sábado, 25 de enero de 2014

Tres tardes con Fidel Castro


Las horas contadas

Primer encuentro


Fidel Castro Ruz envió coche y escolta a buscarme para comparecer ante él. Eran las cuatro de la tarde de un jueves de agosto del año de gracia 2007.

Se trataba de charlar con el Comandante en Jefe, oportunidad que me proporcionó el destino la noche en que conocí a Sergio del Valle, un histórico de la revolución cubana. Fue médico de la guerrilla en Sierra Maestra, en el oriente de Cuba y recibió el título de Héroe de la República. Ha muerto ha poco, semanas después de hacerme tremendo regalo.
El libro de la vida quiso que el invierno anterior, en un club de Caracas reservado para oficiales chavistas, conociera yo, tragos de ron por medio, a un compañero de Fidel. Sergio, ya mañaneando en la cima del Monte Ávila, va y me suelta:

− Mire compadre, usted como que me cayó bien. Me dicen mis camaradas bolivarianos que usted escribe no tan mal. ¿Es correcto eso de que usted es hombre de buenas letras? ¿Quiere conocer a nuestro Comandante en Jefe?

Sus palabras eran pura electricidad. Acepté sin pararme a pensar si se trataba de una morisqueta destilada entre los efluvios del licor o si la vaina iba en serio.

De vuelta en Madrid me llaman de la embajada de Cuba al número privado de mi telefonillo celular, a fin de invitarme a cenar a la residencia del embajador. Dado que a nadie había facilitado mi número del móvil, concluí que para eso están los poderes oscuros de los servicios secretos.

El embajador-funcionario, amable y reservón, me anunció que el doctor Castro me recibiría en La Habana los días jueves y viernes 23 y 24 de agosto.

Escribí de mi puño unas letras de agradecimiento para Sergio y traté de olvidar el asunto. Obedeció la corteza frontal de mi cerebro, sede del razonamiento crítico. Pero no así el llamado eje del terror arrellanado en el sistema límbico, en donde arden de fervor la amígdala y su corteza singular anterior. En los meses previos al encuentro habanero mis sueños y pesadillas nocturnas se poblaron de barbudos en Sierra Maestra, del Ché y su imaginería e incluso del glamour gansteril de Lucky Luciano y de Meyer Lansky en La Habana de cuando Fulgencio Batista. Una noche vi a Fidel embalsamado en vida. Me dio por sonambulear con Neruda, Asturias, Rulfo, Carpentier, Paz, Jorge Amado y ¡como no! con Gabo.




Con García Márquez no sólo hablé en estado narcótico sino también por teléfono. Actuó de alcahuete un viejo amigo casado con una bella dama colombiana, con raíces y casa palacio en Cartagena de Indias.

Gabo me trató con deferencia y me obsequió con su caliente verbosidad caribeña. Aconsejóme el maestro sobre la manera de bienllevarme con Fidel tanto en las formas, como en los fondos.

Pregunté al creador de Macondo:

− Maestro, ¿no se nos morirá el Comandante antes de nuestra charladera agosteña?

− ¡No joda doctor, no lo quieran los dioses!, contestó Gabo.

Ignoro si el de Aracataca se refería a un posible carajal a la muerte de Fidel, o si era, simplemente, el deseo de un buen amigo del fundador del castrismo.

Mi parte zen me aconsejaba no prevenir en modo alguno mi visita a Fidel. Vivir el presente y, una vez en La Habana, dejarme guiar por lo que entonces fuera presente.

Los meses siguientes anduve atento al instante que transcurría cada instante, a las yemas que se abrieron en primavera y a la brisa que doblaba los árboles e inclinaba la mies. Intenté habitar en mi vida sin atribuir mi soledad a una conspiración del universo mundo contra mí.

De cuando en cuando recibía algún recado de la embajada cubana para confirmar extremos del viaje, que pagué con cargo a puntos Iberia plus. Reservé habitación en el Hotel Nacional de La Habana, el de más sabor que he conocido. Su suelo es igualico al de la casería de Los Cipreses de Granada. El misterio se desveló cuando la historiadora que me enseñó las tripas del edificio confirmó que toda su azulejería se fabricó en Granada allá por los años veinte.

Pasé unos días a cuerpo de virrey en el cuarto 804 del Nacional. Digo yo que en mi aposentamiento en su planta más noble y codiciada algo tendría que ver el “apparátchik” del partido comunista de Cuba. Sin descartar el efecto que pudo producir el billete de veinte euros que deslicé en la mano de Lisette, agraciada señorita recepcionista.

Embajada y consulado cubanos en Madrid me advertían con insistencia que allá no se admiten tarjetas de crédito emitidas por bancos USA, que el dólar norteamericano está castigado con un impuesto elevado y que no llevase celular con GPS incorporado ni ningún otro equipo de comunicación satelital, en palabras de la Aduana General de la República. No atendí esta última recomendación pues me acababa de comprar un chisme nuevo con cámara incorporada de cinco megas que, sin comerlo ni beberlo, resultó llevaba en sus entrañas un GPS.

Durante el vuelo a La Habana fui maquinando en mi caletre si declaraba la existencia de semejante artefacto, como exige la norma local, o, me hacía el longui y que fuera lo que Dios quisiera. Nada pasó, salvo la guasa del mismísimo Comandante en Jefe cuando le conté que sus servicios de aduanas y de inteligencia no habían olido que este menda llevaba encima un trasto con GPS. Fidel dijo:

− Ustedes los gallegos sí que son…

Cosas de la dictadura y del embargo, o bloqueo, o como se llame lo que el Imperio Usa, así motejado por Fidel, aplica a la isla desde los tiempos de Maricastaña. A los que mandan en Cuba los dedos se les antojan huéspedes y ven agentes secretos y mercenarios contratados por la “gusanera” de Miami hasta en la sopa. Tampoco es manco lo de Guantánamo y la fallida invasión de Bahía de Cochinos allá por el año 1961. ¡Y la crisis de los misiles de octubre de 1962! Por cierto que mi valedor Sergio del Valle estuvo en el puesto de mando, codo con codo con Fidel, en aquellos días en que el mundo estuvo en un tris de irse al carajo.

La gran limousine negra me depositó en una hermosa quinta rodeada de un par de hectáreas con caobos y ceibones de alto copete. Soy incapaz de situar la mansión de Fidel y de estimar la distancia recorrida en nuestro trayecto. Ni siquiera aseguro que no me llevaran al estilo taxista, o sea, dando vueltas para alargar el camino y despistar al pasajero. Tampoco ayudaban los cristales tintados del cochazo y las cortinillas que me protegían de cualquier curioso y me impedían ver tres en un burro.


A la puerta me esperaba un ayudante militar color café con leche. La piel del oficial, no el uniforme, que era verde oliva. Tendí mi mano, que estrechó no sin antes cuadrarse reglamentariamente. Cruzamos porche y vestíbulo coloniales y accedimos, por una puerta disimulada en un trampantojo, a un corredor, que daba a otro corredor y luego a otro más, todos ellos forrados de caoba de la buena, no de la africana. En menos tiempo del que se tarda en llegar a las puertas letra K de la nueva terminal del aeropuerto de Barajas, estábamos en el antedespacho de otro antedespacho que, este sí, lindaba con el despacho del jefe.

Otro oficial, de mayor rango pero igual de bien plantado, me indicó amablemente que aguardara unos minutos a que el Comandante terminase de despachar no se qué vaina. Una mucama me sirvió con obsequiosidad un cafecito y un agua mineral sin gas. Concretamente Aqua Panna.
Muebles de época y Fortunys, Sorollas, Plas, Rusiñoles, Casas y esas cosas mediterráneas y luminosas colgaban de las paredes.

Siete minutos más tarde apareció un señor vestido de paisano que con suavidad vaticana me refrescó los términos convenidos para las entrevistas. Agradecí el recordatorio y también la confianza que demostraron al no cachearme. No pasé bajo ningún arco detector de metales. El paisano me explicó que el Comandante en Jefe había optado por recibirme en sus habitaciones privadas. A tal fin nos encaminamos a la otra punta de la mansión.

− Como ya usted sabe el Comandante continúa, satisfactoriamente eso sí, el proceso de recuperación de su incidente de salud y prefiere atenderle en su salita de estar.

De pronto, al pasar la decimonona puerta, atmósfera, mobiliario y decoración cambiaron de aire. Estaba entrando en una especie de casa burguesa de los años treinta, arreglada con muebles modernistas de firma. Me enamoré de una cómoda de madera de alcanforero que era una belleza.

Sentado que estuve en un sillón art-decó apareció un ama de llaves que resultó llamarse Carmiña y ser de Ourense. Carmiña no había perdido ni un matiz de su cerrado acento y me dijo con gracia que el Dr. Castro estaba terminando de acicalarse. Ofreciome otro cafecito, que rehusé por la cuestión de la tensión arterial, que a esas alturas tenía ya disparatada por el subidón de adrenalina.

En cinco minutos se me apareció Fidel en color azul purísima, embutido en chándal y deportivas marca Adidas.

− Bienvenido a casa joven. Tiene usted buenos amigos.

Saludé con llaneza y parquedad al anciano, extremadamente delgado, pálido y débil, pero ciertamente con sus pupilas como carboncillos encendidos. El ochentón estaba avellanado, pero no andaba con la barba por el suelo.

− Pregunte lo que guste. Cuento con su discreción. Gabo dice que escribe usted en buen castellano de allá y que no es periodista, cosa que se agradece.


Reconocí al Comandante su deferencia y dejé claro que no pensaba tomar notas de nuestra charla y que si, más adelante, decidía escribir un relato, le haría llegar el texto antes de darlo a leer a persona alguna. Me interesé por su convalecencia.

− Pues mire usted gallego, voy mejorcito. He ganado peso y fuerza, pero mentiría si no le dijera que esta vaina dura más de lo que yo esperaba y conviene al pueblo cubano.

Me hubiera gustado preguntarle por la autoría de la decisión de operar sus hemorragias intestinales mediante una laparoscopia, en lugar de abrirle la barriga de cabo a rabo. Me abstuve de indagar a quien se le ocurrió llamar, para la segunda intervención, a cirujanos españoles. Elegí desflorar la charla demandando al Jefe sobre sus pensamientos al encontrarse, lúcido, ante la muerte. Fidel puso esos morritos que utiliza cuando quiere decir una pillería y soltó:

− ¡Carajo con el amigo de Gabo! No creerá usted, caballero, que un viejo marxista se va a asustar por estirar la pata una vez cumplido con su deber de buen revolucionario. Además, recuerde usted doctor que estudié con los jesuitas…

Tenía la opción de intentar sacarle punta a esta anfibológica frase, pero a ello renuncié para evitar que se le fuera la sinhueso y me soltara un rollo ortodoxo sobre el paraíso del proletariado y demás zarandajas. Preferí preguntarle por sus relaciones con la Iglesia.

− Verá usted amigo Torres, yo respeto cualquier creencia pero, como responsable político, me preocupa lo que está pasando en Estados Unidos. El imperio, que está derrotado moralmente, retrocede hacia la religión, de manos de los neoconservadores. Ya usted sabe que ahora mismito hay más telepredicadores en las cadenas americanas que nunca jamás. Los republicanos están jodiendo al planeta y ni siquiera saben cómo salir de Irak o de Afganistán lo antes posible y sin perder la cara. Las elecciones parlamentarias ya las han perdido y también perderán las presidenciales. Pero el mal está hecho. La influencia de los “neocon” está dando alas por doquier a las fuerzas de la derecha para sostener que el estado estorba. Su alianza con los poderes religiosos intenta debilitar el racionalismo ilustrado. ¡Qué razón tenía san Carlos Marx cuando tildó a la religión de opio de los pueblos! Es el retorno de los brujos. Recomiendo a usted que lea el libro del mexicano Fernando Vallejo que se llama “La puta de Babilonia” o algo asina.

Dejé respirar al Comandante pues se estaba encendiendo por momentos, no fuera a darle un patatús antes de terminar yo con un trabajo que nadie me había impuesto y que no sabía muy bien en qué consistía.

Cambio el tercio y pregunto por Europa. 


− Europa anda también medio jodida y no me refiero a Blair o al bajito del bigote, que ya están fuera del poder por sacar los pies de sus alforjas metiéndose donde nadie los llamaba, sino al meollo de la cuestión europea, que no es otro que el regreso del nacionalismo y sus utopías de identidad nacional. Mis servicios me han dicho que usted vivió en los años setenta en Venezuela, pero supongo que su cultura sigue siendo europea. ¿Usted cree que Europa va a parte alguna con las reivindicaciones nacionalistas del País Vasco, de Cataluña, de un puñado de belgas y con todo ese desafuero de los países del Este? ¿Qué jugueteo es la broma esa de los serbios y los albanokosovares? A los españoles se les llena la boca cuando hablan de la Santa Transición a la democracia. Pues yo le digo, joven, que los inventores del “café para todos” han jurungado bien a España, quizás por los siglos venideros. Para resolver dos problemas no hay que crear diecisiete. ¿Y qué piensa usted, doctor, de la Rusia actual de mi ex camarada Putin? Pasó de dirigir la KGB a mandar en una suerte de Estado fascista al servicio de las mafias. Dice Hobsbawm que Putin ha logrado que los gánsters obedezcan al estado ruso, pero creo yo que están a la recíproca. El viejo historiador hace ver que los fundamentalismos afectan a todas las religiones, incluyendo el giro del catolicismo con los últimos Papas, o el de las comunidades protestantes de Estados Unidos. La consigna es ahora evangelizar a políticos y poderosos.



El Comandante pulsó un timbre y entró Carmiña con un yogurt natural desnatado y unas galletas maríafontaneda para Fidel. A mí me acercó una bandeja cubierta con un albo mantelillo de hilo, bordado al estilo de Camariñas, en donde reposaba una tacita de un buenísimo café y la consabida botella de agua mineral sin gas. El vaso para el agua era, bajo apuesta, de esos de cristal soplado de Mallorca.

− Usted ya ve caballero, resulta que tengo que ganar diez kilos de peso, cuando toda la vida mis médicos me recomendaban adelgazar. Para ello me quité de la vaina del cigarro habano y del roncito añejo. A propósito de cosas agradables, recuérdeme mañana que diga a mi gente que envíen a su Rey unas cajas de Cohibas y algo de ron. Me resulta mucho más fácil entenderme con el Rey que con los presidentes de gobierno que han tenido allá desde que murió Franco. Dejo aparte a Felipe, que es un tronco legal aunque metiera a España en la OTAN y en toda esa vaina del Mercado Común.

Este menda no quería mirar su reloj. Fidel no lo cargaba en su muñeca. La medida de nuestro tiempo era dada por uno de pared, cuyo carrillón anunciaba los cuartos, las medias y las horas completas. Cuando sonaron las seis de la tarde, crucé los dedos confiando en que al Comandante se le hubiera ido el santo al cielo marxista.

− Mire doctor, aunque ya pasó la hora convenida, vamos a seguir la charladera un ratico más. Europa se equivoca alineándose con el imperialismo norteamericano. En USA empieza a oler como cuando la caída del imperio romano. A podrido.

Y ahí me tienen ustedes diciéndole al derrocador de Batista que, siendo evidente que a lo largo de la Historia unos imperios suceden a otros, la caída de los gigantes lleva su tiempecito. Unos cuatro siglos en el caso de Roma.

− Olvida usted joven, que la Historia se acelera, que la globalización económica si bien es ahora capitalista, puede servir de caballo de Troya para, mutatis mutandis, expandir una economía socialista, planificada y centralizada. Recuerde, estimado doctor, que USA es el país con mayor deuda exterior desde que el mundo es mundo. Y ¿sabe usted jovencito quiénes tienen la mayoría de los bonos del tesoro USA? Pues Japón y China y el acreedor tiene guindado por las bolas al deudor. ¡Así va el dólar!

¡Ahí quería yo ver al que bajó de Sierra Maestra luciendo los soles de primavera! Le hice notar, con la corrección que me caracteriza desde que fui domesticado socialmente, que el gobierno chino está empeñado, desde hace muchos años, en una operación de abrir la economía a una especie de capitalismo de mercado, si bien manteniendo un severo control del sistema político comunista. Terminé por insinuar la posibilidad de ensayar en Cuba algo parecido, evitando así el merequeté de la antigua URSS.

Para aliviar el peso de asuntos tan enjundiosos le conté al abuelo Fidel que, en la Navidad española, la demanda china de nuestras casi extinguidas angulas hace estragos en los precios. Los chinos están dispuestos a comprarlas pagando un Perú, para echarlas en sus arrozales, donde se comen un parásito. Así salvan sus cosechas, y luego, esas angulas van y crecen y se convierten en anguilas. Entonces los chinos se las venden a los japoneses y hacen un negocio redondo. Mi cuento chino-japonés, real como la vida misma, relajó a Castro, pero poco.

− Aparte de que espero ver cómo termina el experimento chino, nuestro caso es bien diferente porque tenemos encima la sombra de la bota imperialista yanki y la gusanera de Miami ya se está repartiendo el pastel de mi isla. ¿Desea usted que vuelvan al Hotel Nacional los clanes mafiosos norteamericanos para que reconstruyan los prostíbulos y casinos de juego de la época de Batista?

Expresé al Comandante mi deseo de que los cubanos prosperen y encuentren a buenas su vía de libertad y convivencia. Me abstuve de comentar que en La Habana de hoy no habrá prostíbulos como los de antes, pero sí turismo sexual. Que está penado por una ley de dudoso cumplimiento. Porque lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible. Pero sí le hablé de la sangría de la emigración clandestina cubana, que actualmente se hace en barquitos que tocan tierra en Isla Mujeres, México, y luego, un pié tras otro, hasta USA.

En la cabeza tenía lo que Leonardo Padura me había dicho antier, tras la niebla de un espléndido Partagás en Le Parisien, el cabaret del hotel. Lo que más le preocupaba es que los hijos de su generación se están yendo de Cuba; que se van los mejores, los más inteligentes y los más preparados. “Dicen que son los hijos del cansancio histórico”, me repetía Padura con tristeza.

− No puedo impedir que una cuerda de vagos y maleantes se vaya a conspirar a Miami. España exportó, en los años cincuenta y sesenta, seis millones de nacionales. A Suiza, a Alemania, a Francia, a nuestra América. Y qué le voy a contar del exilio que provocó su guerra civil, que nutrió de intelectuales a las mejores universidades de América del Norte, Centro y Sur. No olvide usted que en Cuba no existe ni un solo caso de explotación laboral infantil, y que toda nuestra población está escolarizada con un nivel de educación que ya quisieran los gringos para sí. Le recuerdo que en todo el mundo hay decenas de millones de niños que son inhumanamente explotados, a veces como trabajadores de multinacionales occidentales.

¡Coño, el Comandante me lo había puesto a huevo! Pero eran las seis y media y quizás me jugaba la cháchara de mañana tarde, si le hacía ver que en España hubo un golpe de estado contra el gobierno constitucional y luego una larga dictadura, de derechas eso sí. Hubiera tenido que explicarle que no pienso elegir entre Stalin y Hitler. Que la falta de libertades engendra pobreza y emigración. Que de pequeño me negaba a contestar a la capciosa pregunta de si quería más a papá o a mamá. Digo yo si el Comandante se habrá cerciorado de que Adidas no contrate niños tailandeses o malayos.

Cambio de tercio y pregunto por su hermano Raúl.

− Raúl se está portando como un buen revolucionario. Gobierna como tiene que gobernar, y yo estoy informado de cuanto debo conocer y mando cuanto debo mandar. Y le digo más: el año que viene me vuelvo a presentar a las elecciones de mi Cuba. De mil amores. ¡Yo sí como candela! 

Obligado era quedar bien con mi amable y obcecado anfitrión de ochenta y muchos años y me salió del alma ofrecerle suspender nuestra charla hasta mañana. El viejo me miró como si yo fuera muy de casa.

− Abogado, que conste en acta que es usted quien levanta la reunión. Mañana le contaré una cosa bien sabrosa que no he revelado a nadie, ni siquiera a Raúl. Y menos a Oliver Stone o a Michael Moore. Pura Historia, y de la grande. Escuche amigo, quiero decir una última palabra sobre la emigración de los pobres para vender su mano de obra allá donde habitan los plutócratas. Por las claras diré que el colmo de los colmos es que ahora resulta que esa masa laboral que se desplaza se ha convertido en la piedra angular del crecimiento de la economía capitalista. Tome nota joven: la Western Union, la gran intermediaria gringa que monopoliza el negocio de las transferencias de las remesas de dinero de los emigrantes hacia sus familias y países de origen, tiene en todo el mundo cinco veces más sucursales que MacDonald’s, Starbucks, Burger King y Wal-Mart juntas. Los emigrantes, explotados vilmente hasta las cachas, envían a sus casas, todo ajuntado, más del triple del dinero total que los países ricos dedican a la mal llamada ayuda exterior.

El Comandante me tocó en el antebrazo con la clásica e higiénica palmadita caribeña y me aconsejó que subiera de atardecida al castillo de San Carlos a contemplar la ceremonia que rememora el cambio de guardia de cuando reinaba Carolo.


Salí del casoplón por otros vericuetos y corredores y patios distintos de los que recorrí a la entrada, fuera por cuestiones de seguridad o de comodidad de los ayudantes civiles y militares que me acompañaban. Chófer y escolta me depositaron en el hotel. Me aticé una exquisita cena a base de pargo asado, salmonetes a la parrilla y un vino catalán que no era del Priorato, pero que se dejaba beber. Cenado me hube, me aposenté en un zaguán igualico al de mi llorada casería a escuchar la música en vivo del grupo Reflexión, cuyo bajista es un entusiasta de Móstoles. El ron de cada noche era un Portosanto de Baracoa elaborado en el 490 aniversario de la Ciudad Primada de Cuba.

Un día digo a una de las mulaticas que arreglaban las habitaciones, llamada Odalis, si puede ocuparse de la mía con cierta premura.

− ¡Cómo no mi vida! me contesta.

Como se pongan así estas chiquitas, ya de por sí un poco sateras, igual voy y me quedo en Cuba, me dije para mis adentros. ¡Ay yayayayay con Yleana, Yamil, Broselianda y Zulay!

Otra mañanita oí que las chicas cuchicheaban.

− Mira Roxana, ¿quién arregla hoy el cuarto de ese doctor tan limpico de la 804?

La encargada de la tienda de artesanía, mi prima Niurka Rojas, gastaba un habla melosa y precisa. Cuando compré una guayabera en su comercio, que en realidad no era suyo, sino del Estado cubano, habló de que no me veía como persona alcucera. Recordé que en Andalucía una alcuza es una aceitera. Aún hoy, por aquellas tierras y también por los campos extremeños se dice de alguien que es alcucero, no porque venda aceite en alcuzas, que de eso se encargan los carrefoures de turno, sino por ser persona cotilla o chismosa.

La doctora que lleva los servicios médicos del hotel me toma la tensión con mimo, después de regalarme veinte minuticos de charla. ¡Con razón me salía bien el examen cuasi diario! Me recomienda que no se me ocurra tomar agua mineral con gas. ¡No entiendo porqué ningún médico compatriota me ha advertido nunca de semejante cosa! Para irritaciones cutáneas me aconseja la doctora preparar una infusión con hojas de guayaba y con su torunda correspondiente secar la piel.

Me acuesto temprano. No estoy dispuesto a ver ningún canal de televisión en chino sea mandarín, tonquinés o de Nanking. Igual me da, que me da lo mismo.

domingo, 12 de enero de 2014

Granada: Casería de Los Cipreses. Recuerdos en azul y blanco (segunda parte)


Segunda parte








Dos pájaros negros sobre un árbol calcinado del cortijo.


La línea recta del horizonte señala el paso de la autovía junto a los bancales del cortijo.




Ventana azul y blanca junto a imagen de la virgen en la casa de los guardeses.
La devoción mariana era muy celebrada en Los Cipreses.






La vieja casería fue adaptada para vivienda de los capataces del señorío.

14 de Enero de 2013

Oratorio (como afirman algunas fuentes) no hubo nunca. Lagar, tampoco, que no había viñas.

Corrales, establos, graneros, secadero de tabaco, garaje, lavaderos, vivienda para los guardeses, abrevaderos... fosas sépticas, depósitos para agua doméstica, estanque para cocer el lino, otro más para el estiércol... Sí.




Corrales antiguos y secadero de tabaco frente a la entrada del torreón de la casa de labor.



15 de Enero de 2013

El lino se segaba a mano, con hoces. Las gavillas se sumergían en el agua del estanque, previamente llenado con agua de la acequia. Aplastábamos el lino para que no flotara en el agua, con piedras planas y pesadas. El problema venía al cabo de unos días, cuando la fibra empezaba a pudrirse y olía a huevos podridos.




Estanque en el ángulo del torreón del señorío, próximo a la entrada principal.




Estanque visto desde el torreón. En su interior, resto de una puerta de la vivienda.
A derecha e izquierda del estanque, elementos circulares de hormigón.
En la parte superior de la foto, trazo de una de las acequias de la finca.






Mis abuelos maternos en Los Cipreses

Ni biblioteca, ni oratorio (como se indica en algunas fuentes), ni columnas dóricas ni Cristo que lo fundó. Un sólo, enorme eso sí, cuarto de baño en la planta de arriba y, más tarde, el que mi padre mandó construir en la de abajo.




Cuarto de baño (de Popea) en la segunda planta con balcón orientado a la Vega de Maracena. Sobre la línea de azulejos, huella de la cisterna de uno de los sanitarios.




El cuarto de baño tenía dos puertas de acceso: una general y otra comunicada a un dormitorio. La instalación eléctrica primitiva corría por encima de las paredes.



Detalle de uno de los primeros interruptores de la luz (cerámica sobre madera). Azulejos blancos biselados colocados a soga. Cenefa superpuesta con remate pecho de paloma.




Cenefa del zócalo alto del cuarto de baño.




Grifo del cuarto de baño del segundo piso encontrado entre los escombros.

Con el tiempo, mi padre fue comprando muebles de época en anticuarios de Granada que terminaron arrumbados en el convento de una orden religiosa femenina. Allá mismo terminó su vida mi querida Guillermina.

No conocí la Casería de la Concepción. Me dicen que está cerca de Los Cipreses; me extraña no haber dado nunca con ella en mis paseos constantes, a pie, en bici y en tranvía, pero...





Dos aspectos de la Casería de la Concepción (Pulianas, Granada) construida en el año 1858.

Su paralelismo arquitectónico con la viaja casería de Los Cipreses (casa de los guardeses) es evidente.

Es posible que la casona de "los señores" se construyera pegada a edificaciones preexistentes: casa de los guardeses, graneros, secadero, lavaderos, corrales, gallineros y establos; efectivamente, parecían más viejos y de peor fabricación.





Antigua casería junto al nuevo cortijo.





Reconstrucción de lo que pudo ser la fachada principal de la antigua casería.


Entrada al patio de los naranjos desde la antigua casería.

El estilo nada tiene que ver con el del nuevo cortijo y sí con otras fincas eclesiásticas del siglo XVIII.

Uno de los primeros propietarios documentados del predio fue el Hospital de San Juan de Dios.



2 de Febrero de 2013

Mi padre mandó construir un tercer cuarto de baño para uso exclusivo de mis hermanas. Lo situó en sus habitaciones, debajo del torreón noble, zona que llamé "gineceo". Los azulejos eran negros.




Dormitorios ocupados por las hermanas de Manuel María Torres Rojas (Gineceo). Puerta de armario empotrado de láminas acristaladas con escenas de la vida de la Virgen.




Ventana orientada hacia la Vega de Maracena y puerta del cuarto de baño. Jaula de gallinas y excrementos de animales en el suelo. Sirvió de corral durante el tiempo que estuvo custodiado por el Ayuntamiento de Granada. 



Cuarto de baño anexo a los dormitorios femeninos con azulejos negros.



Vaso adosado para los cepillos de dientes. Interruptores y enchufes de mediados del siglo XX.

Los Cipreses no tuvieron nunca ningún sistema de calefacción, ni estufas, radiadores o simples braseros de cisco. Insisto: era inhabitable e inhabitado en invierno, que Frasquito llamaba "livierno".




Comedor en la primera planta. La chimenea es la única en toda la vivienda. Techo con falsas vigas de madera con revestimiento de escayola.

El caserón carecía de alcantarillado. Para cada baño hubo de fabricarse una fosa séptica, tarea que seguí con pasión.

Las caserías que me resultaban familiares se llamaban: Los Arcos, Los Doscientos, Los Estados Unidos, la de Melchorito y La Sartenilla. La Casería de la Concepción no se divisa desde Los Cipreses. El camino de Pulianas y Pulianillas yo no lo frecuentaba.

Mi padre prefería veranear en la Dehesa de Campoamor.

http://cuentosencarneviva.blogspot.com.es/2008/02/campoamor-aos-50.html




3 de Febrero de 2013

Delante de la fachada principal había una plazoleta con dos enormes nogales y tres tinajas grandes, enterradas en el suelo para decantar agua de las acequias; se tapaban con unas losas redondas con argollas para tirar de ellas. Pasados los nogales se entraba en el jardín, con preciosos setos de boj para separar los parterres. Para entrar o salir del jardín se pasaba bajo dos arcos formados por cipreses "domesticados".




Aterrazamiento para jardines frente a la que fuera entrada principal. En una hilera frontal de cipreses se abría un camino hasta la plazoleta de las tinajas.

Puede verse los huecos dejados por los cipreses después del último incendio (Octubre, 2013)



5 de Febrero de 2013

Las hazas lindantes con la carretera de Jaén fueron expropiadas para ampliar esa vía. El justiprecio fue ínfimo, máxime si se tiene en cuenta que eran las mejores tierras de labor, y que la casa quedó devaluada al resultar mucho más pegada al tráfico y sus molestias. Ignoro si hubo más expropiaciones en otras áreas de Los Cipreses, en la parte de la finca cercana al Cerrillo de Maracena. La Casería fue antaño una maravillosa y recoleta finca de placer y labranza. ¿Qué queda de ello?

La casa tenía dos enormes salones, uno en cada planta. Por la puerta principal se accedía al zaguán, revestido de azulejos. Percheros, paragüeros, bancos renacimiento y dos arcos a cada lado del acceso al salón. Enfrente, la puerta de cristales plomados que daba al patio de los naranjos. En él, una gran morera con herrajes para que la copa diera mucha sombra. Paredes cubiertas de hiedras con troncos como puños. Al fondo dos enormes tilos.

A la izquierda del zaguán, el cuarto de estar. Mesa grande faldera para desayunar. Butacas y divanes. Aparato de radio.




Salón de la planta baja. Zaguán (derecha) y puerta al patio de los naranjos (izquierda).
Al fondo, escalera presidida por vidriera de cristal veneciano en azul y blanco.




Falsa viga de madera sostenida por zapata revestida de escayola policromada.




Salón de la planta baja desde el arranque de la escalera.
Detalle de los balaustres de madera torneada. Al fondo, el comedor.



Dos perspectivas de la escalera y su barandilla de madera. Contrahuella con azulejos blanquiazules ajedrezados y huella de mármol blanco.




Salón del segundo piso visto desde la escalera. A la derecha balcón con vistas al patio de los naranjos.

Frente al balcón, puerta del dormitorio principal.




Salón del segundo piso. Vidriera y balaustrada sobre la escalera.
Puerta del dormitorio arrancada sobre restos de solería destruida.



La siguiente puerta, de dos hojas, era la entrada al comedor, que era muy grande con balcón y ventanas a dos fachadas. Vigas de madera vista, mesa maciza para dieciséis o dieciocho comensales y óleos de época: “Essaú y el plato de lentejas”, una “Última Cena” escuela sevillana, y una chimenea revestida de azulejos que no me gustaba nada y que no se encendió nunca.




Comedor de la planta baja con falsas vigas de madera vista en el techo. Chimenea, remodelada, con poco gusto, en los últimos tiempos del cortijo.




Solería del comedor. Torres, leones, castillos... y las siglas de los Reyes Católicos (F - Y)

El piso del comedor y los azulejos de los zócalos altos de la casa eran de Fajalauza, exactamente iguales a los de mi hotel favorito: El Nacional de La Habana. La historiadora que me guió en Cuba me confirmó que la azulejería de hotel se encargó a Fajalauza por aquellos años. Era el hotel favorito de los gánsters de Estados Unidos.




6 de Febrero de 2013

La escalera que une ambas plantas tenía los peldaños de mármol blanco y unos buenos pasamanos de madera noble. Las contrahuellas eran muy bellas, fabricadas con azulejitos blanquiazules. Por ahí debe haber una foto mía, hecho un primor.




Escalera.

Detalle de los azulejos de la contrahuella. Baranda de madera.

Un gran vitral plomado con cristales venecianos que permitían adivinar la hilera de avellanos que bordeada la acequia que separaba las hazas de sembradura, hazas que se llevó el viento expropiatorio.




Vitral plomado con cristales venecianos.

En el salón de arriba mis padres se prepararon sus aposentos, muy "modern art", divididos por una gran puerta corredera con cristales ¡venecianos! En todos los dormitorios contábamos con aguamaniles, jofainas y útiles para refrescarnos.




Puerta corredera dividiendo en dos estancias el dormitorio principal.

A "mon père" le dio por empotrar armarios en nuestros dormitorios, que no en el suyo, bien provisto de muebles de maderas de raíz de olivo y lunas de tres cuerpos.




Armario empotrado en uno de los dormitorios del segundo piso.

Donde hablo de aguamaniles y jofainas se puede añadir. En el mío firmé el famoso pacto de caballeros con el ratón que se comía mi jabón, según relato en este cuentecillo.


De la planta de arriba, lo más destacable era el gran cuarto de baño inglés, con su balcón orientado hacia Maracena, su grifería y apliques importados de las Inglaterras, y su tamaño, suficiente para albergar a Popea. También era agradable el gineceo de las hermanas, con balcones y ventanales a dos fachadas, y una salita de estar muy coquetona. En un extremo del salón se instaló una mesa de pin-pon, con tresillo para ver los partidos. Pegadito al baño, con su balcón dando a la morera, un ropero tamaño natural.

En el salón de abajo habían tres ambientes distintos, sin separaciones físicas. aunque sí morales. "Fumoir" para hombres, zona de costura, bolillos incluidos, para mujeres y área mixta para juegos de salón y de cartas. Palé, canasta, "robi" (no sé cómo se escribe) "whist" (o algo así)...(¿quién lo va a comprobar?)

En la casona había algunas piezas apreciables de pintura granadina. Morcillo, Suárez, López-Mezquita, Cuesta y otros. También había lienzos de Ramón Carazo y de Madrazo. Sin faltar uno de Miguelito (sic, padre dixit), de Rodríguez Acosta.

7 de Septiembre de 2013

Estimada Milagros:

Una amiga granadina me manda un reportaje fotográfico sobre le muerte anunciada de Los Cipreses. Correspondo a tu amabilidad de hace unos meses, reenviándote los testimonios del hundimiento final.

Recibe un saludo muy cordial de tu amigo.




Granadas carbonizadas en el incendio de octubre de 2013.

22 de Septiembre de 2013

De Los Cipreses no entiendo nada. Si se piensa restaurar ¿por qué han permitido el pillaje en los últimos meses?

El uso que se de a la casa rehabilitada resultará un fiasco. Una vez inaugurada, se acabará la dotación para personal y gastos corrientes y... otra vez al abandono, pillaje y saqueo.

23 de Septiembre de 2013

La Casería, con las expropiaciones, murió como finca de labor. Lo que queda está rodeado de carreteras y de construcciones de dudosa calidad.

Es posible que el edificio rehabilitado termine convertido en lugar para "bodas, bautizos y banquetes". Será lo que esté escrito en las estrellas.

En fin, entre las ramas secas de lo que fue un jardín de otoño...



Granada y azulejo de Los Cipreses.