Entradas

Cabe ellas

Imagen
Cerca de ellas.  Disperso. Concentrado y disperso. Difuso. Entre sus cosas y las mías. Palparé sólo aire. Solo. A solas. ( poemita y foto míos son, más o menos )

Entre mujeres

Imagen
Disperso y concentrado. Entre mí y entre las cosas. (Ernestina de Champourcin. Foto Manuel Mª Torres Rojas)

Suave soledad

Imagen
( foto del autor en el pasado invierno ) En su fuero íntimo, la persona baqueteada por su propia biografía no desea sino vivir tranquila en suave soledad, rasgada a ratos por la presencia tierna y leve de otro ser, mujer en mi caso, amante de las ternezas y amigo de las miradas y de los silencios. Ese hombre de lecturas y escrituras no cree en la felicidad, pero sí en la tranquilidad. Por ello, como Flaubert, en el último tercio de su vida, se irá apartando de todo lo que le resulte enojoso.

Hacía calor...

Imagen
, ...y el día había cumplido la mitad de su tiempo... ( Ovidio, Amores,1,5 ) Prometo por todos los dioses del Olimpo que encontré esta  foto , la de arriba, dentro de la tarjetita de memoria de mi pequeña cámara Harinezumi (erizo, en japonés), pero no soy consciente de haber ordenado a mi dedo apretar el disparador. El resto, ¿quién no lo sabe? Sea como fuere, me vi cuando antes, tan lejos de mí ahora... Ahora sí que me reconozco, en aquel lugar del otro tiempo...

Terca luz

Imagen
( Daria Werbowy por Cass Bird ) De la terca luz su postrer fulgor reúno. Cautivo y descompuesto en oros y malvas y esmeraldas, el fulgor apenas vela mi ánima de ambarinos linos. Tal vez fuera piadoso que esa luz de luz se recogiera en un solo haz de domésticas volutas, polvo de libros, y así el niño que queda apenas tuviera otra encomienda que limpiar las celdillas de mi memoria. Mas... ¡qué va!... la impía luminiscencia no ceja Hasta derribar el nido de mi cama. Quiebra el rayo por el cristal herido y rompe en topacios y opalinas y cárdenas turmalinas que a danzar invitan al hombre antiguo y a la mujer nueva. Bailamos tres, el hombre solo, la mujer que llega y el eterno niño. Peces fusiformes chocan, mecánicos, sus bocas en minerales besos de estéril cortejo; mil cristales bermellones revientan las paredes cotidianas de mi egocéntrica guarida. ¡Inclemente luz que a su albedrío administra las sombras! Tarde quita claridad y el ocaso abate los colores y gem...

En primera persona del singular

Imagen
En la tienda de Isidoro Álvarez, vulgo Corte Inglés, he manoseado/ojeado/hojeado un libro de David Lodge. La tesis del profesor es que en la novela contemporánea se va perdiendo la ficción literaria para ir más a la confesión, a la narración de una vida, a una visión singular. Aparece sólo la conciencia del autor y no tanto las conciencias de muchos personajes, como en las clásicas novelas del siglo XIX. Estoy de acuerdo. ¿Por qué es así? Lodge lo atribuye a que hemos perdido nuestras certezas metafísicas y por eso presentamos nuestro punto de vista singular, que nadie puede impugnar. Para mí, a la causa anterior debe añadirse que es mucho más difícil escribir “Guerra y Paz” o “Madame Bovary” que las novelas unipersonales de hoy. Y que las hoy en día se nos ofrecen como corales o pluripersonales, contienen, a manera de relleno, muchos personajes de cartón piedra. En general. De todas formas, en esta etapa de mi vida, no quiero artificios literarios. Sólo memorias, diarios. Autoficci...

Antes de pasar por las armas

Imagen
Antes de pasar por las armas a su hombre, ella le soltó: − Te quiero mucho. Y le transportó al más allá con dos cartuchazos del calibre doce; se puso su blusa color pistacho, retocó su rímel y colorete y se fue a tomar una copa al bar Teatriz. Monotonía, aborrecimiento, fastidio. El spleen, le cafard, l´ennui, el desgarramiento, la melancolía. Desgana y náusea. El tedio de la vida, vaya. El que escribe, escribirá. Quien lee, seguramente seguirá en ello. El noventa por ciento restante de humanoides se abstendrá. Se limitarán a actuar, a apresurarse. De aquí para allá. De allí para acá. El espectáculo debe continuar. También el aburrimiento, la monotonía, la saciedad. La chica que cortó la hebra de la vida a su marido por camino tan derecho, apenas si conseguía dormir tres horas por noche. Y para ello tomaba, todo junto, un lexatín de 5 mg, un transilium y un orfidal. Desde el día en que enviudó a las bravas, duerme dignamente nueve horitas, sin auxilio de la farmacopea modern...