TRES MUJERES
Sheela me regalaba plantas que cuidaba primorosamente en su ático de la calle Ibiza. Sin ascensor, subía los siete pisos, a pata, escaleras arriba. Comíamos, nos besábamos y hacíamos la siesta. Desde su cama vislumbrábamos la capa del cielo de Madrid. Yo preguntaba si nos pasaba algo. Ella siempre decía: − Nada. Era pequeña, dulce y culta. Rubia, pecosa y con unos pechos sin vuelta de hoja. Mandaba reportajes a la BBC de Londres. Tenía un perro grande que vivía en el parque de El Retiro, como yo por entonces. Nos gustaba comer en los restaurantes económicos que había en el barrio. Sólo nos intoxicamos una vez, y lo resolvimos con dieta de agua y limón. Aquella siesta le hablé de otra mujer. Sheela me dijo: − Tú no tienes por qué elegir. La otra, que era Rita, tenía otra opinión: − Aclárate. O ella, o yo. Conté el asunto al otro ángulo de nuestro cuadrángulo, que era Marisa. Ella me miró en azul: − No es tu problema. Es de ellas. Y mío. Yo no sabía que también el asunt...