viernes, 5 de diciembre de 2014

En Venecia, cruel confidencia de mujer




(fotos tomadas por mí en Venezia)

Durante la cena, a medida en que la noche se cerraba, la dolorosa confidencia de aquella mujer con roja mata de pelo rojo se iba transformando en cruel descripción, con pelos y señales, de su infidelidad para conmigo.

Y conste que, de ellas, mutables cual plumas al viento, mi razón no aguardaba sino unas migajas de calor. Apenas.

A pesar de mi convicción intelectual, jamás me había sido dado imaginar que la hiel de su confesión fuera tan amarga y tan honda la daga que me rasgó en dos. En aquella cena en el Harr'ys Bar de Firenze, o quizás en la postrera en la trattoria Da Ernesto en Venezia, la diosa de la roja mata de pelo rojo, en el fragor del champagne Taittinger, me invitó a contemplar en su teléfono de bolsillo una foto de su amante ultramarino.

Airado, rehusé su ponzoña y salí a la puta calle a llorar un cigarrillo.

En el camino de vuelta al hotel, ambos en marmóreo y civilizado silencio, se me hizo evidente la imposibilidad de pasar con ella aquella noche.

Necesitaba estar a solas con mi cabreo. Sentía repulsión hacia ella y su cruel y estúpida confesión. Paré un acqua-taxi y pedí a su conductor que acercara a aquella mujer, de pronto tan ajena a mí, a nuestro hotel, contiguo a La Fenice.


(foto del autor) 

Liberado de su insoportable presencia de mujer, me metí en el lounge bar del edificio Mondadori. Dos vodkas después, la cosa estaba clara.

De regreso al hotel, en recepción pedí otra habitación, lo más alejada posible de aquella que habíamos compartido cuatro noches, con sus madrugadas, sus desayunos y sus apasionadas siestas.

Me resulta imposible dormir sin pijama y con recuerdos.




(desde la terraza de mi habitación)


El problema del pijama era más fácil de solucionar que el del peso del recuerdo de su olor de hembra. ¿Por qué me conmueven tantísimo las mujeres fatalmente pelirrojas?

Un billete de cincuenta euros convenció al hombre de la conserjería de que el guión exigía una llamada suya a la habitación de la infiel mujer de la mata de pelo rojo para pedir, en nombre mío, que hiciera al pronto mi equipaje.

Con otros veinte machacantes más, un mozo transportó mis maletas de la 425 a la 201. En plantas distintas y en alas opuestas. Distancia de seguridad.

En el minibar de mi nuevo cuarto no había ni vodka ni hielo. Opté por beber a morro dos botellines de Beefeater. Me tragué una píldora sedante, lavé mi cara y dientes y soñé con mi patio y mi aljibe y con las trenzas de mi primer amor, que fue el que sentí hacia una niña rubia trigo.

¿Siempre caeré en los mismos errores? ¿Es que no he de cansarme de desear la fruta del cercado ajeno? ¡Qué ciudad más puta y fría es Venezia!

Me despierto en un puro sobresalto. Las pesadillas me hacían gritar.

El estómago me dice que el momento más duro de mi vida no ha llegado aún. Que llegará cuando el deseo se agote y no me queden ganas de zascandilear.

Desayuno un bull shot bien cargado de vodka. Me confortaba la idea de que hay diosas con tan buenas tragaderas que son capaces de dártelas con un tipejo que sólo sirve para ir a la oficina y al retrete ¡Con su pan se lo coman!

¿Qué he de hacer con la tunanta de la habitación 425? Si me tropiezo con ella en medio de un pasillo del hotel, ¿temblará la firmeza de mi decisión? No me será fácil desapegarme de esa pelirroja para siempre jamás amén. No parece, no.





De la carpetilla de mi cuarto viudo de amor, saco una cuartilla con el membrete del “Hotel de La Fenice y Des Artistes”, San Marco, Campiello della Fenice 1936, y escribo: “Fuiste desleal a tu conciencia al no apostar, tan solo, por el amor que yo te entregaba…”

Ya se sabe que la mejor manera de olvidar a una mujer es hacer literatura con ella. Me suena a Henry Miller.

El resto de mi carta a la infiel eran prosaicas instrucciones sobre el acquataxi que la depositaría en el aeropuerto Marco Polo aquella misma tarde y sobre el número de su vuelo para Madrid. La pasta, como siempre, corría de mi cuenta.


lunes, 1 de diciembre de 2014

Toda ficción es autobiográfica


(el chaval que figura en el centro soy yo. 
La foto está tomada en el primer día de mi entrada en el colegio)

“Toda ficción es autobiográfica. No hay nada más autobiográfico que la ficción, ni nada más ficticio que la autobiografía. Más que un dramaturgo, me considero un poeta. Y un poeta siempre habla de sí mismo, de su aventura espiritual y del lugar en que se encuentra frente al mundo. Ahí es donde se halla lo más íntimo. Hablar de mi vida sexual habría resultado mucho menos privado e indecente.”


“Pese a su fervor religioso, el dramaturgo no tiene problemas en marcar sus distancias con la Iglesia. Dice vivir con dolor el repunte ultracatólico al que asiste Francia desde 2012, cuando millones de manifestantes salieron a la calle contra el matrimonio homosexual que pretendía aprobar François Hollande. Py se dice repugnado ante esa supuesta minoría silenciosa, convertida en vigoroso contrapoder a la acción gubernamental. “Me siento triplemente horrorizado: como francés, como homosexual y como católico”, afirma. “Pero el Vaticano no es la Iglesia. No tienen nada que ver con los hombres y mujeres que me ayudaron a construir mi camino espiritual, a quienes no podría importarles menos mi sexualidad”. Py estuvo casado durante diez años “por amor” con la actriz y dramaturga Elizabeth Mazev, a quien conoció a los ocho años. “Nos divorciamos porque ella conoció a alguien, y luego lo hice yo”, aclara. “No creo que me vuelva a casar, aunque ahora sea posible. Mi compañero no parece tener prisa en comprarme un anillo”.”

Hacia la alegría. Texto y dirección de Olivier Py. Teatro de la Abadía (Madrid). Del 12 de noviembre al 7 de diciembre.

Extracto de una entrevista con Olivier Py, responsable del festival de Aviñon, publicada en Babelia.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Ocnos


(el autor cuando niño en el Buen Retiro)

Encuentro en Cernuda algunos de mis propios sentimientos, si bien expresados distintamente a como lo hago yo.

Quizá sea una manera inconsciente de no desvelar la timidez que nos sigue queriendo niños. Cuando muchacho, la soledad te separa de  todo,  pero no te apena...pues crees en la eternidad de la infancia.

Estar despierto mucho antes del amanecer nos hace lúcidos y singulares. Ajenos a nosotros mismos. Intentaré dormir un rato. Un beso, amor. 

viernes, 17 de octubre de 2014

Pienso, siento….


Mi querida amiga Ángeles Zurita me ha sorprendido y conmovido con estos versos de su autoría, que me honro hoy en ofrecer a mis lectoras en este modesto blog.

Grato ánimo para Ángeles.

(estas fotos y otras muchas que tomo con dedicación y esmero 
se pueden visitar en mi galería de Instagram

Pienso, siento….


Me desarmas
me desnudas de luchas
e inundas mi alma
con besos de tus auroras…
Y, pienso, sólo pienso
arropado en tu entorno,
curtido, de sol, con mimo,
como cobrizas son
las cálidas casas.

Y, a merced de la brisa,
mi ropa tendida se solaza…
¡la que a mí me abriga
con olor a marisma!

El vino en tinajas,
las sufridas pencas
a la solana y…¡tan bellas!

Por caminos pedregosos,
la reflexión acompaña.

Y...hombre sensible me siento...
viendo cómo trepan las tapias
las frondosas buganvillas.

Mi sosiego, mi isla...

Ángeles Zurita

13/10/2014



viernes, 10 de octubre de 2014

El amor no tiene quicio


(Ausschweifung Berlin Night Club 
George Grosz)

Contra el amor y su vicio,
no hay resquicio
ni modo acomodaticio:
el verdadero amor no repara en sacrificio
en su busca del fornicio.
Aunque seas un gran patricio
o te vistas de fenicio:
el vicio cardenalicio
se te cuela, subrepticio,
y su lascivia te arrima al precipicio
de su hermosura y desquicio:
el verdadero amor no tiene juicio.

viernes, 26 de septiembre de 2014

EL HOMBRE QUE ESPERA UNA PERDIDA


(fotos tomadas por el autor)

Las mujeres de la edad moderna están apagadas, o fuera de servicio. O, lo que es peor, carecen de identidad, pues sus números de los portátiles “no pertenecen a ningún abonado”.

 Si llamo, con mi móvil, a una mujer de la era moderna, normalmente se agota la batería de su portátil a poco de empezar a hablar. Contrasta la energía de la mujer de hoy con las escasas prestaciones de sus pilas recargables.

Las chicas me dicen:

 Estoy en el parque. Te llamo luego, cuando llegue a casa.

Deben dormirse en el parque porque el móvil no suena luego. ¿Cuándo es luego para una mujer?

Espero en el restaurante. Una hora. Pasa, por tanto, una hora de la acostumbrada por mí para la cena. Tengo hambre.

  Ahora no puedo hablar. Voy conduciendo, no tengo manos libres ni apenas cobertura y la batería se está muriendo, me dice la rapaza que está citada y no comparece.

Pido un vino y apunto en mi cuadernito moleskine. Sumo: en los últimos tiempos, desde que desperté en la clínica, he invertido en esperar el santo advenimiento de las hembras, quinientas veinticinco horas con cuarenta minutos. Toda una vida.

  ¿Quedamos ya para mañana? Insinúo a una pelirroja de rizo natural.

 Mejor te llamo luego. Cuando llegue a casa.
 Nada. Tan solo me llama mi tía Honorata. Desea que mañana la transporte al pedicuro, antes llamado callista.Al día siguiente, la mujer de la cabellera color fuego de leña, me manda un mensajito de letras:

 Lo siento. Estaba cansada y me dormí viendo la tele.

Natural. La televisión es el laúdano moderno.

 Quedaste en llamarme, me atrevo a susurrar a una tercera.
- No pude. A mi prima le dio un cólico nefrítico. La llevé a urgencias en Alcalá, dice.
 Voy en un taxi. La calle está cortada y hay un tapón enorme. No me esperes. Te llamo luego, afirma otra.


 He pasado de ser el hombre que duerme, a ser el hombre que espera.

 Pues no me esperes, que tengo que sacar al perro.
 Ya. Claro. Lo que pasa es que ya te he esperado una horita. ¿Me la devuelves? ironizo.
 Ahora no puedo. Luego te hago una perdida. No tengo saldo, contesta.
 ¿Por qué no me llamaste ayer? me dice al otro día.
 Quedaste en llamar tú, respondo.
 ¿Y eso qué tiene que ver?, replica la chica de Burgos.
 No quería agobiarte, mascullo.
 Corazón, contigo nunca se sabe. ¡Eres más rarito!, termina.
 A ti te pasa algo… ¿Tienes novia? Acusa otra bachillera.
 Ya sabes que no. ¿Quieres que hagamos de novios tú y yo? Le digo a modo de morcilla guasona.
 Hay algo que no te gusta de mí, sospecha en voz alta la sufragista.
 No es eso. A mí me gusta todo de ti, menos tú misma cuando te pones celosa, me atrevo a farfullar.
 ¡Anoche me colgaste!, me dice ella.
─ No quería discutir. Nos hubiéramos dicho cosas irreparables, le digo yo.
 Pues dímelas ahora, añade.
- Cuando me veas triste y malhumorado, todo lo que tienes que hacer es quitarte la ropa. Tu desnudez me hace vulnerable, contesto con un pié en Gª Martin.

Aburrido y solitario repaso los mensajes que he recibido hoy:

 Sí, pero más tarde. No tengo batería…
 ¿Ya se te pasó el cabreo?
 Anoche te encontré muy raro. Espero equivocarme.
 ¡Hola! Ayer me lié y después me fui a la camita. Besitos muchos.
 Hazme una perdida, que estoy en el trabajo.
 Salí del fisioterapeuta y te hice una perdida. Cené y me dormí.
 Toc… toc… ¿Me llamas luego?
 En ké stás pensando en ste instante?
 Gracias por todo. Igualmente.
 Kuando kieras.
 Hola! Ya te has olvidado de mí…? Besos.
 ¿Duermes?
 ¿Te veo mañana?
 Pienso en ti y…
 ¡He soñado contigo!
 Mañana te veré.

Pero nunca llega ese mañana.

 ¿A qué hora vendrás?
 A la que tú quieras, contesta.
 Quiero ahora, digo yo.


 En esta noche oscura, me acuesto “…dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado…” ( Juan de la Cruz, el fraile que no tenía móvil)

sábado, 6 de septiembre de 2014

Al viejo estilo


( Autor y hermana, del álbum familiar )

( Capítulo primero )

Por disposición paterna mi familia veraneaba un año en Granada y otro en la dehesa de Campoamor, provincia de Alicante. Veranear significaba pasar fuera de Madrid los tres meses del estío, más una propina hasta bien entrado octubre, hora de enjaularse en el colegio.

La dehesa era propiedad de unos amigos de mis padres, sin hijos. Dos mil quinientas hectáreas de pino carrasco, lentiscos, algarrobos y almendros, con costa propia, en medio de aquella España pobre y autárquica. Aún no se olfateaba la llegada del turismo ni los villanos atentados contra la ecología y el buen gusto que traería de su mano el estirón económico de manos puercas. ¡Torres de hormigón a orillas del mar! ¡Habráse visto!

Fuimos, sin saberlo, la última generación que pasó sus vacaciones al viejo estilo. Nadie nos obligaba a estudiar idiomas o cosas útiles para el futuro. El tiempo, infinito, era todo para nosotros. Aprendimos a no hacer nada, como enseña el Tao. A no hacer-haciendo.

La vieja casa ,con más años que un palmar, quedaba retirada del mar. Una tartana con una mula nos llevaba al baño diario en la caleta de la playa Yo solía ayudar a Pepe, “el de la tartana”, a enganchar la mula al carruaje, operación que requería tener muchas manos, y más para un crío de ciudad.

Cabe al mar,cambiábamos nuestras ropas en una casita que llamaban “La Barraca”, que tenía un aljibe con agua dulce. “La Barraca” estaba decorada con redes, boyas de grueso cristal verde, salvavidas de corcho y estrellas y conchas de mar. La hélice del motor fuera de borda se sumergía, para protegerla del salitre, en una gran barrica con agua dulce. Después del baño en el mar nos quitábamos la sal de la piel por el sencillo procedimiento de verternos encima el agua de unos barreños templados al sol en el patio de la barraca.

Algunos días la yaya Sagrario llevaba a la playa unos cestos de mimbre para alargar los baños hasta la noche. Tortillas de patatas, filetes empanados, ensalada de pimientos rojos y verdes, sandías y melones puestos a refrescar en lebrillos con barras de hielo cubiertas con sacos. Higos y brevas dulces, albaricoques de secano, melocotones pequeños y prietos. La siesta se dormía en colchonetas de paja sobre el suelo empedrado de guijarros y cantos rodados del porche de la barraca.


lunes, 23 de junio de 2014

Trono vacío


( foto tomada por mí )

Un deseo realizado, un simple hecho, no tienen en realidad más verdad ni más valor que un sueño.
Lo ideal es ser libre, no estar condicionado por nada ni por nadie.

sábado, 21 de junio de 2014

Desdoblamiento de personalidad.


Foto/ retrato del autor

Recupero mi paz interior, largamente cuestionada por mi íntimo desdoblamiento. 
Habiendo dos Papas, dos Reyes, dos Reinas y dos Capitanes Generales de todos los Ejércitos ¿por qué no ha de haber un Manuel y un María y un Torres y un Rojas?

sábado, 7 de junio de 2014

sábado, 31 de mayo de 2014

La bella vida de Eva




   
Y EVA ENCENDIÓ LA PASIÓN

Uno de sus amantes se llamaba Sándor y el otro se llamaba como yo, porque era yo.

El nombre de Sándor no se debía a que sus padres fueran imaginativos para la cosa de la nomenclatura, sino sencillamente a que eran húngaros.

Sándor y yo fuimos amantes de Eva allá por los años 90, no sé si simultánea o sucesivamente.

Tuve con ella una relación estrecha y breve. Estrecha porque su cama era 
small size, y breve porque el incendio de nuestros corazones y cuerpos se extinguió en un invierno. Conocí a Eva en casa de unas amigas de vida alegre, y el rayo que no cesa prendió en ambos la brasa de una pasión. Pero, como la memoria es traidora, también pudo suceder que me fuera presentada en una recepción que ofreció el Ayuntamiento de Madrid a un grupo de espeleólogos australianos y sin fronteras.

Cuando se acabó lo que me daba no volví a verla.

Andaba yo por entonces en otras liaisons dangereuses y ya se sabe que la mancha de una mora con otra verde se va. Me sumí una vida disgregada y cometí incontables insensateces, entre otras, con una seductora profesional fichada por falsificadora y estafadora.

Seguí mi camino y no volví a pensar, al menos en voz alta, en Eva.

Quiso el destino que, cuando caí preso del vicio solitario de escribir, citara yo a Eva en uno de mis relatos, en que procuro quedarme más bien corto que largo. La mano que mece mi lápiz me hizo poner nombre y apellido al personaje de Eva, así como su domicilio real en Madrid años 90, como se atestigua en «Los huesitos de mis ronquidos»*.

El día 16 de octubre del año de la Rata recibo un correo electrificado de un amable señor llamado Sándor quien me cuenta que, hallándose en el trance de buscar en Internet algo sobre un antiguo amor, se ha topado con mi blog. Al parecer, Sándor conoció a Eva en 1986 en Buenos Aires. Tratóla allá y acá y perdió su estela en los años 90. Me pide ayuda para conocer sus coordenadas actuales. Respondí así:

     “Amigo Sándor: No tengo ni idea qué pasó con Eva. No sé nada de su vida.
      ¡Era preciosa!”.

 Sándor apostilló de esta manera mi mail con otro suyo:

     “Y muy buena amiga. Muchas gracias de todas maneras”.

Sándor y la melatonina me removieron, durante un par de toledanas noches, el légamo de aquel estanque que yo creía más seco que el Mar de Aral.

Creencia errónea, como todas las mías.

Tales posos aventa el perfume de Guerlain que ella usaba, después que Sándor dejara escrito en mi blog el 24 de octubre, a las 6:05 a.m. :

   “Quisiera lanzar un grito de esperanza a una amiga de antes (pero siempre presente), Eva, citada en el texto «Los huesitos de mis ronquidos»: Evita, no tengo noticias tuyas desde hace 20 años, pero pienso en ti a menudo y espero que, dónde tu estés, seas feliz. O si un día, por casualidad, caes sobre esta página, escríbeme por favor, porque te recuerdo y te extraño”.

A vuelta de electrón le digo a Sándor:

    “Mil gracias por su bello y poético comentario dejado en mi blog. Palabras así me ayudan a escribir. Lamentablemente no sé nada de Eva. ¡Tan joven y tan bella!...”.

Sándor me escribe el 28 de octubre contándome que marcha a Argentina pues aún no ha perdido por entero la esperanza de localizar a Eva. Y ello aún desconociendo si vive allá o, antes al contrario, en España. Tampoco conoce si casóse y ha cambiado de apellido. Sándor, que mal duerme como yo, al dormivela, me confiesa que todo el pasado le bulle por su cabeza desde los rincones de su memoria.

A Sándor le gustaría saber desde y hasta cuándo conocí a Eva, qué tipo de relación nos unió y, en resumennada más y nada menos que mi opinión sobre ella. Añade Sándor, con gracejo y sabiduría, que me pregunta lo anterior consciente de que Eva tenía varias vidas. Bailarina, modelo, empresaria y courtisanne.

El 12 de noviembre me animo y mando a Sándor este correito:

   “Comprendo muy bien lo de las fotos de Eva. Nada debe hacerse sin su permiso. Simplemente se me ocurrió que su retrato en mi blog podría ayudar a su localización. No tengo datos de ella. Creo que la conocí en 1994, en una recepción en el Ayuntamiento de Madrid. Me parece que se dedicaba a las relaciones públicas. Fuimos amigos íntimos durante aquel invierno. En fin, eso es todo.

    P. D.: Eva era bella e inteligente. Valiente y fuerte”.

Está claro que a Sándor le duele esa mujer en todo el cuerpo, creo yo. Y también lo es que su amor por ella está meneando el árbol de mis recuerdos.

Eva amaba las ostras y más si se trataba de las carnosas, que los franceses llaman
spéciales, a ser posible de la casa Guillaume. Era una mujer libre, viviendo en un país como el nuestro en el que la querencia por la libertad es epidérmica. Pensaba yo que el mundo era lo suficientemente abierto como para admitir ya mayores dosis de licencias y desopresiones. Su flor era la nomeolvides. Su color el azul y su pelo a lo garçon.

 

Nunca antes había conocido a una mujer que durmiese con calcetines blancos de deporte.

Vivía la noche de la movida madrileña sin ser consciente de que eso iba a darse en llamar movida madrileña. Los fines de semana de aquel corto y cálido invierno me presentaba en su apartamento, de cuya puerta tenía yo un llavín, con una bandejita de bollería de Mallorca, repletita de torteles y croissants calenticos y envuelticos con su cordelillo blanco y la lazadita que dejan para llevarla colgandera de un dedo. Me gustaba su acento porteño tamizado por la meseta castellana. Bailaba el tango como ninguna.

Jamás se me ocurrió preguntarle por su vida nocherniega. Me bastaba con saber que los sábados y los domingos la tenía para mí solito. Me acompañaba, sin entusiasmo, a ver películas de arte y ensayo, que ella llamaba de parto y desmayo.

Aquel invierno andaba yo preparando una tesina sobre el valor alusivo de algunas categorías originales en la poética de tradición china. Me topé con un poemita, muy anterior a la era cristiana, que contaba que el poeta había encontrado a una bella mujer preciosa y blanca. El buen hombre exclama:
  
    —“¡Yo la he encontrado! ¡Ella me conviene!”.

Anteanoche me dio por evocar, no recuerdo si despierto o en brazos de Morfeo, que en algún lugar remoto y época pretérita creí reconocer, en foto de la jura de un gobierno argentino, a la mismísima Eva tomando posesión de la cartera de Planificación Familiar. No puedo prometerlo y no lo prometo, pero vive Dios que Eva era capaz de eso y mucho más.

No sé contar porqué murieron las matinés que dedicábamos a los juegos de cama. Es muy posible que no hubiera una declaración formal de ruptura de hostilidades sino que, simplemente, dejamos de vernos y sanseacabó. Dicho por corto y por derecho. Elmerequeté químico que habían organizado nuestros neurotransmisores, con la feniletilamina a la cabeza, extinguió el torbellino interno que nos tenía tontilocos. El méli-mélo de nuestros mezclados fluidos se transformó en compota de mirabeles y luego en nada. Hoy, día 20 de noviembre de este año de las ratas de sacristía, recibo de Sándor sentencia sin recurso:

 "Encontré a Eva. Le conté que había conocido tu blog y nos acercamos a un ciber-café en el barrio de La Recoleta en Buenos Aires. Me dijo que tú eras tú, pero que te llamabas Carlos. A mí me da igual. Nos vamos a casar el sábado que viene en el juzgado que queda en la calle Corrientes. ¡Y chau!".



(fotos de Wendy Bevan)


viernes, 16 de mayo de 2014

Un energúmeno anda suelto


(foto del autor)

Ayer, después de un grato paseo vespertino, entré a tomar una copa de vino en El Gourmet de un gran almacén.

Me atendieron con la cortesía de siempre. Cuando me disponía a paladear un excelente Rioja de la casa Roda, con el teléfono inteligente encima del mostrador al lado de una tapita de jamón ibérico, me llama un productor de quesos de cabra de la Sierra del Guadarrama, que estaba ofreciendo una degustación de sus productos en un pequeño stand situado a escasos dos metros del lugar y banqueta que ocupaba yo en la barra del llamado Gourmet.

Me acerqué a probar un nuevo queso de cabra, de elevada acidez, y, al regreso a mi puesto en el mostrador, héteme aquí que me encuentro a un señor sentado en mi banqueta y con las narices demasiado próximas a mi copa de Roda y a mi platito de jamón. Mi móvil estaba incólume, pero el psicópata mochales hablaba a grandes voces con el suyo, precisamente en mi puesto. Me acerqué para indicarle que estaba ocupando mi lugar y con volcánico descomedimiento empezó a proferir alocadas chifladuras relacionadas con su desvarío y delirio. Gritaba que las banquetas no se reservan. Supongo que el energúmeno, en su violento frenesí, pensaba que mi vino, mi jamón y mi aparato móvil no significaban nada para él sobre el derecho de ocupación que me asistía.

Debo aclarar que el majareta chiflado no había pedido bebida o comida alguna y que mi ausencia no había durado más allá de un minuto escaso, amén de que las banquetas aledañas estaban vacías.

Agarré mis viandas y mi smartphone  y me fui tranquilamente a la otra punta de la barra. Con los años he aprendido a ignorar a locos y necios.

Me enfrasqué en la lectura de unos correos electrónicos que acababa de recibir y olvidé el incidente. Pasaron diez minutos y el maníaco paranoico  aparece de nuevo para insistir en sus lunáticas sinrazones. Cuando se cansó se fue y no hubo nada.

Una vez desaparecido el loco de atar con los tornillos sueltos, los empleados de servicio se acercaron a manifestar su asombro ¡A buenas horas mangas verdes!

Moraleja: desde que cerraron las casas de locos, los orates energúmenos andan sueltos. Atención y mano al botón.

lunes, 5 de mayo de 2014

¿Se puede saber qué quieres ahora?


(foto tomada por mí)

Primera secuencia

Suena el móvil de la chica:

─¡Dime! ¿qué quieres ahora? ¿dices que quieres besarme? ...deja, deja... ¡te portaste fatal!



Segunda secuencia

El hombre farfulla:

─¡Espera, espera, no cuelgues! que la cosa no es lo que parece...  ¡mierda!

¡Cretino! -piensa la chica mientras apaga el móvil- ¡qué buena excusa me has dado para mandarte a esparragar! En realidad lo estaba deseando y no sabía cómo hacerlo, musita la moza.






(foto tomada por mí)

Tercera secuencia


El muchacho escribe un mensaje a la chica, vía WhatsApp:

Mujer, no te pongas así. No des importancia a cosas que no la tienen ¡Tenemos que hablar!

Pasaron tres horas antes de que en la pantalla de su Galaxy saltara el doble click.

Esas pocas horas bastaron para que ella se cerciorara de la fragilidad de su decisión. Escribió su respuesta:


Tú no sabes lo que es amar. Eres hombre de pasiones, no de amor.


(foto Daido Moriyama-Eros-Or-Something-Other-Than-Eros-1969)


Cuarta secuencia


Pero apenas pulsó “enviar”, levantó los ojos del pequeño artilugio y lo estaba introduciendo en el bolsillo trasero de su ajustado pantalón cuando vio que a su lado estaba aparcado el Volkswagen Golf gris perla de Nacho. No podía ser cierto; no le había vuelto a ver desde aquel día, iba para un año, en que el muy hijo de puta la había citado muy cerca de allí, en el Pub Meeting, para informarla de que en un mes se casaría con Maribel.

Sabes que tú eres la mujer de mi vida -le había dicho entonces- la única a la que podré amar. Pero esto es otra cosa, cielo. Maribel es una buena chica, me quiere mucho y, sobre todo, está podrida de pasta. Sé de buena tinta que su padre va a entrar en el próximo gobierno del PP y me ha prometido una Dirección General de algo. Compréndelo, es mi futuro.

Le temblaban las piernas hasta la punta del tacón. Cruzó la calle a trompicones, se retocó los labios y entró en Meeting. Le vio de espaldas, semiapoyado en la barra ¡Dios, cómo estaba el muy…! Pasó a su lado sin mirarle y fue a sentarse en un taburete donde él pudiera verla.

Realmente las pasiones no estaban tan mal.


La segunda y cuarta secuencias son obra y gracia de Ana Montojo, escritora y editora de un blog que recomiendo. Aquí:


(foto Saul Leiter)

miércoles, 9 de abril de 2014

¡De ésta, te acuerdas!




(Foto Saul Leiter)


“De ésta, te acuerdas”, me dice ella cerrando de golpe la puerta del taxi.

Bajo la lluvia de otoño, sopeso su reacción. Ha dicho “de ésta”, en femenino; o sea, que está convencida de que le he hecho una faena o injuria u ofensa o vejación o afrenta.  En cambio, si hubiera dicho “de esto, te acuerdas”, es que se sentiría agraviada o ultrajada o despreciada o desairada.

Miro el reloj.  Ya son diez los minutos que han pasado desde el portazo  ¿Qué  hacer cuando ni tan siquiera sé qué diablos acabo de hacer mal? Maldigo mi falta de reflejos y mi torpeza.También abomino de las mujeres que van y vienen tres veces, mientras yo no me entero de la misa la mitad.

Corro hacía el aparcamiento, saco el coche a trompicones y, en pos de ella, desafío al tráfico. La carrera alocada que emprendo por media ciudad, me deposita en su portal a tiempo justo de salpicarle de la cabeza a los pies con un aguachirri de color sospechoso ¡Eso le puede pasar a cualquier pelirroja que se baje de un taxi luciendo un par de piernas kilométricas, de esas que nacen a pie de axila!

“De esto ¡nos acordaremos los dos!”, musito a manera de disculpa. Me mira.  Sonríe con  su media mueca de adolescente. Parece que consigo enternecerla…

¡Vaya, me coge de la mano y subimos a su casa! No la entiendo, pero aquí estoy, con ella.  Me digo, con el poeta: “Quiero quedarme aquí, no quiero irme a ningún otro sitio”.