Madrid en gris (segundo capítulo)
(Madrid ayer triste...) (... hoy triste y sucio) Cuando llegaba la época de la fruta de hueso, sobre todo albaricoques, guardaba los güitos para irles frotando contra las fachadas de los edificios, desde casa hasta el colegio, de forma que, una vez conseguido desgastar la parte picuda del hueso, y después de sacar con unas pinzas la semilla, fabricaba un silbato que sonaba a todo menos a urbano. En el colegio pasé once años de invierno y trámite sin saber que con la universidad llegaría la primavera. En cambio, sí sabía que había veranos y que éstos se llamaban Campoamor y Los Cipreses. Siempre fui estudiante de buenas notas, muchas veces de las llamadas “doradas”, porque tenían una orla o cenefa de purpurina que yo raspaba con una cuchilla de afeitar desechada por mi padre, a fin de guardar el dorado polvo en un frasco de cristal. Las notas llevaban sello de Don Andrés Pérez Asenjo o de Don Clemente Cerrillo, que eran los directores de estudios de pequeños y de median...