lunes, 25 de mayo de 2015

...Et pourtant, j'attendrai... Ton retour.



J’attendrai
Le jour et la nuit
J’attendrai toujours
Ton retour

... Et pourtant, j’attendrai
Ton retour

Poterat 1937

La primavera de Claire llegó en el otoño de 1961. Cumplía diecisiete años y empezaba Derecho en la Complutense de Madrid.

Atrás, colegio, uniforme, colores grises y mu­ros altos. Letanías y mecanismos de repetición. Tiempo perdido, día a día, año a año. Once.

En la facultad había luz de colores y personas vivas. Desde las aulas Claire ponía sus ojos en la Casa de Campo, el monte del Pardo y, más allá, en la sierra de Guadarrama. Mañanas de azules velazqueños, ru­bescentes horizontes en las tardes.

Bajaba del metro en Argüelles, salida Alberto Aguilera, y el autobús E depositaba a Claire en clase. Por el camino plátanos de adorno, castaños de Indias, algunos cedros de nueva plantación, pinos piñoneros, alcornoques y nogales. Todavía quedaban retazos de monte bajo. Retamas, jarales, madroñeros y encinas chaparras.

El nuevo mundo era mejor. Claire elegía. Estu­diaba o no. Entendía o memorizaba. Si perdía el tiempo, de ella dependía, no se lo perdían los demás.

Claire optó por estudiar dos o tres horas al día, desde el primero, antes que dejar para mayo el atracón final. Gustaba más de las asignaturas que se referían a otros tiempos, como la historia del dere­cho o el romano. Asistía a clase por la mañana, estu­diaba después de la siesta y al caer la tarde salía a orearse con sus amigas.



Cañas, vinos y tapas por Moncloa con las nue­vas. Pinchos en Serrano con las burguesitas ex­compañeras de las irlandesas. El Corrillo, Samuel, Peláez, El Águila, El Aguilucho, Mozo, el café Roma, La Ancha, Jurucha y Sakuskiya. Mucho cineclub de colegio mayor y algún concierto en el Monumental. Antonioni, Bergman, Godart, Chabrol, Truffaut, Risi. ¡Rohmer! Y los inevitables Eisenstein, Max Ophuls, Renoir y Von Strömberg. Bardem y Berlanga, con guiones de Azcona, de cuando en cuando ma non troppo. El cine español estaba tachado de cutre y facha.


Yo también devoraba cine. Sin orden ni con­cierto. Mejor si estaba censurado o prohibido. Rossellini, Visconti, Clouzot, los Taviani, la Varda, Resnais, Louis Malle. Cualquier película mutilada era mejor que una americana intacta. Así pensaba yo, que huí, haciendo notar ruidosamente mi disconformidad, de la proyección de películas como “Esplendor en la hierba” o “La gata sobre el tejado de zinc” .


Claire empezó a salir con un chico delgado y alto, de Linares, provincia de Jaén. Guapo, paleto y torpón, andaba el hombre confuso tanto por lo civil como por lo religioso. El primer ligue de Claire no dio para mucho, ni ella lo procuró. Cuando se celebró el XXV aniversario de la promoción, el chico del sur invitó a Claire a subir a su habitación en el Meliá Princesa. “Asignatura pendiente” decía él. Así con­testó ella al tal Tomás: “si entonces no me apeteció, me­nos hoy. Con los cubatas que te has metido, igual ni pue­des...”.

En verdad a Claire quien le hacía gracia era otro, que era de Valladolid y muy blanco de piel. Casi tartamudo de puro tímido, ella veía en él algo pro­fundo y oscuro, como Serrat en el Mediterráneo. Hijo de militar, vivía por el paseo de la Florida, cerca de la Estación del Norte. Allí le dejó Claire en más de una ocasión, cuando su hermana le prestaba el Seat 600D de color azul claro, matrícula M‑300.564.



Claire coqueteaba con él, le ponía ojitos y le hacía morritos y mohines. Ni por esas. El crío no se atrevía ni a respirar en su derredor. Claire sabía que Mario andaba pretendiendo a “una pedorra” más fea que Picio, hija del director del periódico de los sindi­catos de Franco. Con ella se casó y con ella sigue. En otro aniversario de algo, Claire buscó sentarse a su lado en la mesa del restaurante José Luis. Así habló Claire a Mario: “¿por qué no te dejaste ligar?”. Respuesta de él: “porque no ibas en serio conmigo”.

Hoy, transcurridos cuarenta años, pienso en lo fácil que para Claire resultó pasar del invierno de la infancia a la primavera de la adolescencia. Sin dudas, sentimientos de culpa o regresiones. De golpe se terminaron las prácticas formales de la religión ofi­cial. De regla tardía, la caja de su cuerpo maduró maravillosamente en la Ciudad Universitaria de los madriles. Ojos claros, bien abiertos y bien guasones. Sus pechos remedaban a mejor el busto de la Ma­rianne de la república francesa. De piernas largas, que brotaban de más arriba de sus caderas, que a su vez sostenían el trasero más importante de todo el distrito universitario.

Algún curso después, el relamido de D. Leo­nardo P.C., granadino y catedrático de derecho pro­cesal, echó a Claire de clase por llevar pantalones vaqueros, que por entonces no se llamaban jeans. ¡Qué estupidez! Otro apunte del clima imperante: un catedrático de derecho canónico, con apellido de co­munero castellano, gordito, bajito y meapilas, a la hora de explicar los impedimentos matrimoniales y las causas de su anulación (impotentia coeundi etc.), rogaba que se ausentaran de clase las futuras abo­gados.

Claire leyó “El Cuarteto de Alejandría” de Durrell. A Henry Miller también: los dos trópicos, Nexus, Plexus y lo demás. Leyó la Rayuela de Cortá­zar, el Bomarzo de Mújica Lainez, el Jardín de los Finzi Contini de Giorgio Bassani. ¡Bendita editorial Losada. Buenos Aires. Argentina! Vio “Jules et Jim” de Henri-Pierre Roché y “Le genou de Claire” de Eric Rohmer. Huellas perennes dejaron en ella, como la suya en mí.



Esta cultura de gauche divine servía a Claire para relativizar nuestras salidas con gente pija. La parrilla del Plaza, el Royal Bus en la Gran Vía. Ber­nard Hilda’s Orchestra en el Castellana Hilton, el Gas Light, la Boîte, el Gitanillo’s de cerca de la calle Mayor, que no el de Claudio Coello. También la disco­teca de Moncho Street y el Tartufo de detrás de la Gran Vía, entonces avenida de José Antonio. En to­dos ellos bebíamos y reíamos como jóvenes cacho­rros, regocijadamente.


Claire tenía un amigo, hermano de amiga, que gustaba de alternar con putas en cabaretes. El Biombo Chino, Alazán (“encanto y belleza”), Michele­ta, Las Palmeras, Casablanca, Pasapoga, Riscal, la piscina Stella en el verano. L’éléphant blanc, también, en los bajos del Coliseum. El putero señorito decía que las chicas de alterne eran más generosas y honestas que las doncellas casaderas. Alguna vez llevó a Claire a las sesiones de tarde de esos clubes (“señoritas gratis”). El amigo golfo se llamaba Carlos y practicaba la caza mayor en los cotos a donde acu­dían los jueves las criadas y doncellas de servicio. Bajos del cine Salamanca, del Barceló, palcos del cine Alcalá. Había otros cazaderos, pero fuera “del ba­rrio” por antonomasia, y Carlos no quería ser visto por Tetuán de las Victorias, Ventas o el mismo Ar­güelles. De Vallecas sólo sabía que tenía un puente, al igual que el Pozo del Tío Raimundo un cura comunista.

Claire sabía ver el lado tierno de su amigo, que contaba historias con donaire y desparpajo. Carlos se reía de sí mismo y no dudaba en ridiculizarse al narrar sus gracias y desgracias. Jugador de póker en timbas de tahúres semiprofesionales que le sacaban los cuartos que afanaba en su casa, Carlos conoció prestamistas y compradores de objetos robados. A éstos últimos llevaba algún bibelot, libros viejos de su padre e incluso sortijas de familia. Siempre con deudas, siempre de buen humor, siempre con copas, bien llevadas eso sí, y siempre dispuesto a ayudar a los amigos “normales”. ¿Quién no ha necesitado un apartamento para una tarde, un coche para un fin de semana o cuarenta duros para gasolina? Carlos pro­veía de todo con elegancia y nunca reclamaba nada. No como los matatías y mohatreros, de quienes re­cibió, en mala hora y por personas interpuestas, al­guna paliza.
Un día de cocido en Malacatín, en el Rastro, un compañero progre recriminó a Claire su amistad con el pijo de Carlos. Ella, con su voz de trigo recién molido, reprodujo así la última de Carlitos: «“salgo de casa a recoger a una yankee que me ligué en el bar de Fi­losofía y Letras y de la Manila de Callao me la llevo a bailar al club Castelló. Pide la gringa media combinación (2 partes de ginebra, 8 partes de vermut rojo, 2 chorrros de curaçao, 2 chorros de angostura. Remover, colocar 1 loncha de limón y otra de naranja verticales pinchadas en el vaso. ) tras otra. Yo con mi ballantines, venga a dar vueltas al hielo, a ver si cundía. Bailo, sin conseguir arrimar material de combate. Pido la nota y... advierto que no llevo encima la cartera. Se lo digo al maître. “Por Dios, D. Carlos... ya pagará Vd. otro día... si no le importa dejarme el carnet de identidad... ya sabe... es la norma”. Dejo a la tal Ruth en su residencia y me voy a buscar pasta al Corral de la More­ría. Puri, la del tabaco, me presta quinientas del ala y me dice: “Carlitos, no te vayas, que estoy esperando un hijo tuyo...” Hago la estatua. Ella se pone a llorar. Me pide que la espere a terminar el segundo pase del espectáculo de La Chunga. Quiere que la deje en casa. Aguardo. Aparece un empeñero y me trinca la pasta, toda. A las cuatro a.m. llevo a Puri hasta unos bloques que Banús había cons­truido por donde da la vuelta el aire. Intento despedirme. Puri insiste en que suba. ¡Qué remedio! Ya en el piso se me echa encima un hermano de la mancillada, con un garrote de feria de tamaño natural...». No quiso seguir. Como muestra basta un botón. Claire preguntó al progre si las reuniones de la FUDE eran tan amenas.


Claire era donosa, espigada, de pómulos salien­tes, mandíbulas cuadradas, con un principio de muesca hendida en su mentón. En las mejillas tenía dos hoyuelos que rendían el albedrío de tirios y tro­yanos. Su pelo pesaba mucho. Sólo vi una vez cabellos semejantes. Pertenecían a una chica suiza, lánguida y triste de desamor. Guapa y melancólica hasta decir basta. La helvética me contó que a veces le dolía la cabeza de soportar el peso de su melena. Comprobé que un pelo suyo era 3 ó 4 veces más grueso que uno mío.

El amor invitaba, llamaba, a Claire. Ella espe­raba... a estar de buena luna. Claire no era el invierno, ni el otoño, ni el estío. Era la consagración de la pri­mavera, con su boca llena de risas, que regalaba al universo y a cada uno de sus habitantes. De noche brillaba su piel y sus ojos tornaban de verdes a color miel de acacia. De manos largas y fuertes, como ala­dos eran sus pies, del número 40, tan infrecuente enton­ces en la mujer made in Spain. Ni Ava Gardner, ni Rita Hayworth, ni Abbe Lane, ni Katherine Hepburn, eran dignas de besar por donde Claire pisara. Alta era, quizás de tanto mirar al cielo.

Una vez, en La Pérgola de la Cuesta de las Perdices, me habló con una voz tan suave, profunda, y dulce que juro que me caí de la silla. En otra oca­sión estábamos dentro del seiscientos de su herma­na, aparcados en el Paseo de Rosales. Le ofrezco un pitillo Rex o Récord, que no me acuerdo bien, y va y me lo agradece con una leve caricia de su dedo índice sobre mi mejilla. Al sentir su piel en la piel mía, me puse a llorar y salí corriendo. No paré hasta llegar a los altos del Cuartel de la Montaña. Me tumbé boca arriba y me dije “ya está”. Así me decía y repetía ciento quince mil veces. Aún hoy, cuarenta años p’alante, no sé a ciencia cierta qué era lo que “ya es­taba”. Pero estaba.

Escribo con ojos que mojan los rayados plie­gos de mi block y mano que corre sola sin esperar a que mi mente ponga orden en mi lacerado recuerdo.

Hoy, en este puto otoño de mi vida, comprendo que Claire tenía una manera humanista y laica de vivir su alegría, sus sentires. En medio del desierto, era la duna más alta, el oasis más feraz, el faro de nuestra Alejandría, el lucero de mi alba. La Justine de Du­rrell. Una diosa, hada de un boscaje que sufría la lluvia ácida del franquismo, lleno de gnomos confusos de pura medianidad.

Claire se apañó para salir indemne del asunto del profesor ayudante de derecho romano. Como rayo de sol por un cristal, sin romper las estructuras ni mancharse ella. Resulta que un profesorcillo salido quiso gustar la miel de Claire con su boca de asno. En aquella época una denuncia de lo que ahora ha venido en llamarse “acoso sexual” hubiera conducido muy probablemente a la expulsión de la alumna de la fa­cultad y a la confirmación, o ascenso, del acosador. Así funcionaban las cosas. Cuando Claire se hartó de tanta insinuación, de tantos encuentros “causales” disfrazados de “casuales” en aulas vacías, de notas bajas cuando merecía altas y de veladas amenazas de ser suspendida en junio si no era posible tomar una copa tête a tête, pasó a la acción.

Un tal Vivancos, amigo por vía familiar, traba­jaba en la secretaría de la facultad. Obtuvo el telé­fono de la casa del lujurioso docente. Una mañana, mientras el profesor‑asno estaba en clase haciendo la pelota a su catedrático‑mandarín, Claire llamó a casa del abusador y habló con su sufrida esposa. “¿Está Ud. de acuerdo en que propinemos, a medias, a su maridito lindo una lección incruenta aunque olorosa? Soy una alumna de su cátedra y estoy hasta las tetas de aguantar al baboso que le ha tocado a Ud. en suerte”. La legítima se avino al juego. Ella también estaba hasta el moño de las infidelidades, o tentativas, del tontol­culo de su Federiquito.

Claire citó al deshonesto y rijoso profesor en El Corzo, bar inglés sito en la calle General Sanjurjo. Para ello aguardó a la siguiente acometida. Es decir, pocos días. Advirtió a la señora esposa del lugar, día y hora de la cita que el gilí pensaba sería el inicio de un affaire con la chica más guapa y lustrosa que ja­más vieron los tiempos modernos.

A las 7,30 p.m. del día de autos, Claire llamó por teléfono a Jose, camarero de El Corzo, amigo y confidente suyo. Le dijo: “¿ves a un palomino casposo en la mesa del lado de la barandilla, la más cercana a la puerta? Pues vas y le dices que Claire no puede asistir a la cita. Pero te esperas para transmitir mi recado a que llegue una señora llorosa y cabreada. Se lo dices en voz alta, de­lante de ella. Gracias. Te debo una. Por cierto ¿te acordaste de mezclar las píldoras de Laxen Busto (“Laxen Busto, para cagar a gusto”, se decía. Su principio era fenolftaleína) en su copa? OK. Besos. Cambio y corto”. Recuerden: Laxen BUSTO para cagar a gusto.



En el verano que puso fin al primer curso, monté un viaje, a dedo autostopero, con un par de amigos de la facultad.

Pretendía llegar hasta Viena (diez días de estancia), pasando por París (quince días de parada) y Fribourg en la Suiza romande (un mes de estudio, parada y fonda). Y así lo hice, porque quise y porque en las tres estadías “pegué la gorra” a modo. En la Ciudad Universitaria de París (XIVe) me alojé en el Colegio de España, a precios del SEU y con enchufe de mi tío para lograr plaza. Comía en el comedor uni­versitario. “¿Café, thé ou chocolat?” me preguntaba cada mañana una vieja encantadora.
Aquel agosto del 62 Claire, que había prometi­do visitarme, se presentó en París... con un amigo. Se habían conocido en el viaje, al borde de la carretera, mochilas a la espalda, caras quemadas por los soles de la meseta de Castilla, por los céfiros de los Piri­neos, la brisa de las Landas, el bochorno verde y húmedo de Dax, los dorados reflejos de los viñedos de Burdeos... Así hasta París, procurando caminos no trillados.

La diosa Claire estaba radiante, en sus glorias. Se abrazó a mí y me hizo abrazar a su socio de autostop, que resultó ser un tío legal. Mayor que nosotros, había estudiado sociología en La Sorbona y nos enseñó un París desconocido que no he vuelto a saborear. Hicimos un poco el trío de Jules et Jim, pero sin abandonar mi adustez, tan hispana. Me porté muy bien. Aguanté los celos y disfruté viendo a Claire disfrutar con cara de aleluya.


En Fribourg me alojé en una residencia de los padres agustinos y disfruté de la hospitalidad de los marianistas para llenar la andorga en su seminario. Conocí pronto el cuarto de las cámaras frigoríficas y mis dieciocho años agradecieron mucho los fiambres, embutidos y quesos suizos que me servía yo mismo, eso sí, con permiso de la autoridad eclesiástica. En Viena dormía y cenaba en el colegio marianista de la ciudad imperial. Mi cama estaba en un pabellón aisla­do del resto de los inmuebles de los religiosos. En la nave y en su dormitorio colectivo vivía solo, aquel agosto del 62, éste que lo cuenta y no para. Confieso que en aquella enorme alcoba, dividida por mamparas y con la típica salamandra centroeuropea en el cen­tro, pasé miedo y frío. Dormía a solas en un gran edi­ficio, en país de lengua germana y con un hambre en las tripas que aún me suenan. Los curas y levitas ce­naban, y yo con ellos, dos salchichas vienesas y una taza de té. ¡Ah! y pan negro, que era lo que me sal­vaba de quedar exánime cada madrugada. En las es­caleras de aquel pensionado vienés, sufrí por vez primera de lo que, a mi vuelta, el médico de casa diagnosticó como “dolores neuríticos”. El tiempo ha querido que sean muy llevaderos, pero en aquel en­tonces creí que me había dado un “paralís”.



En Fribourg me matriculé en L’École Benedict para un curso de lengua y literatura francesa. Los tres españoles armábamos tal algazara que las clases se interrumpían sistemáticamente con este estribillo del profesor suizo: “messieurs les espagnoles, là bas, ¿de quoi rigolez vous?”. Yo me reía del profesor, un ridículo tipejo de la bas‑ville(También reía al acordarme de un profesor de mi colegio que nos decía cuando estábamos levantiscos:
“juegancharlanríensedivierten;
estánustedesestafandoasuspadres;
enjuniovendránloslloros;
hayquecomprarunpelotónparaelrecreo”).
También de tener 18 años y de haber ligado ¡en la parroquia del pueblo! con una italiana atractiva, simpática y cariñosa. Fue en una fiesta para estudiantes extranjeros. Se lla­maba Ligia y era pelirroja, con pecas y una espetera admirable. Un auténtico torbellino toscano. Me re­cordaba a Monica Vitti, pero a la pata la llana y con más raza si cabe. Parecía un personaje de Fe­llini/Antonioni/Dino Risi. Y yo contabilizaba mi se­gundo ligue extramuros, que primero fue una ingle­sita llamada Wendy a quien conocí en el Mar Menor, donde la guiri se ocupaba de unos niños ricos y bu­rros, hijos de un exportador pimentonero. La joven institutriz estaba tristona y debió juzgar que el único mozo potable del lugar era yo, modestia aparte. Yo no hablaba, ni lo hago hoy, inglés. Ella, cuatro co­sas en español con acento de “hay bueyes en el re­baño”. Pero nuestro pequeño romance de verano nos ayudó a sentirnos iguales entre nosotros y distintos de los demás, de aquella troupe de vándalos, tanto indígenas como veraneantes. Si hablo de ligues no vernáculos me tengo que acordar de un beso que me dio una niña francesa, en el verano de preu. Acaeció en el portal del hostal donde se hospedaba en la Gran Vía. Luego aprendí que en París las personas se besaban así en los años sesenta.

Aquel beso me trae a las mientes mi primera detención para declarar en un cuartelillo de la Guar­dia civil. Sucedió en la playa de La Torre de la Hora­dada. Ya saben: “el cura del Pilar de la Horadada, como todo lo da, no tiene nada y, a falta de vecinos y vecinas, por la calle circulan las gallinas...”. No puedo presumir de malos tratos, pero no he olvidado la humillación de ser conducido al cuartelillo, ella estu­pefacta y avergonzada, y yo asustado y renegando de la época y pasaporte que me habían tocado en suerte. Noche oscura, playa de un mar sin olas, Wendy y yo reconociéndonos y deseándonos. Linterna de cabo de la Guardia civil ¡mosquetón al hombro! Los niñatos que se pasean hoy con banderas sin el escudo consti­tucional, si padecieran en sus carnes episodios se­mejantes, quizás gustarían menos de la autoridad, de los bigotes y de las hazañas bélicas.

Si hablo de una primera detención es porque hubo una segunda, también con chica y por igual deli­to: retozar junto al mar en playa y hora desiertas. Esta vez, tres o cuatro veranos después, la chica era de un guapo subido, un cañón del Colorado de fabri­cación española, y con más peligro que una piraña en un bidé. Ella (Elena Ferrándiz. Su amiga íntima, Nani Ruescas, tan pronto conoció nuestro asuntejo, me tiró los tejos, que yo recogí al vuelo. Así fue lo que pasó) y yo estábamos a lo nuestro en noche de plenilunio en la calita rocosa de Cabo Roig. La his­toria fue un remake de la anterior y mi cabreo mayor porque perdí una lentilla en el incidente. Para los jó­venes y jóvenas que seguramente no me leerán, diré que mis lentillas, de rígido cristal duro, fueron de las primeras que adaptó en Madrid Da Carmen Tato (“microlentillas de contacto”), en la calle Jacome­trezo de Madrid. Año 63/64. ¡Casi ná! ¡Ah! también perdí las 250 pesetas de la multa. El honor de la ru­bia niña bien salió indemne del trance, pues conseguí que el sargento no tomara los datos de su documento de identidad. El mío bien, también, gracias. En el fondo, y casi en la forma, en el cuartelillo tenían ga­nas de aplaudirme.






Vuelvo a Claire. “De alguna manera tendré que olvidarte...” me dice Aute. No. Jamás te olvidaré.
Cuando me volví loco por ti, tú me elegiste como amigo, como el mejor de ellos. Mas ¡ay! que yo te quería para “amor constante, más allá de la muerte”(Quevedo). La poesía que ahora me importa, a luna llena de septiembre, a ti se refiere también:

“... calado de ti hasta el
tuétano de la luz...
En mi alma nacía el día.
Brillando estaba de ti; tu
alma en mí estaba...
Sentí dentro, en mi boca...
el sabor de la aurora...”

¿Es que Aleixandre te conoció? ¿Por qué se apropia de mis temblores, de mi “élan vital” hacia ti? Hubo de conocerte, porque no ha habido otra perso­na digna de tales versos.

Comoquiera que este relato está condenado al cuarto oscuro, de un lado y, de otro, que no es tiempo de faroles, despacharé mis amoríos de la do­rada época universitaria en tres renglones. No inclu­yo los más fugaces. Jacqueline, la chica de Filadelfia, Rita, la de Rosario (Argentina), y Almudena, una es­pañola que estudiaba arquitectura y que se prestó a interpretar conmigo una película en super ocho.

Aviso al no avisado lector que, en aquella época, español que preñara a mozuela nacional incu­rría en riesgo cierto de ser casado o fusilado al ama­necer. Hasta el punto que el único compañero de mi curso que, ¡oh infelice!, se atrevió a yacer con su novia formal, fue obligado a casarse porque la ex­doncella cayó embarazada tras una sola sesión de trabajo en el curso del viaje del paso del ecuador, expedición en la que no participé. Hago un paréntesis para reflexionar sobre una de las eternas paradojas de la condición humana. En aquellos años una casta muchacha podía quedar embarazada con poco menos de una certera mirada. Hoy en día, con las libertades generales y las particulares sexuales, proliferan las clínicas y sistemas para combatir la infertilidad. Ya se sabe, Dios da pañuelos a quien no tiene mocos, y viceversa.

Tuve una relación blanca, de noviazgo formal, con una de las hermanas de un amigo, compañero del alma, compañero. La cría era alba de piel, caritita (En Venezuela, caritita es niña rubia) y dulcísima. La historia se terminó por mi inmadurez y porque un verano, en un Madrid vacío y tórrido, se cruzó por medio una gacela de enormes ojos verdes, mata de pelo castaño, con cuerpo de modelo de Mary Quant, pero con hombros y caderas a lo Haley Berry y carácter de mujer hecha y derecha. Cuando la niña blonda y dulce volvió de vacaciones, le conté la en­tente hispano‑francesa. También hubiera podido ca­llarme e intentar compatibilizar lo incompatible, pero preferí ser sincero y cantar la gallina. La cría no dudó en mandarme a freír puñetas y yo conservo un recuerdo maravilloso de ella y la esperanza de haber redimido mi falta, o, en su defecto, haber desenzar­zado la situación. La hermana de mi amigo era menu­da y alegre, de dulces ojos muy parecidos a los de mi madre; óvalo perfecto su cara. Era una mujer‑niña en paz consigo, cercana a un misticismo que ¡ay! aprecio y busco hoy más que antaño. Era una niña‑mujer de alma transparente, fuerte y más libre de lo que su frágil figura dejaba adivinar. Yo estaba verde. Me faltaban años y sabiduría.

Lo de Catherine fueron dos años d’amour fou que me curtieron cuerpo y alma. No soy capaz de desvelar aquí el modo, la manera y el por qué se ex­tinguió aquel volcán. Lo tengo escrito en relato que guardo bajo llave en el alma, dentro de mi almario.

Mujer‑pasión, Catherine, era más vulnera­ble de lo que ella y yo creíamos. Su sensualidad me­diterránea estaba a medio camino entre Argelia y Alicante, con parada y fonda en las Antillas france­sas. Venía de salir de una historia de amor que no me contó, con buen criterio. Lo supe mucho después, por boca de otra persona. Y tuve celos retroactivos.

Jugamos a ser eso que hoy se llama pareja estable y fuimos enormemente felices (Especialmente fuimos dichosos los días que pasamos en Almuñécar (Granada). Ella se sentía en Argel y yo estaba en la tierra de mis ancestros, pero libre del pasado y del presente. Que no del futuro.) y desgracia­dos. No consiguió terminar con mi parte frívola y malamente burguesa pero... hizo lo que pudo.



Catherine encarnaba la dignidad y la decencia. En medio de un Madrid cutre y garbancero, con olor a berza y a churros mal fritos, constituía la más co­diciada presa para el nutrido club de los señoritos cazadores de gacelas de importación. Ella se mantuvo íntegra, en medio de tanto depredador de vía estre­cha que campaba a sus anchas por la terrible estepa castellana. Con cuatro perras en el bolsillo, o sin ellas, a vueltas con el pago del alquiler y lo demás, y mal comiendo en restaurantes llamados económicos, con riesgo de contraer salmonelosis o ladillas en el baño. Trabajando mal pagada, sin contratos ni S.S., siempre bella, siempre elegante de espíritu y de ma­neras, Madrid perdió un gran fichaje el día en que, doctorado bajo el brazo, regresó a su tierra demo­crática y civilizada (Catherine y yo rodamos una peliculilla de cine amateur en super ocho. Entrambos asimismo participamos en un precioso libro de poesía y fotografía. Todo ello se ha perdido, salvo en mi remembranza).

Gracias a los dioses, a principios de los años ochenta pude, cara a cara que no cuerpo a cuerpo, explicarla lo inexplicado y arreglar el ayer. Eso es lo que trae el otoño. Buscas paz, serenidad y saldar cuentas contigo mismo, con tu pasado y con los seres que te han hecho tal y como eres. Iluminarte e ilumi­nar, si puedes lo primero y te dejan lo segundo.

Claire era utópica y acrónica. Las muje­res‑niñas o las niñas‑mujeres de mi vida de entonces pertenecían a su época y estaban en su lugar, incluso desplazadas de su origen o raíces. Claire era astro de otro mundo y su tiempo era eterno, no como los nuestros, que marcaban nuestro hablar, nuestros movimientos y sobre todo nuestros pequeños miedos y tabúes diarios.

Tan es así que todos la queríamos pero ningu­no supo entenderla del todo, ni amarla lo suficiente. Ni estar a su altura. Pienso, humildemente, que me aproximé mucho. Pero... no lo suficiente. Aunque... ¿alguien conoce cómo se debe querer a una diosa? ¿Existen modo y manera?

Anduve trochas y carriles, sin ella, yo solito. Mas, pero, aunque, sin embargo, leímos juntos, en voz alta, a Gore Vidal, a Kerouac, a Rimbaud, a Mallarmé, a Verlaine. También el “Bonjour tristesse” de la Sagan. Malditos. Escuchábamos a Zitarrosa, a Cafru­ne, a Cabral. También a Los Chalchaleros, a Falú. Nos gustaba ir al Jazz de la calle Villamagna. Tete Mon­toliú. Iturralde. Hoy no queda jazz en el barrio, que yo sepa. Jaime Marques, el brasileiro del jazz de Diego de León, llegó a ser amigo nuestro. Entendía la música como un sacerdocio. Yo militaba en la iglesia de Claire.

Claire seguía estudiando con método y natural facilidad. Yo empecé a perder interés por el Dere­cho. El derecho público, administrativo y fiscal sobre todo, es sencillamente horroroso. Sólo el civil me gustaba y eso quizás porque está en desuso. ¿Alguien con sensibilidad puede sostener que el derecho fis­cal, o el laboral son verdaderamente “Derecho” con mayúsculas? ¿Dónde quedan los viejos principios ro­manos: “Vivir honradamente, no perjudicar al prójimo y dar a cada cual lo suyo” (Honeste vívere, álterum non laédere, suum cuique tribúere. Justiniano)?

A partir de tercer curso mi único interés por la carrera era terminar cuanto antes. Y así lo hice. Claire seguía su tran‑tran, matrícula tras otra. Estu­diaba todas las tardes, salía todas las noches. Dor­mía en dos tranchas: seis horas en la noche, dos en la siesta. Dejé de ir a clase y me matriculé por libre de 4o y 5o cursos juntamente.

Me dediqué a otros aprendizajes. Antonio Ron, mi amigo ex­comunista, volvióse inseparable compañero. Pobre, divertido y culto, padecía de “pá­jaras negras” según su autodiagnóstico. Hoy diríase que tenía tendencias depresivas. Siempre conmigo, incluyendo “los salones bien” de Madrid. Era brillante si estaba de buen humor. Si estaba “down” podía ser corrosivo y destructivo. Por contra, mi sangre latía a toda pastilla y yo estaba vivo hasta durmiendo. Dado que para mí ya era evidente que el universo tiende al caos, cuando éste se aproximaba, buscaba a Claire, porque ella era la última línea defensiva.

Si el Ron se ponía depresivo nos íbamos los tres a Brunete, y en Casa Campa nos metíamos p’al cuerpo sendas perdices estofadas y bien de vino tinto manchego con sifón. Luego pasábamos la tarde en la finca de mon père. Chimenea si invierno, piscina si verano.


Por entonces yo andaba en un Mini‑Morris 1275 cc. Qué digo andaba, ¡volaba! El Ron y yo, cuando se terciaba y teníamos efectivo, nos largá­bamos al Mar Menor, a jugar al póker en la fonda Neptuno de mi amigo Inocencio, otro “compay” del alma. Pagué la última letra del coche cuando dejé Derecho para ingresar en la Escuela de Cine. Al re­vés: dejé la carrera cuando pagué la última letra. Claire obtuvo el premio extraordinario de licenciatura o de fin de carrera o como se llamara o llamase. Sin hacer alharacas. La entrevistaron en el Arriba y en el Ya. Conservo la foto de los periódicos, a las que añadí este pie:

“inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísima luz pura,
que jamás anochece;
eterna primavera aquí florece”

¿De quién tomé los versos? ¿De Fray Luis de León, quizás?

Sigo en el mundo del cine, ahora más bien en el de la TV. Un crítico más mejor que los demás es­cribió un día sobre mi obra: “su cine es literario y su literatura cinematográfica, pero no consigue separar ambos géneros”. ¡Qué cabrón! ¡Vaya manera de afi­nar! Mi literatura... Sí, también escribo. Guiones para series de TV española. Guiones nutricios, que me permiten seguir viviendo en el barrio. Alguna colabo­ración para Prisa, donde piensan que soy un ácrata de salón. Un señorito desclasado, pero señorito a la postre. ¡Qué “quedrán”! que dicen en “Graná”.

Claire ha hecho de todo, siempre bien y sin despeinarse. Bufete profesional, enseñanza universi­taria, “banca ética” dedicada a la financiación de energías renovables, microcréditos, apoyo a grupos de riesgo. Otra clase de banca, pues, también en América. Durante dos o tres años dirigió equipos multidisciplinares para estudiar el deterioro de las grandes forestas amazónicas y borneanas.

La diosa sigue en el Olimpo. Nunca ha sido políticamente correcta. Se ha gastado lo que ha ga­nado en hacer lo que ha querido. Ha sembrado bien y paz. Ayuda sin entregarse. Los hombres dejaron de interesarla, salvo como personas. Tachada de poco práctica, me dijo un día “¡Quiá! nací herida de reali­dad y en busca de realidad sigo”. Usó palabras de Paul Celan, uno de sus poetas favoritos. Yo advertía en ella un modo exacto de estar en el mundo (Alessandro Baricco me presta la expresión, que tomo de mi memoria).

Yo estoy bien, con la ayuda de mi Tao y la clara luz de Claire en mis entretelas.

“Amor no es voluntad,
sino destino
de violenta pasión” (Villamediana, conde de. Circa 1600) .

¿Dónde iré a parar si se apaga luz tan clara? ¿Quién me sacará de los rastrojos?

La vanidad es yuyo (Yerbajo, hierba inútil) malo, que envenena toda huerta. Claire se sabe superior pero actúa como si no lo fuera. No es humilde, actitud que se refiere al reconocimiento de la propia inferioridad, sino sensi­ble y compasiva. Casi siempre... A mí la injusticia me da unas veces tristeza y otras rebeldía. A ella sólo la última.

Claire también puede ser injusta. Alguna bronca me gané sin yo creer merecerla. Era cuestión de sensibilidad. Si yo no notaba que algo mío la hería, ella no disculpaba mi torpeza. A veces pienso que era un privilegiado porque a los demás todo perdonaba. Pero... yo sufría, sin que mermara ni tantico así mi embobamiento por Claire. Las diosas también pueden ser arbitrarias. La arbitrariedad confirma su mando. Pudiera ser que una regañina inmerecida de Claire significara que antes me había perdonado varias de las justificadas. Mas yo me sentía como cachorro que no recuerda por qué su ama le atiza con el periódico en el morro.


Becaud, Brassens, de un lado. De otro Mo­dugno, la Vanoni, la Zanicchi, Milva, Mina. Más abajo Richard Anthony. Marie Laforet, Sylvie Vartan y France Gall eran más de ver que de oír. Igual que la Hardy. Para las tardes lluviosas frente a la chimenea de la casita de Brunete. A Claire le gustaban Dylan y Joan Baez, incluso el plasta de Leonard Cohen. A mí el rock and roll de Bill Haley y sus cometas. La rela­ción de Antonio Ron con Claire era curiosa. Por un lado, como todos nosotros, estaba loco por sus hue­sos. Por otro, celoso de mi cuelgue por ella. Son sen­timientos ambivalentes, normales entre amigos, aun­que no fuéramos ninguno “confusos sexuales”.

El Ron no tenía nunca un duro. Literalmente. Su trabajo en el Instituto Nacional de Previsión daba para mal comer él y su familia. Le vi fumar coli­llas de cigarrillos ya fumados, que arramblaba de los ceniceros de cualquier casa o bar. Salía a la calle, y yo con él, a buscar una moneda caída en el suelo. An­tonio Ron conocía mucho a un ginecólogo progre, el doctor Hernández, quien proveía de recetas de píl­doras cuando alguno del grupo se ennoviaba. Con ex­tranjeras, claro. Salvo Claire, que fue una de las pri­meras españolas de clase burguesa usuaria de la pri­mera generación de aquel invento químico que, a no tanto tardar, trajo la revolución sexual a Europa primero, y después a la España tardofranquista.

En las farmacias del barrio no despachaban ni preservativos. Y encima se permitían regañarte en voz alta, para avergonzar al lúbrico adolescente que pretendía cumplir con su instinto, que no es tanto el de reproducirse sino de jugar y gozar con el único deporte que no tiene reglamento. Mi generación ha sufrido no sólo la mutilación de sus derechos políti­cos y culturales sino la enorme represión del instinto más elemental y divertido. ¿Quién restituirá lo que nos hurtaron?

Es evidente que Claire no se afilió al clandes­tino PCE porque el Ron acababa de dejarlo. Detenido en las redadas del año 56, Antonio se fue alejando del partido. El estalinismo no casaba con su natural asilvestrado. En la cárcel de Carabanchel el partido obligaba a distribuir los paquetes de ropa y comida que las familias hacían llegar a los presos políticos. En la navidad del año 57 la “señá” Antonia, abuela del Ron, le mandó a su nieto un jersey de cuello vuelto hecho con sus manos asarmentadas. El Ron se negó a la redistribución. Así empezó su disidencia ideoló­gica.
Claire coqueteó con el partido, pero... ni ellos confiaban en ella ni ella lo tenía claro. El Ron la deci­dió con su ejemplo. Al final de la carrera, Claire optó por ayudar a los comunistas, eso sí, desde su irre­ductible independencia de criterio.
Yo participé en la fundación de “Cuadernos para el diálogo”. Me gasté las veinticinco mil pesetas que tenía en una libreta en la Agencia Urbana no 1 del Banco de Santander, en Claudio Coello esquina Goya. Guardo las acciones como recuerdo.
Ahora sé que la democracia cristiana es re-trógrada. Pero aquel grupo no lo era. Quería un ré­gimen de libertades para España. Y sabíamos que el catolicismo oficial de la Iglesia jerárquica estaba con la ideología reaccionaria dominante. La oposición a Franco tenía cuatro frentes: los estudiantes (a partir del 56) los intelectuales (pocos y mal aveni­dos), los obreros de comisiones obreras y unos cuan­tos curas sueltos.

Claire y yo dejamos de vernos y de saber uno del otro durante largos años. Ella se fue a América y yo a mi mundo de ficción. He escogido una vida tran­quila, de emociones medidas y necesidades controla­das. No siempre lo consigo pero... “estoy en ello”. Nunca dejé de pensar en ella un solo día. Como el “Ciudadano Kane” respecto de una chica que un día vio fugazmente pasar en un tranvía.




Ahora es tarde para todo porque no queda tiempo para nada. Ni siquiera para seguir con esta historia, que empezó en primavera y me deja un re­gusto a grosellas y hongos de otoño.

La dulce tarde ha llegado a su fin. La aurora aclara el segundo día de mi otoño. Ninguna primave­ra, ningún otoño remedian nada. Claire ha vuelto al jardín de los dioses que nunca dejó del todo, pues apenas se mezcló con nosotros, los mortales. Desde que se fue no quedan flores en la tierra. Todas están junto a Claire, que regresó al origen.
En Madrid, a 22 de septiembre de 2004, festividad de san Mauricio y compañeros mártires.

Tu étais trop jolie, trop jolie
Mon amour
Ton rire était trop frais
Et ton corps trop parfait
Tu aimais tant la vie, tant la vie…

... Tu étais trop jolie pour moi mon amour

Tu étais trop jolie, trop jolie
Mon amour
Tu étais une enfant
Vivant intensément
Moi je n’ai pas compris, pas compris…

… Tu étais trop jolie pour vivre mon amour. Aznavour 1959.

2 comentarios:

  1. Mientras has escrito este magnifico relato de tus recuerdos vividos,
    has rejuvenecido en el otoño de tu vida, mi querido y admirado amigo poeta.
    El amor deja huella viva en la vida, de cada uno de nosotros.

    Un abrazo, salud y larga vida.

    MA.
    El blog de MA.

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  2. El amor es, como la poesía, una sustancia que alimenta como esencia. MA, siempre eres una persona maravillosamente amable y positiva. Te lo agradezco en el alma. Brindo por tí y por toda tu familia. Abrazos y mi eterno agradecimiento. Manuel Mª.

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Pienso que l@s comentarist@s preferirán que corresponda a su gentileza dejando yo, a mi vez, huella escrita en sus blogs, antes bien que contestar en mi propio cuaderno. ¡A mandar!