lunes, 25 de marzo de 2013

París - Murcia


(El autor en París)
                                                     - PARÍS -
El coqueto hotelito del distrito XVIIème tenía dos recepcionistas que se turnaban.

La de alba tez y bellos ojos se llamaba Mathilde. La otra no. El hotel es el Villa Eugenie, 167 Rue de Rome 75017 París.

Más, héteme aquí que, quien aconsejaba certeramente en materia de gastronomía y transporte era la otra. La menos agraciada de las dos.

La cena en el bistrôt Le Clou, fue exquisita. El nido de hongos salvajes con un huevo poché todavía hace que mis espartanas glándulas y papilas guatativas manen jugos por el recuerdo de semejante prodigio.

El plato de resistencia me recordó tiempos pasados en Aquitania. ¡Vaya lubina al horno con una muselina de echalotas! El vino, del Languedoc, no me dijo gran cosa. Olía mejor que sabía. Le Clou está en el número 132, rue Cardinet. Hay que bajarse en la estación de metro de Malesherbes, línea nº 3.


Ahorro a mis improbables lectoras la descripción del postre. La foto de la pizarra es ilustrativa.



(fotos tomadas por mí)


El distrito XVII
ème, como casi todo en la vida, está partido en dos. De un lado del ferrocarril, los pobres. Del otro lado, los ricos.

Hay un sitio en el mundo que se llama París. Un sitio muy grande y hermoso y otra vez grande. Es más o menos lo que dijo César Vallejo, quien murió allí en 1938, cuarenta y pico años después de haber nacido al contrario que en París, en un pueblecito andino pobre, oscuro y remoto que se llama Santiago de Chuco, en el norte del Perú.

La otra recomendación culinaria de la mujer de recepción que no era blanca ni se llamabas Mathilde dio con nosotros, a la siguiente noche, en un restaurante italiano por nombre Nove Sette, 97, rue des Dames, Paris XVII
ème.

Bien decorado, gente guapa en las mesas y un servicio joven, al parecer con contratos más basura que las hipotecas USA. Me costó diez minutos y tres interlocutores distintos que comprendieran y aceptaran que la chica joven de mi mesa iba a cenar dos entradas.

Cenamos bien, la pasta en su punto y el vino toscano también.

Era domingo noche, el  distrito 17º estaba con dominguitis y en una esquina una chica ebria se pegó un trompazo de marca mayor. La pobre necesitaba Benadón en vena.




A la vuelta de París me fui a Murcia, que también tiene lo suyo.

5 comentarios:

  1. Manuel, Probaré esta lubina al horno con la muselina de echalota, me has despertado la pituitaria. La chalota (echalota o escalonia) va muy bien para hacer una muselina, pero no quiero descartar añadirla a un sofrito. La he preparado caramelizándola con puerro y cebolla roja. Cuando está banstante pochadita le añado unas almejas y sirvo la salsa sobre unos simples spaghetti, una maravilla, te aseguro que esto es una razón para vivir.
    Salud
    Francesc Cornadó

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  2. Por la lubina, como desde Madrid: ¡Al cielo celestial!
    Encantadoras las dos 'gacelas', la de alba tez y la de otros cuanto encantos de menor gracejo...
    Muchos mundos, demasiados, hay por el mundo. La cosa es reencontrarlos.

    Páselo divino vos acá por Murcia

    Abrazo

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  3. Ay pero que envidia tus viajes! Me gusta como los compartes con todos nosotros. Besos para ti!!

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  4. Son las 00:35 y me has abierto el apetito, y eso que cené bien. Realmente, a la descripción de los platos no le falta detalle. Si llegas a hablar del postre, me matas, porque doy por hecho que hubiera atracado la nevera.

    Besoss.

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  5. Impecable, como siempre, Mr. Torres. Tras leerlo me parece que yo también estuve allí...
    Un beso parisino ( o dos).

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Pienso que l@s comentarist@s preferirán que corresponda a su gentileza dejando yo, a mi vez, huella escrita en sus blogs, antes bien que contestar en mi propio cuaderno. ¡A mandar!