lunes, 31 de diciembre de 2012

Encoger una gran ciudad




De megalópolis a jungla semiurbana, desde sus días de gloria automovilística, la ciudad de Detroit ha perdido el 63% de su población. El espacio geográfico sigue siendo el mismo: 359 kilómetros cuadrados que corren una suerte desigual. En algunos puntos, la naturaleza reclama lo que es suyo, y reforesta, salvaje, manzanas enteras. Hay en Detroit 800.000 estructuras vacías, la mayoría en estado ruinoso. Los esfuerzos de recuperación, privados y públicos, se concentran en algunas áreas reducidas, que se hacen atractivas para los residentes, afeando aún más los barrios depauperados. No hay un plan maestro. En la historia del urbanismo, mucho se ha escrito de ampliar centros urbanos, pero poco hay sobre el fenómeno del encogimiento de ciudades.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Por su mala cabeza se quedó como un pajarito



( foto Chloe Aftel)


Un oficinista anduvo en malos pasos y se enredó en amoríos nocherniegos con una chica de alterne. Se llamaba Fructuoso y, por mear fuera del tiesto, perdió familia y empleo, además de los ahorrillos que pensaba invertir en comprar, en su Caja de Ahorros favorita, un puñado de esos artefactos mal llamados participaciones preferentes.

Una madrugada despertó conturbado y, al tacto, notó que la moza de fortuna no estaba en la cama. Se levantó y leyó en el espejo, escrito con pintalabios y letra infantil de suripanta del pueblo, esta despedida: «Bienvenido al club del sida».

El cagatintas no tuvo valor para hacerse los análisis, pero sí para tirarse por la ventana del apartamento. Cayó en flor y se quedó como un pajarito.

¡Por su mala cabeza y por sacar los pies del plato!


jueves, 13 de diciembre de 2012

domingo, 9 de diciembre de 2012

Las hojas que pasamos en otoño



(foto tomada por mí)

Las secas hojas que pasamos
de una luz a la otra acera...
Al final, las cosas siguen igual,
igual, igual...

lunes, 3 de diciembre de 2012

sábado, 1 de diciembre de 2012

La biblioteca ideal

La biblioteca ideal de Patti Smith & co.

Por:  30 de noviembre de 2012
Patti_Smith
Los volúmenes de la biblioteca ideal de Patti Smith.
La ilustradora Jane Mount comenzó a documentar bibliotecas ajenas en 2007. Su propósito, dice, nunca fue inmortalizar cubiertas y lomos, sino retratar a las personas poseedoras de esas bibliotecas a través de sus libros. En 2010 la periodista Thessaly La Force, que por entonces trabajaba en The Paris Review, le hizo una entrevista a propósito de una exposición que iba a inaugurar en San Francisco. Fue entonces cuando decidieron aliarse para trabajar en un libro, My Ideal Bookshelf, que reuniera las bibliotecas ideales de distintos personajes del mundo de la literatura, la gastronomía, el cine, etc. A todos ellos les preguntaron cúales eran sus libros favoritos, y en sus respuestas no sólo encontramos los títulos en cuestión, también qué significan para ellos esas obras en particular y la literatura en general. 
Patti Smith cantante, poeta, artista
"De pequeña me sentaba a los pies de mi madre y miraba cómo bebía café y fumaba cigarrillos con un libro sobre su regazo. Su ensimismamiento me intrigaba. Aunque todavía no iba a la escuela, me gustaba mirar sus libros, sentir el papel y jugar con las cubiertas. Quería saber qué había en ellas para que atrapasen la atención de esa forma tan profunda. Cuando mi madre descubrió que había escondido un ejemplar carmesí del Libro de los mártires de Foxe detrás de la almohada con la esperanza de absorber su significado, inició el laborioso proceso de enseñarme a leer. [...] Cuando ya no necesité más instrucción, me permitía que me sentase con ella en nuestro abarrotado sofá, ella leyendo Las sandalias del pescador y yo Las zapatillas rojas... Ese libro me fascinó. Ansiaba leer todo lo que pudiera, y todas las cosas que leía me producían nuevos anhelos".
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James Franco actor, director, guionista 
"Mi padre me regaló Mientras agonizo [en inglés, As I lay dying] a los catorce años. Me encantó la estructura, el estilo, pero también los personajes. Estoy muy acostumbrado a saber cosas de las personas a través de las conversaciones, y este libro es un gran ejemplo de cómo se puede entender a una persona de forma diferente. Mientras agonizo es como un puzzle. Al leerlo en la adolescencia me resultó mucho más difícil comprender lo que Faulkner trataba de hacer, así que se convirtió en un misterio y me obsesioné con él, quería desentrañarlo. Creo que transformar un libro o un poema en una película es un proceso similar".  
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Daniel Alarcón escritor
"Contar historias siempre ha formado parte de mi familia. Si yo hubiera decidido ser abogado mis padres se hubieran extrañado. Ser escritor era totalmente aceptable. Teníamos muchísimos libros en casa. Escribí mi primera historia seria a los dieciséis años. Y por 'seria' quiero decir terrible, ilegible y pretenciosa. Mis padres dicen que antes de saber escribir o leer, le dictaba historias a mi hermana".
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Jennifer Egan escritora *
"Supe que quería ser escritora cuando ya había leído buena parte de estos libros. Pero en todos los casos me hicieron pensar 'Vaya, puedes hacerlo'. Aunque no siento una influencia directa -me gustaría que me hubieran influenciado todos estos libros, pero no soy quien para juzgar si lo han hecho o no-, siempre me inspiran. Me recuerdan de lo que es capaz la novela. Yo siempre pienso sobre Tristram Shandy y Don Quijote. Todas las innovaciones que se han introducido en la novela desde entonces ellos ya las habían visto o incluso superado".  
* La editorial Minúscula publicó el año pasado El tiempo es un canalla (ganador del Premio Pulitzer de Ficción 2011), el único libro de la autora estadounidense que se ha traducido al español.
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David Sedaris escritor
"Yo no leía mucho en el colegio. Fue necesario que dejase la universidad y me fuese a vivir yo solo a una caravana en un pequeño pueblo de Oregon (tenía mucho tiempo libre y nadie con quien hablar) para hacerme un carné de la biblioteca y empezar a leer. Recuerdo que leíBabbitt porque estaba en la lista de lecturas del instituto. Y me di cuenta de que si no había que escribir una redacción a posteriori leer era bastante increíble. [...] A veces charlo con curas y siempre les digo: 'Si tuviera una iglesia, leería una historia de Tobias Wolff cada semana y luego le diría a la gente, 'Iros a casa'. No sería necesario decir nada más. Cada historia es un manual sobre cómo ser una buena persona".
My Ideal Bookshelf de Jane Mount y Thessaly La Force está editado por Little, Brown. Todas las imágenes son cortesía de la editorial.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Certeza en la hora confusa


La hora confusa
me levanta una certeza:
sí, en la redoma de los peces de colores
uno, rojo, ha perdido el alma.

     La conciencia intenta hincarme su aguijón
con una sobredosis de la ponzoña
del vino amargo de la culpa original.

¡Lenta pasa la hora de la anteluz! 

martes, 27 de noviembre de 2012

Río de Janeiro bajo la cámara de McCurry


(foto McCurry)

"Pasear atento con la cámara siempre dispuesta" dice McCurry, premio Pulitzer de fotoperiodismo en 1994. En Río de Janeiro se ha adentrado en las favelas del barrio rojo de Lapa.


Sonia Braga, según McCurry


lunes, 19 de noviembre de 2012

Llamas de amor entre espías





En Londres, ahora hace un año, el auténtico éxito prenavideño lo constituyó la exposición Christine Keeler, My Life in Pictures (en la Mayor Gallery de Cork Street), una muestra de setenta fotografías de la célebre modelo y show girl -llamémosla así- que consiguió poner en la picota en 1963 al Gobierno conservador de Harold Macmillan.

Y todo ello al hacerse público que la avispada muchacha se acostaba al mismo tiempo,aunque a distintas horas, con el secretario de Estado para la Guerra del gobierno de Su Graciosa Majestad, Lord John Profumo, con el proxeneta y narcotraficante Johnny Edgecombe y con el agregado naval de la Embajada soviética en Londres, un tal Yevgeni Ivanov.

Una bicoca para los chicos del MI-5, el afamado servicio de inteligencia británico. De la importancia como icono pop de la Keeler en el imaginario (masculino) del Reino Unido da buena cuenta el hecho de que muchas fotografías (algunas con tiradas de 50 copias y precios superiores a las 1.700 libras) ostentaban el distintivo de vendidas a las pocas horas de abrirse la exposición. Y es que con la Keeler no hay austeridad, ni siquiera millonaria, que valga. 




( Sobre un texto de M. Rodríguez Rivero publicado en Babelia )


viernes, 16 de noviembre de 2012

Veraneos al viejo estilo (capítulo III)




 ( capítulo tercero )

Las personas mayores jugaban después de comer al dominó, a la sombra de un tejado de brezo, que cubría un jardín redondo en cuyo centro había una fuente con un surtidor y unos peces transparentes que se decía servían para comerse las larvas de los mosquitos. El jardín se llamaba “Corea”, supongo que por aquella lejana guerra o por la forma del techado. No creo que nuestros grillos fueran a la zaga de los coreanos en lo que a estruendo nocturno se refiere.

Por la noche los mayores jugaban al póquer y se llegaban a juntar 10 ó 12 grandes coches, Packard, Chrysler, Pontiac o Citroën 15 ligeros. El más pequeño era el Fiat Balilla de don Vicente, capitán retirado de la marina mercante casado con doña Herminia. No tenían hijos y eran parientes pobres de los amos de la dehesa. El Balilla era de dos plazas bajo la capota, más otros dos asientos que se descubrían en la parte posterior, donde hoy los coches llevan el maletero. Me gustaba ir atrás, cara al viento, tragando el polvo de los caminos sin asfaltar y mirando los taludes de tierras amarillas como el asperón.

A las interminables partidas de póquer se apuntaban algunos aviadores de la Academia General de San Javier, además de Ernesto, que era el administrador de la finca y el matrimonio Maura, Juan y Menchu. Él era gerente de la Unión Salinera Española y mi padre llamaba a Menchu Maura “la leona de Castilla”.


El mundo de los adultos me parecía perfecto. ¿Qué más se podía pedir a la vida que levantarse tarde, comer con gusto y sabiduría levantina, hacer sobremesa jugando al dominó, dormir larga siesta, cenar con amigos alegres y charlatanes, y luego jugar al póquer hasta la madrugada? Y ello por no hablar de los habanos, o del whisky legítimo, en un país en el que no había de nada o era ilegítimo.


La única mujer que hacía lo mismo que los hombres era la Maura. También reía y fumaba como ellos. Ni mi madre, ni doña Encarnita, la señora y dueña de la dehesa, ni Marisa, su señorita de compañía, se mezclaban con los caballeros salvo en las comidas y en las misas.

El entorno femenino se completaba con las guardesas. La hija de los que cuidaban la Casona se llamaba Pilar Treviño y era muy simpática y guapa. Candelaria se ocupaba de la casita de la playa. Tenía dos o tres hijos rubios y descalzos.

Pepe, el de la tartana, cantaba muy bien flamenco. Creo que de él me viene la afición que aún conservo por el cante. Pepe Pinto, Juanito Valderrama, Manolo Caracol, Antonio Molina, Carmen Morell y Pepe Blanco, estaban de moda entonces, cuando Manolete murió en Linares, cornada que cogió a mi familia en Campoamor. Yo no tengo memoria de estar en este mundo cuando acaeció aquel duelo nacional. Igual que a la llegada a Barajas de Jorge Negrete, prototipo de macho mexicano que revolucionó mucho al personal femenino de la pacata España.

A propósito de la tartana diré que aún me persigue una leyenda familiar que atribuye a mi descuido la caída desde el carruaje de mi hermano pequeño, entonces de pocos meses de edad. Yo recuerdo que fué en la cuesta de los pinos, pero no estoy seguro de ser yo quien llevara en brazos a mi hermanillo. Sea como fuere, el porrazo no tuvo consecuencias y Valeriano mide ahora casi dos metros, el angelito.


Uno de los aviadores que jugaba al póquer, llamado, si mal no me equivoco, “la pava”, alguna mañana de playa nos entretuvo con su avioneta de entrenamiento pegándonos pasadas en vuelo invertido. La cabeza del “jodío” piloto pasaba casi rozando, lo prometo, los cables del teléfono o del telégrafo, que no sé de qué eran, porque me parece que, en los primeros años de nuestros veraneos mediterráneos, no había teléfono en la finca. Por cierto que, una vez, un zagal llevó un recado al patrón de la finca, creo que de parte de la fábrica de chocolates Tárraga. La partida de dominó estaba caliente y el recadero no recibió propina. Entonces el chavea va y dice “don Antonio, y si me preguntan cuánto me ha dado usted de propina ¿qué les digo yo?”.

(fotos Masao Yamamoto)


miércoles, 14 de noviembre de 2012

Granada huele a nada



(foto actual del estado de abandono de Los Cipreses)



A mí me gusta la tierra de labranza tanto si es de pan llevar, como si es de vega.

En la Granada de ahora ya no queda vega, pues gente sin escrúpulos ha sustituido los pimientos, habas y berenjenas por edificios altos, malos y muy requetefeos.
Me cuesta ir a Granada pues a ella llego melancólico, en ella me vuelvo iracundo, los recuerdos de mis muertos me persiguen y, dos o tres días después, tengo que salir de allí o hinco el pico. 
− ¿A qué huele lo sagrado? pregunté al poeta haijin.
− Lo sagrado huele a este mundo, me contestó.
¿A qué huele hoy la Vega de Granada? 
A nada.
Promotores, constructores, Ayuntamientos y otras autoridades han echado a perder aquellas tierras que fueron hermosas ¡Qué bella era aquella finca de mis abuelos! Los Cipreses, bellos y altos, de tanto mirar al cielo...



miércoles, 7 de noviembre de 2012

Veraneos al viejo estilo (capítulo II)


(fotos Wendy Bevan)


Capítulo segundo


El monte bajo estaba lleno de caza menor y la sala de trofeos de la Casona colmada de cuernas de venado y colmillos de jabalíes. Caza mayor nunca vi, entiendo que por exterminada. Sí me topé, mil veces mil, con liebres, conejos libres de mixomatosis, tejones, lirones y ginetas. La rapacidad de los zorros obligaba a cuidar muy mucho del estado de las vallas y cercas de los corrales de gallinas, pavos y patos y de las cochiqueras de los cerdos. En las cocheras para las galeras y tartanas colgaban jaulas con hurones presos de angustia, que se empleaban para cazar conejos dentro de sus madrigueras Otros jaulones guardaban presas perdices para cazar al reclamo.

Las salamanquesas de las paredes, los lagartos de las peñas y los alacranes que salían a la luz cuando los tractores preparaban los barbechos eran víctimas de mi curiosidad de aprendiz de naturalista, que demandaba escudriñar los ejemplares de bichos que iba metiendo en los tubos de cristal que quedaban vacíos de aspirinas o tabletas okal. A la noche, las salamanquesas eran verdaderas artistas comiendo los mosquitos que acudían a las escasas luces que arrojaban bombillas de 40 vatios.

En jornada de caza un cazador urbano y novato pegó un tiro involuntario a un hermoso perro perdiguero y vi llorar a su amo. Yo lloré como una Magdalena, pero nadie me lo notó, que ya me cuidé muy mucho de esconderme. Unos invitados llevaron un caniche que bebía café con leche.



Mi otro afán naturalista, nunca satisfecho, me empujaba a intentar reproducir en casa los acuarios que el mar formaba al retirarse de las rocas que separaban la pequeña ensenada de la gran playa de arenales en dunas. Me empecinaba en esperar a que la ola marchase para correr, costaladas de por medio a causa del verdín de las algas, a observar el pequeño y perfecto mundo de algas, pececitos, cangrejos y caracolillos de mar que se me ofrecía, hasta la siguiente ola, en los huecos trepanados en las peñas volcánicas.


Tan lejos quedaba el pueblo más cercano, que cada semana había de pasar por las casas de la dehesa una galera grande llena de telas, puntillas de encaje, jabones y productos de olor. No existían las cremas de protección solar. La Nivea ayudaba a freírnos al sol, quemaduras que se aliviaban por la noche con paños mojados en vinagre. El comerciante que llevaba el carruaje, tirado por dos mulas enjaezadas, era conocido como “El Corsario” y, hecho el trato, nos regalaba caramelos caseros con sus manos de corsario levantino.


Conocíamos el valor de las cosas y la lógica de heredar camisas o abrigos de los hermanos mayores. Para sacar o meter pinzas o dobladillos, poner o quitar hombreras, o dar la vuelta a chaquetas o saharianas estaban las modistas que iban a coser a las casas en las máquinas Singer de pedales. Guadalupe se llamaba la nuestra de Madrid. Llevaba el pelo acardenalado en permanente achicharrada y tenía un novio torero o casi.





En las fiestas mayores y en algunas menores, en la casa de los peones camineros los labradores y tractoristas aradores hacían un baile, con laúdes y bandurrias. El aparcero que mejor tocaba la mandolina, a púa, se llamaba Tomás “El de la Alfalfa". Las mozas le festejaban y le buscaban las vueltas, de galán que era. Hice buenas migas con él, y al caer la tarde me dejaba acompañarle a segar con hoz alfalfa para echarla de comer a los conejos, que bien que servían para el arroz cuando no era temporada de caza.


Bien mirado, me parece que en aquella bendita dehesa las vedas no se respetaban escrupulosamente y las parejas de la Guardia Civil que hacían sus rondas a pie eran tratadas con gran consideración. Más de una vez les vi recibir un par de cartones de Chesterfield de contrabando,traído por los barcos extranjeros que venían a cargar a las salinas de San Pedro del Pinatar o a las de Torrevieja. También circulaba el Pall-Mall largo y sin filtro, así como el rubio inglés de Virginia que decían Navy Cut. Éste último fue origen de mi primer y no grato encuentro con el cigarrillo.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Veraneos al viejo estilo


( Autor y hermana, del álbum familiar )

( capítulo primero )

Por disposición paterna mi familia veraneaba un año en Granada y otro en la dehesa de Campoamor, provincia de Alicante. Veranear significaba pasar fuera de Madrid los tres meses del estío, más una propina hasta bien entrado octubre, hora de enjaularse en el colegio.

La dehesa era propiedad de unos amigos de mis padres, sin hijos. Dos mil quinientas hectáreas de pino carrasco, lentiscos, algarrobos y almendros, con costa propia, en medio de aquella España pobre y autárquica. Aún no se olfateaba la llegada del turismo ni los villanos atentados contra la ecología y el buen gusto que traería de su mano el estirón económico de manos puercas. ¡Torres de hormigón a orillas del mar! ¡Habráse visto!

Fuimos, sin saberlo, la última generación que pasó sus vacaciones al viejo estilo. Nadie nos obligaba a estudiar idiomas o cosas útiles para el futuro. El tiempo, infinito, era todo para nosotros. Aprendimos a no hacer nada, como enseña el Tao. A no hacer-haciendo.

La vieja casa ,con más años que un palmar, quedaba retirada del mar. Una tartana con una mula nos llevaba al baño diario en la caleta de la playa Yo solía ayudar a Pepe, “el de la tartana”, a enganchar la mula al carruaje, operación que requería tener muchas manos, y más para un crío de ciudad.

Cabe al mar,cambiábamos nuestras ropas en una casita que llamaban “La Barraca”, que tenía un aljibe con agua dulce. “La Barraca” estaba decorada con redes, boyas de grueso cristal verde, salvavidas de corcho y estrellas y conchas de mar. La hélice del motor fuera de borda se sumergía, para protegerla del salitre, en una gran barrica con agua dulce. Después del baño en el mar nos quitábamos la sal de la piel por el sencillo procedimiento de verternos encima el agua de unos barreños templados al sol en el patio de la barraca.

Algunos días la yaya Sagrario llevaba a la playa unos cestos de mimbre para alargar los baños hasta la noche. Tortillas de patatas, filetes empanados, ensalada de pimientos rojos y verdes, sandías y melones puestos a refrescar en lebrillos con barras de hielo cubiertas con sacos. Higos y brevas dulces, albaricoques de secano, melocotones pequeños y prietos. La siesta se dormía en colchonetas de paja sobre el suelo empedrado de guijarros y cantos rodados del porche de la barraca.


( capítulo segundo )

Aquellos calurosos y asilvestrados veranos de mil leguas imprimían carácter. La luz de Levante y la cálida naturaleza de una finca de monte bajo mediterráneo, con sus bancales de labor, invitaban a vivir a la pata la llana. Sin más contacto con el mundo de afuera que los viejos aparatos de radio que sólo recibían, y eso por la noche, emisoras árabes del otro lado del Mediterráneo y, nunca supe por qué, Radio Andorra. Una voz puntiaguda de una chica cantaba “aquí Radio Andorra, emisora del Principado de Andorra”. Yo me sentía bienaventurado y en mi elemento. Había caído de pié en una especie de rústica felicidad que adormecía los espíritus pero mantenía bien abiertos mis sentidos.

En mi colegio apenas si mandaban tareas para el verano, salvo la de rellenar un cuaderno de vacaciones y el ritmo de cada jornada era muy parejo al propio de los labriegos y jornaleros, cuyas familias vivían en casas diseminadas por la dehesa. Las faenas del campo marcaban el día a día. Cuando empezaba el veraneo era ya la época de trillar con mulas en las eras, la de recoger tomates y pimientos, melones y sandías, y las frutas y verduras de las huertas que se regaban con agua de pozos y acequias.

Si la cosecha de tomates y pimientos era muy grande, las mujeres de los jornaleros se afanaban en abrirlos por mitades y extenderlos a secar al sol en las eras, cuando éstas habían cumplido ya su función y el grano estaba recogido y entrojado. Algunas noches era preciso y precioso tirar cohetes en las eras para provocar que los conejos salieran disparados y dejasen de comerse los pimientos ya medio secos. Recuerdo muy bien que, a la mañana siguiente, deshacíamos con la mano las cagarrutas de los conejos y nuestras palmas se quedaban llenas de un polvo seco que era puro pimentón.

Eran noches en que habíamos de encerrar a los dogos que guardaban la Casona. Ena se llamaba la perra madre. Sus cachorros, blancos y negros, eran primorosamente bellos.

( continuará... )

jueves, 1 de noviembre de 2012

El olvido de la memoria



(Fotos y diálogo Manuel Mª Torres Rojas)


“¡Quién tuviera, con una buena memoria, un buen olvido!”
JRJ. Aforismos.


-¿Es usted la dueña de esto?, pregunto.

-No. Yo no, contesta la señora.

-¿Quién será?, musito.

-No sé, caballero. Déjamelo pensar, sonríe la dama.





lunes, 29 de octubre de 2012

Adiós del todo



(foto C. Aftel)

...hay que saber acabar con este equívoco. Nuestros caminos son distintos y es necio que yo esté queriendo enderezar el suyo o torcer el mío.
Adiós del todo.
(JRJ. Epistolario)

domingo, 28 de octubre de 2012

De dos hermanas



(foto tomada por mí en San Sebastián)

De dos hermanas, la otra tiene siempre
no sé qué dulce encanto.

Juan Ramón Jiménez

viernes, 26 de octubre de 2012

No es una belleza concreta





(foto tomada por al autor)

Mujer: ¿a quién culpas hoy de tu llanto tan frecuente?
¿No tienes quién te enseñe a vivir en soledad?


martes, 23 de octubre de 2012

Mis abuelos por parte de madre


(mi abuelo en 1955)

Mi abuelo Enrique era elegante, siempre con chaleco y leontina, sombrero y bastón con puño de plata. Tenía los ojos azules, la tez muy blanca y el pelo rubio claro. Bien parecido, gustaba de tertulias y espectáculos. Dicen que era muy aficionado a las señoras.

Una vez me llevó al Aliatar Cinema a ver una película clasificada 3‑R (mayores con reparos) . Fue nuestro secreto. En la taquilla le dijo muy serio a la encargada que su nieto pagaría las entradas. Yo le miraba confuso y él, con la contera de su bastón, tocó mi hombro y me llamó “mal pagaor”. Murió cuando yo tendría doce o trece años. Alguien me habló entonces de parientes ilegítimos. Cosas de pueblo, supongo.


Mi abuela Emilia fue toda una belleza de joven. De mayor, diabética insulinodependiente. Presumida, siempre. Recuerdo al practicante hirviendo la jeringuilla, que tenía el émbolo azul oscuro, mirando al trasluz cómo la gota del fármaco asomaba por la punta de la larga aguja que había sacado de su cajita de acero brillante. Mi abuela suspiraba mucho y tenía mucha sorna. Mandaba en la casa y dejaba en paz a su marido. Debieron firmar un tratado de no agresión.



Doña Emilia vivía en un mundo coqueto y femenino, cuidada por una hija solterona y por un nutrido servicio doméstico. Cocinera, doncella, asistentas, planchadora, costurera. Los hombres de la familia no entraban en sus habitaciones, y mucho menos en su cuarto‑tocador o en su baño. Yo sí entraba algunas veces en el gineceo de la abuela, seguramente por no contar oficialmente aún con uso de razón. Nunca he visto ni veré nada tan... genuínamente femenino. Centenares de potes, tarros y frascos de cremas, pomadas y polvos. Infiernillos para calentar tenacillas, bigudíes, una hilera de barras de labios, cajas y cajas de medias de seda, untes de brillantina para el pelo, tintes de todas clases... Los perfumes, franceses y en delicado cristal de roca, ocupaban una mesa entera.



Doña Emilia llamaba constantemente a su hija solterona “MariquillaLuisa” y la atosigaba tratándola con guasa de “coneja” y “luchona”. La tía María Luisa murió con el juicio perdido y su mirada de niña. Todos sus sobrinos somos deudores del inmenso cariño que nos dio en vida.


(mis abuelos en la Casería de los Cipreses)




Comer en casa de los abuelos era un ritual arábigo‑andaluz, refinado y de enorme variedad. El abuelo, en las comidas y en todo lo demás, hacía vida aparte. Comía, solo, a la una de la tarde. Mantel de hilo y encajes, flores en el centro, lavamanos de plata y cristal de bohemia. Jamón de las Alpujarras cortado con tijera en pequeños dados. Uvas moscatel peladas y sin pepitas. Chanquetes y boqueroncitos de Málaga. Su pescado favorito era la merluza blanca del Mediterráneo, en Granada conocida como “pescá” de Almuñecar.


Como quiera que no había frigoríficos eléctricos y, hasta que se montó en Maracena una fábrica de hielo en barras, éste se bajaba de los neveros de Sierra Nevada, creo que en seras o espuertas a lomos de mulas.

Don Enrique comía poca carne, apenas sí una chuletilla de choto al ajillo, o unos riñoncitos de corderito lechal. También sesos y criadillas rebozadas y fritas. Para postre prefería la fruta de la estación y de sus huertas, aunque también le vi tomar piononos de Santa Fe, o pastelillos llamados “felipes” y “bizcotelas”, que se compraban en La Campana o en los López‑Mezquita. Dormía un rato la siesta y se iba a su tertulia, me parece que en el Centro Artístico.

Antes de cenar, si el tiempo y la estación eran propicios, Miguel el chófer le acercaba a Los Cipreses y allí la tertulia se hacía bajo una gran higuera, en un paseo de naranjos que estaba orientado a poniente. Charlaban y contemplaban la puesta de sol los notables de Maracena. A uno lo llamaban “El Cachorro”, a otro “Pepico el del Encerraero” y a otro tercero “El Pitute”.


Quizás compartió también tertulia con mi abuelo el cura del Cerrillo de Maracena, a quien mi padre años después ayudó a mantener la pequeña iglesia, a la que donó la custodia.


Hablando de curas, los domingos acudíamos a misa de doce al Cerrillo, que lindaba con nuestra finca, vía del ferrocarril por medio. Una vez me caí por un balate, que es el borde exterior de una acequia y me hice un chichón importante. La tata Mariana decidió poner un duro de plata de los llamados cabezones encima de uno de los raíles del tren. Pasó un tren, el duro se puso al rojo vivo y, envuelto en un pañuelo, me lo apretó contra el chichón. Aseguro que fue mano de santo, pues el bulto de la frente se redujo a la nada en un santiamén..

sábado, 20 de octubre de 2012

Domingos de infancia



(el autor en la Casa de Campo)

En los años sesenta pasé muchas tardes de domingo en la Casa de Campo, el pulmón de Madrid.

Me oreaba y desentristecía bajo la luz de la capa de cielo velazqueño, frente a la silueta de la sierra madrileña. La Casa de Campo continuaba cerrada al público porque se decía que quedaban sin explosionar bombas de mano y obuses y granadas y otros cohetes de la guerra incivil. Pero los gerifaltes del régimen franquista y sus familias y amigos ¡vaya que si disfrutaban de aquel maravilloso parque de monte y pinadas y encinares!

Era emocionante, aunque nunca encontramos espoletas ni detonantes. Las trincheras de un frente de guerra son perfectas para jugar a la paz. Y a juegos de amor.

Mis hermanos y yo usufructuábamos la preciosa finca pública, porque éramos amigos de los hijos de un ministro de Franco, compañeros de mis hermanos en el colegio de El Pilar.



Venía a buscarnos un inmenso automóvil, un Packard negro del Parque Móvil Ministerial. Nosotros éramos dos chicos y una chica, al igual que nuestros amigos. Mi tata se llamaba Sagrario y era de Ventas con Peña Aguilera, provincia de Toledo. La de ellos se llamaba Sabina y no me acuerdo de dónde era, pero sí de su acento asturiano.

A guisa de correspondencia, nosotros llevábamos merienda para todos, chófer oficial incluido. Bocadillos de queso de bola y carne de membrillo, o bollos suizos con jamón de york, más un plátano y una onza de chocolate Matías López por barba.

Una tarde el ministro en persona me encaramó a su caballo a horcajadas y me preguntó si estaba cómodo. Yo tenía siete u ocho años y era muy leído. Quise enfatizar y contesté que “incomodísimo”. Se acabó el paseo a caballo, aquella tarde y todas las del resto de mi vida. Si me hubiera limitado a contestar “muy cómodo”, igual termino de socio de un club hípico para pijos, en vez de afiliado al Atlético de Madrid, equipo que por entonces ganaba campeonatos de liga y todo.

Todavía conservo aquel carnet del Atleti, de piel granate y letras de purpurina de Casio, y también los recuerdos del enorme Packard negro, del olor a jara, a resina y a romero de los campos de sílice del Noroeste de Madrid y de mi yaya Sagrario, que en gloria esté, igual que su novio, un miliciano que nunca volvió del exilio francés. Ella jamás tuvo ojos para otros hombres, pues siempre guardó ausencia de su Emiliano.

Del colegio rememoro ahora el solar, el patio norte, el central y el pabellón de ingreso. Y a Don Ramón, maestro de cocina y canaricultor de provecho.

Hoy casi todo quedó atrás o no existe. Como los alcornocales, algarrobales y almecinos de mi viejo parque del Buen Retiro. Por no hablar de mis primeros amores de aquí, del barrio. O del mar.

¡Cómo lamento haberte dejado, mar!


miércoles, 17 de octubre de 2012

A ella



(foto Polaroid de Chloé Aftel)


A ella que, cuando estrechaba mi mano, hacía
como que se la llevaba al corazón.

jueves, 11 de octubre de 2012

Me gustan todas


,
(foto de Jock Sturges)


No me atrevería yo a defender mis licenciosas costumbres
ni a luchar con las armas en defensa de mis vicios.

Lo admito, si de algo sirve reconocer las faltas:
ahora bien, tras reconocerlas, vuelvo insensato a mis pecados.
Odio, pero no soy capaz, en mis deseos, de no ser lo que odio ser:
¡ay, qué duro es soportar lo que deseas quitarte de encima!

No tengo, en efecto, fuerzas ni normas para regirme a mí mismo:
soy arrastrado por rauda corriente, cual popa de navío a la deriva.

No es una belleza concreta la que excite mi amor:
existen cien razones para que esté yo siempre enamorado.

Si una mujer bajó sus ojos ruborosos hacia la tierra,
me abraso y ese pudor es para mí una como una emboscada;
si otra es provocativa, cautivo quedo porque no es sosa
y me da esperanzas de moverse bien en mullido lecho.

Si parece huraña y émula de las sabinas puritanas,
pienso que quiere, pero que en el fondo está disimulando;
si eres culta, me agradas por estar dotada de extraordinarias
cualidades; si inexperta, me gustas por tu sencillez.

Aquella mujer que dice que los versos de Calímaco son rústicos al
lado de los míos: a la que agrado, al instante ella me agrada;
está también la que me critica a mí, poeta, y a mis versos:
desearía tener debajo de mí los muslos de la detractora.



(foto Henri Lartigue)


Chica que camina delicadamente: cautiva con su meneo; otra mujer es ruda:
pero podrá ser más suave al contacto con un hombre.

A ésta, porque canta dulcemente y modula con gran soltura
la voz, quisiera darle besos robados mientras canta;
esta otra recorre las quejumbrosas cuerdas del arpa con su hábil
pulgar: ¿quién no se enamoraría de manos tan sabias?

Aquélla agrada con sus gestos, mueve ritmicamente los brazos
y contonea su delicada cintura con sensual destreza: por no hablar
de mí, a quien cualquier cosa altera…

Tú, porque eres tan alta, igualas a las antiguas heroínas
y puedes ocupar tendida toda la cama; aquella otra es manejable
por su pequeñez; las dos me pierden: la grande y la chica se
avienen a mis deseos.

Si no está arreglada: me imagino lo que ganaría arreglándose;
Si está acicalada: ella misma exhibe sus propios encantos.

La mujer blanca me cautivará, también me cautivará la rubia:
pero también es agradable Venus en el color oscuro.
¡Si cuelgan oscuros cabellos de un cuello de nieve…!
Leda era el centro de las miradas por su negra cabellera;
si amarillean…, agradó Aurora por su cabello azafranado:
mi amor se acomoda a todas las leyendas.

La joven me atrae, me seduce la madura:
aquélla es superior por su físico, mas ésta es la que sobresale.

Ovidio (43 a.C.-circa 17 d. C.) Amores,II,4

He tomado el texto de Ovidio de la Antología de la Literatura Latina de Fernández Corte y Moreno Hernández; me he permitido introducir numerosas correcciones y adiciones para procurar una lectura más fácil, aunque cuidando de no perder rigor y sabor al gran Ovidio.