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Pasado de un escritor insomne

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(ilustración de George Grosz) Otra noche dedicada a espantar a dos manos las sombras de los espectros de un pasado ajeno y muerto. Almas en pena que no tuvieron, en vida, propia vida. Dan vueltas a sus trabajos y antiguas quimeras, a sus poderzuelos sicarios. Los aparecidos de hoy creyeron ser alguien y, lo que no lograron de mí entonces, quieren arrancármelo ahora que son trasgos fantasmones. A las claritas del día vuelve mi vida de luz y paz. Ni fortuna ni pobreza de espíritu. Soy radical y libre. Cuanto mayor, más radical y más libre. No quiero trato con seres redivivos forrados de oro y de miserias: ¡que ardan en los fuegos eternos! Sigue el aquelarre. A la noche siguiente la estantigua emerge para urdir, en los montes de El Pardo, una conspiración “pinochetiana”; grito mi condenación y me largo a mi mundo, a resistir. Los cofrades del pandemónium se quedan meando sangre en los urinarios químicos montados para el banquete de los insurrectos.

Escritor, espía de sí mismo

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Un escritor es un espía de sí mismo. Por eso yo espío a esa persona que vive en casa, escribe en mi mesa de caoba y duerme en mi cama y se llama como yo, pues yo soy uno en esencia y dúplice en persona inmaterial. Tal vez sea que cada alma, cada espíritu, habita en dos cuerpos distintos. O que un cuerpo alberga a dos espíritus diferentes. Así se explica que, día sí y día también, los libros que estoy leyendo cambien de emplazamiento, mis lápices y cuadernos de habitación, mi termo del té de mesa y…mis novias de novio. La noche de anoche resultó ser noche toledana. La melatonina obliga. En el prefacio nocturno y cubista del primer sueño asisto a un tráiler sobre mi evolución por selección natural. Mi abuela no soporta que la evolución sea ciega y que yo resulte un subproducto sin autoría intelectual. No buscado. En el segundo tempo de mi noche inacabada, la orquesta filarmónica nacional de Hungría, dirigida por Zsolt Hamar, interpreta un poema sinfónico titulado “La metafísica del ...

¿Es verdad lo que escribo?

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Una lectora de estos blogs de mis pecados que, a veces, me traen por la calle de la Amargura, y que vive ella cerquita de mi casa, me pregunta, en la cola del “super” del barrio: -Todo lo que cuentas en tus cuadernos de bitácora, ¿en verdad te ha sucedido a ti? La cajera, una chica del norte de Bulgaria más lista que el hambre, cuando llega mi turno de pagar me suelta, con su carita de oficial del ejército ex-rojo, esta preguntita: -¿Tiene usted nuestra tarjeta de fidelidad? Por cierto, no he podido evitar quedar intrigada por lo que le ha planteado la clienta que se acaba de marchar… ¿es usted, acaso, de esos escritores que narran todo en primera persona del singular? Camino de casa, cargado de latitas de atún bajo en sal, yogures de soja y sobres de tofu, cavilaba un servidor sobre la conveniencia de explicar a mis improbables lectoras ambas cuestiones. Subí a mi piso, encendí el ordenador y… allá van mis respuestas: No, no tengo la tarjeta de cliente fiel. No soy portador del ge...

Al ocaso

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(El Bosco. Fragmento de El jardín de las delicias) Al ocaso,  torpe ya el ojo de mi perra,  el viejo sapo se ducha bajo el chorro  de la manguera del holgazán jardinero.  Parece que todos dormitan  sueños milenarios.  La brisa de lejanos montes  mitiga el calor del santo día.  Hoy, también, el sol se pone.  ¡Menos mal! (ilustración A. Sinobas)

Momentos perfectos de una vida

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(Marie-Christine. Foto tomada por mí en nuestra aurora feliz) Lo suyo conmigo y lo mío con ella, lo nuestro, fueron dos años de “amour fou”, que me curtieron cuerpo y alma. No soy capaz de desvelar aquí el modo o la manera ni el por qué se ex­tinguió aquel volcán. Lo tengo escrito en un relato que guardo bajo siete llaves en el alma, dentro de mi almario. Mujer‑pasión, Marie-Christine era más vulnera­ble de lo que ella y yo creíamos. Su sensualidad me­diterránea estaba a medio camino entre Argelia y Alicante, con parada y fonda en las Antillas france­sas. Venía de reponerse de otra historia de amor que no me contó, con buen criterio. Lo supe mucho después, por boca de otra persona que no me quería bien, o peor aún, que era simplemente una cotilla malintencionada. Y tuve celos retroactivos. Jugamos a ser eso que hoy se llama pareja estable y fuimos enormemente felices y desgracia­dos, todo en junto. Marie-Christine no consiguió terminar de desarraigarme con mi parte frívola y mala...

Un cuento perfecto

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( Miguel Ángel . Adán y Eva) "Hace mucho calor en la ciudad. Vuelvo caminando a mediodía y en una obra en construcción cruzo a dos muchachos que conversan a la sombra de un árbol. Al pasar, escucho que uno le dice al otro, hablando de un amigo ausente: “Encontró a la mujer en su cama con un flaco”. Un cuento perfecto de diez palabras. Lo mejor es el desplazamiento de la posesión de la mujer a la cama y la simpatía en la locución final que define al intruso". (Notas en un diario. Ricardo Piglia. El País)

Tres tardes con Fidel Castro III

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(foto tomada por el autor en La Habana) Las horas Contadas Coletilla De regreso al Hotel Nacional practico la autocrítica y me lamento de no haber sido capaz de llevar al facundo de Fidel al huerto de sus gustos en materia de cine, literatura, gastronomía y otros dominios. Sobre mujeres, por ejemplo. Finalmente me absuelvo de mi pecado, ya que en nuestra plática mano a mano ha pasado algo que merece la pena ser contado. Sin embargo, la jodida culpa no ceja y me echo en cara no haber rebajado los humos al Comandante cuando se pavoneaba por el triunfo de la izquierda en América Latina. Lo cierto es que no encontré el modo y manera de meter baza en su soliloquio y tratar de explicarle al barbudo que hay tantas izquierdas como países. Ya se sabe que no tiene mucho que ver el color ni la estatura con las cosas del querer; y que la izquierda chavista de Venezuela, se parece como un huevo a una castaña a la de Bachelet en Chile. Ni ésta a la populista de los Kirchne...