domingo, 27 de diciembre de 2015

Año Nuevo


Año Nuevo                                                      

La verdad empieza en el cuerpo. Cada día, una vida. 
Pero ¡cuidado! Que la vida no es lo que se lee en los periódicos. Ni en internet. Las apariencias no engañan. 
Deseo un buen año 2016 para todos vosotros.

Manuel María Torres Rojas.


Foto Masao Yamamoto.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Navidad y Año Nuevo


Navidad y Año Nuevo                                                        

La mejor celebración de estas fiestas es siempre la más perfecta normalidad.

Ello es lo que te deseo ahora y también para todo el 2016.

Cada día, una vida.

Abrazos

Manuel María Torres Rojas

(foto M. Yamamoto)

domingo, 6 de diciembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo séptimo)


Sin pijama y sin recuerdos (capítulo séptimo)                                                

Puta polución atmosférica ¡Qué gorrinería de ciudad! Me pica la garganta. Me apetece tomar un té, comprar un libro y pasar a un baño que no huela ni a desinfectante de clínica ni a pis. Buscaré un drugstore y a Juan Ramón Jiménez. A Brendan Behan no, porque no lo encuentro nunca. Escribir y olvidar. Behan era alcohólico con problemas de escritura. Así era. Escribir y olvidar. La máxima felicidad.

De frente viene un grupo de chicas del altiplano andino. Pienso si estaré en Cuzco, aunque no olvido que Los Andes empiezan en Venezuela y terminan en la Patagonia. Me propongo no lloriquear no vaya a ser que piensen que soy italiano.

Llegan a mi altura, saludo y pregunto dónde puedo desayunar. Me responden maliciosamente que por ese barrio no suelen dar de desayunar a las cuatro de la tarde y que si quiero merendar, no lejos, todo derechito, queda un centro comercial.

En él, compro un diario, que no reconozco, en cuya cabecera figura “edición Madrid”. Me sorprende la facilidad y rapidez con que llegan aquí y ahora los periódicos europeos. La gente viste mejor que antes de mi síncope hipnótico.

Busco otro taxi y ¡zácate! me viene a las mientes una dirección:
- ¿Sería usted tan amable de llevarme a Claudio Coello número 38, entre Hermosilla y Goya?





Sigue el viaje por lo desconocido. Ahora creo que voy a alguna parte. Me apeo en la dirección que surgió de algún boquete negro de mi memoria. Es la casa donde nací.

Subo al piso tercero izquierda y en la puerta hay una placa que pone “Notaría (entren sin llamar)”. Obedezco y entro.

Un tipo con halitosis me contesta si no estoy viendo que allí no vive ninguna familia. Desisto. Está claro que allí no viven los míos.

Dice el portero que la notaría fue instalada en los años ochenta. Ignora quién ocupó antes el tercero izquierda. Yo lo sé muy bien. Pero da igual.

Salgo a la calle. En la parada de taxis desecho a los más sucios y aguardo hasta que llega un vehículo que no está tan cochino como palo de gallinero. Pido al taxista que me lleve al aeropuerto. Es hora de partir.




Los anuncios y otros cachivaches apenas si me dejan distinguir el conjunto de la ciudad en que nací. Creo.


( la primera foto y la de en medio están tomadas por mí; foto de abajo es de Richard Estes)

domingo, 29 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo sexto)



(foto del autor)

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo sexto)                                                   

Salí a la calle como las putas de los edificios de apartamentos por horas, con el neceser en la mano y llamando un taxi a grito pelao.

En el neceser no iba lo preciso para atender mi compostura y aseo, sino un convoluto lleno de unos billetes de quinientos nosequé cada uno. Una fortuna, me dijo el director del manicomio al despedirse de mí con un guiño. Yo lo hice con una pregunta:

- ¿Quién tiene mi ropa interior?

¡Qué calle más rara! Sin aceras con arbolitos en sus alcorques para que meen los perritos, ni edificios medianeros unos de otros para conformar cuadras regulares.

¡Qué ciudad más rara! No me suena de nada. Ganas me dan de volverme a la cama.

Un taxi se digna parar. Le digo a su conductor que me lleve a la avenida del Libertador esquina a Los Jabillos, edificio Junín en la urbanización La Florida.

Vuelve a mí su cara de piña y pregunta:


- ¿En la carretera de la Coruña, no?

Se me funden los plomos. Acabo de dar al taxista las señas de mi domicilio en Caracas. Uso el método de prueba y error y le digo:

- Perdone. Mejor me lleva usted al centro.

El hombre del taxi, mal aseado, menea la cabeza y se encoje de hombros. Y empezamos un viaje por lo desconocido hacia ninguna parte.
Nada me resulta familiar. Intento localizar el lugar de la acción recurriendo a mi acervo cinematográfico. Nada. Esto no es Nueva York, ni San Francisco, ni Caracas, ni La Habana. Debo de haber vivido en más lugares de los que memoria tengo. Intento sonsacar al hombre acerbo:

- ¿Por dónde queda un parque muy grande con árboles muy altos y una casa de fieras encerradas en jaulas con barrotes de hierro?

El taxista frena y me pide que me baje, cosa que hago pagándole con unos billetes que no sé a qué divisa representan. Me devuelve monedas que no son centavos de dólar, ni lochas de bolívar, ni centavos de pesos cubanos, ni céntimos de peseta.

Me encuentro otra vez ejerciendo de puta urbana, con el neceser en una mano y en la otra una bandeja de alpaca regalada por el personal sanitario del centro médico “en agradecimiento al paciente más constante”. ¡Serán güevones!




(foto del autor)

domingo, 22 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo quinto)


( foto Tina Modotti Edward Weston 1923 )

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo quinto)    ____                          

Cambia de tercio el hombre de la bata blanca que indaga y sorbe mate sin parar y va y me pregunta:

- ¿A usted le gustan las mujeres?

Respondo:

- A rabiar. Ellas siempre me decían: “esta tarde te veré”. ¿Cuál es la tarde de las mujeres? ¿usted lo sabe? ¿habrá sido ya esa tarde prometida mientras yo soñaba que pronto vendría?

Vuelve a la carga el galeno inquisidor:

- ¿Encuentra usted alguna relación entre ellas en general o alguna de ellas en particular y su enfermedad?

Callo. No pienso darle ninguna lección, que para eso quien cobra es él. Pero tengo manchas de rouge en la memoria. Para mis adentros me digo que seguro que sí. Que están relacionadas la enfermedad mía y ellas. En realidad han sido la causa remota y la próxima de todos mis descensos a los infiernos. ¿Por qué no iban a determinar que me durmiera sin fin…sin fin…sin fin? Me propongo que en la era moderna, la que empieza ahora, no sea así. Cuando estoy jodido pienso que la mujer que yo amaba no ha existido jamás. Y todo por buscar en otra persona, con forma de mujer, esa clase de felicidad desmesurada, probablemente inexistente.

Por el pasillo pasa una tía maciza, con unas piernas que le nacen de los sobacos y un culo a lo Emmanuelle Béart. Me vuelvo a mirar y meto la pata izquierda en un puto cubo de fregar. Rotura parcial del ligamento lateral externo de algo. Las mujeres excesivas deberían estar prohibidas. Violan mi derecho al equilibrio. Prefiero amodorrarme en mi zorrera.

En la siguiente sesión de trabajo me pregunta el médico que habla con acento porteño:

- ¿Tiene usted medios económicos para vivir fuera de aquí?

Contesto:

- El dinero no importa. Sigo sin saber quién diantres paga todo esto. Me gustaría probar con la hipnosis.

Cavilo. Es posible que haya sido yo un pez gordo de la mafia y corra con la cuenta hospitalaria la Cosa Nostra. ¿Por qué no?

El capellán de la clínica encarga al jardinero que me pregunte si quiero recibir algún sacramento. Debo ser respetuoso con la jerarquía. No me basta con un “pringao” de tres al cuarto. Contesto:

-Dile al cura ese que no me importaría hablar con un prelado consistorial o con una mujer-obispo, si es que ya está admitido por Roma el sacerdocio femenino, que no lo sé.

El capellán asegura que hará lo posible para que así sea.

La mujer antigua perdía su vida en el hogar, aguantando a un marido gruñón y criando a unos hijos que volaban pronto. La mujer nueva la pierde en trabajos frustrantes, en aras de lograr una independencia económica que no resuelve sus anhelos afectivos y cuando ejerce el poder lo hace al estilo hombruno. Fuman y fuman, hablan y hablan sin cesar por el móvil y beben alcohol. Ya veremos en qué terminan los tiempos modernos… ¡no sé, no sé…! Y yo aquí, huérfano de recuerdos y rehén de presentimientos.

Me digo: a fin de cuentas lo importante es tener algo que comer y algo que beber y alguien que te quiera. Un poco bastante mucho.               



( foto tomada por el autor )

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo cuarto)


( el autor explicando su aventura clínica )

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo cuarto)                              

Terapia conversacional… decía el muy gilipollas vestido a lo freudiano. Le pregunto si ha leído “El cuarteto de Alejandría”. Responde:

- Es usted el paciente mimado de esta santa casa ¿Ha intentado, por ventura, suicidarse usted alguna vez?

Estoy siendo prudente, pero no doblo la cerviz. Callo. No me empujen, que me vuelvo a dormir, coños.

Lo que vemos no es todo lo que hay… Si duermes ocho o diez años seguidos, lo sabes. Tienes mucho tiempo para no hacer nada… y piensas… o te parece que lo haces… o lo sientes así… a ojos cerrados. No hacer absolutamente nada durante años es una forma elevada de búsqueda espiritual.


En mi primera vida había una ranura de luz. Me parecía recordar.

Más de la mitad de los adultos tiene algún tipo de insomnio. Yo antes dormía siempre. Ahora, casi nunca. Recurro al rizópodo de la bata blanca y suelto dos perlas:

- ¿Podemos contratar a un vidente? ¿Usted cree en la percepción extrasensorial? pregunto al psicomicrobiólogo, por ver si se traga la pipa de fumar en pipa. Y también porque me acaba de entrar un ataque de analepsis y he recordado que fui discípulo del Gran Vidente Maharishi Mahesh Yogi, en su Centro para la Excelencia de la Educación en Bophal, India.

En realidad mi único problema es que no tengo ganas de discutir. Me da galbana. Ayer soñé que soñaba que volvía a caer en el limbo de los justos.

El loquero y yo intercambiamos unas banderillas de floreo:

- ¿No sería a consecuencia de un traumatismo craneal?, pregunto.

- No. No hay rastro, sólo petequias por todo el cuerpo, responde.

- Aún no puedo hablar de eso… ¿No tendré parásitos en el corazón o en el cerebro? digo. Y añado: ¿estado de fuga, quizás?

- ¿Con quién estoy hablando? me dice el mameluco.

- Eso quisiera saber yo. No me importaría ser un intelectual, sobre todo ahora que estoy solo, contesto. Y conste que sigo sin conocer la relación entre mi cerebro, mi mente y mi cuerpo. Por no hablar de mi espíritu, que está perdidito.

Las reglas del juego han cambiado durante mi etapa horizontal. Y no conozco el nuevo reglamento. Es mejor retirarse con gloria. Mi caso está basado en hechos reales. Si lo sabré yo…

- Tengo los tobillos helados y la nuca rígida y manchas de carmín en la memoria, le digo al psicólogo, o lo que quiera que sea, macrocéfalo. No puedo confiar en mi propia memoria.




( lo que queda del autor, en Cuba, al despertarse años después )

domingo, 8 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo tercero)


( fotos de mi niñez en el Buen Retiro ) 

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo tercero)                                                  

Nueva sesión con el psiconeurólogo. ¡Dale, machaca!

- ¿Cómo van sus recuerdos? me pregunta el hombre feo y duro de mollera.
- Muy bien ¿y usted? Un día un chino entró en casa y se meó en mi alfombra.

He tomado manía a este sujeto. No lo aguanto. Está convencido de que la mierda es mejor que la nada. Pido que me suba la dosis de orfidal, pues ahora resulta que no consigo dormir. Rechaza mi petición alegando que se acostumbra uno. El muy zote no comprende que mi insomnio actual algo tendrá que ver con la circunstancia de que he dormido, noche y día, no sé cuantos años. Y que las vacas flacas de la vigilia suelen suceder a las vacas gordas del sueño. Y viceversa.

Digo al médico interrogador:
- Por cierto doctor, quería preguntarle si, a su conocimiento, existen otros casos como el mío.

Carraspea un poco. Aclara la voz y me dice que él no ha tratado a ningún paciente con mis características. Pero que, sin embargo, en los manuales de su profesión hay descritos algunos casos.

Dejo para otro día la cuestión de la denominación, diagnóstico y tratamiento de mi enfermedad, pues, de momento, manejo la idea de que contraje la enfermedad del sueño porque me picó la 
mosca tsé-tsé cuando hice el servicio militar en Malabo.

Me intriga la cuestión de quién sufraga tan larga hospitalización. También la de si tengo familia y domicilio. Trabajo supongo que tendría, pero ya no, seguro que ahora no lo tengo. Como no tengo papeles tampoco sé cuándo es mi cumpleaños ni cuántas velitas me pondré en la tarta.

Una enfermera muy bruta pero noble, que es de Almendralejo ella y está tan rica como pan de pueblo, contesta a la pregunta sobre mi edad después, de abrirme la boca como a los burros. Dice que, por la dentadura, me calcula como unos cuarenta tacos.

Como quiera que albergo alguna esperancilla de que el día menos pensado y sin tomar agua bendita reanude con ella, antes de que se me olvide del todo, la saludable práctica del acoplamiento entre hombre y mujer, opté por no hacerle ver que si me habían alimentado por sonda unas ocho o diez mil veces, eso que se habían ahorrado de masticar los piños de mi boca. Amén de que mi madre tenía una dentadura perfecta y hoy en día resulta que los genética determina todo, incluyendo la funesta manía de pensar.

Al cabo de los tres meses, ya en buena forma física, el psiquiatra dice que debo prepararme para seguir una temporada más en la clínica. ¿No será que este hombre se ha enamorado un poco de mí?

Congenié con la prójima de Almendralejo. El sexo es precioso, incluso sin amor. ¿O mejor sin amor? Cuando hay sentimientos, el sexo no dura mucho. El definitivo argumento que la subió por fin a mi cama fue suspirar en su oído “nena, un polvo se le echa a un pobre”.  Fue precioso: tuve agujetas en el abdomen el resto del tiempo de la prórroga que me tiré en aquella clínica. La falta de uso.



( un día de campo en Parvulitos, que incluyo para convencer al psiquiatra de que tengo recuerdos )

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Poema LA LUNA QUE NO ES.


(el escritor y poeta Manuel María Torres Rojas)

Poema LA LUNA QUE NO ES                                                 

Por gentileza de mi querida colega y amiga Mery Larrinua estoy participando, con mi poema LA LUNA QUE NO ES, en el importante evento "Luz del Corazón-ELILUC Encuentros Literarios Internacionales".

Los poemas o relatos presentados por un grupo escogido de escritores hispanohablantes están siendo recitados, en el programa radial argentino “Una Noche Inolvidable” de Carlos Fernández, por ilustres voces de la radiodifusión argentina.



Con independencia de que se puede escuchar el texto completo de mi poesía pinchando en el video arriba insertado, me permito reproducirlo a continuación:

LA LUNA QUE NO ES

La luna que no es,
vino con el tercer sueño y vino malo, sueño malo. Vino amargo.
Caras de antes, traidores, sitios imposibles, gente de plomo.
Cuarenta y cinco años para diez de soledad:
¡brasas de carbón de encina!
Mi tierra se inundaba, enguachinada por la vena abierta 
en la concreta pared del embalse de la vega de Granada.
Mujeres e hijos en antracita. Violencia y rencor.
El odio africano de la máscara avarienta envenena
sus pellejos colgantes.
Fortifico La Casería con mis manos,
que cimbrean varas de avellano sobre la espalda del eunuco impostor.
Indulto los yerros de quienes llevan mi sangre.
Condenación a los avernos para la bruja y a su petimetre colgante.
¡Serán pasados por las armas de mi pluma! ¡Ajaré sus vanidades!
Morirán tal como viven, vestidos con la armadura de la mentira.
¡Mal rayo les parta!
Te lo dije: la luna es el sol
¡Realidad,
sueño,
las dos cosas son!
Manuel María Torres Rojas


(el autor en persona)

Pequeña nota biográfica

Manuel María Torres Rojas nació en Madrid en la década de los años sesenta.

Es Abogado, profesor de Derecho Civil en la Universidad Complutense de Madrid, escritor, fotógrafo y viajero.

Ha publicado diferentes libros de relatos autobiográficos, de viajes y de poesía.

Ha pronunciado diferentes conferencias en varios países centro y suramericanos. Igualmente ha sido investido Doctor Honoris Causa en prestigiosas Universidades de Latinoamérica.


domingo, 1 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo segundo)


( foto Frank Horvat )

Sin pijama y sin recuerdos. Capítulo segundo.             _____              

Me acuerdo de ella. ¡Dios!: tacones, manos, medias. Su falda, sus rodillas, su blusa, su melena, el nacimiento de su nuca. Me acuerdo de ella con el corazón, no con la memoria.

También recuerdo que bajaba andando con mi padre hasta el estadio Metropolitano y que mi equipo ganaba siempre la liga. Y que los malos, los hombres blancos, bajaron a segunda división. O casi.


He sido varias personas, yo. Una de ellas ha hecho mucho cine. Pero eso prefiero no contárselo al plasta del neuropsiquiatra.


Comencé como actor. Los papeles de Marcello Mastroianni y los de Alain Delon los interpretaba yo en la piel de ellos. Luego me hice director. Las películas de Chabrol y las de Rohmer, mías son. Ahora estoy haciendo los guiones de un tal Rafael Azcona, que se ha muerto hace poco y es otro de mis heterónimos. La frase de Truffaut que define el cine como “el arte de hacer que chicas guapas hagan bonitas cosas”, la pronuncié yo en una ceremonia de clausura del festival de Cannes. Acudí encarnando a Vitorio Gassman.


Abro los ojos y siento baja mi temperatura moral. Debe ser por haber dormido no se cuantísimo tiempo. Soy un hombre antiguo, lleno de entresijos. Y con dos cauces subterráneos, uno turbio y otro limpio. El arroyo primitivo es claro, hondo y silente. El manantial de la era moderna parece ancho, oscuro, horrisonante ¡Balada de los dos ríos!


No consigo recordar si llegué a vivir con ella.


Los médicos me dicen que debo permanecer en la clínica unos tres mesecitos más, de propina. Mis días corren unos con otros en la sala de rehabilitación aprendiendo a caminar y estirando los músculos ¿Para qué?



domingo, 25 de octubre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos



( autorretrato de mis dos pies al amanecer )

Sin pijama y sin recuerdos. Capítulo primero                  ______  

El torrente gris de ciegas horas se rompe por una ranura de luz.

Desperté sin pijama y sin recuerdos. Mi cuerpo estaba cubierto tan sólo por una bata de hospital, de esas que te dejan con el culo al aire.
Mi memoria, vacía. Boca arriba, yerto de cuerpo y yermo de espíritu. Respiré con la tripa. Tenía un ladrillo en el estómago y la lengua como lija del número tres.El médico preguntó:

- ¿Cuál es su último recuerdo?


Contesto:


- No lo sé. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

Dice el médico que en mi historial no consta fecha de ingreso
y que, cuando él empezó a trabajar en la clínica, hace un lustro,
era fama que yo era el decano de los pacientes.El galeno insiste:


-¿Qué es lo último que usted recuerda?

Se estaba poniendo pesado. Respondí:


- Una casita muy chiquitita con muchas flores en el jardín.


El hombre de la bata blanca humaniza su rostro y dice:


- En ella vivía usted, supongo. ¿Dónde estaba esa casa?


Contesto:


- Que no doctor, es la letra de una canción.


Este tío está casado con su opinión. Porfía:


- Usted tiene que recordar algo y es su deber ayudar a solucionar su caso.

Preferí no decirle al neurólogo que a mí me importaba un pito solucionar mi caso y decidí darle una pequeña alegría:


- Si, claro. Una mañana de sol y de frío fui con mi primo Pepe Ramos a la carpintería de Damián para encargar un tablero de madera y jugar en él al fútbol con los botones de los trajes.

Bostezo. Pido al hombre de las preguntas que me deje dormir un rato.Cierro los ojos y me autodiagnostico. Claro que tengo recuerdos.Lo que pasa es que son deseos y no sé si se cumplieron o no. Da igual. No pienso averiguarlo....




(el autor antes de su ingreso en la clínica mental)

domingo, 18 de octubre de 2015

Pacto de caballeros


Érase que se era un ratón de campo que se comía mi jabón.

Hace mucho tiempo era costumbre, en años de magra cosecha, aprovechar el aceite de oliva inservible para elaborar jabón. Removíase la mezcla en grandes barreños de cerámica vidriada. Añadíase aceite de laurel y otro ingrediente que no recuerdo ahora, quizás glicerina. Batíase con palos largos de madera de avellano y la fuerza de los labriegos brazos. Y ¡oh milagro! ya estaba saponificado el aceite.

El mejunje se trasvasaba a cajones de madera,que eran apilados y puestos a desecar en las naves donde se entrojaba el grano. Cuando endurecía casi del todo era cortado con serruchos, primero en barras alargadas y luego en tacos. Era un jabón muy bueno y sano.

Una mañanita de verano, al asearme en mi tocador, que tenía un aguamanos de jofaina y palangana de porcelana, advertí en mi mendrugo de jabón huellitas de uñas y
roeduras de dientecillos. Y así día a día y noche a noche de un estío calefaciente.

Tracé un plan, que ejecuté en la alta noche de la luna llena de agosto, mientras velaba quieto y a oscuras. Sonar las dos en el reloj del salón y oír que el ratoncillo roía en mi jabonera fue todo uno. Era rabilargo y morripelúo. Preciosísimo. Le dejé hacer sin moverme. También los ratoncillos son hijos de los dioses.

Tardé en dormirme y lo hice pensando en que apenas quedaba un rato para la llegada del agua, desde el pantano del lejano río Cubillas, por la gran acequia. Aquella amanecida era nuestro turno de riego. Frasquito, el capataz, me despertó a las seis y media con la contraseña convenida. Tres pedrejones contra mi balcón.


A la noche siguiente corté a navaja el jabón de aceite en dos cachos parejos. Uno para el ratoncillo y otro para mí, que guardé en la mesilla de noche, con el orinal, la linterna, un ovillo de hilo de bramante, el libro de las aventuras de Guillermo Brown, de la editorial Molino y...una foto de Silvana Mangano en “Arroz amargo”, recortada de la revista Fotogramas.

El animalico mordisquedor entendió mi equitativa propuesta. Él no debía comerse mi pedazo ni yo lavotearme con su trozo. Ambos cumplimos como caballeros.



Llegado que fue el tiempo de volver al colegio, bien pasado el veranillo del membrillo, el ratón estaba tan cachigordete que se le juntaban las mantecas. Yo estaba flaco como siempre, tostado y vivo. Triste por la vuelta a la capital, mas contento con mi secretillo.

domingo, 11 de octubre de 2015

En aquel huerto inmediato

Del monte en la ladera
por mi mano plantado, tengo un huerto
que con la primavera,
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto

"Oda a la vida retirada. Fragmentos"
Fray Luis de León



En el quinto año de la séptima década del pasado siglo determiné pasar el estío en compañía de nadie. Polvo, sudor y hierro, en el jodido secarral de la meseta castellana. Terminaría así unos estudios universitarios que me tenían harto. Harto de tanta anormalidad artificial. Fue mi primer verano sin veraneo.

Otro propósito, genuino y no confeso, era el de labrar un huerto en el piso paterno, vacío durante la canícula.

El primer designio no requería sino de unas horas de estudio cada madrugada, a menudo sentado en el balcón, por si se levantaba la fresca, que no lo hacía ni con las claritas del día. Desde siempre, las madrugadas han sido para mí la parte final de la noche, nunca comienzo del día. Me gusta atar la luna con el sol.

El segundo empeño fue planificado meses antes con rigor y disciplina cisterciense. Consistía en convertir mi dormitorio, el contiguo y el medianero cuarto de estudio, en un huertecico. Recogería sus frutos a finales de septiembre, antes de la vuelta de mi familia y demás bichos.

Pero había más. Algo que constituye el nudo de esta historia. Quería que mi gran secreto, mi mayor tesoro, medrase un tiempo en mi suelo.

El tesoro databa de mucho antes de Cristo, pues era contemporáneo de Buddha.



Un tío abuelo mío, por parte de madre, se había casado con una maharaní hindú, a quien llevó a vivir a Granada desde las lejanas orillas del río Jhalum en el valle de Cachemira.

No tuvieron hijos y sí un gran afecto por mí. Me contaban historias preciosas de la India, de los vedas y del budismo. Alguna vez me sentaron a meditar con ellos en el carmen que tenían por el Albaicín. Yo era un crío que gustaba del silencio y conseguía poner la mente tranquila y calma, lo que me procuraba paz y bien.

Una tarde de Corpus andaba yo con los maharanís en su carmen, cuando llegó el mecánico de casa para llevarme a no sé qué gaita familiar. Me disgusté mucho, pues los tíos me iban a hablar a la puesta del sol del Buddha niño, cuando todavía se llamaba Siddhartha Gautama. Para consolarme, mi tío me tomó de la mano y me llevó a su torre‑estudio, clausurada siempre por una llave de plata que colgaba de su cuello y de un cordón trenzado con hilos de oro y seda magenta.

El torreón era un sueño. El sueño de mi vida. Servía de observatorio astronómico, de laboratorio de alquimia, de biblioteca de libros teúrgicos y de teosofía y de recoleto fumadero de opio. Mi tío abrió mi mano derecha para cerrarla a poco sobre un cofrecillo anacarado.



Habló así:

- No te enfades por pequeños contratiempos. Tampoco por los grandes pesares. Tienes muchas vidas para ser feliz. Cuando crezcas, siembra esta semilla en tierra por ti bendita. ¡Ah! primero debes ablandar el grano en agua caliente durante tres semanas, a contar desde la luna nueva de enero de cualquier año impar.

Pregunté:

- ¿Qué árbol será cuando fructifique?

Escuché su respuesta:

- Un árbol sagrado, pues es simiente del gran árbol Bo, donde Gautama “el Despierto” tuvo su iluminación. Es el árbol de la ciencia.

Me dejé conducir por el chófer hasta la vana celebración familiar. Pero aquella tarde yo había aprendido de mi tía hindú un principio de incalculable valor espiritual. Me reveló que la tradición de su tierra favorece el abandono de la vida convencional al llegar a cierta edad, después de haber cumplido con los deberes de familia y de ciudadanía. Ese sabio consejo no me fue arrebatado nunca.

Pasó tiempo y tiempo. Muchos años. A principios de mil novecientos sesenta y cinco entendí llegado el momento de seguir la exhortación de la ex–maharaní de Srinagar. Y de hacer fructificar el tesoro que me había legado su sabio marido.

Hice de agrimensor pues levanté un plano con las medidas exactas de los tres rodales que tendría mi huerto, uno por habitación. Era preciso tener muy en cuenta el espesor y la altura de los zócalos. Esta etapa requería de cálculos tan precisos como los de Einstein a la búsqueda de su teoría unificada de los campos, que los físicos de hoy persiguen bajo el nombre de teoría de las supercuerdas. O algo así.


Conté con primor los veintiún días que siguieron a la luna nueva de enero. Llegado que fue el día prescrito, sumergí con unción la vieja semilla del árbol de la ciencia en un termo con agua caliente, que renovaba cada veinticuatro horas. Para las fiestas de la cruz de mayo la pepita había brotado: una raicilla por un extremo y un alevín de tallo por el otro.


Como en la vivienda de la familia el espacio a mí asignado era mínimo y promiscuo, decidí pedir ayuda a una japonesa que había venido a Madrid a estudiar unos cursos de flamenco. Tenía un ático cerca de la calle Ibiza y era versada en zen. Me agencié en el Rastro un enorme macetón de barro toscano que había pertenecido al marqués de Esquilache. Pedí quedarme a solas la tarde‑noche en que procedí al trasplante de la semilla del árbol sagrado desde el termo‑útero hasta la rica tierra que había preparado en el gran tiesto. Seguí las instrucciones de mi tío el teósofo y todo salió según la naturaleza de las cosas santificadas.

Retomo mi oficio de geómetra medidor. La exactitud y el rigor eran inexcusables, pues las planchas de zinc que cubrirían el suelo a cultivar y protegerían el parquet de madera de mi vocación agrícola debían encajar al milímetro con las otras piezas del propio metal que, verticalmente, iban a recubrir zócalos, rodapiés y pared hasta sesenta centímetros de altura.

Todo ello con la finalidad de disponer de un hondo de medio metro de buena tierra y humus orgánico que, convenientemente regados por mis manos de hombre de vega, permitieran sembrar tomates, berenjenas, calabacines, judías verdes y otras verduras. Una esquinadura quedaría reservada para unas poquitas matas de cannabis sativa.

Avelino el fumista ejecutó mi proyecto al milímetro. Necesitó de todo el invierno y parte de la primavera, pero el día 22 de junio, histórica fecha en que partió mi familia hacia el Sur, en los sótanos donde vivía la gran caldera de carbón que suministraba calefacción al edificio, apilados estaban todos los pedazos de zinc requeridos para montar mi sueño de horticultor de la propiedad horizontal.

Si la caldera calentaba en el invierno, la canícula mesetaria fundía plomo derretido sobre los cuatro enanos excéntricos que quedábamos en esta absurda capital de España, elegida como tal por Felipe II contra toda lógica política y conveniencia estratégica de un imperio que entonces estaba conquistando América. ¿Por qué no Lisboa? Puto racionalismo geométrico‑centralista.

El plomo incandescente del centro del día se volvía aceite hirviendo por las noches y yo me freía hasta el punto de dormir en el balcón, en un colchón Flex tamaño cadete. Los muebles de las tres habitaciones experimentales habían vuelto impracticables los largos pasillos del piso. Ni para dormir servían.

De todos los problemas que afronté aquel verano de lobo estepario, el que más me sulfuraba era la portera del inmueble, de quien tenía serios indicios para sospechar que trabajaba como agente secreto para la Drug Enforcement Administration de USA. La señá Pilar había convenido con mi madre en que cuidaría de asear mi dormitorio, a cuyo efecto fue provista de un llavín de la casa.

Soborné a la cancerbera del edificio con mi escasa paga semanal, a fin de que diera por cumplido su cometido, puesto que mi dormitorio, una vez plantado de ricas hortalizas, no requeriría de más cuido que riegos y mimos. Pero la señá Pilar, a quien mi madre había adelantado su remuneración de todo el estío, si bien aceptó mi soborno no cumplió su parte del trato. Ocasión tuve de comprobarlo poniendo trampas simples, como cinta de papel celo en la junta de la puerta o plastilina en la cerradura. La muy cabrona.




Entrenada por la DEA, olfateaba como un rottweiler las matas de maría. Madrileña castiza de Lavapiés, husmeaba como un can mil‑leches cualquier estela o aroma de presencia femenina, que ellas siempre dejan residuos. Los informes fruto de su espionaje sobre cultivos sospechosos eran depositados en la embajada americana. Las conclusiones que sacara sobre visitas “de género”, malicio que eran para el placer de su cotilleo con las vecindonas. Con la pipera de la esquina, con la quiosquera, con Casilda la cacharrera y, por qué no, con el cura párroco del lugar.

Avelino me enseñó que el zinc puro se puede enrollar y tensar. Comprobé que su color es blanco azuloso, lustroso y brillante. Su vaga dureza, apenas 2,5 en la escala de Mohs, determina que sea tan dúctil y maleable como un empleado de banca polivalente. No puedo dar fe de si Avelino utilizó algún otro metal para hacer un galvanizado. Sí recuerdo que lo hizo para soldar las juntas.

Certifico que el día de junio que sigue a San Pedro, bien entrada la madrugada, Avelino y yo, silenciosos como hormigas meando sobre algodón, subimos a mano por la escalera de servicio y con muchas fatigas, las tres grandes planchas que recubrirían el suelo y las otras doce destinadas a forrar las paredes de mi huerto hasta sesenta centímetros de altura. Con lamparilla de soldar, lija, hilo de estaño, estropajo de acero, una lima y unos guantes, aquel artesano que calzaba muchos puntos dejó listas las estancias que habrían de fructificar.

Dormí lo menos que pude y me fui con el Renault cuatro latas a recoger los semilleros, plantones y semillas que había dejado encargados en los viveros de la Ciudad Universitaria que gerenciaba un tal Sr. Matallana. Éste me había aconsejado que utilizase una tierra con un tres por ciento de humus y bien equilibrada en su composición mineral.

Leí en un manual sobre cuidado de huertos y jardines que el método para regar dependía del tamaño del huerto, del coste de cada sistema y del estilo de vida del hortelano. El manual provenía de la Oregon State University y me dio mucho que pensar. La tajante afirmación de que la decisión sobre las tres básicas maneras de regar, a saber, a mano (con manguera o regadera), por goteo o mediante aspersores portátiles dependía en buena parte de mi estilo de vida, me llevó a consultar a los filósofos presocráticos en busca de orientación.

Ni Parménides ni Heráclito me aclararon el enigma de la relación entre mi forma de vivir y el sistema de riego adecuado. Yo pensaba que el regadío de un huerto urbano sito en un tercer piso era cuestión que venía dada por la naturaleza de las cosas y no por la moral o costumbres de las personas. De todas formas, Parménides es gilipollas. Confiar todo al razonamiento, aseverando que lo que no es pensable según la razón, no puede ser, es desconocer todo. Empezando por uno mismo. Me sentía y me siento más próximo a Heráclito con su teoría de la contradicción.

Descarté el goteo y los aspersores por instinto de conservación. De mi persona, no del huerto.



Mi idea‑fuerza era simple. Se trataba de meter un trozo de la vega de Granada en una residencia en el barrio de Salamanca de Madrid, y cultivar así una serie de hortalizas cuyos frutos me comería antes de que el otoño me devolviera a la tozuda realidad familiar.

Subí, siempre con nocturnidad y alevosía, los plantones crecidos en semilleros y las semillas de aquellas hortalizas que se pueden sembrar directamente en la tierra. Los plantones eran de berenjenas, melones, pimientos y tomates. Las semillas que no habían pasado por intermediario semilleril alguno eran de judías verdes, habas y zanahorias.

Embutir un pedazo de campo en aquel apartamento suponía interiorizar en mi mundo el universo exterior. Entiéndase bien, en un sentido físico, no metafísico. No conseguí totalmente poner de acuerdo la vida exterior con la interior y lo que logré fue con sufrimiento y sobre todo con soledad. Días enteros hubo en que no cambié palabra con nadie salvo conmigo, que tampoco era nadie. Pero sí afirmé mi libertad, mi independencia y mi total disponibilidad hacia mi yo, que sólo se casaba con mi propia opinión. Defendía mi alma secreta con constancia de jornalero. En aquellos meses mayores y de fuego yo me metí en sus brasas. Tieso que tieso.

A finales de junio quise que mi bonsái sagrado, que ya medía dos palmos de altura, prosperase en mi cuarto de dormir, justamente cerquita de la ventana, que daba a mediodía. Se trataba de una suerte de transubstanciación. A fe que lo conseguí, pues en el último día del reinado de los virgo, cuando las para entonces cuatro cuartas del árbol de Bo volvieron al ático de Mamiko, la planta estaba hermosa y serena. Bien arraigada.

Me alimenté frugalmente a base del jamón de york que subía de California 21, de los yogures y frutas que compraba en el mercado de la Paz y de un puré de patatas de sobre cuya excelente calidad agradeceré siempre a Maggi. Román, el maître de California 21, me preguntó en alguna ocasión si estudiar tanto no resultaría malo para la cabeza. Yo le dije que era muy pernicioso y que prueba de ello eran los tics y muecas que ejecutaba el notario que se sentaba al final de la barra a las veintiuna horas en punto, al término de cada jornada laboral. Román decía que me veía ojeroso e iluminado como un orate. Y que no comía con fundamento.



Cuando pienso en mi proceder de aquel ciclo solar, diagnostico que me autosecuestré. Los secuestros son muy largos de vivir y muy cortos de contar. No recuerdo que mi soledad interior me hiciera perder el sentido del humor, y sí que tenía acentuado el sentido del amor que propician los huertos, aunque sean esteparios.

Ahora sé que las emociones son muy importantes para el mecanismo de la formación de los recuerdos. Mi vecino el neurobiólogo me enseña que los humanos compartimos memoria con las moscas. ¡Qué alivio!, mi memoria no está sola. Se parece a una mosca cojonera.


Me llevé al huerto a unas pocas extranjeras de las que hacían cursos de verano en la facultad de Filosofía y Letras. Yo recitaba a Lorca y ellas miraban mis verduras, hasta que se tocaban nuestras miradas. Advertía en ellas la ternura que a veces se siente ante una persona determinada a llegar hasta el final en busca de objetivo imposible. Las que habían nacido en el campo me reconocían como a un igual, aunque Andalucía quedara lejos de Georgia y mi huerto fuera una maqueta o remedo de.

Pero Lorca es mucho Lorca, Los Panchos funcionan casi siempre y yo las amaba casi tanto como a mis matas. Nos sumergíamos en la música como en el mar. ¡Qué sentimentales y tiernas pueden llegar a ser las yankees, o las confederadas, cuando les tocas la tecla... romántica! No entendía la mitad de lo que me decían, pero seguro que era muy bonito. Conste que me atuve a mi regla: es inmoral acariciar a una chica que no te gusta. El escrúpulo desaparece si a ella tampoco le gustas tú.

Para mejorar mi swing con las gachises foráneas que me liberaron de tantas y tan viejas represiones y tabúes, tomé unas clases de guitarra española con un maestro que era conserje del Ministerio de Obras Públicas y vivía en un chalet muy gracioso en la colonia de la “Prospe”. Yo tenía más afición que oído y la naturaleza no quiso obrar el milagro de convertirme en el único semoviente de mi viejo linaje, que se remonta a Adán y Eva, que articulase tres o cuatro notas musicales seguidas y acordes. ¡No se puede tener todo en la vida! Antes bien, es más probable no tener “naíta de naíta”, como predicaba una maritornes al contemplar el estado de vacío de la despensa de sus señores. “Está la despensa que se descalabran los ratones” se decía en Madrid.



Al atardecer, cuando decaía mi solitario ánimo, recurría a un método homeopático. Así como el veneno se cura con veneno, si me sentía triste leía a Schopenhauer, cuyo pesimismo telúrico y ontológico me suministraba inmediatamente la ración de optimismo que necesitaba. No acudí, por contra, a la medicina alopática y eso que por aquel entonces la simpatina y la centramina se vendían a go-go, y sin receta, en cualquier botica.

Testigo soy de que Madrid en verano no es Baden-Baden. Con familia o sin ella, es más bien un terrible poblachón manchego con vistas a la nada. Ni siquiera a un mar presentido. Siempre con Góngora:

«Dejadme llorar
orillas del mar.»

Los huertos dejan huella. En las manos del cuerpo y en las del alma. Su siembra, abono, desinsectación y desinfectación, su riego, y también la guía de las plantas trepadoras por sus cañizas, huellas son. El momento mágico de juzgar si un tomate sabe mejor una madrugada o a la siguiente, marca trazas. Consumir en seis o siete días, en plan crudité, kilos y kilos de plantas hortenses imprime carácter. Huellas dejan los huertos. Y más si son inmediatos.

Así cantaba yo, por tientos, a mis “salvaoras” nínfulas:

«Inmediato.
En este huerto inmediato
donde beben mis palomas,
yo me siento
y me distraigo un rato
con ver el agua que toman.»

A juro que la guiri de guardia se quedaba in albis y me miraba como las vacas al tren. Y yo me marcaba una petenera, cante que para unos nació en las antiguas juderías españolas y para otros en un pueblecito gaditano níveo de cal moruna:

«Ven acá, “remediaora”,
y remedia mis dolores;
que está sufriendo mi cuerpo
una enfermedad de amores.»

Y se hacía una luz de luna que aclaraba todo.
La operación de desmontar la estructura de zinc de mi vergel hubiera requerido de un par de profesionales de esos que en el cine americano hacen desaparecer cadáveres por el desagüe de una bañera y limpian el escenario de un crimen de manera que ni el FBI, con todo su esplendor, encuentra una sola prueba de la matanza del día de San Valentín. El window dressing navideño de las cuentas y balances bancarios es juego de niños comparado con mi trabajillo septembrino.

Como quiera que mi conocimiento de los bajos fondos de Madrid era entonces limitado, pedí ayuda a dos amigos que por aquí andaban desnortados. Uno era pobre y el otro muy rico. El pobre me ayudó, a cambio de instalarse en casa los días que duró su adecentamiento y la eliminación de las pruebas del hortelano delito. El muy rico me dijo compungido que se iba a pasar unos días, el muy mamón, a Saint Jean Les Pins en la Costa Azul.

Siempre me ha enternecido la natural disposición de los ricos a prestarse entre sí la ayuda que niegan a los que verdaderamente la necesitan. Y quede claro que a mí los ricos me gustan, mas siempre he procurado no formar parte de la colección de ninguno de ellos. De muchacho advertí que algunos millonetis padecen en grado sumo la curiosa vanidad de la filantropía. Sobre todo si se practica con dinero ajeno.

En la gran limpieza, que hubimos de extender al resto del piso, contabilicé ciento veintiocho vasos usados, noventa platos lisos de los grandes y noventa y ocho de los pequeños. No había ningún plato sopero. Cienes y cienes de cucharas y tenedores y muy pocos cuchillos.

En este capítulo que versa sobre el gorrino estado del menaje de cocina, buena parte de la responsabilidad la tuvo el pato que pesqué aquel verano de grana y oro.

El ánade pertenecía a la portera‑agente secreto y habitaba en un patio interior, que era el mismo al que daban las tres habitaciones convertidas en huerto. Y me tenía harto de sus graznidos ininteligibles. Se trataba de hacer desaparecer limpiamente al pato, sin que la portera me denunciara en comisaría o, peor aún, a la CIA. Fuime a una tienda de caza y pesca llamada Rehala y pedí sedal y anzuelo.

El dependiente me preguntó:

- ¿Cuánto sedal necesita Ud.? ¿De qué grosor? ¿De qué clase de pesca estamos hablando?

Contesté:

- Se trata de un pato azulón común y de un tercer piso. El edificio es antiguo y cada planta mide unos cuatro metros. Es decir, cuatro por cuatro son dieciséis, más otros cuatro metros de reserva, veinte metros en total.

El dependiente cayó preso de un ataque de risa y no me cobró sedal ni anzuelo. A pesar de sufrir un pinzamiento lumbar de etiología carcajeril.

Me compré la linterna más potente que encontré en aquella España de tan poca potencia lumínica y empecé a observar las costumbres dietéticas y etología del pato a fin de buscar el cebo adecuado. El bicho no se inmutaba cuando le tiraba lombrices de las que habían aparecido en el huertecico, cuya tierra yo cavaba y escardaba con tiento y con un almocafre granaíno. La pasta de dientes tampoco le gustaba ni, sorprendentemente, el jamón de york de California 21. Di finalmente con la clave: el tomate, siempre que fuera raff.

Tras una noche sin sustancia, dejé que el curso de las cosas se precipitara. La madrugada del 10 de agosto pesqué al patito y lo subí a pulso hasta la tercera planta. De guillotinar al palmípedo se encargó mi amigo el pobre, que era revolucionario, jacobino y, por tanto, gran conocedor de las técnicas de Madame Guillotine. Conste que el anzuelo se hincó en el tejido córneo del pico, que no duele, según me explicó luego el profesor Franz de Copenhague.

El fracaso final de la operación pato a la naranja fue rotundo. La receta que habíamos recortado de la revista Semana no funcionó. Tiempo después aprendí que las piezas de caza, de pelo o pluma, suelen dejarse unos días para que sean invadidas por su propia flora intestinal, sin que el grado de fermentación llegue a modificar su gusto. Creo que los franceses lo llaman laisser faisander.

La portera acechadora no comprendió jamás el destino de su animalico. Dícese que visitó a un psiquiatra, pues no hallaba razón de la desaparición, por arte de birlibirloque, de un ave encerrada en un patio de luces en un edificio de seis alturas. Era un pato virgen, que no había volado en su vida. Y dada la pequeña dimensión del patio, aunque hubiera sabido volar, que no sabía, la corta pista de despegue no le hubiera permitido alcanzar la altura necesaria para no despanzurrarse.




Es una historia cruel y la cuento con el corazón comprimido. Pero la vida de un pato prisionero por capricho de una portera agente doble es dura. Como dura era la vida de cualquier animal en la España cañí. Las cabras volaban desde los campanarios de las iglesias de pueblo. Los mozos rurales apaleaban a los pobrecicos perros mientras éstos se apareaban y prefiero no mentar a los miles de toros que son sacrificados cruelmente, cada año, en el ara de nuestra fiesta nacional.

De muy chico vi con estos ojitos que se ha de comer la tierra cómo, en una finca de Ávila y en invierno, los perros de una gran casa de labor dormían atados a carros y tartanas, en noches rasas, a diez grados bajo cero. Al cabo y a la postre, el pato sufrió poco, murió rápido y se ha convertido en una leyenda en esta parte del barrio. Algún precio hay que pagar por pasar a la historia. Y no se hable más de ello.

El verano terminó y volvió el barullo de la vida, esa gran parodia de la realidad. Se acabó mi estado de letargia y mi vocación de ermitaño a tiempo parcial. Si alguien de la familia advirtió indicios o sospechas de actividades paranormales, tuvo la delicadeza de callar, probablemente porque fingir ignorancia es menos fatigoso que indagar verdades inanes.

Empecé a ganarme la vida como leguleyo cagatintas, con gente poco divertida, si bien hubiera preferido regentar un casino o un burdel, inclinaciones ambas que cumplí años más tarde. He procurado que mi existencia no sea tan solo un episodio de la nada. La vida no obliga a nadie a ser una mierda. A evitarlo me ayuda la circunstancia de que mi época y yo no concordamos.

Cuando junté unos dineros, compré un buen tramo de tierra de sembradura, adecuada para que mi arbusto del gran árbol de Bo pudiera crecer lo que quisiera. Hoy mide más de muchos metros y he logrado que mi árbol sagrado tenga la forma corporal del viento.


P.S.: Antes de imprimirse, en edición de autor y no venal, di a leer este relato a mi inverso alter ego e impostor de uno de mis falsos heterónimos. El profesor Olonam Serrot Sajor me dice que algunas cosas le huelen a Rohmer o a Chabrol. Y que también las hay con tufillo a Alan W. Watts. Que conste en acta.