miércoles, 9 de abril de 2014

¡De ésta, te acuerdas!




(Foto Saul Leiter)


“De ésta, te acuerdas”, me dice ella cerrando de golpe la puerta del taxi.

Bajo la lluvia de otoño, sopeso su reacción. Ha dicho “de ésta”, en femenino; o sea, que está convencida de que le he hecho una faena o injuria u ofensa o vejación o afrenta.  En cambio, si hubiera dicho “de esto, te acuerdas”, es que se sentiría agraviada o ultrajada o despreciada o desairada.

Miro el reloj.  Ya son diez los minutos que han pasado desde el portazo  ¿Qué  hacer cuando ni tan siquiera sé qué diablos acabo de hacer mal? Maldigo mi falta de reflejos y mi torpeza.También abomino de las mujeres que van y vienen tres veces, mientras yo no me entero de la misa la mitad.

Corro hacía el aparcamiento, saco el coche a trompicones y, en pos de ella, desafío al tráfico. La carrera alocada que emprendo por media ciudad, me deposita en su portal a tiempo justo de salpicarle de la cabeza a los pies con un aguachirri de color sospechoso ¡Eso le puede pasar a cualquier pelirroja que se baje de un taxi luciendo un par de piernas kilométricas, de esas que nacen a pie de axila!

“De esto ¡nos acordaremos los dos!”, musito a manera de disculpa. Me mira.  Sonríe con  su media mueca de adolescente. Parece que consigo enternecerla…

¡Vaya, me coge de la mano y subimos a su casa! No la entiendo, pero aquí estoy, con ella.  Me digo, con el poeta: “Quiero quedarme aquí, no quiero irme a ningún otro sitio”.