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La bella vida de Eva

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    Y EVA ENCENDIÓ LA PASIÓN Uno de sus amantes se llamaba Sándor y el otro se llamaba como yo, porque era yo. El nombre de Sándor no se debía a que sus padres fueran imaginativos para la cosa de la nomenclatura, sino sencillamente a que eran húngaros. Sándor y yo fuimos amantes de Eva allá por los años 90, no sé si simultánea o sucesivamente. Tuve con ella una relación estrecha y breve. Estrecha porque su cama era  small size,  y breve porque el incendio de nuestros corazones y cuerpos se extinguió en un invierno. Conocí a Eva en casa de unas amigas de vida alegre, y el rayo que no cesa prendió en ambos la brasa de una pasión. Pero, como la memoria es traidora, también pudo suceder que me fuera presentada en una recepción que ofreció el Ayuntamiento de Madrid a un grupo de espeleólogos australianos y sin fronteras. Cuando se acabó lo que me daba no volví a verla. Andaba yo por entonces en otras  liaisons dangereuses  y ya se sa...

Tres tardes con Fidel Castro III

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(foto tomada por el autor en La Habana) Las horas Contadas Coletilla De regreso al Hotel Nacional practico la autocrítica y me lamento de no haber sido capaz de llevar al facundo de Fidel al huerto de sus gustos en materia de cine, literatura, gastronomía y otros dominios. Sobre mujeres, por ejemplo. Finalmente me absuelvo de mi pecado, ya que en nuestra plática mano a mano ha pasado algo que merece la pena ser contado. Sin embargo, la jodida culpa no ceja y me echo en cara no haber rebajado los humos al Comandante cuando se pavoneaba por el triunfo de la izquierda en América Latina. Lo cierto es que no encontré el modo y manera de meter baza en su soliloquio y tratar de explicarle al barbudo que hay tantas izquierdas como países. Ya se sabe que no tiene mucho que ver el color ni la estatura con las cosas del querer; y que la izquierda chavista de Venezuela, se parece como un huevo a una castaña a la de Bachelet en Chile. Ni ésta a la populista de los Kirchne...

Teorema de Eva

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( foto Wendy Bevan ) Uno de sus amantes se llamaba Sándor y el otro se llamaba como yo, porque era yo. El nombre de Sándor no se debía a que sus padres fueran imaginativos para la cosa de la nomenclatura, sino sencillamente a que eran húngaros. Sándor y yo fuimos amantes de Eva allá por los años 90, no sé si simultánea o sucesivamente. Tuve con ella una relación estrecha y breve. Estrecha porque su cama era small size y breve porque el incendio de nuestros corazones y cuerpos se extinguió en un invierno. Conocí a Eva en casa de unas amigas de vida alegre y el rayo que no cesa prendió en ambos la brasa de una pasión. Pero, como la memoria es traidora, también pudo suceder que me fuera presentada en una recepción que ofreció el Ayuntamiento de Madrid a un grupo de espeleólogos australianos y sin fronteras. Cuando se acabó lo que me daba no volví a verla. Andaba yo por entonces en otras "liaisons dangereuses" y ya se sabe que la mancha de una mora con otra verde se v...

UN INSTANTE TAN SÓLO

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Esta casa se engalana para acoger en su seno un poema de ALEJANDRA RODRÍGUEZ Un instante, tan sólo, fue cierto. Yo no quiero decirte que el tiempo calcinado de espera y quebranto ha pasado a mi lado. Me he quedado otra vez sin palabras, deshojada en eternos otoños que me encuentran hundida y cansada, saturada de sed y paciencia. Yo no quiero decirte que el sueño resignado de angustia y ausencia se hizo cierto a tu lado. Solo un manto de sombra y tristeza fue cayendo de lleno en mis manos y busqué el horizonte perdido con el mismo calor que el olvido fue tejiendo su trama de años. Yo no quiero decirte que, entonces, cuando el tierno querer florecía te esperé en el pasado. Cuántas veces me hirió tu silencio, el eterno rodar de las horas, la distancia de huecas palabras y las manos vacías de sueños, agitadas de adiós y tortura, extrañaron tibiezas que otrora encendían tu amor con holgura. Yo no quiero decirte que ahora, en el tiempo quebrado, y oscuro me he quedado sin ...