domingo, 5 de julio de 2015

Relatos de la lluvia de julio

EL TAXISTA NUESTRO DE CADA DÍA           


(foto del autor en Zürich)

Hoy me toca uno de Albacete que vive en Azuqueca de Henares.
Se declara contento con su taxi y me pide ayuda para identificar un buen trayecto. Debo tener cara de gepeese.
Es un hombre grandón y un poquillo tartajilla. Sin mucho circunloquio me cuenta lo que él llama su único problema. El hombre se ha construido una piscina en su chalecito. La piscina es irregular, como el propio terreno, y mide diez por ocho por siete y por cinco metros.
El hombre grande no sabe nadar y por ello el agua de su alberca le llega a la altura del gaznate. Su mujer es una flaca bajita y bucea y todo en la piscina.
Aquí viene el problema. La familia de su mujer se presenta sin avisar, un fin de semana sí y otro también, para disfrutar de los placeres de la charca. Y de los otros, porque el buen taxista me cuenta que también corren a su cargo las viandas para la barbacoa y la bebida para la panza. Ahora viene lo peor. Los retoños de los invitados sin invitación, chillan como conejos y se tiran a la piscina haciendo la bomba y vaciándola del agua que se desparrama por las tapias.
No le dejan dormir la siesta y derrochan el agua de la cubeta. A él que, por la cosa del ecologismo, no la vacía ni en invierno y la mantiene limpia como una patena.
Mientras pago la carrera me dice que hay domingos que se cabrea, agarra el taxi y se viene a Madrid a trabajar.

VIENTOS DEL ESTE                                   



(el autor en Estocolmo)

La encargada de la tienda de muebles y objetos asiáticos es una señora carioca que se parece a Adriana Lima como un huevo a una castaña. Su hombre es un periodista que está escribiendo una tesis doctoral. La dueña de la tienda es una troglodita que no admite eso del tanto monta, monta tanto, en lo que a la condición humana se refiere. O sea, que cree en la superioridad de los ricos.
La encargada me dice que ella no quiere opinar mucho, pero que le da que su jefa es pepera populista. Eso sí, con menos garbo y trapío que el antiguo sindicalista Lula, líder del movimiento Rinovarsi o Morire.

LA CHICA QUE LAVA EL PELO                     



Se llama Riza y su hijo, de veintidós meses, Fortunato.
El infante, de tan galdosiano nombre, es cuidado por la mamá de la lavandera del cabello.
El nene chapurrea ya tagalo, español e inglés.

JUEVES SIETE DE JUNIO                            



En la vitrina del restaurante Venezuela figura expuesto, entre pequeñas piezas arqueológicas cogidas a pulmón en los pecios de estos mares, mi librito de los huesitos y sus ronquidos. Así demuestra José comino y cagarruta su aprecio por mí. ¿Habrá leído mi obrita? No tengo noticias de la fiera sin domar. Ni las tendré.
Me dice mi Elenita que Manoli, la chica de la limpieza de mi antiguo despacho, está emocionada porque la cito en “Los huesitos…”. Voy a terminar escribiendo para mis amigos del pueblo soberano. Exclusivamente.
Hervido llaman al plato de verduras locales que me zampo diariamente. Con su chorrito de aceite, virgen, supongo. ¿Hubo alguna vez diez mil vírgenes?

VIERNES OCHO DE JUNIO                           



Almuerzo en el puerto deportivo de San Pedro del Pinatar, invitado por Marisa, que fuera señorita de compañía de la caciquesa de la zona. Nuestra común nostalgia del pasado y su ceguera política del presente condimenta la pitanza.
Siempre salgo de mi baño en la mar salada más confortado que antes de pasar la fatiguita de entrar. Voy por 40 minutos sin parar. ¿Llegaré a una horita completica?

DOMINGO DIEZ DE JUNIO                           



La cena de anoche en El Venezuela, se saldó con una gran dorada del mar pequeñico y con mis pupilas inundadas por la belleza de una mujer del Este. Ella cenaba con un crío pequeño y con un hombre-mono pequeño y renegrido, con aspecto de guerrillero indo-malayo. La preciosa estonia, un suponer, besaba a su hijo, miraba empavorecida al pre-homínido y, pocas veces, no evitaba mi mirada de varón domado y admirado. Quede claro que mi atrevimiento se basaba en que el orangután estaba de espaldas.
Ya no tengo ilusiones, sólo experiencias. Por eso escribo. Experiencias y recuerdos.

JUEVES CATORCE DE JUNIO                        



Espero taxi para el aeropuerto. Me voy al horno de la meseta. En puridad de principios lógicos, no tengo ganas de estar ni allí ni aquí. Ni allá ni acá. Y si quieren saber de mí pasado, les diré que llegué de un mundo raro, que no sé del amor y que nunca he llorado.
Ayer desaproveché el viento de leveche para mi baño, que no me di, ni hoy tampoco, que no me lo daré.
Dos horas y cuarto de película de piratas en silencio. La prota es bella y prudente. De Ukrania es la criatura.
Llego a Madrid. Afortunadamente, llueve y llueve. A mares.

TRESCIENTOSESENTAMILNUEVE                 



Son los euros que cuesta, aunque no creo que los valga, un reloj Rolex de caballero montado no sé si en platino o en oro blanco y, eso sí, cuajadito de brillantes.
Tal espantajo aparecióseme en el curso de una recepción en la casa Rolex, a la que acudí invitado por la firma Wempe.
La prenda relojera, del gusto de emires y jeques, estaba protegida en una vitrina rodeada de rayos láser, como las que salen en las películas de atracos perfectos. Son películas en las que estás deseandito que ganen los malos.
Me presentan a un ciudadano con pinta de asentador de pescado en traje de domingo que se autoproclama aristócrata. El aristócrata hortera o impostor, cargaba un peluco, también Rolex, de esos que parecen un huevo frito de oro amarillo. Para salir del paralís que me había embargado comento yo que el esperpento de los trescientos sesenta mil nueve euros es propio de narcotraficantes colombianos y me corrige, al parecer con conocimiento de causa.
- No. Conozco bien Colombia porque compro allí esmeraldas. Los narcos colombianos gastan oro amarillo. El oro blanco queda para los narcos que trafican en oriente con el opio.
Por lo demás la recepción estuvo perfecta. Las damas bellísimas, los caballeros elegantísimos, incluido un servidor que practicó el sincorbatismo. El comercio y el bebercio, ahora llamado catering muy selecto y abundante.
Observé con satisfacción que el sempiterno Moët Chandon había sido sustituido por el champagne Ruinart, que me gusta mucho más. La comida era abundante porque estaba prevista la asistencia de ciento veinte gilipollas y a la postre sólo concurrimos unos setenta mal contados.

EL CASO DE LA ESPINACA ASESINADITA      


En mi cocina está instalado un horno de vapor AEG Competence.
Se trata de comer vegetales preparados de la manera más saludable posible. A saber, al vapor, sin sal y duchaditos con su pizquita de rico aceite virgen extra.
Compruebo ahora que mi fiel Fadua lleva cometiendo espinaquicidios un año largo. Tras una noche de insomnio que dedico a elucubrar por qué coño están tan malas las espinacas que prepara a diario la criatura magrebí, me puse en pié hecho una pasa pero con la certeza de haber hallado la clave.
- ¿Cuánto tiempo permanecen los brotes tiernos de espinacas en el chisme? Fadua contesta como si fuese de extremo oriente.
- Veinte o cuarenta minutos.
Su cálculo debe ser mariocondesco porque he cronometrado reloj en mano, aprovechando que la bonne se había marchado a hacer la compra, y las que me toca comer hoy llevan cincuenta minutos siendo asesinadas en el horno AEG Micromat-Duo Competence.
La solución me la proporciona la simple lectura de la bolsa que contiene “o melhor em follas jovens e inteiras”. Se pueden introducir directamente en el microondas las espinacas tal cual vienen en su envase de papel de celofán. Se perfora la bolsa por varios sitios con un cuchillo de punta y se coloca en la bandeja del microondas durante tres minutos a una potencia de setecientos cincuenta vatios.

ZAPATOS EN EL FREGADERO                       



Como no me gusta señalar, y menos dos veces seguidas, daré breve cuenta de otro descubrimiento, este de carácter higiénico zapatil. En casa los zapatos se limpian, piel y suela, en el fregadero de la cocina.

DELICATESSEN                                          



He sido preterido a favor de un pavo más joven, más alto y más rubio que yo.
Mi comedida queja ha sido recompensada con una copa de un chardonnay helado y muy rico.
Todo ocurrió a la hora del aperitivo vespertino en la barra del bar instalado en el Delicatessen de los grandes almacenes de siempre y que no voy a citar ahora porque estoy enfadado con ellos.
Abrevio el cuento. Me acomodo en la barra y no hay ningún cliente en todo su perímetro. La señorita que atiende advierte mi presencia y cuando voy a pedir una copita de vino blanco con unas piezas de sushi, aparece por el extremo opuesto un chaval más alto, más joven y más rubio que yo, con cara de soplagaitas eso sí. La señorita olfatea la llegada de mi oponente, se da la vuelta y se pone a atenderle.
Me aguanto las ganas de homicidiar con mis propias manos a la chica y al tío ese que era más largo que un día sin pan. Llega una segunda empleada gordita y risueña. Pido mi copita de vino y cuando tiene la botella en el aire para verter el ambarino fermento de la uva, la moza que primero me ignoró llama a la escanciadora. Ésta se vuelve y se ponen las dos a atender a las preguntas y demandas de mi desgalichado rival.
Como estoy releyendo a Séneca, aguanto con estoicismo. Cuando el hombre malo se va, creo que sin comprar nada, la gordita me sirve mi chardonnay con tres rollitos de sushi. Es entonces cuando comento a la niña que me he sentido preterido por ser más viejo, más bajo y más moreno que el hijo de la gran puta que se acaba de ir de vacío.
La gafitas cuatro ojos reacciona estupendamente, me pide disculpas y me ruega que acepte la invitación de la casa, cosa que acepto al vuelo como las perdices.

ACUCIOSAMENTE                                      



(el autor en Lausanne)

El Jefe de neurología de uno de los más gigantescos hospitales de Madrid no es muy acucioso que digamos.
La chica de la floristería que cada lunes recibe un puyazo de interferón, se ha sometido a un riguroso chequeo por prescripción del neurólogo ese que no se acucia el hombre. Hace dos meses que terminó todas las pruebas, cuyo resultado global determinará si debe seguir o no con tal tratamiento y en qué dosis.
El expediente clínico está encima de la mesa del neurólogo. La florista llama a su secretaria cada semana transcurrida sin pronunciamiento alguno. Preocupada por la demora, la chica de la esclerosis múltiple en potencia se atrevió ayer a endurecer su tono en la llamada habitual, que ya es de frecuencia diaria. La secretaria o enfermera respondió:
- El doctor está en huelga y mañana se va de vacaciones.

¡QUE ESTÁN LOS FONTANEROS!                  



El portero del cincuenta y siete me contesta:
- ¡Ahora subo, que están los fontaneros!
Ya me daba a mí que estaban los fontaneros, puesto que siempre están desde hace varias semanas. Aparecen de dos en dos, pero nunca los mismos. Unos vienen de los Cárpatos, otros de los Andes y ninguno de la Sierra de Aracena.
Cada pareja de plomeros emite un diagnóstico distinto. Acuciosamente, eso sí.
Total, que seguimos sin saber el origen de las humedades que padece la dueña del local comercial que se está reconvirtiendo en estudio y en vivienda. Las humedades las padece el local y su dueña lo que padece es cabreo, no comparable al que yo tengo por aguantar unas obras que van ya para dos años.
Si alguien conoce si el ordenamiento jurídico vigente permite que en las obras de un edificio de viviendas se utilicen hormigoneras y taladradoras neumáticas de las usadas en las carreteras, caminos, canales y puertos, agradecería se pusiera en contacto con el ordinario del lugar, a quien tengo presentada una queja por esta vaina. También me gustaría saber si los obreros y las obras tienen los papeles en regla.

EL PAPÁ DE FORTUNATO                            



(tartar de atún toro)

Anoche, mientras me zampaba cuatro piezas de sushi en lo de Nacho, conocí a Fortunato, que es el papá del bebé que se llama Fortunato.
La primera pieza era de atún toro, la segunda de coquille Saint Jacques, la tercera de huevas de salmón rojo y la cuarta de cigalita, todas primorosamente preparadas por Fortunato senior.
- ¿Está usted casado con Riza?, ¿tiene usted un bebé de veintidós meses que se llama Fortunato?
Ni por esas. Impasible el oriental. Tan así, que tomé la precaución de decirle que no soy de la bofia, pero que estudié lógica y por ello había deducido que, como quiera que no puede haber en mi barrio muchos filipinos que se llamen Fortunato, él tenía que ser el marido de ella y el papá del bebé.

domingo, 28 de junio de 2015

Relatos de estío, espacio y tiempo

Relatos de estío, espacio y tiempo               


EL CASO DEL TAXISTA HIPERACTIVO             

Agarro un taxi a la vera de la clínica de mi maestro japonés. Vuelvo a mi encierro del barrio.
El hombre que conduce empieza a hacer cosas raras. Se salta un semáforo y se cambia de carril a cada poquito. Sin poner el intermitente.
Ensayo el truco de darle conversación para ver si el hombre se tranquiliza.
- ¿Lleva usted mucho tiempo en esto del taxi?
Me mira por el retrovisor atravesando el plástico ese de seguridad que te deja sin aire acondicionado en verano y que no protege ni de un atraco de un niño de teta. Me cuenta que no, que lleva poco tiempo en el oficio.
- Verá usted. En realidad yo soy informático, pero, como también soy hiperactivo, cada dos años tengo que cambiar de trabajo porque me pongo muy nervioso.
Comento en voz baja que ha ido a elegir un trabajo que ataca los nervios. Me pica la curiosidad e indago si se autocalifica con conocimiento de causa.
- ¿Dice usted que es hiperactivo?
Se salta un par de semáforos más, insulta a una señora gorda que está subida a un BMV todoterreno y que espera a la salida de un colegio plácidamente estacionada en cuádruple fila y me dice:
- Pues verá usted, el psicólogo del colegio diagnosticó mi problema porque no seguía bien los estudios por falta de concentración. Mientras estudiaba informática ayudaba a mi padre en el taxi y, de entonces acá, cuando me canso de un trabajo y me entra la neura, me vuelvo al taxi.


Ya en casa, recuerdo que en mi clase del colegio había un niño que hoy gozaría de los privilegios que concede el carné de hiperactivo. Entonces era tratado de zascandil y botarate, y medicado a base de capones y puestas de cara a la pared en todos y cada uno de los recreos de cada curso escolar. Ahora es un jefazo en el partido populista.


DEPRESIONES Y OTRAS VAINAS       


Alejandro, fino estilista, se pegó una leche en moto y desde entonces anda luchando contra la depresión. La chica de las flores dejó a su marido, fue diagnosticada de nosequé múltiple y sometida a un tratamiento cabroncete. ¿Se deprimen o tienen trastornos bipolares?
La chica alta, natural de Guinea, se lía con un bailarín y se queda embarazada. El bailarín niega, el bebé nace y ella venga a tomar prozac.
El pintor antillano y la chica chilena de la academia para preparar oposiciones, ven cortado el suministro telefónico por falta de pago. Se deprimen y se quedan sin Internet.
Las parejas de mileuristas no pueden con las cuotas del coche, de la tarjeta de crédito e hipotecarias. Como además las criaturas están acostumbradas a comer tres o cuatro veces al día y a utilizar, mañana y noche, cosmética aunque sea comprada en un chino todo a cien, no les salen las cuentas y, se pongan como se pongan, van y se deprimen. Buena gente. Solo beben los fines de semana. La Revolución francesa empezó con las revueltas por el pan.

EL TAXI DE STEINBECK                             


El conductor del taxi de ayer día miércoles, llevaba el pelo clavaíto a D’Artagnan.
Se vuelve y me pregunta:
- ¿Es usted escritor?
Como quiera que en los últimos tiempos a los taxistas les da por hacerme la misma preguntita, me limito a decirle que sí, que más o menos.
- En realidad, yo soy roquero. ¿Ha oído usted hablar de mi grupo? Se llama Las Uvas de la Ira. Este sábado tocamos en la calle La Palma. Si me da usted su dirección de correo electrónico le envío uno cada vez que dé un concierto.
La confesión del taxista steinbeckiano de ser atlético, termina por vencer mi mínima resistencia y le doy una tarjetita con mi e-mail y mi bloog. Se llama David.

SOLLOZO ANTES DE DESPERTAR              


Noche toledana. La melatonina obliga. En el prefacio nocturno y cubista asisto a un tráiler sobre mi evolución por selección natural. Mi abuela no soporta que la evolución sea ciega y que yo resulte un subproducto sin autoría intelectual. No buscado.


En el segundo tempo la orquesta filarmónica nacional de Hungría, dirigida por Zsolt Hamar, interpreta un poema sinfónico titulado La metafísica del babuíno. A su término un psicólogo-primatólogo que venía de pasarse la friolera de quince años estudiando a mis primos en la reserva de Moremi, en el delta del Okavango, salió al escenario travestido de babuino al tiempo que gritaba “¡tenemos conciencia y sentido de seres sociales!”.
Me despierto. Los tejados aún están oscuros. Amanece. Y yo, convertido en paria social, me dispongo a recordar el amor que quita el miedo a la muerte. Me reafirmo en el propósito de exigirme a mí mismo el respeto que merezco. Mis cuentos no deben ser sometidos a las indignidades del juicio ajeno y de la competencia con otros.
Amanece. O no.
Vuelve la noche a mi guarida y mis fantasmas salen a pasear. Culpas en pena. Miedo me dan los remordimientos por mis actos futuros.
Me voy a ver la ampliación del museo del Prado. Mi simpatía por Paul Valéry no ha muerto. Le digo a Moneo que dentro del edificio de Villanueva recuerdo el buen tiempo que hace fuera.


POR UN INVIERNO YO FUI FELIZ                

Libertad. El lento discurrir de las horas de charla sin tener cómo ni por qué.
La chica de mi Facultad me preguntó:
- ¿Por qué no me quisiste?
- Porque no te creí. No me fiaba de tus ojos. Te sienta bien el verde.
- ¿Y por qué no me creíste?
- Pues porque no creo nada, pero imagino todo.
Me tomo un campari más amargo que el eléboro. Habían pasado veinticinco años y ella aún ignoraba por qué no la amé entonces. ¿O fue al revés?

EL JOVEN MARÍAS                                    



Ingresa en la Real Academia el joven Marías con una confesión de humildad y con una manifestación de arrogancia.
Su discurso versó sobre la dificultad de contar. La arrogancia radicó en su defensa de la tesis de que el novelista “es el único facultado para contar cabalmente, a diferencia de los cronistas, historiadores, biógrafos, autobiógrafos, memorialistas, diaristas, testigos y demás esforzados de la narración abocados a fracasar”.
No pienso mediar en la polémica de si Madame Bovary está muerta o no. Que cada perro se lama su propia herida.

EL AMIGO DE UN AMIGO                              


Tengo un amigo que tiene un amigo que tiene un bar.
El amigo de mi amigo es el último romántico en activo. Yo también lo soy pero en situación de excedencia.
El último romántico, amigo de mi amigo, tiene a sus espaldas varios matrimonios e hijos y más de sesenta años.
El último romántico tiene un bar por el paseo de las Delicias. Allí se enamoró de una chica colombiana a la que empleó un tiempo como camarera.
El marido de la camarera colombiana se quedó en Colombia mientras ella probaba fortuna en Madrid. Aunque no se sabe bien lo que pasó y cómo pasó, lo cierto es que la camarera objeto de la pasión amorosa del amigo de mi amigo se echó un amante también colombiano pero afincado en Madrid.
La camarera, además de una hija adolescente, de un marido consentidor y de un amante peluquero, tiene a su mamá, que está casada con un señor que no es su papá.
El caso es que la chica colombiana le daba cuartelillo al dueño del bar, pero no le dejaba propasarse ni un tanto así.
Al cabo de unos meses de triángulos y cuadrángulos, la chica de ultramar decide volverse a su tierra y montar una peluquería en la que trabajan hoy en día, amén de ella misma, su mamá y el hombre que está casado con ella pero que no es su papá. Curran también en el salón de belleza su marido legal y su amante oficial. Los cuartos para montar el negocio han salido de los ahorros del amigo de mi amigo.
- Ten en cuenta que no es tanto. Allá con unos pocos miles de euros se hacen maravillas.
La historia me seduce y me anima.
- ¿Puedo ser franco contigo?
Obtenido el permiso me entero de que, además del capital para abrir el establecimiento peluqueril, el hombre del bar envía a ultramar unos euros con frecuencia mensual. Mi amigo piensa que no es una cifra exagerada y yo pienso que en la gran Colombia, si dejamos a un lado a los narcos y a los políticos, tal estipendio mensual no lo gana ni el rey del vallenato.
Mi amigo me cuenta que su amigo el del bar está recién llegado de una visita de dos semanas para ver a su amada. La vio, durmió con ella y se volvió sin rozarla un milímetro de piel. Parece que la chica le argumentó que en una habitación de al lado dormía su mamá. Y que en el otro costado lo hacía su maridito, pared con pared con el cuarto del amante. De la hija adolescente no me han dicho nada, y casi prefiero no saberlo.


TISANA DE GLICINIA TOSTADA                     

La medicina tradicional china otorga mucha importancia a la infusión de glicinias tostadas, pues ya se sabe que cura muchísimos achaques.
Uno, en su modestia, ha descubierto que tal tisana es muy buena para mantenerte en forma y mejorar la circulación de la sangre y bajar la tensión arterial. Mi hallazgo es fruto, como todos, del azar y de la necesidad.
Dado que en occidente no se despacha glicinia tostada en las herboristerías, cada vez que me da la vena tengo que rastrear por el barrio, en las tapias de los palacetes que han sobrevivido al sida urbanístico, en búsqueda y captura de glicinias para tostar. Problema añadido es que las glicinias florecen una sola vez al año y precisamente en primavera. En resumen, que cada tisana me procura un paseo cardiotónico.
Para evitar la competencia desleal de otros chalados buscadores de la flor de la glicinia, me limitaré a dar un dato. Se trata de la iglesia de la embajada británica. En su tapia hay glicinias. Mi pequeña venganza contra Enrique VIII por divorciarse de la pobrecita Catalina de Aragón.

ESENCIA QUINTA                               


Ceno con Akira en un restaurante japonés. Me cuenta que su mamá es un poquito budista y él un poquito sintoísta. Respeta a las personas que tienen corazón bueno. Advierte que hay casos de personas que tenían buen corazón y luego con el tiempo resulta que tienen no buen corazón.
Si lo entiendo bien, en realidad es panteísta que identifica la divinidad con la naturaleza y con el buen corazón. Yo también.

AZAGAYA MURCIANA                              

En Murcia ya no hay campo porque han sembrado todo de chalets adosados. Si quiere uno comerse un rico zarangollo, olvide las antiguas hortalizas huertanas y haga la compra en un mercadona o cosa así.
Algunos jueces, que son muy suyos, andan detrás del nobilísimo gremio de los promotores y constructores imputándoles la corrupción de menores en edad, saber y gobierno, oséase la compra venial de políticos locales.
Para paliar posible desempleo en la zona, sugiero que se utilice, a fin de predecir la demanda futura de nuevos servicios, la ayuda de un programa para agregar la información disponible en la red siempre que aquella sea conductualmente robusta.

COSO 55                                             

En el invierno que viví en Zaragoza, el Moncayo soplaba mañana, tarde y noche y daba la vuelta justamente en la esquina donde yo trabajaba. Y vivía.

SÁBADO 16 DE JUNIO DEL AÑO DE LA RATA   

Sábado 16 de junio. Tarde-noche. La lluvia, que agradezco, sigue y sigue. Y no sólo detrás de los cristales, que las galerías de casa no son muy estancas y algo se cuela.
Domingo del pipiripingo. Junio 17, creo. Año 1980, me parece.
A la 1:32:46 anoto escuetamente: “se agolpan mis sentimientos...”. ¿Serán brasas de amor? No es lo mejor de mi producción, pero esto es lo que hay, teniendo en cuenta que vivo en conversación con mis difuntos y escucho con mis ojos a los muertos. También debo advertir que yo no soy la ola que golpea la roca, que soy de carne y hueso y que por eso los albañiles llevan alpargatas blancas. Llevaban, que hoy portan Adidas, como cualquier hijo de vecino. Y yo que me alegro infinito, que nadie me gane ni me empate.
Me escribe un compañero de mi difunto padre una carta, desde su altura de sabio centenario, que me conmueve. “Tus libros son expresión acabada de tu personalidad de escritor, creador de narraciones llenas de vida... el último rompedor de los moldes habituales por su originalidad y fuerza...”. ¡Luego me clasifica en la línea clásica de Quevedo o de Vélez de Guevara!
Flor de Viola, puede ser un título. Según el diccionario de la Real Academia, Viola es la flor de la violeta; también la del alhelí. Otro que me gusta es: “Como loto en tierra firme”. El signo zodiacal de Viola es Escorpio. Su piedra semipreciosa es el jaspe sardo.
Surtout en amour on a droit a droit à l’erreur.
Séduire, c’est le role de la femme ou bien encore soigner.
Courtisane ou infirmière.

domingo, 21 de junio de 2015

Venganza y egoismo

VINDICACIÓN EGOCÉNTRICA_____________



(foto tomada por el autor en Sorrento)

El se despertó sobresaltado. Ella no estaba a su lado. De pronto, él recordó la última frase de ella: "tu egocentrismo ha llegado al límite". "¿A qué límite se había referido ella?", pensó él. "¿A su límite, a mi límite o a un límite objetivo inexistente?".

Saltó de la cama y se fue directo al María Moliner, sin pasar por el cuarto de baño. "Egocéntrico, -a (de «ego» y «centro») adj. y n. Se aplica a la persona que refiere a sí misma todo lo que ocurre y pone su propia persona en primer lugar en lo que dice, en los asuntos en que interviene o en las reuniones en que toma parte. = *Egoísta."

"Muy de ella, utilizar egocentrismo en vez de egoísmo", se dijo él. "Siempre a vueltas con el lenguaje" ("léxico", decía ella).

El se aseó y afeitó pulcramente. En el baño eran evidentes las huellas dejadas por los potes y frascos de ella. El creyó oír el eco del vacío dejado por el albornoz y las toallas de ella que ya no estaban en sus baldas.

El se vistió con pausa y abrió el balcón. Se subió al antepecho y se dejó caer. Mientras caía él recordó que antes de irse a la cama había abierto el Julio Casares por la voz vindicación "f. Acción y efecto de vindicar o vindicarse".

Ella coincidió en la acera con el cuerpo de él, con la policía y con el juez de guardia. Llevaba su bolsa de viaje al hombro y unos bollos calientes y las llaves del apartamento en la mano derecha. En la izquierda, el DRAE, edición de bolsillo.

"Canalla egocéntrico y vindicativo" rezongó ella.


domingo, 14 de junio de 2015

Alicante-Miami

Quien mal anda...                                




(fotos del autor)

La madre y su hija vivían en Orihuela desde que el padre se había marchado de casa con una cubana muy simpática.

La madre trabajaba de vendedora en una sociedad de promociones inmobiliarias que había ido llenando meticulosa y especulativamente de chalecitos adosados casi todas las tierras de secano comprendidas entre San Pedro del Pinatar, el Pilar de la Horadada y San Miguel de Salinas.

La chica nunca fue buena estudiante y sí, en cambio, una auténtica líder de la cultura del botellón ampliamente implantada en la zona. Es cierto que el clima benigno, el perfume nocturno de las flores de azahar y el natural permisivo de las gentes de Levante propiciaban un cierto relativismo moral, tranquilizador para padres, educadores y estamentos políticos y municipales.

La chica necesitaba algún dinero para instalarse con su novio en un apartamento, pagar la fianza del alquiler, comprar cuatro trastos y una nevera y, claro está, un somier y un colchón. El novio poco podía aportar porque en su casa eran muchos hermanos y bastante tenía con su tetraplejia y sus oposiciones para funcionario del Excelentísimo Ayuntamiento de la localidad.

Una noche de movida y litrona, en la que la fragancia del jazmín y del galán de noche podía al olor a estiércol de los campos recién abonados, un chaval habló con la chica y le propuso para dos semanas después un trabajo agradable y bien pagado.

La chica se levantó nerviosa aquella mañana. Era su primer viaje en avión, nunca había salido de España y apenas hablaba inglés. 



Las instrucciones de la organización eran muy claras. Vuelo IB-1391 de Alicante a Barcelona. Dos horas después vuelo KLM-1666 a Amsterdam. En el aeropuerto de Schiphol tres horas de escala para seguir a Miami en el vuelo KLM-6057 de la propia compañía.

En la zona de tránsito de Schiphol, justo enfrente del Dutty-free, un chico bien vestido con aire de ejecutivo de una firma de auditoría, le entregó una caja de chocolate belga.

El vuelo a Miami fue agradable, la comida correcta y las películas, que no había visto, entretenidas aunque apenas sí entendía los diálogos. Ni falta que hacía para seguir las cabriolas de Jean-Claude Van Damme o Steven Seagal.

La monja que estaba sentada a su lado le contó que iba destinada a un convento de clausura que las Clarisas Capuchinas tienen cerca de Orlando. Estaba ilusionada y excitada después de quince años de oración y recogimiento en La Haya, donde llovía y hacía frío.

Nada más llegar al aeropuerto Miami International empezó el calvario de los trámites y controles de seguridad e inmigración, exacerbados por la psicosis del 11 de septiembre.

Aunque ella explicó varias veces, en castellano, que estaba en tránsito para San José de Costa Rica, los oficiales de inmigración la gritaban, también en castellano eso sí, que debía rellenar los formularios para entrar en USA, cosa que hizo con dificultad y con un rotulador que le prestó la monjita, quien se manejaba con la soltura que debe proporcionar la vida contemplativa.

Cuando ya estaba técnicamente en territorio USA, y después de abrir por segunda vez su maleta y la bolsa de mano, apareció un policía de la DEA con un precioso perro pastor alemán de pelo oscuro y cara bondadosa. El perro olisqueaba profesionalmente personas y enseres y vino a pararse justamente a la altura de ella, meneando el rabo y mirando al agente de la DEA, muy parecido por cierto a Clint Eastwood en Harry el sucio.

Súbitamente aparecieron más uniformes de policía que transportaron a la chica en volandas a una oficina del Departamento del Tesoro.




El pastor alemán estaba muy ufano sentado delante de la caja de chocolates y su rabo era una fiesta. Se había ganado una buena ración de pienso compuesto.

Quince días después el Cónsul de España llamó a la madre de la chica para decirla que su hija estaba en una prisión federal acusada formalmente de tráfico de drogas y de pertenencia a una organización internacional de tráfico de estupefacientes. En total, la fiscalía se proponía solicitar una pena de prisión incondicional de 20 años. Y sin posibilidad de beneficios ni remisiones de condena por trabajo o buena conducta.

La chica había cumplido 18 años el verano anterior y su madre estaba muy contenta porque, si bien había dejado los estudios, iba a empezar a trabajar en una fábrica de conservas de Molina del Segura. Como dijo su hija por aquel entonces "por lo menos ya tengo la miseria asegurada para casi toda la vida". Claro está que ella se refería a su trabajo en la fábrica, no a su largo horizonte carcelario.

domingo, 31 de mayo de 2015

En un principio fue la palabra




En un principio fue la palabra__________

El amor por las palabras llevó a ambos a la otra clase de amor.

En la Facultad de Derecho él juntaba primorosamente las palabras de forma que sus inextricables explicaciones sobre el Derecho Romano y sus latinajos casi se entendían.

En la Facultad de Filosofía y Letras ella presentó una bella tesis sobre Baltasar Gracián, a quien emuló en concisión y superó en gracejo.

El primer mes lo gastaron en contarse cosas, ver películas literarias, leer libros cinematográficos y contemplar pintura con textos.

El otro amor llegó consecuentemente y sin trampas. Consumieron el tiempo adecuado para que él rompieran distintas ataduras y para que ella, más libre y más joven, aceptase algún yugo. Decidieron compartir techo, lecho y mesa.

Fueron días de vino y rosas. Dichosos hasta la extenuación. Ningún placer les fue ajeno. Juntos vulneraron convenciones sociales y jurídicas. Él fue cómplice de ella y ella encubridora de él.

Tiempo después vinieron los “celos retroactivos”, el “egocentrismo”, los “blindajes anti-opas en el núcleo duro del corazón” y los macarrones con tomate del calibre 38mm parabellum.


Juegos de amor y juegos de muerte.

lunes, 25 de mayo de 2015

...Et pourtant, j'attendrai... Ton retour.



J’attendrai
Le jour et la nuit
J’attendrai toujours
Ton retour

... Et pourtant, j’attendrai
Ton retour

Poterat 1937

La primavera de Claire llegó en el otoño de 1961. Cumplía diecisiete años y empezaba Derecho en la Complutense de Madrid.

Atrás, colegio, uniforme, colores grises y mu­ros altos. Letanías y mecanismos de repetición. Tiempo perdido, día a día, año a año. Once.

En la facultad había luz de colores y personas vivas. Desde las aulas Claire ponía sus ojos en la Casa de Campo, el monte del Pardo y, más allá, en la sierra de Guadarrama. Mañanas de azules velazqueños, ru­bescentes horizontes en las tardes.

Bajaba del metro en Argüelles, salida Alberto Aguilera, y el autobús E depositaba a Claire en clase. Por el camino plátanos de adorno, castaños de Indias, algunos cedros de nueva plantación, pinos piñoneros, alcornoques y nogales. Todavía quedaban retazos de monte bajo. Retamas, jarales, madroñeros y encinas chaparras.

El nuevo mundo era mejor. Claire elegía. Estu­diaba o no. Entendía o memorizaba. Si perdía el tiempo, de ella dependía, no se lo perdían los demás.

Claire optó por estudiar dos o tres horas al día, desde el primero, antes que dejar para mayo el atracón final. Gustaba más de las asignaturas que se referían a otros tiempos, como la historia del dere­cho o el romano. Asistía a clase por la mañana, estu­diaba después de la siesta y al caer la tarde salía a orearse con sus amigas.



Cañas, vinos y tapas por Moncloa con las nue­vas. Pinchos en Serrano con las burguesitas ex­compañeras de las irlandesas. El Corrillo, Samuel, Peláez, El Águila, El Aguilucho, Mozo, el café Roma, La Ancha, Jurucha y Sakuskiya. Mucho cineclub de colegio mayor y algún concierto en el Monumental. Antonioni, Bergman, Godart, Chabrol, Truffaut, Risi. ¡Rohmer! Y los inevitables Eisenstein, Max Ophuls, Renoir y Von Strömberg. Bardem y Berlanga, con guiones de Azcona, de cuando en cuando ma non troppo. El cine español estaba tachado de cutre y facha.


Yo también devoraba cine. Sin orden ni con­cierto. Mejor si estaba censurado o prohibido. Rossellini, Visconti, Clouzot, los Taviani, la Varda, Resnais, Louis Malle. Cualquier película mutilada era mejor que una americana intacta. Así pensaba yo, que huí, haciendo notar ruidosamente mi disconformidad, de la proyección de películas como “Esplendor en la hierba” o “La gata sobre el tejado de zinc” .


Claire empezó a salir con un chico delgado y alto, de Linares, provincia de Jaén. Guapo, paleto y torpón, andaba el hombre confuso tanto por lo civil como por lo religioso. El primer ligue de Claire no dio para mucho, ni ella lo procuró. Cuando se celebró el XXV aniversario de la promoción, el chico del sur invitó a Claire a subir a su habitación en el Meliá Princesa. “Asignatura pendiente” decía él. Así con­testó ella al tal Tomás: “si entonces no me apeteció, me­nos hoy. Con los cubatas que te has metido, igual ni pue­des...”.

En verdad a Claire quien le hacía gracia era otro, que era de Valladolid y muy blanco de piel. Casi tartamudo de puro tímido, ella veía en él algo pro­fundo y oscuro, como Serrat en el Mediterráneo. Hijo de militar, vivía por el paseo de la Florida, cerca de la Estación del Norte. Allí le dejó Claire en más de una ocasión, cuando su hermana le prestaba el Seat 600D de color azul claro, matrícula M‑300.564.



Claire coqueteaba con él, le ponía ojitos y le hacía morritos y mohines. Ni por esas. El crío no se atrevía ni a respirar en su derredor. Claire sabía que Mario andaba pretendiendo a “una pedorra” más fea que Picio, hija del director del periódico de los sindi­catos de Franco. Con ella se casó y con ella sigue. En otro aniversario de algo, Claire buscó sentarse a su lado en la mesa del restaurante José Luis. Así habló Claire a Mario: “¿por qué no te dejaste ligar?”. Respuesta de él: “porque no ibas en serio conmigo”.

Hoy, transcurridos cuarenta años, pienso en lo fácil que para Claire resultó pasar del invierno de la infancia a la primavera de la adolescencia. Sin dudas, sentimientos de culpa o regresiones. De golpe se terminaron las prácticas formales de la religión ofi­cial. De regla tardía, la caja de su cuerpo maduró maravillosamente en la Ciudad Universitaria de los madriles. Ojos claros, bien abiertos y bien guasones. Sus pechos remedaban a mejor el busto de la Ma­rianne de la república francesa. De piernas largas, que brotaban de más arriba de sus caderas, que a su vez sostenían el trasero más importante de todo el distrito universitario.

Algún curso después, el relamido de D. Leo­nardo P.C., granadino y catedrático de derecho pro­cesal, echó a Claire de clase por llevar pantalones vaqueros, que por entonces no se llamaban jeans. ¡Qué estupidez! Otro apunte del clima imperante: un catedrático de derecho canónico, con apellido de co­munero castellano, gordito, bajito y meapilas, a la hora de explicar los impedimentos matrimoniales y las causas de su anulación (impotentia coeundi etc.), rogaba que se ausentaran de clase las futuras abo­gados.

Claire leyó “El Cuarteto de Alejandría” de Durrell. A Henry Miller también: los dos trópicos, Nexus, Plexus y lo demás. Leyó la Rayuela de Cortá­zar, el Bomarzo de Mújica Lainez, el Jardín de los Finzi Contini de Giorgio Bassani. ¡Bendita editorial Losada. Buenos Aires. Argentina! Vio “Jules et Jim” de Henri-Pierre Roché y “Le genou de Claire” de Eric Rohmer. Huellas perennes dejaron en ella, como la suya en mí.



Esta cultura de gauche divine servía a Claire para relativizar nuestras salidas con gente pija. La parrilla del Plaza, el Royal Bus en la Gran Vía. Ber­nard Hilda’s Orchestra en el Castellana Hilton, el Gas Light, la Boîte, el Gitanillo’s de cerca de la calle Mayor, que no el de Claudio Coello. También la disco­teca de Moncho Street y el Tartufo de detrás de la Gran Vía, entonces avenida de José Antonio. En to­dos ellos bebíamos y reíamos como jóvenes cacho­rros, regocijadamente.


Claire tenía un amigo, hermano de amiga, que gustaba de alternar con putas en cabaretes. El Biombo Chino, Alazán (“encanto y belleza”), Michele­ta, Las Palmeras, Casablanca, Pasapoga, Riscal, la piscina Stella en el verano. L’éléphant blanc, también, en los bajos del Coliseum. El putero señorito decía que las chicas de alterne eran más generosas y honestas que las doncellas casaderas. Alguna vez llevó a Claire a las sesiones de tarde de esos clubes (“señoritas gratis”). El amigo golfo se llamaba Carlos y practicaba la caza mayor en los cotos a donde acu­dían los jueves las criadas y doncellas de servicio. Bajos del cine Salamanca, del Barceló, palcos del cine Alcalá. Había otros cazaderos, pero fuera “del ba­rrio” por antonomasia, y Carlos no quería ser visto por Tetuán de las Victorias, Ventas o el mismo Ar­güelles. De Vallecas sólo sabía que tenía un puente, al igual que el Pozo del Tío Raimundo un cura comunista.

Claire sabía ver el lado tierno de su amigo, que contaba historias con donaire y desparpajo. Carlos se reía de sí mismo y no dudaba en ridiculizarse al narrar sus gracias y desgracias. Jugador de póker en timbas de tahúres semiprofesionales que le sacaban los cuartos que afanaba en su casa, Carlos conoció prestamistas y compradores de objetos robados. A éstos últimos llevaba algún bibelot, libros viejos de su padre e incluso sortijas de familia. Siempre con deudas, siempre de buen humor, siempre con copas, bien llevadas eso sí, y siempre dispuesto a ayudar a los amigos “normales”. ¿Quién no ha necesitado un apartamento para una tarde, un coche para un fin de semana o cuarenta duros para gasolina? Carlos pro­veía de todo con elegancia y nunca reclamaba nada. No como los matatías y mohatreros, de quienes re­cibió, en mala hora y por personas interpuestas, al­guna paliza.
Un día de cocido en Malacatín, en el Rastro, un compañero progre recriminó a Claire su amistad con el pijo de Carlos. Ella, con su voz de trigo recién molido, reprodujo así la última de Carlitos: «“salgo de casa a recoger a una yankee que me ligué en el bar de Fi­losofía y Letras y de la Manila de Callao me la llevo a bailar al club Castelló. Pide la gringa media combinación (2 partes de ginebra, 8 partes de vermut rojo, 2 chorrros de curaçao, 2 chorros de angostura. Remover, colocar 1 loncha de limón y otra de naranja verticales pinchadas en el vaso. ) tras otra. Yo con mi ballantines, venga a dar vueltas al hielo, a ver si cundía. Bailo, sin conseguir arrimar material de combate. Pido la nota y... advierto que no llevo encima la cartera. Se lo digo al maître. “Por Dios, D. Carlos... ya pagará Vd. otro día... si no le importa dejarme el carnet de identidad... ya sabe... es la norma”. Dejo a la tal Ruth en su residencia y me voy a buscar pasta al Corral de la More­ría. Puri, la del tabaco, me presta quinientas del ala y me dice: “Carlitos, no te vayas, que estoy esperando un hijo tuyo...” Hago la estatua. Ella se pone a llorar. Me pide que la espere a terminar el segundo pase del espectáculo de La Chunga. Quiere que la deje en casa. Aguardo. Aparece un empeñero y me trinca la pasta, toda. A las cuatro a.m. llevo a Puri hasta unos bloques que Banús había cons­truido por donde da la vuelta el aire. Intento despedirme. Puri insiste en que suba. ¡Qué remedio! Ya en el piso se me echa encima un hermano de la mancillada, con un garrote de feria de tamaño natural...». No quiso seguir. Como muestra basta un botón. Claire preguntó al progre si las reuniones de la FUDE eran tan amenas.


Claire era donosa, espigada, de pómulos salien­tes, mandíbulas cuadradas, con un principio de muesca hendida en su mentón. En las mejillas tenía dos hoyuelos que rendían el albedrío de tirios y tro­yanos. Su pelo pesaba mucho. Sólo vi una vez cabellos semejantes. Pertenecían a una chica suiza, lánguida y triste de desamor. Guapa y melancólica hasta decir basta. La helvética me contó que a veces le dolía la cabeza de soportar el peso de su melena. Comprobé que un pelo suyo era 3 ó 4 veces más grueso que uno mío.

El amor invitaba, llamaba, a Claire. Ella espe­raba... a estar de buena luna. Claire no era el invierno, ni el otoño, ni el estío. Era la consagración de la pri­mavera, con su boca llena de risas, que regalaba al universo y a cada uno de sus habitantes. De noche brillaba su piel y sus ojos tornaban de verdes a color miel de acacia. De manos largas y fuertes, como ala­dos eran sus pies, del número 40, tan infrecuente enton­ces en la mujer made in Spain. Ni Ava Gardner, ni Rita Hayworth, ni Abbe Lane, ni Katherine Hepburn, eran dignas de besar por donde Claire pisara. Alta era, quizás de tanto mirar al cielo.

Una vez, en La Pérgola de la Cuesta de las Perdices, me habló con una voz tan suave, profunda, y dulce que juro que me caí de la silla. En otra oca­sión estábamos dentro del seiscientos de su herma­na, aparcados en el Paseo de Rosales. Le ofrezco un pitillo Rex o Récord, que no me acuerdo bien, y va y me lo agradece con una leve caricia de su dedo índice sobre mi mejilla. Al sentir su piel en la piel mía, me puse a llorar y salí corriendo. No paré hasta llegar a los altos del Cuartel de la Montaña. Me tumbé boca arriba y me dije “ya está”. Así me decía y repetía ciento quince mil veces. Aún hoy, cuarenta años p’alante, no sé a ciencia cierta qué era lo que “ya es­taba”. Pero estaba.

Escribo con ojos que mojan los rayados plie­gos de mi block y mano que corre sola sin esperar a que mi mente ponga orden en mi lacerado recuerdo.

Hoy, en este puto otoño de mi vida, comprendo que Claire tenía una manera humanista y laica de vivir su alegría, sus sentires. En medio del desierto, era la duna más alta, el oasis más feraz, el faro de nuestra Alejandría, el lucero de mi alba. La Justine de Du­rrell. Una diosa, hada de un boscaje que sufría la lluvia ácida del franquismo, lleno de gnomos confusos de pura medianidad.

Claire se apañó para salir indemne del asunto del profesor ayudante de derecho romano. Como rayo de sol por un cristal, sin romper las estructuras ni mancharse ella. Resulta que un profesorcillo salido quiso gustar la miel de Claire con su boca de asno. En aquella época una denuncia de lo que ahora ha venido en llamarse “acoso sexual” hubiera conducido muy probablemente a la expulsión de la alumna de la fa­cultad y a la confirmación, o ascenso, del acosador. Así funcionaban las cosas. Cuando Claire se hartó de tanta insinuación, de tantos encuentros “causales” disfrazados de “casuales” en aulas vacías, de notas bajas cuando merecía altas y de veladas amenazas de ser suspendida en junio si no era posible tomar una copa tête a tête, pasó a la acción.

Un tal Vivancos, amigo por vía familiar, traba­jaba en la secretaría de la facultad. Obtuvo el telé­fono de la casa del lujurioso docente. Una mañana, mientras el profesor‑asno estaba en clase haciendo la pelota a su catedrático‑mandarín, Claire llamó a casa del abusador y habló con su sufrida esposa. “¿Está Ud. de acuerdo en que propinemos, a medias, a su maridito lindo una lección incruenta aunque olorosa? Soy una alumna de su cátedra y estoy hasta las tetas de aguantar al baboso que le ha tocado a Ud. en suerte”. La legítima se avino al juego. Ella también estaba hasta el moño de las infidelidades, o tentativas, del tontol­culo de su Federiquito.

Claire citó al deshonesto y rijoso profesor en El Corzo, bar inglés sito en la calle General Sanjurjo. Para ello aguardó a la siguiente acometida. Es decir, pocos días. Advirtió a la señora esposa del lugar, día y hora de la cita que el gilí pensaba sería el inicio de un affaire con la chica más guapa y lustrosa que ja­más vieron los tiempos modernos.

A las 7,30 p.m. del día de autos, Claire llamó por teléfono a Jose, camarero de El Corzo, amigo y confidente suyo. Le dijo: “¿ves a un palomino casposo en la mesa del lado de la barandilla, la más cercana a la puerta? Pues vas y le dices que Claire no puede asistir a la cita. Pero te esperas para transmitir mi recado a que llegue una señora llorosa y cabreada. Se lo dices en voz alta, de­lante de ella. Gracias. Te debo una. Por cierto ¿te acordaste de mezclar las píldoras de Laxen Busto (“Laxen Busto, para cagar a gusto”, se decía. Su principio era fenolftaleína) en su copa? OK. Besos. Cambio y corto”. Recuerden: Laxen BUSTO para cagar a gusto.



En el verano que puso fin al primer curso, monté un viaje, a dedo autostopero, con un par de amigos de la facultad.

Pretendía llegar hasta Viena (diez días de estancia), pasando por París (quince días de parada) y Fribourg en la Suiza romande (un mes de estudio, parada y fonda). Y así lo hice, porque quise y porque en las tres estadías “pegué la gorra” a modo. En la Ciudad Universitaria de París (XIVe) me alojé en el Colegio de España, a precios del SEU y con enchufe de mi tío para lograr plaza. Comía en el comedor uni­versitario. “¿Café, thé ou chocolat?” me preguntaba cada mañana una vieja encantadora.
Aquel agosto del 62 Claire, que había prometi­do visitarme, se presentó en París... con un amigo. Se habían conocido en el viaje, al borde de la carretera, mochilas a la espalda, caras quemadas por los soles de la meseta de Castilla, por los céfiros de los Piri­neos, la brisa de las Landas, el bochorno verde y húmedo de Dax, los dorados reflejos de los viñedos de Burdeos... Así hasta París, procurando caminos no trillados.

La diosa Claire estaba radiante, en sus glorias. Se abrazó a mí y me hizo abrazar a su socio de autostop, que resultó ser un tío legal. Mayor que nosotros, había estudiado sociología en La Sorbona y nos enseñó un París desconocido que no he vuelto a saborear. Hicimos un poco el trío de Jules et Jim, pero sin abandonar mi adustez, tan hispana. Me porté muy bien. Aguanté los celos y disfruté viendo a Claire disfrutar con cara de aleluya.


En Fribourg me alojé en una residencia de los padres agustinos y disfruté de la hospitalidad de los marianistas para llenar la andorga en su seminario. Conocí pronto el cuarto de las cámaras frigoríficas y mis dieciocho años agradecieron mucho los fiambres, embutidos y quesos suizos que me servía yo mismo, eso sí, con permiso de la autoridad eclesiástica. En Viena dormía y cenaba en el colegio marianista de la ciudad imperial. Mi cama estaba en un pabellón aisla­do del resto de los inmuebles de los religiosos. En la nave y en su dormitorio colectivo vivía solo, aquel agosto del 62, éste que lo cuenta y no para. Confieso que en aquella enorme alcoba, dividida por mamparas y con la típica salamandra centroeuropea en el cen­tro, pasé miedo y frío. Dormía a solas en un gran edi­ficio, en país de lengua germana y con un hambre en las tripas que aún me suenan. Los curas y levitas ce­naban, y yo con ellos, dos salchichas vienesas y una taza de té. ¡Ah! y pan negro, que era lo que me sal­vaba de quedar exánime cada madrugada. En las es­caleras de aquel pensionado vienés, sufrí por vez primera de lo que, a mi vuelta, el médico de casa diagnosticó como “dolores neuríticos”. El tiempo ha querido que sean muy llevaderos, pero en aquel en­tonces creí que me había dado un “paralís”.



En Fribourg me matriculé en L’École Benedict para un curso de lengua y literatura francesa. Los tres españoles armábamos tal algazara que las clases se interrumpían sistemáticamente con este estribillo del profesor suizo: “messieurs les espagnoles, là bas, ¿de quoi rigolez vous?”. Yo me reía del profesor, un ridículo tipejo de la bas‑ville(También reía al acordarme de un profesor de mi colegio que nos decía cuando estábamos levantiscos:
“juegancharlanríensedivierten;
estánustedesestafandoasuspadres;
enjuniovendránloslloros;
hayquecomprarunpelotónparaelrecreo”).
También de tener 18 años y de haber ligado ¡en la parroquia del pueblo! con una italiana atractiva, simpática y cariñosa. Fue en una fiesta para estudiantes extranjeros. Se lla­maba Ligia y era pelirroja, con pecas y una espetera admirable. Un auténtico torbellino toscano. Me re­cordaba a Monica Vitti, pero a la pata la llana y con más raza si cabe. Parecía un personaje de Fe­llini/Antonioni/Dino Risi. Y yo contabilizaba mi se­gundo ligue extramuros, que primero fue una ingle­sita llamada Wendy a quien conocí en el Mar Menor, donde la guiri se ocupaba de unos niños ricos y bu­rros, hijos de un exportador pimentonero. La joven institutriz estaba tristona y debió juzgar que el único mozo potable del lugar era yo, modestia aparte. Yo no hablaba, ni lo hago hoy, inglés. Ella, cuatro co­sas en español con acento de “hay bueyes en el re­baño”. Pero nuestro pequeño romance de verano nos ayudó a sentirnos iguales entre nosotros y distintos de los demás, de aquella troupe de vándalos, tanto indígenas como veraneantes. Si hablo de ligues no vernáculos me tengo que acordar de un beso que me dio una niña francesa, en el verano de preu. Acaeció en el portal del hostal donde se hospedaba en la Gran Vía. Luego aprendí que en París las personas se besaban así en los años sesenta.

Aquel beso me trae a las mientes mi primera detención para declarar en un cuartelillo de la Guar­dia civil. Sucedió en la playa de La Torre de la Hora­dada. Ya saben: “el cura del Pilar de la Horadada, como todo lo da, no tiene nada y, a falta de vecinos y vecinas, por la calle circulan las gallinas...”. No puedo presumir de malos tratos, pero no he olvidado la humillación de ser conducido al cuartelillo, ella estu­pefacta y avergonzada, y yo asustado y renegando de la época y pasaporte que me habían tocado en suerte. Noche oscura, playa de un mar sin olas, Wendy y yo reconociéndonos y deseándonos. Linterna de cabo de la Guardia civil ¡mosquetón al hombro! Los niñatos que se pasean hoy con banderas sin el escudo consti­tucional, si padecieran en sus carnes episodios se­mejantes, quizás gustarían menos de la autoridad, de los bigotes y de las hazañas bélicas.

Si hablo de una primera detención es porque hubo una segunda, también con chica y por igual deli­to: retozar junto al mar en playa y hora desiertas. Esta vez, tres o cuatro veranos después, la chica era de un guapo subido, un cañón del Colorado de fabri­cación española, y con más peligro que una piraña en un bidé. Ella (Elena Ferrándiz. Su amiga íntima, Nani Ruescas, tan pronto conoció nuestro asuntejo, me tiró los tejos, que yo recogí al vuelo. Así fue lo que pasó) y yo estábamos a lo nuestro en noche de plenilunio en la calita rocosa de Cabo Roig. La his­toria fue un remake de la anterior y mi cabreo mayor porque perdí una lentilla en el incidente. Para los jó­venes y jóvenas que seguramente no me leerán, diré que mis lentillas, de rígido cristal duro, fueron de las primeras que adaptó en Madrid Da Carmen Tato (“microlentillas de contacto”), en la calle Jacome­trezo de Madrid. Año 63/64. ¡Casi ná! ¡Ah! también perdí las 250 pesetas de la multa. El honor de la ru­bia niña bien salió indemne del trance, pues conseguí que el sargento no tomara los datos de su documento de identidad. El mío bien, también, gracias. En el fondo, y casi en la forma, en el cuartelillo tenían ga­nas de aplaudirme.






Vuelvo a Claire. “De alguna manera tendré que olvidarte...” me dice Aute. No. Jamás te olvidaré.
Cuando me volví loco por ti, tú me elegiste como amigo, como el mejor de ellos. Mas ¡ay! que yo te quería para “amor constante, más allá de la muerte”(Quevedo). La poesía que ahora me importa, a luna llena de septiembre, a ti se refiere también:

“... calado de ti hasta el
tuétano de la luz...
En mi alma nacía el día.
Brillando estaba de ti; tu
alma en mí estaba...
Sentí dentro, en mi boca...
el sabor de la aurora...”

¿Es que Aleixandre te conoció? ¿Por qué se apropia de mis temblores, de mi “élan vital” hacia ti? Hubo de conocerte, porque no ha habido otra perso­na digna de tales versos.

Comoquiera que este relato está condenado al cuarto oscuro, de un lado y, de otro, que no es tiempo de faroles, despacharé mis amoríos de la do­rada época universitaria en tres renglones. No inclu­yo los más fugaces. Jacqueline, la chica de Filadelfia, Rita, la de Rosario (Argentina), y Almudena, una es­pañola que estudiaba arquitectura y que se prestó a interpretar conmigo una película en super ocho.

Aviso al no avisado lector que, en aquella época, español que preñara a mozuela nacional incu­rría en riesgo cierto de ser casado o fusilado al ama­necer. Hasta el punto que el único compañero de mi curso que, ¡oh infelice!, se atrevió a yacer con su novia formal, fue obligado a casarse porque la ex­doncella cayó embarazada tras una sola sesión de trabajo en el curso del viaje del paso del ecuador, expedición en la que no participé. Hago un paréntesis para reflexionar sobre una de las eternas paradojas de la condición humana. En aquellos años una casta muchacha podía quedar embarazada con poco menos de una certera mirada. Hoy en día, con las libertades generales y las particulares sexuales, proliferan las clínicas y sistemas para combatir la infertilidad. Ya se sabe, Dios da pañuelos a quien no tiene mocos, y viceversa.

Tuve una relación blanca, de noviazgo formal, con una de las hermanas de un amigo, compañero del alma, compañero. La cría era alba de piel, caritita (En Venezuela, caritita es niña rubia) y dulcísima. La historia se terminó por mi inmadurez y porque un verano, en un Madrid vacío y tórrido, se cruzó por medio una gacela de enormes ojos verdes, mata de pelo castaño, con cuerpo de modelo de Mary Quant, pero con hombros y caderas a lo Haley Berry y carácter de mujer hecha y derecha. Cuando la niña blonda y dulce volvió de vacaciones, le conté la en­tente hispano‑francesa. También hubiera podido ca­llarme e intentar compatibilizar lo incompatible, pero preferí ser sincero y cantar la gallina. La cría no dudó en mandarme a freír puñetas y yo conservo un recuerdo maravilloso de ella y la esperanza de haber redimido mi falta, o, en su defecto, haber desenzar­zado la situación. La hermana de mi amigo era menu­da y alegre, de dulces ojos muy parecidos a los de mi madre; óvalo perfecto su cara. Era una mujer‑niña en paz consigo, cercana a un misticismo que ¡ay! aprecio y busco hoy más que antaño. Era una niña‑mujer de alma transparente, fuerte y más libre de lo que su frágil figura dejaba adivinar. Yo estaba verde. Me faltaban años y sabiduría.

Lo de Catherine fueron dos años d’amour fou que me curtieron cuerpo y alma. No soy capaz de desvelar aquí el modo, la manera y el por qué se ex­tinguió aquel volcán. Lo tengo escrito en relato que guardo bajo llave en el alma, dentro de mi almario.

Mujer‑pasión, Catherine, era más vulnera­ble de lo que ella y yo creíamos. Su sensualidad me­diterránea estaba a medio camino entre Argelia y Alicante, con parada y fonda en las Antillas france­sas. Venía de salir de una historia de amor que no me contó, con buen criterio. Lo supe mucho después, por boca de otra persona. Y tuve celos retroactivos.

Jugamos a ser eso que hoy se llama pareja estable y fuimos enormemente felices (Especialmente fuimos dichosos los días que pasamos en Almuñécar (Granada). Ella se sentía en Argel y yo estaba en la tierra de mis ancestros, pero libre del pasado y del presente. Que no del futuro.) y desgracia­dos. No consiguió terminar con mi parte frívola y malamente burguesa pero... hizo lo que pudo.



Catherine encarnaba la dignidad y la decencia. En medio de un Madrid cutre y garbancero, con olor a berza y a churros mal fritos, constituía la más co­diciada presa para el nutrido club de los señoritos cazadores de gacelas de importación. Ella se mantuvo íntegra, en medio de tanto depredador de vía estre­cha que campaba a sus anchas por la terrible estepa castellana. Con cuatro perras en el bolsillo, o sin ellas, a vueltas con el pago del alquiler y lo demás, y mal comiendo en restaurantes llamados económicos, con riesgo de contraer salmonelosis o ladillas en el baño. Trabajando mal pagada, sin contratos ni S.S., siempre bella, siempre elegante de espíritu y de ma­neras, Madrid perdió un gran fichaje el día en que, doctorado bajo el brazo, regresó a su tierra demo­crática y civilizada (Catherine y yo rodamos una peliculilla de cine amateur en super ocho. Entrambos asimismo participamos en un precioso libro de poesía y fotografía. Todo ello se ha perdido, salvo en mi remembranza).

Gracias a los dioses, a principios de los años ochenta pude, cara a cara que no cuerpo a cuerpo, explicarla lo inexplicado y arreglar el ayer. Eso es lo que trae el otoño. Buscas paz, serenidad y saldar cuentas contigo mismo, con tu pasado y con los seres que te han hecho tal y como eres. Iluminarte e ilumi­nar, si puedes lo primero y te dejan lo segundo.

Claire era utópica y acrónica. Las muje­res‑niñas o las niñas‑mujeres de mi vida de entonces pertenecían a su época y estaban en su lugar, incluso desplazadas de su origen o raíces. Claire era astro de otro mundo y su tiempo era eterno, no como los nuestros, que marcaban nuestro hablar, nuestros movimientos y sobre todo nuestros pequeños miedos y tabúes diarios.

Tan es así que todos la queríamos pero ningu­no supo entenderla del todo, ni amarla lo suficiente. Ni estar a su altura. Pienso, humildemente, que me aproximé mucho. Pero... no lo suficiente. Aunque... ¿alguien conoce cómo se debe querer a una diosa? ¿Existen modo y manera?

Anduve trochas y carriles, sin ella, yo solito. Mas, pero, aunque, sin embargo, leímos juntos, en voz alta, a Gore Vidal, a Kerouac, a Rimbaud, a Mallarmé, a Verlaine. También el “Bonjour tristesse” de la Sagan. Malditos. Escuchábamos a Zitarrosa, a Cafru­ne, a Cabral. También a Los Chalchaleros, a Falú. Nos gustaba ir al Jazz de la calle Villamagna. Tete Mon­toliú. Iturralde. Hoy no queda jazz en el barrio, que yo sepa. Jaime Marques, el brasileiro del jazz de Diego de León, llegó a ser amigo nuestro. Entendía la música como un sacerdocio. Yo militaba en la iglesia de Claire.

Claire seguía estudiando con método y natural facilidad. Yo empecé a perder interés por el Dere­cho. El derecho público, administrativo y fiscal sobre todo, es sencillamente horroroso. Sólo el civil me gustaba y eso quizás porque está en desuso. ¿Alguien con sensibilidad puede sostener que el derecho fis­cal, o el laboral son verdaderamente “Derecho” con mayúsculas? ¿Dónde quedan los viejos principios ro­manos: “Vivir honradamente, no perjudicar al prójimo y dar a cada cual lo suyo” (Honeste vívere, álterum non laédere, suum cuique tribúere. Justiniano)?

A partir de tercer curso mi único interés por la carrera era terminar cuanto antes. Y así lo hice. Claire seguía su tran‑tran, matrícula tras otra. Estu­diaba todas las tardes, salía todas las noches. Dor­mía en dos tranchas: seis horas en la noche, dos en la siesta. Dejé de ir a clase y me matriculé por libre de 4o y 5o cursos juntamente.

Me dediqué a otros aprendizajes. Antonio Ron, mi amigo ex­comunista, volvióse inseparable compañero. Pobre, divertido y culto, padecía de “pá­jaras negras” según su autodiagnóstico. Hoy diríase que tenía tendencias depresivas. Siempre conmigo, incluyendo “los salones bien” de Madrid. Era brillante si estaba de buen humor. Si estaba “down” podía ser corrosivo y destructivo. Por contra, mi sangre latía a toda pastilla y yo estaba vivo hasta durmiendo. Dado que para mí ya era evidente que el universo tiende al caos, cuando éste se aproximaba, buscaba a Claire, porque ella era la última línea defensiva.

Si el Ron se ponía depresivo nos íbamos los tres a Brunete, y en Casa Campa nos metíamos p’al cuerpo sendas perdices estofadas y bien de vino tinto manchego con sifón. Luego pasábamos la tarde en la finca de mon père. Chimenea si invierno, piscina si verano.


Por entonces yo andaba en un Mini‑Morris 1275 cc. Qué digo andaba, ¡volaba! El Ron y yo, cuando se terciaba y teníamos efectivo, nos largá­bamos al Mar Menor, a jugar al póker en la fonda Neptuno de mi amigo Inocencio, otro “compay” del alma. Pagué la última letra del coche cuando dejé Derecho para ingresar en la Escuela de Cine. Al re­vés: dejé la carrera cuando pagué la última letra. Claire obtuvo el premio extraordinario de licenciatura o de fin de carrera o como se llamara o llamase. Sin hacer alharacas. La entrevistaron en el Arriba y en el Ya. Conservo la foto de los periódicos, a las que añadí este pie:

“inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísima luz pura,
que jamás anochece;
eterna primavera aquí florece”

¿De quién tomé los versos? ¿De Fray Luis de León, quizás?

Sigo en el mundo del cine, ahora más bien en el de la TV. Un crítico más mejor que los demás es­cribió un día sobre mi obra: “su cine es literario y su literatura cinematográfica, pero no consigue separar ambos géneros”. ¡Qué cabrón! ¡Vaya manera de afi­nar! Mi literatura... Sí, también escribo. Guiones para series de TV española. Guiones nutricios, que me permiten seguir viviendo en el barrio. Alguna colabo­ración para Prisa, donde piensan que soy un ácrata de salón. Un señorito desclasado, pero señorito a la postre. ¡Qué “quedrán”! que dicen en “Graná”.

Claire ha hecho de todo, siempre bien y sin despeinarse. Bufete profesional, enseñanza universi­taria, “banca ética” dedicada a la financiación de energías renovables, microcréditos, apoyo a grupos de riesgo. Otra clase de banca, pues, también en América. Durante dos o tres años dirigió equipos multidisciplinares para estudiar el deterioro de las grandes forestas amazónicas y borneanas.

La diosa sigue en el Olimpo. Nunca ha sido políticamente correcta. Se ha gastado lo que ha ga­nado en hacer lo que ha querido. Ha sembrado bien y paz. Ayuda sin entregarse. Los hombres dejaron de interesarla, salvo como personas. Tachada de poco práctica, me dijo un día “¡Quiá! nací herida de reali­dad y en busca de realidad sigo”. Usó palabras de Paul Celan, uno de sus poetas favoritos. Yo advertía en ella un modo exacto de estar en el mundo (Alessandro Baricco me presta la expresión, que tomo de mi memoria).

Yo estoy bien, con la ayuda de mi Tao y la clara luz de Claire en mis entretelas.

“Amor no es voluntad,
sino destino
de violenta pasión” (Villamediana, conde de. Circa 1600) .

¿Dónde iré a parar si se apaga luz tan clara? ¿Quién me sacará de los rastrojos?

La vanidad es yuyo (Yerbajo, hierba inútil) malo, que envenena toda huerta. Claire se sabe superior pero actúa como si no lo fuera. No es humilde, actitud que se refiere al reconocimiento de la propia inferioridad, sino sensi­ble y compasiva. Casi siempre... A mí la injusticia me da unas veces tristeza y otras rebeldía. A ella sólo la última.

Claire también puede ser injusta. Alguna bronca me gané sin yo creer merecerla. Era cuestión de sensibilidad. Si yo no notaba que algo mío la hería, ella no disculpaba mi torpeza. A veces pienso que era un privilegiado porque a los demás todo perdonaba. Pero... yo sufría, sin que mermara ni tantico así mi embobamiento por Claire. Las diosas también pueden ser arbitrarias. La arbitrariedad confirma su mando. Pudiera ser que una regañina inmerecida de Claire significara que antes me había perdonado varias de las justificadas. Mas yo me sentía como cachorro que no recuerda por qué su ama le atiza con el periódico en el morro.


Becaud, Brassens, de un lado. De otro Mo­dugno, la Vanoni, la Zanicchi, Milva, Mina. Más abajo Richard Anthony. Marie Laforet, Sylvie Vartan y France Gall eran más de ver que de oír. Igual que la Hardy. Para las tardes lluviosas frente a la chimenea de la casita de Brunete. A Claire le gustaban Dylan y Joan Baez, incluso el plasta de Leonard Cohen. A mí el rock and roll de Bill Haley y sus cometas. La rela­ción de Antonio Ron con Claire era curiosa. Por un lado, como todos nosotros, estaba loco por sus hue­sos. Por otro, celoso de mi cuelgue por ella. Son sen­timientos ambivalentes, normales entre amigos, aun­que no fuéramos ninguno “confusos sexuales”.

El Ron no tenía nunca un duro. Literalmente. Su trabajo en el Instituto Nacional de Previsión daba para mal comer él y su familia. Le vi fumar coli­llas de cigarrillos ya fumados, que arramblaba de los ceniceros de cualquier casa o bar. Salía a la calle, y yo con él, a buscar una moneda caída en el suelo. An­tonio Ron conocía mucho a un ginecólogo progre, el doctor Hernández, quien proveía de recetas de píl­doras cuando alguno del grupo se ennoviaba. Con ex­tranjeras, claro. Salvo Claire, que fue una de las pri­meras españolas de clase burguesa usuaria de la pri­mera generación de aquel invento químico que, a no tanto tardar, trajo la revolución sexual a Europa primero, y después a la España tardofranquista.

En las farmacias del barrio no despachaban ni preservativos. Y encima se permitían regañarte en voz alta, para avergonzar al lúbrico adolescente que pretendía cumplir con su instinto, que no es tanto el de reproducirse sino de jugar y gozar con el único deporte que no tiene reglamento. Mi generación ha sufrido no sólo la mutilación de sus derechos políti­cos y culturales sino la enorme represión del instinto más elemental y divertido. ¿Quién restituirá lo que nos hurtaron?

Es evidente que Claire no se afilió al clandes­tino PCE porque el Ron acababa de dejarlo. Detenido en las redadas del año 56, Antonio se fue alejando del partido. El estalinismo no casaba con su natural asilvestrado. En la cárcel de Carabanchel el partido obligaba a distribuir los paquetes de ropa y comida que las familias hacían llegar a los presos políticos. En la navidad del año 57 la “señá” Antonia, abuela del Ron, le mandó a su nieto un jersey de cuello vuelto hecho con sus manos asarmentadas. El Ron se negó a la redistribución. Así empezó su disidencia ideoló­gica.
Claire coqueteó con el partido, pero... ni ellos confiaban en ella ni ella lo tenía claro. El Ron la deci­dió con su ejemplo. Al final de la carrera, Claire optó por ayudar a los comunistas, eso sí, desde su irre­ductible independencia de criterio.
Yo participé en la fundación de “Cuadernos para el diálogo”. Me gasté las veinticinco mil pesetas que tenía en una libreta en la Agencia Urbana no 1 del Banco de Santander, en Claudio Coello esquina Goya. Guardo las acciones como recuerdo.
Ahora sé que la democracia cristiana es re-trógrada. Pero aquel grupo no lo era. Quería un ré­gimen de libertades para España. Y sabíamos que el catolicismo oficial de la Iglesia jerárquica estaba con la ideología reaccionaria dominante. La oposición a Franco tenía cuatro frentes: los estudiantes (a partir del 56) los intelectuales (pocos y mal aveni­dos), los obreros de comisiones obreras y unos cuan­tos curas sueltos.

Claire y yo dejamos de vernos y de saber uno del otro durante largos años. Ella se fue a América y yo a mi mundo de ficción. He escogido una vida tran­quila, de emociones medidas y necesidades controla­das. No siempre lo consigo pero... “estoy en ello”. Nunca dejé de pensar en ella un solo día. Como el “Ciudadano Kane” respecto de una chica que un día vio fugazmente pasar en un tranvía.




Ahora es tarde para todo porque no queda tiempo para nada. Ni siquiera para seguir con esta historia, que empezó en primavera y me deja un re­gusto a grosellas y hongos de otoño.

La dulce tarde ha llegado a su fin. La aurora aclara el segundo día de mi otoño. Ninguna primave­ra, ningún otoño remedian nada. Claire ha vuelto al jardín de los dioses que nunca dejó del todo, pues apenas se mezcló con nosotros, los mortales. Desde que se fue no quedan flores en la tierra. Todas están junto a Claire, que regresó al origen.
En Madrid, a 22 de septiembre de 2004, festividad de san Mauricio y compañeros mártires.

Tu étais trop jolie, trop jolie
Mon amour
Ton rire était trop frais
Et ton corps trop parfait
Tu aimais tant la vie, tant la vie…

... Tu étais trop jolie pour moi mon amour

Tu étais trop jolie, trop jolie
Mon amour
Tu étais une enfant
Vivant intensément
Moi je n’ai pas compris, pas compris…

… Tu étais trop jolie pour vivre mon amour. Aznavour 1959.