañable. Los viejos lloran por sus muertos y los más meninos se atracan de gallina en pepitoria y de besugo, de turrones y de figuritas de mazapán y alfajores, alfandoques, roscos de anís, mantecados, polvorones, batatines, yemas y demás dulces, de esos que no amargan a ningún tonto. Comoquiera que mis mayores, tanto por parte de padre como de madre, son de pueblo, de allí llegaban unas inmensas alcuzas de aceite, así como pavos vivos en seras de esparto cosidas con harpillera, de manera que los animales respiraban cabeza afuera. También reforzaban nuestra despensa, de cara a los rigores del invierno, unas grandes orzas de barro llenas de lomos de cerdo adobados con pimentón colorao y clavo y bien enterrados en manteca del propio animal.

El empacho del ágape de Nochebuena y su correspondiente cagalera no eran de cuidado, pues se curaban a base de chocolate de algarroba y de agua con limón y bicarbonato. Además... ¡qué más daba si quedaban días y días hasta que, pasado Reyes, había que reingresar en el calabozo escolar!

Me viene ahora a los puntos de la pluma que la vida es así: naces, vas al colegio, te licencias cual hombre de provecho, te arregostas a trabajar cuarenta años en una jodida oficina y ¡venga alegría!, al jubileo de visitar médicos para ver en cuántas estrellitas se pasan de la raya tus niveles de ácido úrico, colesterol o triglicéridos. A propósito, a ver si los galenos paran ya de bajar el límite para aprobar el examen del colesterol. Hace años pasabas con 260, luego exigieron 240, ahora van por 220 y... malicio que para el próximo analís o te presentas con menos de 200 ó te catean y te castigan a tomar estatina.

La noche de Reyes era la única ocasión en que se rompía, dentro de un orden, la austeridad requerida por la escasez de aquellos cutres años y por la circunstancia de ser tantísimos hermanos, que daba derecho a carnet de familia numerosa de primera categoría. Habían quedado atrás, eso sí, las cartillas de racionamiento, aunque no los productos de estraperlo. ¡Lo tengo rubio! decía una estraperlista de la Gran Vía cuando pasaba un señorito. Se refería a los cigarrillos americanos de contrabando y sin filtro. Camel, Chesterfield, Lucky Strike o Pall Mall.

En el gran salón, cada miembro de la familia, servicio incluido, ponía su mejor par de zapatos debajo de tresillos, sofás, mesas, bargueños, vitrinas, tibores, cubrerradiadores y demás armatostes susceptibles de albergar los presentes y liberalidades. Para mi mente infantil pero ya, ¡ay!, cartesiana, la prueba de que los regalos eran de los Reyes Magos y no de los padres se basaba en la presunción económica de que la suma de todo aquel lujo bizantino que se nos ofrecía donosamente no podía salir de los ahorros familiares. ¡Angelico de mí!

En contra de tan mágico origen jugaba el razonamiento, también racionalista, de que los Reyes de Oriente y su comitiva no tenían tiempo en una sola noche de abastecer a todos y cada uno de los niños de la católica España. Ni aun excluyendo de tal donación a los niños pobres y huérfanos me salían las cuentas.

Sin embargo, finalmente, ganaba Oriente, pues mi corazón sabía que la fantasía y la poesía vienen de allá y que de Occidente no se debe esperar más que prosa prosaica y especulaciones y silogismos y otras pendejadas . Cuanto más me decían mis camaradas de clase que los Reyes eran los padres, menos me lo creía yo. Una leyenda conmueve. La Historia, con mayúscula, tiene buena imagen, buen cartel, pero... no me fío de ella. La poesía puede y debe transgredir todas las normas. La Historia, por contra, sólo debe ser fiel a la ley de la muerte, único dato incontrovertible. Tengo para mí que los Reyes Magos simbolizan, en su diversidad y exotismo, al mundo todo. Pioneros de la convivencia de civilizaciones, de que se lleven bien las tres culturas, ¡carallo! Más difícil será que hagan las paces las tres religiones monoteístas, porque cada una de ellas cree ser la única entera y verdadera. ¡Qué le vamos a hacer!



(foto tomada por el autor)

Por añadidura, siendo yo niño de orden y de lógica, en la bendita noche de los reales magos del año cincuenta tuve una experiencia sobrenatural. La pared de mi cuarto se iluminó y me in-vadió una emoción profunda. Era una luz tan hermosa como la de un atardecer de otoño. La luz se convirtió en un bienestar tan absoluto que me desbordó de contento y me hizo comprender los asuntos de la Antigüedad. Al final tomó forma de calabaza. Me dormí lleno de paz y armonía como si estuviera unido a la naturaleza de las cosas. De todas las cosas.

Sumido en tal iluminación, una fuerza interior me dijo que, pasadas las brumas del invierno, debía intentar conocer el mundo subterráneo de nuestro barrio, de manera que consiguiera llegar al colegio sin pisar aceras ni cruzar calles, entonces adoquinadas. Es decir, sin salir del mundo oculto, verdadera cuarta dimensión de lo que está ahí pero no vemos, de igual forma que una sola hoja de árbol puede ocultarnos la luna.

Ese mandato era de un hondo tan profundo que vislumbrar no pude su principio. Probablemente su origen se agotaba en mí mismo, igual que el corazón late por sí mismo y la mente piensa por sí misma. Cumplí el mandamiento en marzo siguiente y su relato pertenece a otro futuro escrito, pues en éste deseo renunciar a lo esencial para agarrarme a las pequeñas cosas que compa-recen de mi pasado. Sólo puedo añadir ahora que siendo invierno, la voz interior me decía que tras las nubes siempre está la primavera y que en primavera es bueno no olvidar que vuelven los inviernos y que debajo de la luz existe un mundo ciego. Ciego sí, mas lúcido y preciso. Como el rayo del amor o coup de foudre, según en qué idioma se mire.


Un camello, creo que en la Navidad siguiente, tuvo la gentileza de dejarnos una hermosa boñiga de rumiante en la alfombra del salón, que era de la Real Fábrica. Yo había visto en el campo deposiciones de otros rumiantes, como vacas y mulas, y certifico que las de los camellos orientales son diferentes, ya que sólo comen vegetales bio?dietéticos y granos especiados y perfumados.

Nunca quise ir a Galerías Preciados a entregar mi carta a los emisarios de los Reyes. Sabía diferenciar lo que son promociones comercia-les de los mercaderes, de la magnanimidad y longanimidad de los auténticos reyes que hacen magia y premian a los niños buenos, salvan a los marinos atrapados por tormentas y dotan con bolsas de doblones de oro a las doncellas pobres para que puedan matrimoniar con hidalgos que no tienen con qué hacer cantar a un ciego.

Siempre conseguí que SSMM me trajeran todo lo que pedía. A ello contribuía no sólo la moderación de mis encargos sino también el método por mí empleado.

La moderación consistía en ir comprobando en el Bazar Horta, en Pabú o en Deportes Cóndor cuánto sumaba lo que yo quería tener y nunca pasar de la cifra que mi orden natural consideraba tope máximo a lograr cada Navidad. En este sentido, debo confesar y confieso que nunca me gustó la canción “Todos queremos más” que cantaba Alberto Castillo. Revela avaricia y afán de acumular riquezas. Prefiero no tener sobre qué Dios me llueva antes que ser pájaro gordo de muchas campanillas.

La manera de hacer llegar a los Reyes Magos mis propuestas también ayudaba a que estos bienhechores colmaran mis esperanzas. En vez de escribir una carta larga y farragosa y dejársela a un empleado de Pepín Fernández, que era el dueño de los grandes almacenes, yo apuntaba a punta de regaliz las dos o tres cosas objeto de mi limpio deseo sobre la superficie helada de un flan chino El Mandarín. Cerraba los ojos y me lo zampaba de un sorbo y sin respirar. Nunca me falló. ¡Mano de santo!

El día de Reyes un cielo azul inmenso y vacío amanecía sobre el estanque del Retiro, cubierto como estaba con una colcha de hielo de un palmo de alto. Por bajo nadaban poblados cardúmenes de bellos peces de eufónicos apellidos. Calicos, burbujas, carpas, cometas, telescópicos y otros cuyo nombre no recuerdo y que no pienso mirar en el Espasa, que no tengo ganas de levantarme ahora.

Comoquiera que yo tenía la certidumbre de que todos mis deseos estaban materializados en el sillón de tela damasquina marcado por mi par de zapatos, mi curiosidad se dirigía a comprobar qué clase de dulces habían comido Sus Majestades. Y si habían bebido de la botella de Cointreau, o de la de Marie Brizard o de la de licor Calisay, o quizás de la de Benedictine, pues sabido es que en el fondo de cada copa de licor hay un secreto.

Mosca me tenía el dato de que la paja destinada a los rumiantes desaparecía siempre. Mi olfato me decía que los camélidos orientales, acostumbrados a cruzar por los desiertos arábigos y del Negev y a nutrirse de exquisitas raíces y frutos secos, de cereales salvajes y henos perfumados por los céfiros que soplaban los profetas del Antiguo Testamento, no iban a rebajarse a comer humilde paja castellana. ¡Hasta ahí podían llegar las cosas!

El día 7 de enero volvíamos a la jaula y yo a mis proyectos de hacer de mi habitación un acuario gigante, o un huerto cercano a mi espíritu. También tramaba dedicarme en lo porvenir a la cría del mochuelo boreal.

Mas en aquel primerizo mes del nuevo año, el regomello dominante que me reconcomía era el irresistible arrebato de abrirme paso por la negrura del subsuelo de mi barrio. Así lo demandaba la poderosa acometida interior que me fue insuflada por un fulgor cegador en la noche más oriental de todas las noches.

FIN



Próximamente, en color por Technicolor, y en esta misma sala, otra fábula verídica y cuatrifásica, producida a todo lujo por la Editorial Cuentos Morales, S.L.:

... En los tiempos de color azul mahón atravesé medio barrio reptando de casa en casa por el inframundo de la cuarta di-mensión.

Bajaba yo a los cuartos de calderas, donde reina Pedro Botero, y me colaba por entre las rejas que cubren los intersticios horadados entre los muros de carga de nuestra finca y los medianeros contiguos. A ciegas, saltaba del nº 38 al 40 y luego al 42, y vecinos, de mi calle. Para cruzar de acera me arrastraba por alcantarillas, pozos y galerías de servicio. Siempre bajo tierra. Nunca sobre el ras del suelo. En las tinieblas.

Las ratas me seguían después de clavarme sus ojillos rojos como el infierno y de comprobar que yo era niño de fiar.

Y yo esperaba y esperaba. A que las piedras se trocaran en rocas y se cubrieran de musgo. Tal vez en otro país, en otro tiempo...

(Continuará...)

domingo, 27 de diciembre de 2015

Año Nuevo


Año Nuevo                                                      

La verdad empieza en el cuerpo. Cada día, una vida. 
Pero ¡cuidado! Que la vida no es lo que se lee en los periódicos. Ni en internet. Las apariencias no engañan. 
Deseo un buen año 2016 para todos vosotros.

Manuel María Torres Rojas.


Foto Masao Yamamoto.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Navidad y Año Nuevo


Navidad y Año Nuevo                                                        

La mejor celebración de estas fiestas es siempre la más perfecta normalidad.

Ello es lo que te deseo ahora y también para todo el 2016.

Cada día, una vida.

Abrazos

Manuel María Torres Rojas

(foto M. Yamamoto)

domingo, 6 de diciembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo séptimo)


Sin pijama y sin recuerdos (capítulo séptimo)                                                

Puta polución atmosférica ¡Qué gorrinería de ciudad! Me pica la garganta. Me apetece tomar un té, comprar un libro y pasar a un baño que no huela ni a desinfectante de clínica ni a pis. Buscaré un drugstore y a Juan Ramón Jiménez. A Brendan Behan no, porque no lo encuentro nunca. Escribir y olvidar. Behan era alcohólico con problemas de escritura. Así era. Escribir y olvidar. La máxima felicidad.

De frente viene un grupo de chicas del altiplano andino. Pienso si estaré en Cuzco, aunque no olvido que Los Andes empiezan en Venezuela y terminan en la Patagonia. Me propongo no lloriquear no vaya a ser que piensen que soy italiano.

Llegan a mi altura, saludo y pregunto dónde puedo desayunar. Me responden maliciosamente que por ese barrio no suelen dar de desayunar a las cuatro de la tarde y que si quiero merendar, no lejos, todo derechito, queda un centro comercial.

En él, compro un diario, que no reconozco, en cuya cabecera figura “edición Madrid”. Me sorprende la facilidad y rapidez con que llegan aquí y ahora los periódicos europeos. La gente viste mejor que antes de mi síncope hipnótico.

Busco otro taxi y ¡zácate! me viene a las mientes una dirección:
- ¿Sería usted tan amable de llevarme a Claudio Coello número 38, entre Hermosilla y Goya?





Sigue el viaje por lo desconocido. Ahora creo que voy a alguna parte. Me apeo en la dirección que surgió de algún boquete negro de mi memoria. Es la casa donde nací.

Subo al piso tercero izquierda y en la puerta hay una placa que pone “Notaría (entren sin llamar)”. Obedezco y entro.

Un tipo con halitosis me contesta si no estoy viendo que allí no vive ninguna familia. Desisto. Está claro que allí no viven los míos.

Dice el portero que la notaría fue instalada en los años ochenta. Ignora quién ocupó antes el tercero izquierda. Yo lo sé muy bien. Pero da igual.

Salgo a la calle. En la parada de taxis desecho a los más sucios y aguardo hasta que llega un vehículo que no está tan cochino como palo de gallinero. Pido al taxista que me lleve al aeropuerto. Es hora de partir.




Los anuncios y otros cachivaches apenas si me dejan distinguir el conjunto de la ciudad en que nací. Creo.


( la primera foto y la de en medio están tomadas por mí; foto de abajo es de Richard Estes)

domingo, 29 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo sexto)



(foto del autor)

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo sexto)                                                   

Salí a la calle como las putas de los edificios de apartamentos por horas, con el neceser en la mano y llamando un taxi a grito pelao.

En el neceser no iba lo preciso para atender mi compostura y aseo, sino un convoluto lleno de unos billetes de quinientos nosequé cada uno. Una fortuna, me dijo el director del manicomio al despedirse de mí con un guiño. Yo lo hice con una pregunta:

- ¿Quién tiene mi ropa interior?

¡Qué calle más rara! Sin aceras con arbolitos en sus alcorques para que meen los perritos, ni edificios medianeros unos de otros para conformar cuadras regulares.

¡Qué ciudad más rara! No me suena de nada. Ganas me dan de volverme a la cama.

Un taxi se digna parar. Le digo a su conductor que me lleve a la avenida del Libertador esquina a Los Jabillos, edificio Junín en la urbanización La Florida.

Vuelve a mí su cara de piña y pregunta:


- ¿En la carretera de la Coruña, no?

Se me funden los plomos. Acabo de dar al taxista las señas de mi domicilio en Caracas. Uso el método de prueba y error y le digo:

- Perdone. Mejor me lleva usted al centro.

El hombre del taxi, mal aseado, menea la cabeza y se encoje de hombros. Y empezamos un viaje por lo desconocido hacia ninguna parte.
Nada me resulta familiar. Intento localizar el lugar de la acción recurriendo a mi acervo cinematográfico. Nada. Esto no es Nueva York, ni San Francisco, ni Caracas, ni La Habana. Debo de haber vivido en más lugares de los que memoria tengo. Intento sonsacar al hombre acerbo:

- ¿Por dónde queda un parque muy grande con árboles muy altos y una casa de fieras encerradas en jaulas con barrotes de hierro?

El taxista frena y me pide que me baje, cosa que hago pagándole con unos billetes que no sé a qué divisa representan. Me devuelve monedas que no son centavos de dólar, ni lochas de bolívar, ni centavos de pesos cubanos, ni céntimos de peseta.

Me encuentro otra vez ejerciendo de puta urbana, con el neceser en una mano y en la otra una bandeja de alpaca regalada por el personal sanitario del centro médico “en agradecimiento al paciente más constante”. ¡Serán güevones!




(foto del autor)

domingo, 22 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo quinto)


( foto Tina Modotti Edward Weston 1923 )

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo quinto)    ____                          

Cambia de tercio el hombre de la bata blanca que indaga y sorbe mate sin parar y va y me pregunta:

- ¿A usted le gustan las mujeres?

Respondo:

- A rabiar. Ellas siempre me decían: “esta tarde te veré”. ¿Cuál es la tarde de las mujeres? ¿usted lo sabe? ¿habrá sido ya esa tarde prometida mientras yo soñaba que pronto vendría?

Vuelve a la carga el galeno inquisidor:

- ¿Encuentra usted alguna relación entre ellas en general o alguna de ellas en particular y su enfermedad?

Callo. No pienso darle ninguna lección, que para eso quien cobra es él. Pero tengo manchas de rouge en la memoria. Para mis adentros me digo que seguro que sí. Que están relacionadas la enfermedad mía y ellas. En realidad han sido la causa remota y la próxima de todos mis descensos a los infiernos. ¿Por qué no iban a determinar que me durmiera sin fin…sin fin…sin fin? Me propongo que en la era moderna, la que empieza ahora, no sea así. Cuando estoy jodido pienso que la mujer que yo amaba no ha existido jamás. Y todo por buscar en otra persona, con forma de mujer, esa clase de felicidad desmesurada, probablemente inexistente.

Por el pasillo pasa una tía maciza, con unas piernas que le nacen de los sobacos y un culo a lo Emmanuelle Béart. Me vuelvo a mirar y meto la pata izquierda en un puto cubo de fregar. Rotura parcial del ligamento lateral externo de algo. Las mujeres excesivas deberían estar prohibidas. Violan mi derecho al equilibrio. Prefiero amodorrarme en mi zorrera.

En la siguiente sesión de trabajo me pregunta el médico que habla con acento porteño:

- ¿Tiene usted medios económicos para vivir fuera de aquí?

Contesto:

- El dinero no importa. Sigo sin saber quién diantres paga todo esto. Me gustaría probar con la hipnosis.

Cavilo. Es posible que haya sido yo un pez gordo de la mafia y corra con la cuenta hospitalaria la Cosa Nostra. ¿Por qué no?

El capellán de la clínica encarga al jardinero que me pregunte si quiero recibir algún sacramento. Debo ser respetuoso con la jerarquía. No me basta con un “pringao” de tres al cuarto. Contesto:

-Dile al cura ese que no me importaría hablar con un prelado consistorial o con una mujer-obispo, si es que ya está admitido por Roma el sacerdocio femenino, que no lo sé.

El capellán asegura que hará lo posible para que así sea.

La mujer antigua perdía su vida en el hogar, aguantando a un marido gruñón y criando a unos hijos que volaban pronto. La mujer nueva la pierde en trabajos frustrantes, en aras de lograr una independencia económica que no resuelve sus anhelos afectivos y cuando ejerce el poder lo hace al estilo hombruno. Fuman y fuman, hablan y hablan sin cesar por el móvil y beben alcohol. Ya veremos en qué terminan los tiempos modernos… ¡no sé, no sé…! Y yo aquí, huérfano de recuerdos y rehén de presentimientos.

Me digo: a fin de cuentas lo importante es tener algo que comer y algo que beber y alguien que te quiera. Un poco bastante mucho.               



( foto tomada por el autor )

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo cuarto)


( el autor explicando su aventura clínica )

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo cuarto)                              

Terapia conversacional… decía el muy gilipollas vestido a lo freudiano. Le pregunto si ha leído “El cuarteto de Alejandría”. Responde:

- Es usted el paciente mimado de esta santa casa ¿Ha intentado, por ventura, suicidarse usted alguna vez?

Estoy siendo prudente, pero no doblo la cerviz. Callo. No me empujen, que me vuelvo a dormir, coños.

Lo que vemos no es todo lo que hay… Si duermes ocho o diez años seguidos, lo sabes. Tienes mucho tiempo para no hacer nada… y piensas… o te parece que lo haces… o lo sientes así… a ojos cerrados. No hacer absolutamente nada durante años es una forma elevada de búsqueda espiritual.


En mi primera vida había una ranura de luz. Me parecía recordar.

Más de la mitad de los adultos tiene algún tipo de insomnio. Yo antes dormía siempre. Ahora, casi nunca. Recurro al rizópodo de la bata blanca y suelto dos perlas:

- ¿Podemos contratar a un vidente? ¿Usted cree en la percepción extrasensorial? pregunto al psicomicrobiólogo, por ver si se traga la pipa de fumar en pipa. Y también porque me acaba de entrar un ataque de analepsis y he recordado que fui discípulo del Gran Vidente Maharishi Mahesh Yogi, en su Centro para la Excelencia de la Educación en Bophal, India.

En realidad mi único problema es que no tengo ganas de discutir. Me da galbana. Ayer soñé que soñaba que volvía a caer en el limbo de los justos.

El loquero y yo intercambiamos unas banderillas de floreo:

- ¿No sería a consecuencia de un traumatismo craneal?, pregunto.

- No. No hay rastro, sólo petequias por todo el cuerpo, responde.

- Aún no puedo hablar de eso… ¿No tendré parásitos en el corazón o en el cerebro? digo. Y añado: ¿estado de fuga, quizás?

- ¿Con quién estoy hablando? me dice el mameluco.

- Eso quisiera saber yo. No me importaría ser un intelectual, sobre todo ahora que estoy solo, contesto. Y conste que sigo sin conocer la relación entre mi cerebro, mi mente y mi cuerpo. Por no hablar de mi espíritu, que está perdidito.

Las reglas del juego han cambiado durante mi etapa horizontal. Y no conozco el nuevo reglamento. Es mejor retirarse con gloria. Mi caso está basado en hechos reales. Si lo sabré yo…

- Tengo los tobillos helados y la nuca rígida y manchas de carmín en la memoria, le digo al psicólogo, o lo que quiera que sea, macrocéfalo. No puedo confiar en mi propia memoria.




( lo que queda del autor, en Cuba, al despertarse años después )

domingo, 8 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo tercero)


( fotos de mi niñez en el Buen Retiro ) 

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo tercero)                                                  

Nueva sesión con el psiconeurólogo. ¡Dale, machaca!

- ¿Cómo van sus recuerdos? me pregunta el hombre feo y duro de mollera.
- Muy bien ¿y usted? Un día un chino entró en casa y se meó en mi alfombra.

He tomado manía a este sujeto. No lo aguanto. Está convencido de que la mierda es mejor que la nada. Pido que me suba la dosis de orfidal, pues ahora resulta que no consigo dormir. Rechaza mi petición alegando que se acostumbra uno. El muy zote no comprende que mi insomnio actual algo tendrá que ver con la circunstancia de que he dormido, noche y día, no sé cuantos años. Y que las vacas flacas de la vigilia suelen suceder a las vacas gordas del sueño. Y viceversa.

Digo al médico interrogador:
- Por cierto doctor, quería preguntarle si, a su conocimiento, existen otros casos como el mío.

Carraspea un poco. Aclara la voz y me dice que él no ha tratado a ningún paciente con mis características. Pero que, sin embargo, en los manuales de su profesión hay descritos algunos casos.

Dejo para otro día la cuestión de la denominación, diagnóstico y tratamiento de mi enfermedad, pues, de momento, manejo la idea de que contraje la enfermedad del sueño porque me picó la 
mosca tsé-tsé cuando hice el servicio militar en Malabo.

Me intriga la cuestión de quién sufraga tan larga hospitalización. También la de si tengo familia y domicilio. Trabajo supongo que tendría, pero ya no, seguro que ahora no lo tengo. Como no tengo papeles tampoco sé cuándo es mi cumpleaños ni cuántas velitas me pondré en la tarta.

Una enfermera muy bruta pero noble, que es de Almendralejo ella y está tan rica como pan de pueblo, contesta a la pregunta sobre mi edad después, de abrirme la boca como a los burros. Dice que, por la dentadura, me calcula como unos cuarenta tacos.

Como quiera que albergo alguna esperancilla de que el día menos pensado y sin tomar agua bendita reanude con ella, antes de que se me olvide del todo, la saludable práctica del acoplamiento entre hombre y mujer, opté por no hacerle ver que si me habían alimentado por sonda unas ocho o diez mil veces, eso que se habían ahorrado de masticar los piños de mi boca. Amén de que mi madre tenía una dentadura perfecta y hoy en día resulta que los genética determina todo, incluyendo la funesta manía de pensar.

Al cabo de los tres meses, ya en buena forma física, el psiquiatra dice que debo prepararme para seguir una temporada más en la clínica. ¿No será que este hombre se ha enamorado un poco de mí?

Congenié con la prójima de Almendralejo. El sexo es precioso, incluso sin amor. ¿O mejor sin amor? Cuando hay sentimientos, el sexo no dura mucho. El definitivo argumento que la subió por fin a mi cama fue suspirar en su oído “nena, un polvo se le echa a un pobre”.  Fue precioso: tuve agujetas en el abdomen el resto del tiempo de la prórroga que me tiré en aquella clínica. La falta de uso.



( un día de campo en Parvulitos, que incluyo para convencer al psiquiatra de que tengo recuerdos )

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Poema LA LUNA QUE NO ES.


(el escritor y poeta Manuel María Torres Rojas)

Poema LA LUNA QUE NO ES                                                 

Por gentileza de mi querida colega y amiga Mery Larrinua estoy participando, con mi poema LA LUNA QUE NO ES, en el importante evento "Luz del Corazón-ELILUC Encuentros Literarios Internacionales".

Los poemas o relatos presentados por un grupo escogido de escritores hispanohablantes están siendo recitados, en el programa radial argentino “Una Noche Inolvidable” de Carlos Fernández, por ilustres voces de la radiodifusión argentina.



Con independencia de que se puede escuchar el texto completo de mi poesía pinchando en el video arriba insertado, me permito reproducirlo a continuación:

LA LUNA QUE NO ES

La luna que no es,
vino con el tercer sueño y vino malo, sueño malo. Vino amargo.
Caras de antes, traidores, sitios imposibles, gente de plomo.
Cuarenta y cinco años para diez de soledad:
¡brasas de carbón de encina!
Mi tierra se inundaba, enguachinada por la vena abierta 
en la concreta pared del embalse de la vega de Granada.
Mujeres e hijos en antracita. Violencia y rencor.
El odio africano de la máscara avarienta envenena
sus pellejos colgantes.
Fortifico La Casería con mis manos,
que cimbrean varas de avellano sobre la espalda del eunuco impostor.
Indulto los yerros de quienes llevan mi sangre.
Condenación a los avernos para la bruja y a su petimetre colgante.
¡Serán pasados por las armas de mi pluma! ¡Ajaré sus vanidades!
Morirán tal como viven, vestidos con la armadura de la mentira.
¡Mal rayo les parta!
Te lo dije: la luna es el sol
¡Realidad,
sueño,
las dos cosas son!
Manuel María Torres Rojas


(el autor en persona)

Pequeña nota biográfica

Manuel María Torres Rojas nació en Madrid en la década de los años sesenta.

Es Abogado, profesor de Derecho Civil en la Universidad Complutense de Madrid, escritor, fotógrafo y viajero.

Ha publicado diferentes libros de relatos autobiográficos, de viajes y de poesía.

Ha pronunciado diferentes conferencias en varios países centro y suramericanos. Igualmente ha sido investido Doctor Honoris Causa en prestigiosas Universidades de Latinoamérica.