sábado, 14 de diciembre de 2013

Madrid en gris (capítulos noveno, décimo y undécimo) Fin

Capítulo noveno


(del álbum familiar ¿Quién seré yo?)

Mi barrio de entonces era gris y triste y el colegio era triste y gris y los locales y comercios del barrio eran oscuros y grises y la iluminación de las calles era escasa y gris.

No existían tiendas lujosas al uso de hoy sino carbonerías (“se vende antracita, hulla, lignito, turba y cisco para los braseros y leña para las cale­facciones”) cacharrerías, mercerías, quincallerías, verdulerías, cristalerías, fumisterías, panaderías o pastelerías. Hablando de pastelerías mi preferida era Hesperia, en Goya, regentada por dos damas de buen porte que me recordaban a la tía Ana María, casada con mi tío Vicente, hermano de mi padre, quien en su juventud fue no­vio de Isabelita García Lorca, hermana del poeta, según ella misma cuenta en sus memorias.

La otra pastelería frecuentada por mí era Luanje, en mi propia calle de Claudio Coello. Me gustaban sus palmeras con mermelada gla­seada y sus bambas con nata así como los caramelos llamados Pez. En cambio la confitería Neguri, en Claudio Coello, siempre me pareció “exce­siva”. Su dueño, un “finolis”, se negó una vez a entregarme unas tartas capuchinas que había encargado mi madre. Me espetó en plena calle con voz atiplada que “mis capuchinas no se montan en un seiscientos”. Palabra que sucedió tal y como lo cuento.

En la pastelería Formentor, en Herma­nos Miralles casi esquina a Goya, compraba ensaimadas. La calle Hermanos Miralles se llama ahora General Díaz Porlier. Ni sé quién fue éste, ni quiénes aquellos. Me importa un comino.

En los años del hambre, el pan estaba racionado. Y ya se sabe que“donde falta el pan, sobran los decretos”. Mi padre traía a casa, día tras día, una barra  de pan blanco que le daban en la Dirección General de Seguridad.

Claudio Coello, mi casa, era un hogar cálido que funcionaba bien. Era tranquilo y la vida en él, y fuera de él, previsible. La finca de Claudio Coello 38 pertenecía al dueño, al casero, apellidado Blanco, quien tenía una fábrica de máscaras antigás en la provin­cia de Segovia. Cuando vio que, terminada la guerra, el negocio se extinguía planeó nada más ni nada menos que fabricar un coche, del que llegó a hacer un prototipo y cuya marca comercial iba a ser DAGSA. Recuerdo a Manolo el portero de Claudio Coello lijando con una lima de metal las letras para la carrocería de lo que sería el pri­mer coche DAGSA que, evidentemente, nunca circuló por las precarias carreteras de entonces.

En la casa de vecindad de Claudio Coello 38 nunca pa­saba nada estridente o al menos uno no se enteraba. Las familias eran siempre las mismas, todas en régimen de inquilinato. Nadie dejaba de pagar el alquiler, congelado por una ley que casi de­rrumba el barrio, ni siquiera las señoritas solteronas que regen­taban una pensión, me parece que en el quinto piso. O sea que en nuestro vecindario las familias discurrían sin venir a peor for­tuna, ni tampoco a mejor, puesto que nadie se mudaba de allí a pisos más lujosos en alquiler o en  propiedad. Lo del derrumbamiento lo digo porque los alquileres congelados no permitían a la propie­dad sufragar las más elementales obras de mantenimiento de los edificios.



Capítulo décimo





En esa parte del barrio, en Serrano nº 21, vivían tía Victo­ria y tío Manolo, mis padrinos. “Amer Ventosa” el fotógrafo entonces de moda, tenía allí su estudio. A finales de los años cincuenta la policía depositó a mis tíos en un tren, en la estación del Norte, rumbo a París. De allí viajaron a Sudamérica. El mini‑exilio se debió a los acontecimientos de la Universidad Complutense de Madrid, puesto que mi tío era entonces Decano de la vieja facultad de Derecho, en la calle de San Bernardo.

Mi tio se portó como un hombre y no dejó que la Falange violara el fuero universitario. De ahí viene lo de su exilio; por entonces la policía encarceló en la cárcel de 
Carabanchel a Javier Pradera, Antonio Ron, Claudín y otros, que solían venir por casa a jugar al tute. Mi tío Manolo me trajo de América un Wiew‑Master, para ver en 3‑D fotos de celuloide. Me encantaría encontrarlo. Lo echo de menos. Pido a mi primo Antonio Moreno Torres que me regale el suyo, que estoy en la flor de la vida y no puedo encontrar el mío. 

En los días de lluvia el colegio tenía por norma que no se saliera al patio para el recreo ni tampoco al terminar las clases pues era obligatorio esperar a la tata que venía a buscarme y que solía ser Isabel la asistenta. Nos forzaban a permanecer dentro del aula y eso me producía una gran tristeza. De ese problema me liberé al cumplir los nueve años, edad en que mis padres considera­ban que sus hijos tenían suficiente juicio como para ir solos al colegio. Estuve convencido mucho antes de cumplir los nueve años de que yo ya tenía juicio. Además, no había casi tráfico, los cruces de calles no eran peligrosos, Velázquez tenía un hermoso bulevar central y no supe que ningún perturbado raptase a niño alguno en aquellos tiempos. Tam­poco vi por mi barrio a ningún “sacamantecas”, salvo en el cine, en una película llamada “El Cebo”, que me dio mucho susto.

Volviendo a los comercios de entonces y a su viejo estilo diré que era frecuente ver en panaderías y cacharre­rías, en sus pequeños y oscuros escaparates, un cartel que re­zaba “Se cogen puntos a las medias”. Ello se hacía por manos femeninas en unas máquinas que se llamaban Vito y que daban lugar a un trabajo artesanal de muchísimo mérito e interés social. Efectivamente, las medias de cristal que usaban entonces las señoras no eran un artículo, como hoy, de usar y tirar, sino que habían de durar tiempo, no sólo por cuestión de precio sino tam­bién de disponibilidad. Quiero decir que las medias buenas eran de importación o de contrabando. O ambas cosas a la vez. Mi interés por las medias fe­meninas, y por su contenido, viene de antiguo y me acerca al maestro Ber­langa. Como me acercan al mundo del cine en general las más de trescientas películas que vi en el curso de Preuniversitario. Dado que no había clase por las tardes asistía todos los días a uno, o dos, pro­gramas dobles. Hagan Uds. la cuenta.


Otro establecimiento de bebidas y coctelería muy típico en Serrano se llamó Xaüen, nombre de una ciudad del Marruecos antaño zona de “protectorado” espa­ñol. Buena parte de las desgracias políticas españolas del siglo XX debe atribuirse a nuestros generales africanistas, que fueron de victo­ria en victoria hasta la gran derrota final. De entre ellos destacó uno apellidado Franco ¡Madre mía!

Diferencia notable entre las comunidades de vecinos de antaño y las de hogaño es que sus porteros, y así también ocurría en Claudio Coello 38, tenían vivienda en la finca. Ello, unido a la inexistencia o no aplicación de convenios colectivos y sus obligatorios hora­rios de trabajo, aseguraba que el portero, ayudado por mujer e hijos, diera al edificio un servicio permanente, que prestaba de uniforme con botones de latón en las horas principales, y con mono de tra­bajo el resto del tiempo. En reciprocidad, obtenían buenas propinas si eran lo suficientemente habilidosos como para desatascar una cañería o arreglar un enchufe o interruptor.


Manolo nuestro portero era de esa estirpe de gente honesta y trabajadora y jugó un impor­tante papel en nuestra casa. Dejo para otra ocasión, o para que lo cuente Miguel hermano, las reuniones y juegos de cartas que se organizaban en el comedor de la portería, mientras yo jugaba al fútbol o a las chapas en el patio de servicio, por el que subía, al aire, el montacargas antediluviano que me hacía “luz de gas”. Simplemente diré que eran asiduos Javier Pradera, Clemente Auger, Manolito Fernández Bugallal, Arturo González, un tal Fernández Fábregas y otros. Todos ellos de una generación ante­rior muy anterior a la mía. Como el propio Enrique Múgica, que también comparecía por allá. 

Otra desemejanza del barrio de ayer con el de hoy es que los obreros que trabajaban en la construcción o reconstrucción de los edificios no hacían su almuerzo en bares o tascas de barrio, sino que lo traían de su casa en tarteras de aluminio envueltas en serville­tas de cuadros rojos o azules atadas con nudos. Me imagino que el poder adquisitivo de los salarios de entonces no daba para el menú de las tabernas, que eran más bien frecuentadas por los seño­ritos, a la hora del aperitivo, y por los oficinistas a la del café. Los obreros almorzaban a la una de la tarde y si ésta era soleada y de calda temperatura, se tumbaban en la calle a dormitar una pe­queña siesta, posición muy adecuada para mirar y piropear a las señoras que pasaban por la calle, a veces con zapatos topolino y faldas de tubo. Se oían burradas, pero también requiebros inge­niosos. Por almohada usaban dos o tres ladrillos.





( las fotos son de http://gatosbizcos.blogspot.com ) 

Capítulo undécimo y fin de la historia



Cierro los ojos y recorro la calle de Castelló abajo a partir de la puerta del colegio del Pilar. Cruzo Ayala por misma acera en que estuvieron los billares “Castelló”, que ya no existen. En el nº 46 vivían Juan Puebla y familia. En la acera de enfrente, en el 45 de Castelló, aún sigue viva la estación de servicio “Versalles: lavado, engrase y garaje”. Sigo andando y me encuentro vivo y coleando, en el nº43, un palacete dedicado a estudio de ba­llet. Sorprende que sobreviva. Levanto la cabeza y veo al final de la calle Castelló, mirando hacia Alcalá y hacia el parque del Retiro, la torre de las Escuelas Aguirre, buen ejemplar del lla­mado neo-mudéjar madrileño. Caminando hacia Hermosilla doblo la calle en mi imaginación y veo que el “Anón Cubano” frutería en el número 50 de Hermosilla sigue abierto al igual que su contiguo café Yela Bar, cuya inauguración presencié de muy niño.

Más cerca de Velázquez, en Hermosilla nº 46, vivió unos años tío Vicente. Allí no murió pues los Torres Gutiérrez se trasladaron a un edificio nuevo para funcionarios de Hacienda cons­truido por los alrededores del Eurobuilding‑1. Al seguir por Her­mosilla hacia Velázquez me topo, en la esquina de Núñez de Bal­boa, con la iglesia de la “Embajada Británica of Saint Georges”. Una vez mi hermano el clérigo me hizo una confidencia, ambos ya en cuarentones. Me contó que, de pequeño, siendo alumno del colegio de El Pilar, habían tirado alguna piedra contra esa capilla protestante, justamente por serlo. No le afeo nada, porque yo también he tirado pie­dras por motivos absurdos o incluso sin motivo, que queda más ácrata y da más gusto. A la residencia del embajador de Italia le tengo roto más de un cristal.

Subo por Núñez de Balboa y compruebo que el número 50 es un bonito edificio que vi construir en mi ruta hacia el cole. Una placa de granito atestigua que lo hizo “Francisco Moreno López. Arquitecto”. Recuerdo que durante mu­chísimos años fue portero titular de esa finca un hombre manco y con bigote, siempre vestido de librea. La casa sigue en pie y bien conservada pero no el portero. También vi levantar más arriba en la propia calle, en la esquina con Ayala y en la acera de enfrente, una casa que hace chaflán en redondo en cuya fachada se utilizó por primera vez el gresite, material que estuvo muy en boga y que a mí me gustó y me sigue gustando, aunque no sé si es bueno y resistente para las fachadas. Tiene su portal una especie de friso en piedra que representa a un león veneciano con la inscripción “Assicurazioni Generali” y el año de fundación de esta compañía en números romanos. Si subo por esa misma acera de Núñez de Balboa y cruzo Ayala, en esa esquina, que es el número 48, veo el edificio en que habité un año a mi regreso de Venezuela. Mi her­mana mayor residía más arriba, en otro número par de la propia Núñez de Balboa. Viví con ella varios años en ese agrada­ble edificio diseñado por el arquitecto Gutiérrez Soto, más conocido como “Pichichi”. Mi hijo, que rompió a hablar con meses de edad, llamaba a esta calle “Núñez de Barbados”. Sabía que existían tales islas caribeñas porque yo las había visitado y así se lo contaba.

Regreso a la calle Ayala para comprobar mentalmente que en el número 46 ya no está una especie de bar de copas de aire inglés que era frecuentado por la burguesía del barrio, inclu­yendo a las viejecitas que viven enfrente, en un edificio “ad hoc” para ancianos hecho por los Carmelitas. Me acordaré más tarde del nombre de ese bar que tenía conciencia de clase. ¡Et voilà!: primero se llamó Mariscal. Después Gran Chambelán. Ahora TEI. Llego a Velázquez, giro a la izquierda y contemplo la fachada bonita de una de las buenas casas del barrio, en la que nació y vivió el hoy famoso Juan Abelló, esto es, en el número 48 de Ve­lázquez. Los Abelló, por su mucho caudal y por otras razones, tenían una fräulein. Hago otro esfuerzo y me enco­miendo a la memoria para reseñar que frente por frente de tal casa se encuentran la tienda Palao y el Hostal Don Diego, vivos ambos. Al revisar esta narración debo certificar la defunción de Palao.

En los impares de Velázquez aprecio como antigua la tienda de marcos y grabados Ruiz Vernacci, aunque no sé si se remonta a mi niñez. Si cruzo Hermosilla me encuentro con Friki, comercio de solera en el barrio, que ocupa un curioso edificio de una sola planta entre los números 37 y 39 de Velázquez. De ca­mino pienso que la familia Arias Salgado vivía en Hermosilla 31 en un edificio de porte noble, pero no quiero seguir por Hermosilla sino que prefiero bajar hasta Goya. Han edificado un hotel de nombre Adler en la esquina Velázquez/Goya, con el buen gusto de conservar fachada y estilo noble de aquella casa, en la que se ubicó la droguería donde compré mi primera maquinilla de afei­tar, de hoja de acero y marca Palmera. ¡Menudo destrozo me hice en mi carita serrana!




(Bodas de sangre es una tragedia en verso de Federico García Lorca escrita en 1931. Se estrenó el 8 de marzo de 1933 en el Teatro Infanta Beatriz de Madrid)

Levanto la cabeza y cruzo la calle de Goya para compro­bar que ya no está la tienda Alfa’s, que era de ropa y objetos de regalo y accesorios de mucha calidad. Donde ahora hay un banco, en la esquina anterior, estaban unas mantequerías de gran renombre y calidad de cuyo nombre no doy fe. Sigo por la acera donde estaba Alfa’s y veo una farmacia antigua y muy estricta por cierto en la administración de medicamentos sin receta, o incluso con receta, porque el titular debía ser pro‑vida. Muy cerca queda el Bar Goya, comercios ambos que sobreviven, aun­que la farmacia ha cambiado de nombre. Este Bar Goya, casi esquina a Lagasca, era el primero en abrir muy temprano de buena mañana. Advierto que al principio de Lagasca, donde se construyó en los 60 el Cine Richmond, hoy hay un horrible en­gendro para tomar copas, esto es, en el número 31. Sigo por Lagasca y compruebo que en el 35, ¡oh milagro!, siguen vivos los Talleres Apolo con un rótulo gracioso que pone “Baterías, esca­pes y amortiguadores”, pegando con una pequeñita zapatería llamada Rachel que gustaba a mi madre.

En esa misma acera de Lagasca, en el número 37, estaba la entrada a un colegio de niñas que hoy es un edificio en rehabili­tación por la Constructora San Martín, que está rehabilitando medio barrio de Salamanca. Yo tenía cierto cariño por aquel co­legio de monjas puesto que desde las ventanas del piso interior de mi amigo Antonio Ron en Claudio Coello 38, y también desde la azotea de toda la finca, veía trajinar a aquellas monjas de tocas de enorme vuelo, que colgaban la ropa en una azotea del gran patio de manzana. No me acuerdo de qué orden religiosa eran ni tampoco sé si se está rehaciendo el colegio o, como me temo, serán viviendas y oficinas y las monjas se irán con viento fresco a no se sabe dónde, si es que la orden sigue viva. Confirmado mi temor: son viviendas y oficinas.

Llego con mi imaginación hasta Hermosilla y doblo a la izquierda, paso por el número 22 donde vivían los Gómez de la Vega y llego hasta casi la esquina, donde había un bonito portal con jardín al fondo por el que se accedía a la entonces famosí­sima modista Asunción Bastida en el número 18 de Hermosilla. ¿Saben Uds. qué está pasando en aquella finca? Pues yo se lo cuento. Que Construcciones San Martín ha derribado el viejo edificio y ha hecho uno de planta nueva, aún sin terminar, que ocupa todo el solar en esquina de aquel viejo y bonito edificio. Ya terminado en la revisión de marzo del 2004. Los bajos comerciales están ocupados por Habitat y el ático tiene un aire futurista con formas redondeadas que no pegan mucho con el entorno. Digo yo.

Me dirijo con mi imaginación hacia el Teatro Infanta Beatriz y, compruebo, que en la puerta de entrada de los artistas no está la castañera que me ofrecía aquel sabroso y caliente presente en los otoños de entonces, lo cual no es raro porque si aquella cas­tañera tenía entonces 50 ó 60 años ahora tendría 110 ó 120 años, edad que no parece al alcance de una castañera nacida a princi­pios del siglo XX. Ya sabéis que el teatro es ahora un restaurante y bar llamado Teatriz, decorado por Philipe Stark.

2 comentarios:

  1. me gusta leerte
    y vengo a desearte
    Lo mejor para
    Vos siempre
    always
    Mucha

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  2. Mantequerías Leonesas, se llamaban.

    Me gustan todos estos recuerdos que comparto.

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Pienso que l@s comentarist@s preferirán que corresponda a su gentileza dejando yo, a mi vez, huella escrita en sus blogs, antes bien que contestar en mi propio cuaderno. ¡A mandar!