sábado, 4 de enero de 2014

Granada: Casería de Los Cipreses. Recuerdos en azul y blanco.

CASERÍA DE LOS CIPRESES
RECORRIDO POR EL CORTIJO

Visita al Cortijo de los Cipreses
siguiendo los relatos de
Manuel María Torres Rojas, nieto de Don Enrique Rojas.

Compilación: Milagros Soler Cervantes

Fuente: culturandalucia.com

NOTAS EXTRAÍDAS DE LA CORRESPONDENCIA MANTENIDA CON MANUEL MARÍA TORRES ROJAS Y DE SUS RELATOS SOBRE EL CORTIJO DE LOS CIPRESES EN LA VEGA ALTA DE GRANADA.
"El tiempo no se detiene, más que para que el niño juegue en Los Cipreses". Manuel María.

In memoriam de Josefina Rojas Ballesteros


Señorío de Los Cipreses.
Vidriera, en azul y blanco, de cristal veneciano.

""Como consecuencia de la publicación de mi artículo "Cortijo de los Cipreses. Una negligencia municipal nada ingenua" (Noviembre, 2012) denunciando el estado de deterioro de dicho predio, tuve la fortuna de que D. Manuel María Torres Rojas se pusiera en contacto conmigo. A lo largo de varios meses, durante los años 2012 y 2013, mantuve con él gratísima correspondencia. Me permitió generosamente compartir sus recuerdos, contribuyendo con paciencia infinita a conformarme una idea de cómo fue el interior de la vivienda en los días de su máximo esplendor.

Recuperando recuerdos de sus infancia, de la mano de quien otrora fuera el niño Manuelito, recorrí los espacios mágicos de la hacienda. Visitamos huertas y jardines, entramos en estancias prohibidas, exploramos perfiles humanos, descendimos a tenebrosos aljibes y chapoteamos en las acequias.

Lejos quedan esos días que rescató para nosotros de su memoria. Sin embargo, todavía en las ruinas de la finca puede adivinarse la grandeza de la que fuera una de las caserías más renombradas de la Vega de Granada. Responsabilizamos de la situación actual a todos aquellos que no tuvieron la sensibilidad de ver en ella la belleza y reconocer el incuestionable valor documental que para la historia de la ciudad encierra.


Lo que traslado a continuación es un compendio de textos extraídos de sus escritos y fragmentos de los correos que tuve el privilegio de compartir con él.""

Milagros Soler Cervantes
Granada, 1 de Noviembre de 2013

FRAGMENTOS DE SUS RELATOS LOS CIPRESES


Capítulo 1º•


Martes, 31 de mayo de 2011

En la vega de Granada las fincas de regadío son conocidas como caserías. Mis abuelos maternos construyeron en la de su propiedad una casa cortijo al estilo andaluz. El predio se llamó, con lógica y armonía, Los Cipreses, pues a esa especie pertenecían los preciosos ejemplares que escoltaban el largo carril de entrada.



Las quintas nazaríes compaginaban jardines poéticos con huertas de producción agrícola.
Los accesos solían estar bordeados por árboles y arbustos. 
(Fragmento del plano realizado por Ambrosio Vico)


Acceso por un portón de doble hoja en el muro perimetral abierto tras la venta de la finca por la familia Rojas. En su origen, al predio se entraba a través de un arco con hornacina albergando una imagen de la Virgen.


Camino de entrada al señorío del cortijo, en otro tiempo bordeado de cipreses. A la derecha se abría una vereda que conducía a la casa de labor. En primer plano, restos de cipreses carbonizados. La finca ha sufrido reiterados incendios.

La casa se inauguró un día doce de septiembre para acoger los festejos de la boda de mis padres, ya que a tal fin fue expresamente inaugurada. Mi madre me recordaba que ese día se conmemoraba el “dulce nombre de María”. Y yo rememoro ahora a mi madre, la persona más dulce que ha existido. Era toda generosidad, bondad y ternura. Vivió para los demás, nunca para sí. Pocos días antes de morir entré en su habitación. Muy débil ya, me dijo: “déjame mirarte a los ojos. Quiero saber cómo estás”. De su sufrimiento, ni una palabra.



Puerta principal fotografiada el día de la boda de los nuevos propietarios de la finca.

Pórtico en terraza con balaustrada de piedra artificial y cubierta sostenida por columnas.
Artesonado en palillería de madera rematados con canecillos y talla de estilo granadino.

Que las celebraciones fueron sonadas lo prueban testimonios escritos, fotografías y la tradición oral. La doble escalinata de la entrada noble a la casa no bastaba para acoger todo el vuelo de la cola del vestido de mi madre. Mi padre vestía el uniforme del cuerpo de Abogados del Estado, al que acababa de ingresar por oposición.

Busco y rebusco en revejidos álbumes familiares y separo una foto de aquel solemne día. Sí, la cola del vestido de la novia desciende escalón a escalón y se arrastra por el jardín... la foto se acaba, pero no el vestido... hay pajes Luis XVI, con albas pelucas llenas de tirabuzones y también damas de honor, entre ellas tía María Luisa y tía Rafaela, ambas con bucles y caracoles, esta vez naturales y oscuros, además de blancas redecillas a manera de casquetes en sus cabezas, y veo abanicos plegados y ramos de flores naturales. Tía Emilia es una de las damitas que lleva la cola. Las flores del regazo de la novia, mi madre, son nardos, flor y aroma que hoy prefiero. Mi padre, alto y moreno. Mi madre está pálida y... ¿asustada?


La boda de Josefina Rojas Ballesteros (heredera) y Miguel Torres, padres de Manuel María.


Foto con sus hermanos.

Eran otros tiempos. Mi madre solía decirnos: “entregué a vuestro padre mi voluntad en el altar”. Con los años tendrían nueve hijos.


Información sobre el nacimiento del noveno hijo de Josefina Rojas Ballesteros
Sección Notas de sociedad del ABC (5 de octubre de 1956)

Hablando de entregar a otros la voluntad de uno, práctica no recomendable, contaré que tía Rafaela y tía Emilia profesaron en las Clarisas Capuchinas. La primera de ellas hizo mejor carrera pues llegó a Abadesa del Convento de Chauchina y tiene hoy abierto en la curia vaticana expediente para su canonización. Es fama su muerte en olor de santidad. Eso cuentan los más chochos del lugar.


Estado del pórtico de la vivienda en 2012 que puede verse en la fotografía de la boda.


Sobre el pórtico de la entrada se sitúa el dormitorio principal.


Sobre la puerta de entrada, huellas en el lugar donde estaban las placas cerámicas.
La central contenía la imagen de una virgen. Las laterales, fecha del año de la boda.


Pórtico y puerta principal tal y como estaban el día de la boda.


Vista desde el pórtico de lo que fuera el jardín de la vivienda.

Capítulo 2º•

Miércoles, 8 de junio de 2011

La casería, de regadío y con algunos marjales de secano para cereal, era labrada por el capataz de la finca, llamado Frasquito, con la ayuda de tantos jornaleros cuantos lo requirieran la estación y los cultivos. Su mujer, Ángeles, tenía un diente de oro y se ocupaba de tareas domésticas, que incluían amasar el salvado para las gallinas, recoger sus huevos y evitar que una perra mil leches por nombre Cuqui me mordiera más de la cuenta. Aún hoy día, cuando desayuno mi ración de cereales, me acuerdo de las gallinas de Los Cipreses.


Manuel Mª. Torres Rojas con su perrita "Ivonne"

En aquellos años, el trigo, la avena y la cebada se segaban a mano. La trilla se hacía con mulas, en eras preparadas a tal fin apisonando un rodal de tierra. La parva quedaba tendida en la era después de trillada y se aventaba con horcas para separar el grano de la paja. Luego se cernía aquél en cedazos. Algunas veces dormí en la era con los segadores. Tan exótica experiencia hace que no tenga en olvido dos nítidas vivencias. La primera es que las picaduras de mosquitos de una era de trillar son una buena pejiguera. La segunda, que las briznas de paja esparcidas al viento pican más que los mosquitos. Pero yo era feliz.


Vista de los campos de trigo que se extendían hacia Maracena a la sombra cortijo.

El ciclo del cultivo del cereal se cerraba en septiembre con la quema de los rastrojos. Tarea apasionante. Se elegía una tarde desventada y con rastrillos extendíamos el fuego estratégicamente por los cuatro costados de un haza. El olor a paja quemada me duraba días en el pelo. Por lo visto se siguen quemando rastrojos en zonas cerealeras de España y continúa también la polémica sobre si tal práctica es beneficiosa o perniciosa para la capa fértil del suelo. Útil no lo sé, divertido mucho.


Aspecto de los campos tras el incendio sufrido en octubre de 2013.
Cipreses, higueras, granados, almendros y olivos fueron arrasados por las llamas.
Se produjo por una chispa de la radial que usaron los ladrones para robar sus cerramientos de hierro.

Capítulo 3º•

Viernes, 10 de junio de 2011

La casa cortijo, rectángulo enorme de muy bellas y simétricas proporciones, se cerraba con dos puertas. La principal daba acceso a la casa de los señores. En el extremo opuesto un portón servía de entrada a la de los guardeses, a los corrales de las aves y conejos, y a los establos de las bestias de labor.


Fachada principal orientada hacia Sierra Nevada.

En el meridiano del gran recinto rectangular dos patios separaban nuestras dependencias de las dedicadas a graneros para el cereal, así como de un enorme secadero de tabaco y de la propia vivienda de los capataces. Hileras de naranjos, una morera de buen porte guiada de manera que los niños pudiéramos comer a su sombra, y dos grandes tilos, más grandes que los del famoso paseo de Berlín, ornaban el patio importante. Flanqueaban el lado este del patio arcos encalados medianeros con un frontón, que también servía para el fútbol, baloncesto o inclusive ¡el polo en bicicleta! La mía era una especial BH azul. Cuando se me quedó pequeña, se acabó la niñez. No hubieron otras. Ni bicicleta ni niñez.


Desde la puerta lindante con la carretera de Jaén se abren dos caminos. Uno al señorío y otro a la casa de labor. Siendo propietaria la familia Rojas sólo existía el histórico carril flanqueado por cipreses. Al fondo a la derecha, junto a la casa de labor pueden verse todavía la morera centenaria y un granado.

De izquierda a derecha: Señorío con dos niveles de ocupación, casa de labranza y secadero. Junto al secadero, la antigua morera y a su derecha, el granado. Dentro de la vivienda, en el patio del pozo y los naranjos, se conservan los dos viejos tilos.




Patio de los naranjos, ya desaparecidos y pozo con aljibe de posible origen nazarí. Fachada interior del señorío. A la izquierda, muro que separa cuadras y corrales. En este patio se unen las dos viviendas: el antiguo predio (izquierda) y el nuevo cortijo (derecha).



Vista desde el patio de los naranjos de la antigua casería con los dos grandes tilos al fondo.


El pozo-aljibe con brocal de planta octogonal y arco de hierro forjado.


Arco de hierro sobre el pozo del que pendía la garrucha para subir y bajar el cubo.




Muro perimetral de la antigua casería destinada a la servidumbre y morera.

Capítulo 4º•

Martes, 14 de junio de 2011

En el centro del patio de los naranjos había un pozo para abastecer de agua, no potable, a la casa. El agua se bombeaba mediante un viejo motor diesel a unos enormes depósitos de uralita encaramados en la torre principal. La otra torre, blanca de cal y azul de añil, con vigas de madera vista, servía para secar pimientos y tomates y colgar melones de invierno, tan ricos de comer en Navidad.


Torre de la vieja casería con secadero en el piso superior. Adornos en azul añil en los voladizos sobre el blanco cal de la fachada.


En la remodelación de la antigua casería se incorporó el azul y blanco en la decoración.

La operación del bombeo del agua era un espectáculo. Frasquito bajaba hasta el nivel del motor por unos asideros de hierro clavados en la pared. Sin luz. Según cumplía años, aumentaba la emoción. Poner en marcha el motor tenía su mérito y el premio era un pestazo a gas oil que aún me persigue. Eso si no pasaba algo en la bomba sumergida bajo el nivel freático. Descender de la plataforma donde estaba el motor hasta el nivel del agua era para nota. Quede claro que Frasquito murió de viejo en su retiro en el pueblo de Maracena.

Al cabo de dos o tres horas, los aliviaderos de los depósitos, ya colmados, empezaban a soltar agua. Entonces era urgente buscar a Frasquito para que bajase al pozo a parar el motor y evitar el desperdicio de agua. Pero Frasquito podía estar labrando en la hoya de los chumbos, en la otra punta de la casería, que medía más de doscientos marjales, y ya se sabe que un marjal son cien estadales granadinos. Si estaba en la finca su sobrino Antoñito, a él tocaba buscar al guardés capataz, al grito horrísono de “Tito, que se errama el aguaaa...”.



Apertura del pozo del aljibe con escaleras adosadas.

Antoñito pasaba buena parte del verano en casa de sus titos y era hijo único de una sobrina de nuestros guardeses, que vivía en Sevilla. Su madre era guapa y con buena facha y tenía un vestido blanco con lunares azules. Al padre nunca le vi. El gordo, pelirrojo y pecoso de Antoñito era compañero de nuestros juegos y le hacíamos de rabiar, creo que sin mala intención, aunque sí con cierto “espíritu de clase”. Comía sangre frita, sartenadas de papas fritas y sopas de ajo.

Capítulo 7º•

Lunes, 27 de junio de 2011

La vespertina tertulia de los mayores era diaria, variada en su composición y temas e itinerante. Esto último porque, según la climatología del momento, se podía reunir en la plazoleta del jardín, o en la de las tinajas, en el porche de la entrada principal o en el gran salón de la planta baja. Estaba abierta a tres generaciones: la de mis padres, la de los sobrinos mayores y la de los adolescentes, sin voz ni voto. Eran habituales los hermanos Torres López residentes o de visita en Granada, y los primos Moreno Torres, Ramos Torres y Morales. Se cuenta de algún tío, o de mi padre, que llegaban a las tertulias ya iniciadas diciendo “decidme de qué se trata, que me opongo”.


Plazoleta delante del pórtico de la entrada principal y camino del jardín. De izquierda a derecha: hermana mayor, padre y tía Josefa de Manuel María Torres Rojas. Con camiseta de rayas, Manuel María de niño. Tras el padre, una de las grandes tinajas.




La puerta de entrada se abría a un zaguán cuadrangular que permitía el acceso al salón. Está revestido de un zócalo alto de azulejos sevillanos. Al fondo, el patio de los naranjos y pozo.


En el arranque de la escalera, Manuel María nos espera para guiarnos en la visita.


Salón distribuidor. A la derecha, entrada desde el zaguán. A la izquierda, puerta del patio de los naranjos. Al fondo, escalera de madera y despensilla.




El gran salón desde la escalera. Al fondo, el comedor. Solería con cenefa perimetral y zócalo de azulejos azul añil.

Tía Pepita, viuda, y Pilar Ramos, soltera, se quedaban temporadas con nosotros, en Los Cipreses y en Madrid. Por cierto que en aquel entonces, guerra civil mediante, ser viuda y joven era frecuente; varias de mis tías lo eran y con mérito, pues sacaron adelante a sus familias con esfuerzo y provecho ejemplares.

Otro rasgo característico de los Torres, educacional entiendo, es que no quieren perros en sus casas. Cuando mi hermano pequeño, de nombre Valeriano como nuestro abuelo, hizo la primera comunión, Pepe Ramos, el primo huérfano que vivía con nosotros, tuvo un gesto de valentía y le regaló una preciosa cachorra de pastor alemán, bautizada como Ivonne. Aquel verano la cachorrita fue la estrella y comprendí que se puede querer muchísimo a un perro, y que éstos merecen y esperan todo de nosotros, a cambio por el cariño y fidelidad que nos procuran. Como no podía ser de otra manera, tratándose de mi familia y otros animales, que diría Durrell, la experiencia terminó mal: se acabó el verano, se decretó que el perro no podía vivir con nosotros en el piso de Madrid y para allá que nos fuimos tristes, sin perro, y al colegio.


Manuel María con su perrita Ivonne. Debajo, Clarita.


Peor fue la vuelta al veraneo de Granada al año siguiente. Ivonne estaba flaca, su mirada y su pelo sin brillo y...aún más grave, estoy convencido que el nuevo guardés, que había sustituido al jubilado Frasquito, había zurrado a la pobrecilla perra, que se mostraba huidiza incluso de nosotros. Hambre supongo que no pasó, pues dejamos dinero para su manutención. Pero... tampoco desdeño la hipótesis de que nuestros ahorros fueran malversados y gastados en humanos vicios. La parte buena de esta triste historia es que yo he aprendido a querer a los perros más que a muchas personas humanas en apariencia, pero deshumanizadas por dentro. He tenido quince años conmigo a un caniche enano que sólo me falló en el cuarto ejercicio para Notarías. Ahora tengo la perra más bonita, buena y fiel del mundo. Aquél se llamaba Gustavo y ésta, una preciosa y blanquísima jack russell terrier, responde al nombre de Clara.


Granadas en el cortijo de los cipreses.

Viene a cuento decir aquí que me acostumbré a cavar y sembrar con mis manos un pequeño trozo de huerto, lo que hacía nada más llegar a Granada, a finales de junio. Aprendí a utilizar la azada y el almocafre, a regar conduciendo el agua por las compuertas y sifones de las acequias y a sembrar patatas y tomates, pimientos y judías verdes, plantas todas que requieren, ya crecidas, ser guiadas con cañas para que enrecien bien y no se doblen con el peso de los frutos. Una vez pasé miedo porque me metí por unos conductos subterráneos que salvaban un ancho camino, llevando el agua de la acequia de sifón a sifón. Vi y sentí sapos, tortugas y culebras de agua. Pero no obré bien, pues aún suelo recordar aquella angustia y aquella claustrofobia.


Cruce de acequias con esclusas distribuidoras. El agua que regaba las fértiles tierras del cortijo procedía de la histórica acequia nazarí de la Madraza.

El agua es muy importante en una vega y el sistema de riego herencia árabe. El agua, siempre escasa, se administraba por una comunidad de regantes. En verano llegaba a nuestra casería un par de veces al mes. El administrador del sistema del pantano del río Cubillas, avisaba el día anterior la hora de nuestro turno de regar para el siguiente. Igual tocaba de madrugada que al caer la tarde. Frasquito siempre me avisaba y yo siempre le ayudé, aunque en inferioridad de condiciones pues no tenía ni botas de agua ni sus manos y experiencia.


Manuel María Torres Rojas con su hermana.

Mi madre prefería el verano de Los Cipreses al de Levante. Mi padre justamente lo contrario, como de costumbre. Para ella la casería representaba la cercanía de su mundo infantil, y también la de sus padres, que vivían en Granada capital en un piso maravilloso lleno de salones con muebles de estilo, cuartos de estar art decó, despachos modern style y galerías y miradores acristalados. La despensa era enorme y repleta de especias para sazonar y de plantas aromáticas y hierbas para aderezar para mí desconocidas. La pimienta blanca y la negra, el clavo, la nuez moscada, el comino, el hinojo, el cilantro, la menta, la albahaca, la alcaparra, el alcaparrón, el orégano, la hierbabuena, la hierbaluisa, el azafrán, la canela o el estragón eran condimentos generosamente empleados en la casa de Calvo Sotelo. Las matas o ramas de laurel, de tomillo y romero colgaban de escarpias en las paredes.


Cocina de la casa. Encimeras y restos de la chimenea central. Suelo ajedrezado con zócalo y azulejos con cenefa de cuidada armonía cromática.


Cenefa de azulejos del zócalo alto de la cocina.


Armario platero de grandes dimensiones y puerta de acceso a la despensa.



Tirador de los cajones y cierre de la puerta acristalada del armario.



Armario para vajilla y cubertería en azul y blanco, colores emblemáticos de la vivienda.



Puerta con cuarterones incrustados en esqueleto de madera comunicada con el gran salón.


Tata Mariana con Enrique, hermano de Manuel María, en la cocina de Los Cipreses.


Fresquera antigua para conservar y mantener los alimentos aislados de los insectos. Al pie del armario, trozo de balaustrada del pórtico utilizada para romper muebles y cristales.

Capítulo 8º•

Lunes, 4 de julio de 2011

Comer en casa de los abuelos entrañaba un cierto ritual arábigo andaluz, refinado y de enorme variedad. El abuelo, en las comidas y en todo lo demás, hacía vida aparte. Comía, solo, a la una de la tarde. Mantel de hilo y encajes, flores en el centro, lavamanos de plata y cristalería azul de bohemia. Jamón de las Alpujarras cortado con tijera en pequeños dados. Uvas moscatel peladas y sin pepitas. Chanquetes y boqueroncitos de Málaga. Su pescado favorito era la merluza blanca del Mediterráneo, en Granada conocida como “pescá de Almuñecar”. Como no había frigoríficos eléctricos, y hasta que se montó en Maracena una fábrica de hielo en barras, éste se bajaba de los neveros de Sierra Nevada, creo que en serones o espuertas a lomos de mulas.



Enrique Rojas, sobrino de José Rojas Jiménez, de quien heredó el cortijo. Enrique Rojas y su esposa, abuelos de Manuel María, en el cortijo de Los Cipreses.
Antes de cenar, si el tiempo y la estación eran propicios, Miguel el chófer le acercaba a Los Cipreses y allí la charla se celebraba bajo una gran higuera, en un paseo de naranjos que estaba orientado a poniente. Charlaban y contemplaban la puesta de sol los notables de Maracena. A uno lo llamaban “El Cachorro”, a otro “Pepico el del Encerraero” y a otro tercero “El Pitute”. Boticario y notario también se asomaban por allá.

Quizás compartió también tertulia con mi abuelo el cura del Cerrillo de Maracena, a quien mi padre años después ayudó a mantener la pequeña iglesia, a la que donó la custodia. Los domingos acudíamos a misa de doce al Cerrillo, que lindaba con nuestra finca, vía del ferrocarril por medio. Una vez me caí por un balate, que es el borde exterior de una acequia y me hice un chichón importante. La tata Mariana decidió poner un duro de plata de los llamados cabezones encima de uno de los raíles del tren. Pasó un tren, el duro se puso al rojo vivo y, envuelto en un pañuelo, me lo apretó contra el chichón. Aseguro que fue mano de santo, pues el bulto de la frente se redujo a la nada.



Vistas sobre Maracena desde el torreón del señorío. Junto a la columna del arco derecho, iglesia de San Juan de Dios a la que acudía la familia Rojas.

Los días de domingo, familia y servicio íbamos, en fila de a uno, por las muy estrechas veredas que separaban las hazas de labrantía. Mis padres delante, mamá con velo negro o mantilla y quitasol y detrás todos los hermanos repeinados y endomingados. En la iglesia teníamos reclinatorios reservados, delante del pueblo soberano. Como quiera que estábamos en ayunas para poder comulgar, después de misa nos sentábamos a desayunar en el patio del café Zurita. Tejeringos y café con leche condensada marca “La lechera”, brebaje que llamaban “café a la clema”. Que la leche fuera condensada era, por un lado ineludible, porque no había vacas y, por otro, muy conveniente para no contraer las fiebres de Malta, endémicas en la zona y transmitidas por las cabras que se ordeñaban de puerta en puerta.


Manuel María Torres Rojas con su hermana.

En septiembre, Frasquito el capataz y yo, con mis ocho o nueve años, nos íbamos a las ferias de los pueblos. Llegábamos en tranvía, pues Granada tenía una de las redes de tranvías más larga y densa de Europa. A propósito, mi padre tuvo no sé qué cargo en los Tranvías de Granada, S.A. Conocí bien Atarfe, Peligros, Pinos Puente, Gabia la grande y la chica, Armilla, en cuya base estuvo destinado Antonio Mérida casado con Carmen Ramos, Albolote, Alfacar y su pan blanco, Santa Fe... Para nosotros dos la feria consistía en llegar a media tarde al pueblo que festejaba a su patrono y meternos en el bar en donde Frasquito hubiera quedado citado con sus amigos. A mí me dejaban beber unos culos de cerveza La Alhambra, con aceitunas de tapa.


Azulejos y antiguas botellas de cervezas Alhambra encontradas en la casería.

Capítulo 9º (y último)

Lunes, 18 de julio de 2011

Mi madre era muy fervorosa. En el campo de entonces no era raro blasfemar. Pero ello no convenía a los oídos de mi madre. Tampoco gustaba de saber que alguien cercano o conocido no cumplía con el precepto dominical. Un verano amenazó con toda su dulzura al recovero que traía a casa, en carro con burra, provisiones que no producía nuestra finca, con borrarle de la lista de proveedores. Consternación. A partir de entonces aquel hombre, dentro de los linderos de Los Cipreses, no volvió a mentar nada sospechoso de rozar a Dios, la Virgen o los santos, y aportaba cada semana, lo prometo, un certificado del párroco de Maracena, que daba fe de su cumplimiento de la obligación dominical. ¡O tempora! ¡O mores!


Josefina Rojas, hija de Enrique Rojas y su marido Manuel Torres, padres de Manuel María.


Detalle de la solería del comedor.
Sobre los colores rojo y gualda, las iniciales de los Reyes Católicos, Fernando e Ysabel.


Leones, castillos, granadas (símbolo de la ciudad), ajedrezados en azul y blanco componían el mosaico.

No conocí a mis abuelos paternos. Sé que Don Valeriano Torres fue Coronel Auditor y que estuvo en la guerra de Cuba. Doña Encarnación López Sáez era persona de abolengo, según me dicen. En contra de una leyenda romántica que atribuía el origen del apellido Torres a raíces árabes, mi tío y padrino, Manuel Torres López, catedrático de Historia del Derecho, me aseveró que tenía documentado que los Torres provenimos de Burgos, cosa que, por cierto, coincide con lo que ponen los libros que tratan del origen de los apellidos. Y con las repoblaciones y asentamientos que la Corona de Castilla iba propiciando según y conforme avanzaba la Reconquista.


Cimera de una de las ventanas del predio con leones y castillos aludiendo al Reyno de Granada.

Me imagino que otro tanto sucede con tradición semejante sobre el apellido Rojas y su pretendido origen hebreo. Por un lado ¡vaya Vd. a saber! y por otro ¡qué más da...! Consulto el diccionario Espasa de apellidos españoles y leo que el primer apellido de mi madre ¡también proviene de Burgos!; Rojas es topónimo de un pueblo de esa provincia, desde donde se extendió por toda España, siendo particularmente recurrente en Andalucía y posteriormente en América.
A veces pienso, y no consigo rememorarlo con precisión, en nuestro último veraneo familiar en Los Cipreses. Me produce aflicción evocar que mi postrer verano allí, no fue percibido por mí como tal. Imagino, pero no estoy seguro, que el final de Los Cipreses fue abrupto: dejamos de ir todos de golpe. Y punto. Ahora sé que nunca encontraré todas las piezas para hacerlas encajar en este puzzle de añoranzas.


Estado del cortijo tras el incendio sucedido en octubre de 2013. Entre los huecos de las raíces de los cipreses calcinados, acceso primitivo al cortijo través de un jardín. Propiedad del Ayuntamiento, desde que lo gestiona su deterioro se ha visto dramáticamente acelerado.

Luego vendrían más de veinte años con la casería cerrada y huérfana de todos nosotros. En raras ocasiones me atreví a viajar hacia el pasado, llevando por compañera alguna novia de turno. La finca de Los Cipreses primero se dejó de utilizar para solaz y recreo y luego se abandonó la labranza. Los muebles, muchos de ellos de valor no sólo afectivo, fueron unos repartidos de cualquier manera y otros almacenados en el convento de las Capuchinas de San Antón, en el que pasó su vida la tía Emilia Rojas, y otros, por fin, botín de ladrones. Creo que también hubo algún incendio y que centenarios cipreses ardieron fulminados por los rayos.


Torreón del señorío desde el que podía contemplarse los cipreses del cementerio de Maracena.

Mi madre sufría de melancolía en los atardeceres granadinos cuando miraba hacia Maracena, en cuyo cementerio están enterrados los Rojas. Y yo padezco hoy del mismo mal, cuando recuerdo a mi madre, a aquellos largos y cálidos veranos y el triste fin de la Casería de Los Cipreses, ayer huerta, hoy yerma, a la espera, tal vez, de ser sembrada de bloques de viviendas.

Moraleja:

La Casería de Los Cipreses es hoy propiedad de un empresario de la construcción de gran éxito y fortuna, nacido precisamente en Maracena y de quien se cuenta que en sus comienzos trabajó de obrero en el gremio del ladrillo. Mi padre me dijo una vez que la justificación última del sistema capitalista es que el dinero cambia de manos. Amén. Pero sigue sin gustarme.

Hermanos presentes en el acto de otorgamiento y firma de la escritura de compraventa me cuentan que, el comprador exclamó ante el Notario:

- “¡Hoy, mi madre, de estar viva, hubiera sido feliz! ¡La finca de los Rojas en mis manos!”

P.S.: El día 14 del mes de noviembre de este año de gracia de 2011 mi madre hubiera cumplido ciento ocho años.

13 comentarios:

  1. Espectacularmente increible!! SAludos.

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  2. Excepcional documento gráfico y de investigación con sabor de antaño y con muchos datos históricos y anecdóticos.
    A juzgar por el deterioro el actual propietario podría ser de todo menos de la construcción, con todos mis respetos, no entiendo que los nuevos dueños ni la restauren ni le den uso, pero como todo es cíclico, quien sabe si en el futuro volverá a sus mejores días, hoy en vías de ruina, puede acabar siendo majada de cabras si ya no lo es.
    Me ha parecido ver en una foto de la puerta un cierre de falleba, me gustan mucho, en cuanto al zócalo alto, es denominación más andaluza, por estas tierras llamamos zócalo a un rodapié, un poco más elevado, mayoritariamente hecho de listones de madera para proteger los bajos de las paredes pero con esa altura lo que veo en los Cipreses aquí lo llamamos arrimadero (parte inferior de una pared). Maravillosa la baldosa en cerámica vidriada. El resto de la historia ya la conocía, excepto el número de hermanos.
    Perdona la extensión. Buen día, Manuel

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  3. Hola Manuel
    Muy interesante lo que has publicado Demasiado complejo para el mundo de los blogs donde se escribe corto y al aire.
    Vine a desearte lo mejor para este 2014 que está en pañales
    Tratemoslo bien y veremos los resultados

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    1. Es cierto lo que me observas. En ocasiones escribo para mí mismo y lo edito en mi blog porque me conviene tener reunidos y a salvo escritos más complejos de lo usual en este medio bloggerístico. Suelen referirse a mi infancia. Gracias por tu visita y acertado comentario.

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  4. Los Cipreses antes hermosa casa de verano,hogar familiar, huerta, jardín y vergel granadino para el recuerdo.
    Hoy desde la carretera, al pasar por dicho lugar se ve cada día más abandonado y desmantelado de rejas barandas ,puertas , ventanas y balcones.
    Yo doy fe de ello.Lo he visto con mis ojos y nadie hace nada por salvar de la ruina que esta sometida La casería de los Cipreses rodeada de terrenos y de pisos.

    Abrazos fraternos y feliz año nuevo Manuel.

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    1. MA, querida, aprovecho tu visita para agradecer tu ayuda con las fotos de Los Cipreses. Eres la persona más amable y bien dispuesta de todo este mundo virtual y blogero. Gracias de nuevo!

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  5. Hola Dispones de las botellas de las fotos es que mi padre colecciona y me gustaria conseguirle un regalo asi un saludo gracias.

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  6. hola queria sabes si aun dispones de las botellas de la foto mi padre le gustan las cosas de granada y me gustaria regalarle algo asi un saludo

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    1. Pues...no, no las tengo en mi poder. Siento no poder satisfacer tu propósito. Cordialmente.

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  7. Mi madre vivió en una casería que estaba relativamente cerca de este lugar, aunque era mucho más pequeña. Era La Espartera. Allí había una fábrica de esparto.

    Saludos

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    1. Me acuerdo muy bien de La Casería llamada La Espartera. También me acuerdo del olor inconfundible del esparto cuando se reblandecía en estanques. Agradezco tu visita y te envío cordiales saludos. Manuel.

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  8. fascinante ¿Una pregunta? Porque se abandonó el cortijo? Es maravilloso

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    1. Gracias por su visita. "Los Cipreses" sufrió varias expropiaciones y quedó mermada de las mejores tierras de labor y rodeada de carreteras y algún nudo de comunicación. Por azares de la vida tanto mis hermanos como yo mismo marchamos a vivir fuera de Granada, en mi caso en el extranjero. Un afamado promotor-constructor compró a la familia la finca, a precio de gallina flaca. Desconozco los tejemanejes que hizo ese señor con el ayuntamiento de Granada, quien es el actual propietario de lo que queda de La Casería. Cordialmente.

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Pienso que l@s comentarist@s preferirán que corresponda a su gentileza dejando yo, a mi vez, huella escrita en sus blogs, antes bien que contestar en mi propio cuaderno. ¡A mandar!