Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Venezia

Venezia hostil

Imagen
(el autor en Venezia) Viernes 14 marzo Como a solas, para variar, en el restaurante La Taverna del hotel La Fenice. ¡Atiza! Me sirven la mismísima agua mineral naturale que en La Habana. Acqua Panna oligominerale. ¡Esto es cosa de Fidel! Pido dos primeros platos. Zuppa di cipolla, que es suave como la noche y… ¡no lleva costra de queso! Luego unos pequeños gnochis… Suena música cubana… “si me quisieras lo mismo que veinte años atrás…” ¿Alguien quiere y es querido durante veinte larguísimos años? ¡Que levante el dedo! Un pavo corta un jamón ibérico, antes llamado serrano. ¡En Venezia! A las tres de la tarde fui el hombre que corría hacia el vaporetto con la servilleta prendida del jersey de cuello vuelto. Era azul, como el fascio y como la puta noche negra. Me he cruzado con centenares de personas. Una sola ví que estuviera tan sola como yo. Era una chica pegada a unas gafitas. Ni me miró. La soledad es misógina o andrógina o lo que sea. Es difícil. Tanto o más qu...

En Venecia, cruel confidencia de mujer

Imagen
(fotos tomadas por mí en Venezia) Durante la cena, a medida en que la noche se cerraba, la dolorosa confidencia   de aquella mujer con roja mata de pelo rojo se iba transformando en cruel   descripción, con pelos y señales, de su infidelidad para conmigo.  Y conste que, de   ellas, mutables cual plumas al viento, mi razón no aguardaba sino   unas migajas de calor. Apenas. A pesar de mi convicción intelectual, jamás me había sido dado imaginar que la hiel de su   confesión fuera tan amarga y tan honda la daga que me rasgó en dos.   En aquella cena en el Harr'ys Bar de Firenze, o quizás en la postrera en   la trattoria Da Ernesto en Venezia, la diosa de la roja mata de pelo rojo,   en el fragor del champagne Taittinger, me invitó a contemplar en   su teléfono de bolsillo una foto de su amante ultramarino. Airado, rehusé su ponzoña y salí a la puta calle a   llorar un cigarrillo. En el camino de vuel...

Crueldad veneciana

Imagen
(fotos tomadas por el autor) Durante la cena, a medida que la noche se cerraba, la confidencia de aquella mujer con roja mata de pelo rojo se iba transformando en cruel descripción, con pelos y señales, de su infidelidad para conmigo.  Y conste que de   ella, mutable cual pluma al viento, mi razón no esperaba sino unas migajas de calor. Apenas eso. A pesar de mi convicción intelectual, jamás me había sido dado imaginar que la hiel de su confesión fuera tan amarga, y tan honda la daga que me rasgó en dos. En aquella cena en la trattoria Da Ernesto en Venezia, la diosa de la roja mata de pelo rojo, en el fragor del champagne Taittinger, me invitó a contemplar en su teléfono de bolsillo una foto de su amante ultramarino. (en la amarga cena) Airado, rehusé su ponzoña y salí a la puta calle a llorar un cigarrillo. En el camino de vuelta al hotel, ambos en marmóreo y civilizado silencio, se me hizo evide...