jueves, 7 de febrero de 2013

Granada en su Vega Alta y en Los Cipreses

Memoria de la pérdida de una época

Cuando escribo sobre la Casería de Los Cipreses, perdida irremediablemente
para mi familia, me debato entre la nostalgia de un precioso pasado y la certidumbre
de un futuro en que nada será como antes.

La Casería de Los Cipreses



( el autor en Los Cipreses )

El lino se segaba a mano, con hoces. Las gavillas se sumergían en el agua del estanque, previamente llenado con agua de la acequia. Aplastábamos el lino para que no flotara en el agua, con piedras planas y pesadas. El problema venía al cabo de unos días, cuando la fibra empezaba a pudrirse y olía a huevos podridos.


Delante de la fachada principal había una plazoleta con dos enormes nogales y tres tinajas grandes, enterradas en el suelo para decantar agua de las acequias; se tapaban con unas losas redondas con argollas para tirar de ellas. Pasados los nogales se entraba en el jardín, con preciosos setos  de boj para separar los parterres. Para entrar o salir del jardín se pasaba bajo dos arcos formados por cipreses "domesticados".

  
Las hazas lindantes con la carretera de Jaén fueron expropiadas por las Administraciones Públicas para ampliar esa vía. El justiprecio fue ínfimo, máxime si se tiene en cuenta que era la mejor tierra de labor, y la casa quedó devaluada al resultar mucho más pegada al tráfico y sus molestias. Ignoro si hubo más expropiaciones en otras áreas de Los Cipreses. La Casería fue antaño una maravillosa y recoleta finca de placer y labranza. ¿Qué queda de ello?

La casa tenía dos enormes salones, uno en cada planta. Por la puerta principal se accedía al zaguán, revestido de azulejos. Percheros, paragüeros, bancos renacimiento y dos arcos a cada lado del acceso al salón. Enfrente, la puerta de cristales plomados que daba al patio de los naranjos. En él, una gran morera con herrajes para que la copa diera mucha sombra. Paredes cubiertas de hiedras con troncos como puños. Al fondo dos enormes tilos.

A la izquierda del zaguán, el cuarto de estar. Mesa grande faldera para desayunar. Butacas y divanes. Aparato de radio.


La siguiente puerta, de dos hojas, era la entrada al comedor, que era muy grande con balcón y ventanas a dos fachadas. Vigas de madera vista, mesa maciza para dieciséis o dieciocho comensales y óleos de época: “Essaú y el plato de lentejas”, una “Última Cena” escuela sevillana, y una chimenea revestida de azulejos que no me gustaba nada y que no se encendió nunca. Tan alta era la chimenea que entrabamos en su lar sin agachar la cabeza.

El piso del comedor y los azulejos de los zócalos altos de la casa eran de Fajalauza, exactamente iguales a los de mi hotel favorito: El Nacional de La Habana. La historiadora que me guió en Cuba me confirmó que la azulejería del hotel se encargó a Fajalauza por aquellos años. Era el hotel favorito de los gansters de Estados Unidos.


La escalera que une ambas plantas tenía los peldaños de mármol blanco y unos buenos pasamanos  de madera noble. Las contrahuellas eran muy bellas, fabricadas con azulejitos blanquiazules. Por ahí debe haber una foto mía, hecho un primor.


Un gran vitral plomado con cristales venecianos que permitían adivinar la hilera de avellanos que bordeada la acequia que separaba las hazas de sembradura, hazas que se llevó el viento expropiatorio.

En el salón de arriba mis padres se prepararon sus aposentos, muy "modern style", divididos por una gran puerta corredera con cristales ¡venecianos! En todos los dormitorios contábamos con aguamaniles, jofainas y útiles para refrescarnos. En mi habitación firmé el famoso pacto de caballeros con el ratón que se comía mi jabón, según relato en este cuentecillo: 




A "mon père" le dio por empotrar armarios en nuestros dormitorios, que no en el suyo, bien provisto de muebles de maderas de raíz de olivo y lunas de tres cuerpos.

En el salón de abajo habían tres ambientes distintos, sin separaciones físicas. aunque sí morales. "Fumoir" para hombres, zona de costura, bolillos incluidos, para mujeres y área mixta para juegos de salón y de cartas. Palé, canasta, roby, whist.

En la casona había algunas piezas apreciables de pintura granadina. Morcillo, Suárez, López-Mezquita, Cuesta y otros. También había lienzos de Ramón Carazo y de Madrazo. Sin faltar uno de Miguelito (sic padre dixit) Rodríguez Acosta.



5 comentarios:

  1. Ay autor autor, una fortuna la de esos recuerdos, y nadie te la podrá arrebatar salvo el tiempo. ¡Qué este último te sea benigno! Bss.

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  2. ¡Qué guapo eras, jodio¡ y seguramente muy bien educado, pero para mal...la vida te habrá ido poniendo en tu sitio ¿no?.

    Besitos, Manuel.

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  3. Hola. Un abrazo bien fuerte. Vendré con tiempo pa leerte suavemente. Salut!!!

    Andri Alba.

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  4. Querido Manuel:
    Bonitas fotos, complemento de lo narrado, se reconoce en ellas tu atractivo, la callada bondad y una rectitud de eucalipto. Veo que sigues cobijando tu amor por esa finca, referente de tus largos itinerarios.

    Que tengas un precioso fin de semana. Un beso.

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  5. Todavía conservo los olores de cosas que ya nunca más serán. Sobre todo, los olores. Y la luz. No los colores, sino la luz. A veces casi cegadora. Algunos deben de ser recuerdos de muy, muy pequeña. Tanto que mi consciente no los recuerda. Pero en ocasiones vuelven por las noches. Y entonces es como si ese mundo aún existiese en un plano paralelo... Quizá haya una esperanza de no perder del todo, a veces. Besos.

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Pienso que l@s comentarist@s preferirán que corresponda a su gentileza dejando yo, a mi vez, huella escrita en sus blogs, antes bien que contestar en mi propio cuaderno. ¡A mandar!