miércoles, 4 de enero de 2012

...Y se armó el belén (capítulo séptimo y final)


Por añadidura, siendo yo niño de orden y lógica, en la bendita noche de los reales magos de un año de anteantaño tuve una experiencia preternatural. La pared de mi cuarto se iluminó y me invadió una emoción profunda. Era una luz tan hermosa como la de un atardecer de otoño. La luz se convirtió en un bienestar tan absoluto que me desbordó de contento y me hizo comprender los asuntos de la Antigüedad. Al final tomó la forma de una cascada velada por organdí. Me dormí lleno de paz y armonía como si estuviera unido a la naturaleza de las cosas. De todas las cosas.

Sumido en tal iluminación, una fuerza interior me dijo que, pasadas las brumas del invierno, debía intentar conocer el mundo subterráneo de nuestro barrio, de manera que consiguiera llegar al colegio sin pisar aceras ni cruzar calles, entonces adoquinadas. Es decir, sin salir del mundo oculto, verdadera cuarta dimensión de lo que está ahí pero no vemos, de igual forma que una sola hoja de árbol puede ocultarnos la luna.

Ese mandato era de un hondo tan profundo que vislumbrar no pude su principio. Probablemente su origen se agotaba en mí mismo, igual que el corazón late por sí mismo y la mente piensa por sí misma. Cumplí el mandamiento en marzo siguiente y su relato pertenece a otro futuro escrito, pues en éste deseo renunciar a lo esencial para agarrarme a las pequeñas cosas que comparecen de mi pasado. Sólo puedo añadir ahora que, siendo invierno, la voz interior me decía que tras las nubes siempre está la primavera y que en primavera es bueno no olvidar que vuelven los inviernos y que debajo de la luz existe un mundo ciego. Ciego sí, mas lúcido y preciso. Como el rayo del amor o coup de foudre, según en qué idioma se mire.

Un camello, creo que en la Navidad siguiente, tuvo la gentileza de dejarnos una hermosa boñiga de rumiante en la alfombra del salón, que era de la Real Fábrica. Yo había visto en el campo bostas y deposiciones y de otros rumiantes, como bueyes, vacas y mulas, y certifico que las de los camellos orientales son diferentes, ya que sólo comen vegetales biodietéticos y granos especiados y perfumados.


Nunca quise ir a Galerías Preciados a entregar mi carta a los emisarios de los Reyes. Sabía diferenciar lo que son promociones comerciales de los mercaderes, de la magnanimidad y longanimidad de los auténticos reyes que hacen magia y premian a los niños buenos, salvan a los marinos atrapados por tormentas y dotan con bolsas de doblones de oro a las doncellas pobres para que puedan matrimoniar con hidalgos que no tienen con qué hacer cantar a un ciego. ¡Cosa de Reyes es obrar bien y tener mala fama!

Siempre conseguí que SSMM me trajeran todo lo que pedía. A ello contribuía no sólo la moderación de mis encargos sino también el método por mí empleado.

La moderación consistía en ir comprobando en el Bazar Horta, en Pabú o en Deportes Cóndor cuánto sumaba lo que yo quería tener y nunca pasar de la cifra que mi orden natural consideraba tope máximo a lograr cada Navidad. En este sentido, debo confesar y confieso que nunca me gustó la canción “Todos queremos más” que cantaba Alberto Castillo. Revela avaricia y afán de acumular riquezas. Prefiero no tener sobre qué Dios me llueva antes que ser pájaro gordo de muchas campanillas.

La manera de hacer llegar a los Reyes Magos mis propuestas también ayudaba a que estos bienhechores colmaran mis esperanzas. En vez de escribir una carta larga y farragosa y dejársela a un empleado de Pepín Fernández, que era el dueño de los grandes almacenes, yo apuntaba a punta de regaliz las dos o tres cosas objeto de mi limpio deseo sobre la superficie helada de un flan chino El Mandarín. Cerraba los ojos y me lo zampaba de un sorbo y sin respirar. Nunca me falló. ¡Mano de santo!

El día de Reyes un cielo azul inmenso y vacío amanecía sobre el estanque del Retiro, cubierto como estaba con una colcha de hielo de un palmo de alto. Por bajo nadaban poblados cardúmenes de bellos peces de eufónicos apellidos. Calicos, burbujas, carpas, cometas, telescópicos y otros cuyo nombre no recuerdo y que no pienso mirar en el Espasa, que no tengo ganas de levantarme ahora.


Como quiera que yo tenía la certidumbre de que todos mis deseos estaban materializados en el sillón de tela damasquina marcado por mi par de zapatos, mi curiosidad se ceñía a comprobar qué clase de dulces habían comido Sus Majestades. Y si habían bebido de la botella de Cointreau, o de la de Marie Brizard o de la de licor Calisay, o si quizás de la de Benedictine, pues sabido es que en el fondo de cada copa de licor hay un secreto. El mío era evitar tener un pedir que pareciera un dar.
Mosca me tenía el dato de que la paja destinada a los rumiantes desaparecía siempre. Me daba en la nariz que los camélidos orientales, acostumbrados a cruzar por los desiertos arábigos y del Negev y a nutrirse de exquisitas raíces y frutos secos, de cereales salvajes y henos perfumados por los céfiros que soplaban los profetas del Antiguo Testamento, no iban a rebajarse a comer humilde paja castellana. ¡Hasta ahí podían llegar las cosas!

El día 8 de enero volvíamos a la jaula colegial, yo a mis proyectos de hacer de mi habitación un acuario gigante, o un huerto cercano a mi espíritu. También tramaba dedicarme en lo porvenir a la cría del mochuelo boreal.

Mas en aquel primerizo mes del nuevo año, el regomello dominante que me reconcomía era el irresistible arrebato de abrirme paso por la negrura del subsuelo de mi barrio. Así lo demandaba la poderosa acometida interior que me fue insuflada por aquél fulgor cegador sobrevenido en la noche más oriental de todas las noches.

En aquellos tiempos de color azul mahón, me representaba a mi mismo atravesando medio barrio reptando de casa en casa por el inframundo de la cuarta dimensión.

Bajaba yo a los cuartos de calderas, donde reina Pedro Botero, y me colaba por entre las rejas que cubren los intersticios horadados entre los muros de carga de nuestra finca y los medianeros contiguos. A ciegas, saltaba del nº 38 al 40 y luego al 42, y vecinos, de mi calle. Para cruzar de acera me arrastraba por alcantarillas, pozos y galerías de servicio. Siempre bajo tierra. Nunca sobre el ras del suelo. En las tinieblas.

Las ratas me seguían, después de clavarme sus ojillos rojos como el infierno y de comprobar que yo era niño de fiar.

Y yo imaginaba y esperaba, esperaba e imaginaba. Aguardaba a que las piedras se trocaran en rocas y se cubrieran de musgo. Tal vez en otro país, en otro tiempo…

9 comentarios:

  1. Que buen relato. Que memoranza.

    El truco de sumar cuanto costaban los regalos es un hallazgo.

    Un abrazo.

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  2. Si, bello relato.
    En cuanto al flan chino, esos sobres habían de mezclarse con medio litro de leche y azucar, luego se podían repartir en 6 flaneras o en una de medio litro.
    Una servidora a los 11 se tomaba de postre, tras la fruta, por supuesto, un flan enterito de medio litro hecho por si misma tras el desayuno, para que estuviera listo al mediodía. Está claro, el cuerpo estaba creciendo deprisa.
    Mis Reyes siempre tuvieron dificultades, pero alguna vez me dieron buenas sorpresas como la bici o la casita de muñecas. Bs.

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  3. La verdad es que unos señores montados en camellos se colaran en mi casa durante la noche siempre me pareció muy inquietante, fue un alivio para mí saber quienes eran realmente esos Reyes Magos. Eso sí: el diseño de la etiqueta de flan Mandarín es fantástico, sin duda es Warner Oland en su papel de Fu Manchú. Saludos. Borgo.

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  4. Tengo que confesar - y confieso- que pocas veces termino de leer historias tan largas en el ordenador( será que soy inquieta o que la paciencia no es la mejor de mis virtudes), pero todo lo que tú escribes me lo leo de cabo a rabo y lo disfruto. Me quedo tan hechizada en tus letras que no sé si volverme a mi blog o quedarme a vivir en éste para siempre jamás.
    Un beso hipnotizado ( o dos).

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  5. Lo dicho, deliciosamente ágil y ameno. Un relato tan nuestro que junto al belén guardaremos. Un abrazo Manu.

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  6. Amigo mio después de Leer tu hermoso relato en esta noche de Reyes, te digo gracias por ser y estar niño Manuel que los reyes magos en esta noche se porten bien contigo y te traigan lo que has pedido de corazón.

    Felices sueños, en noche de reyes.

    Un abrazo fraternal de MA desde Granada.

    El blog de MA.

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  7. Como siempre has conseguido dejarme embelesado con tus escritos, que me hacen recordar aquellos momentos hace ya.. y que nos devuelven a esas infancias ahora añoradas a pesar de que en algunos momentos nos parecían inacabables.
    ¡Un abrazo y Feliz Día de Reyes!

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  8. Hola amigo, hace un montón de tiempo que no pasaba a leerte, y es que a veces se pierden direcciones de los blogs, que aparecen meses después recordando que debes pasar a leer a los amigos que en verdad importan. A mí me gusta leer tus entradas, se ve que te gusta escribir largo y sin obstáculos, me ha encantado tu entrada… mágica como lo son estos días. Un abrazo.

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Pienso que l@s comentarist@s preferirán que corresponda a su gentileza dejando yo, a mi vez, huella escrita en sus blogs, antes bien que contestar en mi propio cuaderno. ¡A mandar!