Las horas contadas Segundo encuentro A las cuatro en punto de la tarde siguiente, día viernes 24 de agosto, el gran coche negro me recogió en el hotel Nacional para llevarme de nuevo ante Fidel. A pesar de que soy un poquito miope; a pesar de los cristales tintados y de las cortinillas bien corridas; a pesar de que yo no cargaba GPS ni en mi celular ni en parte alguna de mi anatomía, advertí que andábamos por unos andurriales distintos a los de ayer. No me engañaba, pues me plantificaron en un caserón estilo realismo soviético, más feo que la tiña. Abrevio el cuento y omito describir las desangeladas galerías y meandros que corrimos, de la mano de camaradas distintos a los de ayer. Hasta que me topé con Carmiña, que esta sí que era la misma, o su clon. La de Ourense abre unas puertas correderas y héteme aquí que me encuentro, en un gimnasio con instalaciones a tutiplén, de cara con el mismísimo Comandante en Jefe, que andaba el pobre sufriendo en una cinta de esa...