miércoles, 20 de enero de 2016

Guatemala en noviembre


Guatemala en noviembre                                      

Aquí en Guatemala, aparentemente, nunca pasa nada.

Como en cualquier ciudad de provincias en la España de la postguerra. Bardem retrató con buen tino aquella atmósfera asfixiante. Las pasiones fluían por debajo, cual ríos subterráneos.

Yo, ahora, vegeto en la capital guatemalteca a ocho mil quinientos kilómetros de la estepa castellana. Eso sí, “converso con el hombre que siempre va conmigo”. El poeta así lo escribió. Y Serrat lo cantó.

El barman de El Cafetal, en el hotel Biltmore, Camino Real, me muestra en su cámara digital la foto de una talla de un Jesús Nazareno. Opino, con prudencia, que parece una talla antigua de un imaginero español. No le convenzo. Afirma que esa imagen de un pelirrojo hebreo es obra de un guatemalteco tallada hace quinientos años. Desisto de argumentar ¡qué más da!

En Noviembre, en Guatemala City, se gradúan o “reciben” los estudiantes locales. Copan los hoteles caros con sus fiestas de traje largo, orquestas y flores exuberantes. Las mozas locales rellenan sus escotes con postizos y otros artilugios. Los muchachos van embutidos en unos trajes que imitan a los esmoquin. Se muestran incómodos con ropajes que nunca han usado y sean probablemente de alquiler.

La música viene de Florida y la ideología de los neocons también. El neocapitalismo ultra liberal está causando destrozos con sus falsas y tramposas concepciones del mundo. ¡Que ardan en el fuego eterno esos hideputas!

Pierdo el sentido del tiempo y del lugar. Creo que estoy en Caracas hace cuarenta años. Cuarenta años ha… Confundo y entremezclo mis dos casamientos. La cabeza me llama al orden pero yo mando al carajo a Descartes. Yo soy lo que siento.

En Guatemala la mantequilla es australiana. Y yo soy Bill Murray en su hotel de Tokyo. Suntory. Kampay.

En la calle veo pasar algunos matrimonios de gringos con bebés indiecitos.

Yo estoy en la habitación 603 y Lissette en la 703. De madrugada, no me deja subir a su cuarto. En cambio, me llama papito y me dice que piensa visitarme en Madrid. ¿Tendrá un ligue en el hotel?


Tai-Wok.

En el hotel se celebra un congreso de migrantes, atendidos por unas jóvenes stagières bellísimas y bien criadas. Están haciendo prácticas de sus estudios para licenciarse como gerentes de establecimientos turísticos. Irene Cedwin, simpática estudiante de administración de empresas turísticas está en el hotel con su papá y su mamá, quien se parece mucho a Chavela Vargas.

Un amigo guatemalteco me cuenta que conoce a una bruja que cura cualquier cáncer con una rigorosa dieta que debe seguirse durante tres meses: tres días de ayuno y agua y los tres siguientes a puro tomate. Y así sucesivamente.

El ayudante de Edwin es Braulio y es evangelista y va repeinado hacia atrás con el pelo brillante de aceite.

Las chicas me llaman Don Manuelito y me miran mucho. En las fotos que nos toman se abrazan a mí y me arriman sus tetas en formación.

Abro las cortinas de mi habitación y veo a una pandilla de patoteros con look de afroamericanos USA. Están encaramados en la azotea de un edificio anejo al hotel. Son de raza blanca, burguesitos pijos, pero hablan y se mueven al estilo del Bronx. La fiesta de graduación son los fastos de noviembre de Guatemala City. Millones de quetzales se votan en alcohol y en horribles trajes y coronas para vestir a las reinas del bachillerato. Son menores de edad y beben alcohol de cuarenta grados a morro.

Follan por los pasillo de los hoteles y corren en bolas, en el amanecer caribeño, por salones mezzaninas y jardines ornados con guacamayas amarradas por una pata a un palo. Son las malditas costumbres de los gringos que nos invaden por doquier.

Observo a las muchachas quinceañeras que van descalzas pues no soportan los zapatos con tacones de quince centímetros. Algunas van medio cojas y con ampollan en sus pequeños pies de la talla 35. Es el precio de calzar sus primeros tacones.

Las mamás y los papás, a eso de las 13 horas del día siguiente aguardan en el lobby del hotel a que sus cachorritos de dirigentes neocapitalistas-neoconservadores se dignen subir, a trompicones a enormes automóviles 4x4. Los papás pagan las habitaciones y los festejos. En Guatemala City todos los hoteles caros están full.

“Doctor es que son las graduaciones de noviembre”, me repiten los empleados de cualquiera de los hoteles que visito. Biltmore, Grand Tikal Futura Hotel, Camino Real, Intercontinental, Ramada, Marriot, Holiday Inn.

Me cuelo en los salones que acogen un Congreso de Migrantes guatemaltecos en USA. Son líderes de esas comunidades allá. Van y vienen. Me dicen que quieren quedarse en su país, volver a sus raíces pero… Son más de dos millones.


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