Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como hijo

A mi padre muerto

Imagen
(mi padre) Pocos días antes de su muerte, mi padre recibió la extre­maunción. Terminado el rito sacramental, tuve ocasión de que­darme a solas con él en la habitación de la Clínica Nuestra Se­ñora del Mar, en donde murió. Le pregunté por su impresión al recibir los óleos y me dijo literalmente: “emotivo pero no grato”. Contundente y en buen castellano. Lamento ahora no haber tenido ocasiones para haber charlado tranquilamente con mi padre de lo divino y de lo humano. En los años en que a él le tocó ser padre y a mí ser hijo las distancias eran tales que hacían prácticamente imposible una comunicación franca y menos de tú a tú. También echo de menos que no nos haya dejado escritas sus experiencias, por ejemplo, en tiempos de la guerra civil española. Nunca quiso hablar de ella. Carmen Laforet y Josefina Aldecoa, no mucho antes de morir, publicaron re­membranzas de ciertas etapas de sus vidas, niñez incluida. Tengo sus libros en la cola de espera, así com...

¡Utilízame! (segunda parte)

Imagen
( foto de Tyrone Lebon ) Segunda parte Tus dedos de niña, llenos de rayones de bolígrafo, cuentan y cuentan sílabas para imposibles métricas de encorsetados versos. ¡Quién fuera tu padre, tu hijo, tu escritor, tu poeta, un hombre para tu uso! ¡Tu cepillo eléctrico y dental! ¡Quién te viera desnuda en mi balcón! ¡Quién aportara tus quince segundos finales! ¡Tu erecto botón sagrado! Tus patines, tus rodilleras para el parque, tu profesor brasileño, tu maestro de lo eso que no se aprende en un taller, tu Chueca, tu Malasaña, tu vecino, ese hombre que quiere casarse…Tu bebé, no. Tu hijo, sí. Tu amante, sí. Tu amigo ¡no sé! … ¡no sé! Me dices: -Te llamo esta semana y nos tomamos un café. Escribes para el taller: “plantar un tordo, un verraco”. No entiendo nada. La niña tiene buena mano en la cocina. Abastece mi solitario frigorífico de Adán asilvestrado. Exquisitas verduras asadas, bien colmadas de berenjenas, esa hortaliza morada que me tiene enganchado. Calabacín no, que ...

¡Utilízame!

Imagen
(foto Darren Ankenman) Primera parte Mujer de espinas y miel, que tan dulcemente abrazas… ¿por qué te cuesta tantísimo ser abrazada por los brazos de alguien que sea más que un hombre-amigo? ¿Es acaso la ausencia de amor materno la que te duele? Antiguo rigor de madre seca, que no mece, que no estruja a la hija que marchó de casa, con los ojos de ver mundo, pero sin atesorar años de ternuras suficientes, que tan solo contaba con diecisiete. Más que rigor, la sequedad de la madre es una cadena. Una condena. Tampoco fue bien-amado, en la casa de aquella familia de entonces, aquel hombre-padre que susurraba a la niña: ¡un año más, aguanta un año más! La hermana se sumerge, sobrevive de sí misma, se torna invisible como hermana. Y el padre-hombre murió sin mar, sin escritura propia, sin sueños, sin hija, huérfano de abrazos de tiernos brazos. Al hermano le basta la provincia. La niña tiene ahora, en los tiempos modernos, algunos años más que cuando se asomó al mundo de afuera. P...