sábado, 20 de octubre de 2012

Domingos de infancia



(el autor en la Casa de Campo)

En los años sesenta pasé muchas tardes de domingo en la Casa de Campo, el pulmón de Madrid.

Me oreaba y desentristecía bajo la luz de la capa de cielo velazqueño, frente a la silueta de la sierra madrileña. La Casa de Campo continuaba cerrada al público porque se decía que quedaban sin explosionar bombas de mano y obuses y granadas y otros cohetes de la guerra incivil. Pero los gerifaltes del régimen franquista y sus familias y amigos ¡vaya que si disfrutaban de aquel maravilloso parque de monte y pinadas y encinares!

Era emocionante, aunque nunca encontramos espoletas ni detonantes. Las trincheras de un frente de guerra son perfectas para jugar a la paz. Y a juegos de amor.

Mis hermanos y yo usufructuábamos la preciosa finca pública, porque éramos amigos de los hijos de un ministro de Franco, compañeros de mis hermanos en el colegio de El Pilar.



Venía a buscarnos un inmenso automóvil, un Packard negro del Parque Móvil Ministerial. Nosotros éramos dos chicos y una chica, al igual que nuestros amigos. Mi tata se llamaba Sagrario y era de Ventas con Peña Aguilera, provincia de Toledo. La de ellos se llamaba Sabina y no me acuerdo de dónde era, pero sí de su acento asturiano.

A guisa de correspondencia, nosotros llevábamos merienda para todos, chófer oficial incluido. Bocadillos de queso de bola y carne de membrillo, o bollos suizos con jamón de york, más un plátano y una onza de chocolate Matías López por barba.

Una tarde el ministro en persona me encaramó a su caballo a horcajadas y me preguntó si estaba cómodo. Yo tenía siete u ocho años y era muy leído. Quise enfatizar y contesté que “incomodísimo”. Se acabó el paseo a caballo, aquella tarde y todas las del resto de mi vida. Si me hubiera limitado a contestar “muy cómodo”, igual termino de socio de un club hípico para pijos, en vez de afiliado al Atlético de Madrid, equipo que por entonces ganaba campeonatos de liga y todo.

Todavía conservo aquel carnet del Atleti, de piel granate y letras de purpurina de Casio, y también los recuerdos del enorme Packard negro, del olor a jara, a resina y a romero de los campos de sílice del Noroeste de Madrid y de mi yaya Sagrario, que en gloria esté, igual que su novio, un miliciano que nunca volvió del exilio francés. Ella jamás tuvo ojos para otros hombres, pues siempre guardó ausencia de su Emiliano.

Del colegio rememoro ahora el solar, el patio norte, el central y el pabellón de ingreso. Y a Don Ramón, maestro de cocina y canaricultor de provecho.

Hoy casi todo quedó atrás o no existe. Como los alcornocales, algarrobales y almecinos de mi viejo parque del Buen Retiro. Por no hablar de mis primeros amores de aquí, del barrio. O del mar.

¡Cómo lamento haberte dejado, mar!


7 comentarios:

  1. Perfectamente los domingos pueden seguir siendo buenos para a jugar a la paz...y al amor, si nos dejan

    Una historia de nostalgia, preciosa, incluido ese carné del atleti. Si sientes lejano el mar, ya sabes, asómate a mi ventana...
    Besicos

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  2. UNA EVOCACIÓN MUY NOSTÁLGICA.
    UN ABRAZO

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  3. BOnsoir je vais revenir car je n'arrive pas à faire marcher la traduction
    bonne soirée

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  4. Esa identificacion tiene historia. Saludos muchos de mí. María. Te quiero mil ochocientos noventa y nueve... besos

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  5. Llego desde Galia B y si me lo permites, me doy un paseo por tu casa porque esta entrada me ha parecido tan evocadora, como interesante.

    Saludos Manuel

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  6. Ay chaval esas cosas me recuerdan vidas anteriores y aquella mía no precisamente tan "agradable" aunque intensamente emocional.
    Dejé un comentario el otro día y no se ha publicado, blogger está haciendo de las suyas cuando me encuentro en este punto, me gustaría recordarlo, pero no, nada, creo que era divertido. Bs.

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  7. buenas, tu historia me hace acordar a un cuento que leí de Almudena Grandes (pero en ese, los chicos iban a mirar a las prostitutas que trabajaban allí!)

    en muchos libros he encontrado comentarios sobre Casa de Campo y no me lo pude imaginar bien hasta que leí tu descripción,
    saludos desde el río de la plata

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Pienso que l@s comentarist@s preferirán que corresponda a su gentileza dejando yo, a mi vez, huella escrita en sus blogs, antes bien que contestar en mi propio cuaderno. ¡A mandar!