viernes, 16 de diciembre de 2011

...Y se armó el belén (capítulo cuarto)



( foto Irving Penn )

Vuelvo al nacimiento, que me pongo a escribir y me salen más recuerdos que pensamientos. Pintar de rojo la bombilla que va situada detrás del portalejo para que la luz difunda calor de hogar era tarea delicada. Cinco minutos de bombilla encendida bastaban para que aquello oliera a chamusquina, con grave riesgo de que las montañas de auténtico corcho de alcornoque, el serrín del desierto y el musgo que a los tres días estaba más tieso que la pata de Perico, ardieran en llamas de fatales consecuencias en un edificio cuyas vigas eran de madera. ¡Pa’ habernos matao!

Nuestro inmueble no sufrió fuego incendiario ni explotó aquel trozo de decorado de Palestina, pero mis dedos pulgares y sus vecinos tienen sus huellas deformadas por las quemaduras que me hice tratando de desenroscar la lamparita Osram de 40w, sin paciencia suficiente para que se enfriase, que no tenía interruptor.
Cuando ya de mayor fui espía triple, a saber, para el Eje, para los Aliados y para la difunta URSS, me salvé en varias ocasiones de ser descubierto y fusilado al amanecer gracias a las irregularidades que presentan mis huellas dactilares. Y ello porque los dibujos de la piel de mis dedos son volubles. Como las damas. Mutables.
Aquella Navidad, o la siguiente, me empeñé en subir a casa una ovejita viva. Para que viese un belén instalado en todo su esplendor. Pensaba yo que a la oveja le gustaría conocer los campos de Galilea, de Samaria y de Judea, representados en época en que no daban tanto el coñazo unos y otros. O eso es lo que uno, en su cándida ignorancia, se suponía.

Más tarde, espiando para el Mossad, me enteré de que ya en tiempos de Pilatos andaban tirándose unos y otros de los pelos, pero yo a la sazón no lo sabía. Si lo sé, voy y localizo los exteriores del nacimiento en Murcia, que es región bien hermosa y tiene de todo. Montañas altas, desiertos bravos, huerta feraz y un mar de miniatura, cual menuda alga brillante y plateada de sal.

Nuestro castillo de Herodes era un puro despropósito, porque mi hermana pequeña se empeñó en poner uno tan grande que deshacía toda la armonía y proporciones del conjunto. A mí me parecía una burrada dar tanto protagonismo a un señor “malafollá”, que había mandado degollar a no sé cuántos niños santos e inocentes. Nunca entendí qué narices tienen que ver los artículos de bromas y piñatas, que ahora venden los chinos del todo a cien, con la conmemoración del holocausto con esas pobrecitas criaturas, seguramente carne del Limbo.

La ovejita lucera tenía carita de azucena y provenía de un rebaño que pasaba por nuestra calle, de Pascuas a Ramos, porque mi querida calle era, y sigue siendo, una cañada o servidumbre de paso para ganado. Recolecté de entre los hermanos veinticinco pesetas, que cambié a la señá Casilda, la panadera, para juntarlas en un hermoso billetito de los de color morado. Esperé a que pasara el rebaño, que lo hizo un jueves, y metí al pastor en su zurrón la tela marinera del ala y ¡hala! para mí la ovejita.

Encaramé al corderito en mis hombros y trepé por la escalera de servicio, pues me dio por barruntar que en el montacargas igual se mareaba la criatura. Soy muy considerado con la cosa de los mareos por padecer de ellos. Tanto en coche, como en tranvía, avión o tren. Tengo el mal de mar hasta en la bañera, cuando me capuzo para enjuagarme el pelo, que en aquellos heroicos tiempos lavaba con champú de brea de marca Sindo. Era un mejunje laborioso de aplicar tanto por ir en unos sobrecitos que debían ser cortados por los extremos, como por picar en los ojos más que enchilada en mucosa gástrica.

La ovejita se aclimató bien a la casa y gustaba de mirar conmigo el belencico, aunque prefería mamar de la tetina de unos riquísimos biberones que yo le preparaba, a base de Pelargón y leche de la Granja Poch. Para mí que el animalillo creía que yo era su mamá, sobre todo porque le metía a dormir conmigo debajo de las sábanas y me bañaba con él en la bañera grande, para no desperdiciar el agua caliente, que entonces era un bien muy preciado por escaso.

7 comentarios:

  1. Después de haberla subido hasta el piso, podías haberla encabalgado en tus hombros y ponerte como pastor del belén con un zurrón, poroponpón, poroponpón.

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  2. Cuanta ternura Manuel. Hermoso escrito. Hasta tu nombre nos recuerda la natividad.

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  3. Hola niño Manuel, con tu permiso me llevo tu cuarto capitulo a mi muro de face para completar todos los capítulos de tu magnifica escritura navideña.
    Recuerdos hermosos de tus vivencias y también nuestras, del ayer,del hoy y también del mañana.

    Besos de luz y de paz para ti en esta Navidad que esta ya asomando con su luz de amor por la puerta de nuestras casas.

    MA.

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  4. Es bonito cerrar los ojos, después de leer y recordar tantos momentos del ayer.
    Emotivo, divertido y creo que sin nostalgia. Es asó como me gusta recordar

    Mucha gracias

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  5. Me ha encantado tu escrito, me trae tantos
    recuerdos, alegres y tristes a la vez.

    Un abrazo.

    http://espaisdenatura.blogspot.com

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  6. Nos haces rememorar historias casi olvidadas en el tiempo y que a pesar de los pesares siempre tenían una magia especial que hoy parece haber perdido.
    Un abrazo y que tengas unas ¡Muy felices fiestas!

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  7. Yo no soy escribidora, ni mucho menos.
    Pero no tengo madre, ni padre, ni perrito que me ladre.

    Asi, que me quedo en esta posada de letras.

    Gracias por visitar mi espacio, es para mi un honor tenerle por alli y que forme parte de mis seguidores.

    Prdon por no escribirle antes, estaba de viaje por Marte.

    Besos.

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Pienso que l@s comentarist@s preferirán que corresponda a su gentileza dejando yo, a mi vez, huella escrita en sus blogs, antes bien que contestar en mi propio cuaderno. ¡A mandar!