domingo, 23 de junio de 2019

Instrucciones para redactar mi obituario



(retrato de mí mismo)

Instrucciones para redactar mi obituario                    

Apreciadas e improbables lectoras:

Dado que no podré acompañaros en mi funeral civil, que no lo deseo religioso, debéis saber que, en el momento oportuno, me propongo convocar un concursillo, reservado a mis lectoras más conspicuas, a fin de que sea la ganadora/as redacten  mi obituario.

El galardón para la necrología que resulte elegida por un jurado multidisciplinar e interclasista será el de su lectura por la propia autora, eso sí, cuando el que suscribe esté de cuerpo presente, no antes de haber partido de esta vida. Se admite el género lírico o elegíaco.

La nota necrológica que reseñe mi futuro, y ojalá muy lejano, fallecimiento, no debe ocultar mis rarezas ni flaquezas. Tampoco deseo ditirambos ni venganzas póstumas. Supongo que incluirá una breve referencia al personal universo de mi escritura. Y otra a mi gusto juanramoniano por la mujer.

Y nada más ¿De acuerdo? ¡No cotilleéis en demasía!

Vuestro,
Manuel Mª Torres Rojas

domingo, 2 de junio de 2019

Tú, animal hembra, mujer de otro


Tú, animal hembra, mujer de otro                

I Preludio 

Esta narración, que escribí hace algún tiempo, pertenece al género de auto-ficción, también llamado de auténticos recuerdos falsos.

He dejado correr la pluma, en parte para aislarme del tedio que me producen la política, la televisión o los periódicos. Y también para procurar a aquellas de mis lectoras que sientan parecido tedio un motivo para transformar la diaria rutina en ruidosa carcajada. Esto último, sobre todo si están emparejadas con personas aburridas.

Ofrezco, gratis, alegorías eróticas y un pellizco de amarga ironía. ¡Ah! Y otra cosa mariposa: he tratado con esmero de ser yo quien quede peor parado en esta sátira moral. Nobleza obliga.

Finalmente os diré que las fotos, tomadas por mí, son de modelos profesionales.


(fotos propias) 

Capítulo primero 

Ella me gritaba en el restaurante El Covacho:

- ¡Quiero una puta o el Cartier!

No aseguro si el aullido era “la puta y el Cartier” o “la puta o el Cartier”. Copulativa o disyuntiva.

Estábamos bebidos. Decidí no terminar mi Grey Goose y tratar de llevarla al hotel. Se dejó ayudar, más o menos. Acompañé/llevé a Violante a su habitación, que era la 327. Pensaba desvestirla y darle mi bendición de buenas noches. Quedaban tres o cuatro horas para que su gente, la de su trabajo, la recogiera en el lobby del hotel. Se puso a acariciarse el sexo y me hocicó, gafas incluidas, sobre su coño húmedo y caliente. Hice lo que pude. Encendió el televisor y buscó un canal porno. Yo estaba de espaldas a la pantalla. Ella miraba de soslayo a un negro polludo que­­ se la metía a una sueca, o lo que fuera, aquella puta rubia de la película pornográfica.

Se corrió, creo, y me fui a mi cuarto. El 423. Yo era su puto esclavo. Iba de acompañante, hombre-objeto o petimetre. Me daba igual. Estaba loco por ella. Hubiera sido su perro, si ello me permitía lamerla y olerla.

Por el día ella recorrió su territorio de ventas y yo compré lencería francesa en los almacenes de siempre. Mis llamadas a su móvil estaban restringidas. No podía recordar la talla de sus tetas para el sujetador. Tampoco la de sus caderas para el mini-tanga. Las conocía al tacto y de memoria pero no traducidas al sistema de tallas de la mierda europea.

Por la noche estaba cansada. O eso creía yo. Me chupó la polla a ratos intermitentes mientras hablaba por el móvil con Don Alfredo, el gran jefe. Yo pensaba: ¡qué leches de dignidad, si prefiero 5 minutos con ella antes que 30 años de vida, sin vida!

Ella quería ir a un cíber-café, pero fuimos a un par de restaurantes a comer y a beber. En todos ellos vendía y sonreía. Sonreía a los tíos y acariciaba a las tías. Yo bebía y me ponía burro como un soldado con pase de pernocta. Al día siguiente se volvió a su tierra. Me dejó tirado como a un caniche sin pedigrí. Fui al aeropuerto para despedirla. Quizás para siempre. Casi conseguí no llorar. Ella hablaba. Si yo metía media frase en su monólogo me decía: “no me dejas hablar…”

No admitía palabras soeces, salvo las que ella soltaba en la cama.

Decía que yo tenía llamaradas y ramalazos. Las primeras eran buenas, por inteligentes, los segundo malos, por…no me acuerdo por qué. Por vulgares quizá. Estoy enamorado. Hasta los tuétanos y menudillos y me importa un carajo lo que tenga que venir.


(foto del autor) 

El primer domingo de aquel viaje sin retorno a mi mundo antiguo, me llevó a misa de una en la iglesia de San Francisco. Seguí la misa con atención, después de cuarenta años de abstenerme. Casi con fervor. Ella vestía de negro, de punta a cabo. Parecía la viudita de un capo siciliano. ¡Qué bella estaba! Llegar a viejo para enamorarse de una real hembra. Joven y casada. Y madre.

Me decía: “¡llama a tu amiga para que me coma el coño!”.

Mi amiga estaba en Madrid y nosotros en el quinto pino. La llamé. Llamé a mi amiga. Ella me arrebató el móvil:

- Alóóó?, soy Violante. Nunca he estado con una mujer. Las condiciones son: te pones un antifaz y, después, no sabes de mi más nunca.

Yo escuchaba. Me la ponía tiesa, en cada minuto y lugar. Y yo anciano y bebido.

- Tienes que comerme el coño con delicadeza. Como quien lame un helado de cucurucho. Cada labio de mi sexo. De cuando en cuando metes la lengua para adentro. Siempre tienes que tener la lengua relajada, no rígida.

Mi cerebro no entendía nada. Estaba fundido de amor y lujuria. Mi polla quería violarla en cuerpo y alma. Ella buscaba su placer veinticinco horas al día. No me dejaba hablar, ni decir tacos. Prefería mi lengua, inexperta, a mi polla, que tenía los cojones canosos por el humo de cien batallas.

Para lamerle bien el coño a una tía hacen falta unas cervicales de gimnasio.

Me duele el cuello, el alma y todos y cada uno de mis músculos, tendones, menudillos o lo que sean. Tendones, fibras. Memoria, entendimiento y voluntad me duelen también. El amor es una enfermedad y yo estoy en fase terminal.

(continuará...)