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Mostrando las entradas etiquetadas como pecados

Me gustan todas

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, (foto de Jock Sturges) No me atrevería yo a defender mis licenciosas costumbres ni a luchar con las armas en defensa de mis vicios. Lo admito, si de algo sirve reconocer las faltas: ahora bien, tras reconocerlas, vuelvo insensato a mis pecados. Odio, pero no soy capaz, en mis deseos, de no ser lo que odio ser: ¡ay, qué duro es soportar lo que deseas quitarte de encima! No tengo, en efecto, fuerzas ni normas para regirme a mí mismo: soy arrastrado por rauda corriente, cual popa de navío a la deriva. No es una belleza concreta la que excite mi amor: existen cien razones para que esté yo siempre enamorado. Si una mujer bajó sus ojos ruborosos hacia la tierra, me abraso y ese pudor es para mí una como una emboscada; si otra es provocativa, cautivo quedo porque no es sosa y me da esperanzas de moverse bien en mullido lecho. Si parece huraña y émula de las sabinas puritanas, pienso que quiere, pero que en el fondo está disimulando; si ...

¿Es verdad lo que escribo?

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Una lectora de estos blogs de mis pecados que, a veces, me traen por la calle de la Amargura, y que vive ella cerquita de mi casa, me pregunta, en la cola del “super” del barrio: -Todo lo que cuentas en tus cuadernos de bitácora, ¿en verdad te ha sucedido a ti? La cajera, una chica del norte de Bulgaria más lista que el hambre, cuando llega mi turno de pagar me suelta, con su carita de oficial del ejército ex-rojo, esta preguntita: -¿Tiene usted nuestra tarjeta de fidelidad? Por cierto, no he podido evitar quedar intrigada por lo que le ha planteado la clienta que se acaba de marchar… ¿es usted, acaso, de esos escritores que narran todo en primera persona del singular? Camino de casa, cargado de latitas de atún bajo en sal, yogures de soja y sobres de tofu, cavilaba un servidor sobre la conveniencia de explicar a mis improbables lectoras ambas cuestiones. Subí a mi piso, encendí el ordenador y… allá van mis respuestas: No, no tengo la tarjeta de cliente fiel. No soy portador del ge...