viernes, 28 de febrero de 2014

Granada: Los Cipreses, en nuestro común recuerdo.



(Cuando muchacho, en la casería de Los Cipreses)

Unos correos escritos por Inma Castro volaron hasta mí,
cual doradas mariposas de la infancia. Por unos momentos,
he dejado de ser el rey del olvido.
Ella también vivió en Los Cipreses…y,
leyendo, leyendo, sus cartas me abrieron los sentimientos.


(foto tomada por Inmaculada Castro)

Inma Castro también vivió en Los Cipreses

Primer correo

Hola, me pongo en contacto usted porque tenemos algo en común: los dos hemos vivido en la Casería de los Cipreses.

Da la casualidad que yo he vivido en ese lugar durante muchos años. Desde los años 70 hasta el año 2000,  mis padres eran los guardeses de la finca y los que la labraban, así como también la protegíamos de los ladrones y vándalos que la están expoliando actualmente.

Le he descubierto a raíz de leer una noticia en la prensa sobre el deterioro que está sufriendo la Casería Los Cipreses y lógicamente lo siguiente es buscar información en internet, y lo primero que leí fue su blog y su historia vivida en ella.

Me ha hecho conocer muchas cosas e imaginarme como tantas veces hice, como sería la casa señorial, como serían los jardines y ese camino que llevaba  a unos cipreses que quedaban al final, cerca de la casería vecina....como vivían en épocas anteriores sus dueños y me ha gustado saber que era lugar de veraneo para toda la familia, primos y amigos, pues cuando nosotros vivíamos ahí algún pariente venía a pasar unos días a la casería pues siempre había sitio.

Yo he tenido el privilegio de vivir en ese entorno, de disfrutar los jardines, los árboles, los frutales, la casa,  y también del duro trabajo del campo, cuidar de los animales y de la casa, que no por no ser nuestra era menos querida y cuidada.

La recuerdo vagamente cuando estaba en todo su esplendor, finca y vivienda, porque yo era muy pequeña cuando "los Rojas", dejaron de venir. Nosotros vivíamos en la vivienda de los guardeses, la casa señorial  era nombrada por nosotros como " la casa grande", que quedó vacía cuando sus herederos se llevaron todo el mobiliario. Cuantas veces la recorrí, imaginando las historias vividas entre esos muros, lo bien que lo pasarían los niños jugando, pues siempre que nos visitaban los primos nuestro juego favorito era jugar al escondite, entre tanta habitación y maravillosos escondrijos!!!, incluso alguna noche entraba sola buscando la compañía de algún fantasma, pues mis hermanos mayores insistían que alguno había, pero yo nunca encontré nada, si bien es verdad que no aguantaba mucho tiempo buscando, sobre todo, me daba  miedo la despensa que había bajo la escalera, durante mucho tiempo estuve convencida de que no tenia fin y que se hundía en las profundidades...

No quiero aburrirle, pero son tantos los recuerdos, ya que no  solo la disfrutaba en verano, si no que veía como cambiaba con las estaciones, andar bajo el manto de las hojas, correr sobre la nieve....

Por cierto, dos primas son actualmente monjas  Clarisas Capuchinas en el convento de San Antón, y  cuando voy a verlas reconozco algunas sillas que estaban en la casa señorial, o eso creo, y que ahora albergan los locutorios de las hermanas, herencia imagino que de la tía Emilia. Casualidad, una vez más.

Es una pena como ha sido desnudada, han robado las rejas, las solerias, puertas etc., y no he querido seguir mirando más imágenes del expolio pues me entristece enormemente el estado en el que está, pues si bien cuando vivíamos allí no estaba en su máximo apogeo si estaba en mejor estado.

Recuerdo el carril de entrada  flanqueado por majestuosos cipreses, que también estaban plantados alrededor de la casa, en su mayoría fueron quemados, estos y otros árboles por incendios provocados, no se sabe por quién, unos años después de nuestra partida . A lo largo de nuestra estadía sufrimos varias veces algún incendio provocado perdiendo varias cosechas, y de no ser por que vivíamos allí, actualmente la casería también se hubiese quemado. 

Nosotros dejamos de vivir allí hace unos 13 años, cuando fue vendida, pues mis padres ya mayores querían pasar su vejez sin tantos trabajos, así que nos mudamos a Maracena. Imagino que era la inmobiliaria la responsable de dejar protegido este patrimonio, pero ya ve que siempre ha imperado el interés comercial y no el patrimonio cultural y etnológico, y lo que es peor con el beneplácito de la administración.

Comparto con usted el interés, la admiración por esta construcción y la preocupación por su futuro, por el cual no albergo muchas esperanzas, pues ya cuando dejamos mi familia y yo de vivir en ella  sabíamos que a nadie le interesaba preservarla cuando pasó a manos de la inmobiliaria. Sabía que ni esa empresa ni posteriormente el Ayuntamiento se harían cargo de su protección, como está quedando bien demostrado.

De todas formas me ha gustado conocer información que no conocía, suya y de otras personas interesadas y le animo para que no quede en el olvido este maravilloso lugar que ha hecho felices a muchos, propietarios y allegados , guardeses incluidos.

Reciba un cordial saludo, 

Inmaculada Castro

Segundo correo


(foto tomada por Inma Castro)

Muchas gracias por responder mi correo; he ojeado/hojeado sus relatos, y los he disfrutado, sobre todo me ha gustado el del aljibe, al que nunca me atreví a entrar, aunque siempre me fascinó, sobre todo cuando llegaba el momento de llenarlo. A propósito, le cuento que en una entrada del aljibe, en una acequia junto a nogales y avellanos, parió una perra callejera que por allí se quedó, 4 perillos blanquinegros, que nos vimos "negros" para sacarlos cuando su madre un día ya no volvió para alimentarlos..

Como veo que los perros son importantes en su vida, imagino que le gustará saber que La Casería (y sobre todo yo) estaba siempre dispuesta a recoger todo animal que por allí se acercase, y que también tenían la libertad de irse cuando quisieran, pero, en general, se quedaban, pues recibían alimento y cariño, y siempre recordaré cuando llegaba del colegio y tenía que saludarlos a todos (a veces hasta 20, contando los cachorros de turno) porque si no, alguno se enfadaba y no me quería acompañar al paseo de la tarde.

Espero que no le importe que le cuente todas estas cosas, pero es que, desde el momento en que leí sus relatos, siento que compartimos algo, el cariño por esa niñez pasada en los Cipreses, supongo...

Le cuento que al Patio de los Naranjos, como usted le llama, nosotros le llamábamos el Patio de los Tilos, pues estos esplendidos árboles dominaban sobre los naranjos, y crecían incluso por encima de los tejados.

Bueno, ya le dejo, no sin antes reiterarle mi gratitud y espero seguir en contacto, además ya estoy enganchada a sus relatos..

Reciba un cordial saludo.

Inmaculada Castro

Coletilla final

Me parece una idea estupenda, y me halaga que quieras compartir mis recuerdos junto a los tuyos, como ves me he permitido el tuteo, espero que no te moleste, pues si vamos a compartir espacio en la red creo que está justificado.

También voy a atreverme a pedirte, si podrías enviarme alguna fotografía de la casería, de aquella época, por supuesto sin que aparezcan personas, no quiero ser tan cotilla, solo que siempre soñé con verla restaurada, y como creo que es una utopía, (aunque nunca se sabe) me gustaría tener ese recuerdo, pues he estado mirando viejas fotos de nuestra estancia, y ninguna le hace justicia.

Por cierto, he hablado con mis padres de nuestra época allí y de nuestro intercambio de recuerdos, y mi padre incluso se ha emocionado cuando le he ido contando parte de sus relatos, y mi madre incluso me ha dicho que estuvo en el entierro de su tía Emilia, creo que a modo de homenaje, por los buenos tiempos que vivimos en la casería, que aunque también fueron duros, me que do con el comentario de ella, "al final nos criamos mu agustico", ya que ellos pasaron gran parte de su vida, 29 años, nada menos.

Bueno, espero noticias suyas, digo tuyas.

Un saludo afectuoso.

Inma



 Recuerdo común por separado

Como médanos de oro,
que vienen y que van, son los recuerdos.
¡No te vayas, recuerdo, no te vayas…
aunque me olvide de mí mismo!

Incluyo aquí en enlace para quien pueda estar interesado en leer mi relato sobre "Los Cipreses"  http://www.manuelmariatorresrojas.com/2013/01/granada-caseria-de-los-cipreses.html


martes, 11 de febrero de 2014

sábado, 8 de febrero de 2014

Tres tardes con Fidel Castro. Punto y final.


Las horas contadas

Coletilla

De regreso al Hotel Nacional practico la autocrítica y me lamento de no haber sido capaz de llevar al facundo de Fidel al huerto de sus gustos en materia de cine, literatura, gastronomía y otras cosas. De mujeres, por ejemplo. En mi confesión privada me absuelvo, ya que en nuestra plática ha pasado algo que merece la pena ser contado.

Mas la jodía culpa no ceja y ahora me echo en cara no haber rebajado los humos al Comandante cuando se pavoneaba por el triunfo de la izquierda en América Latina. Lo cierto es que no encontré el modo y manera de meter baza y tratar de explicarle al barbas que allá hay tantas izquierdas como países. Ya se sabe que no tiene mucho que ver el color ni la estatura con las cosas del querer; y que la izquierda chavista de Venezuela, se parece como un huevo a una castaña a la de Bachelet en Chile. Ni ésta a la populista de los Kirchner en Argentina. En Colombia han inventado una cosa, el Polo Alternativo Democrático, que recoge desde la socialdemocracia clásica al comunismo irredento. En Perú Alan García lidera un partido de vieja estirpe izquierdista y está diciendo ahora a los peruanos que lo importante es cazar ratones. Rafael Correa en Ecuador es más nacionalista que izquierdista.

Frente al reformismo criollo se alzan los líderes de un indigenismo que se siente explotado tanto por los españoles de la conquista como por sus descendientes los criollos. Así el boliviano Evo Morales y el nicaragüense Daniel Ortega. Al guatemalteco Álvaro Colom y al costarricense Oscar Arias, no sé ni dónde ponerlos. Tabaré en Uruguay y Lula en Brasil parecen más bien izquierdistas de lo posible.

¡Para qué iba yo a amargar la tarde al Comandante dándole una lección que maldita la gracia le hubiera hecho! ¿Cuánto va que me hubiera mandado a hacer leches? Otrosí digo. En la práctica, ni en Venezuela, ni en Bolivia, ni en Ecuador, ni en Guatamela, sus gobiernos han traspasado los límites de un capitalismo de Estado. Lo que Castro llamaría, si fuera sincero y coherente, un “orden burgués”.

Lo que si comenté a mi ilustre confidente, fidelísimo leedor de novelas de espionaje, fue que Smiley, el personaje de John Le Carré, ya se quejaba en plena guerra fría de que habíamos renunciado a demasiadas libertades para ser libres y que ahora tenemos que recuperarlas.

Pero Fidel anda en su Babia de buen revolucionario heredero del buen salvaje y ve las cosas por tela de cedazo.

En La Habana a diciembre de 2013

martes, 4 de febrero de 2014

Tres tardes con Fidel Castro II


Las horas contadas


Segundo encuentro 

A las cuatro en punto de la tarde siguiente, día viernes 24 de agosto, el gran coche negro me recogió en el hotel Nacional para llevarme de nuevo ante Fidel.

A pesar de que soy un poquito miope; a pesar de los cristales tintados y de las cortinillas bien corridas; a pesar de que yo no cargaba GPS ni en mi celular ni en parte alguna de mi anatomía, advertí que andábamos por unos andurriales distintos a los de ayer. No me engañaba, pues me plantificaron en un caserón estilo realismo soviético, más feo que la tiña.

Abrevio el cuento y omito describir las desangeladas galerías y meandros que corrimos, de la mano de camaradas distintos a los de ayer. Hasta que me topé con Carmiña, que esta sí que era la misma, o su clon.

La de Ourense abre unas puertas correderas y héteme aquí que me encuentro, en un gimnasio con instalaciones a tutiplén, de cara con el mismísimo Comandante en Jefe, que andaba el pobre sufriendo en una cinta de esas que inventó el maligno para no pasear por la calle por donde va uno tan ricamente y sin pagar.

− ¿Cómo le fue doctor? ¿le incomoda a usted que charlemos mientras cumplo con las prescripciones facultativas?

Aseguré al doctor Castro que me parecía de perlas y agradecí de nuevo el tiempo que me donaba y la familiaridad de su trato. Me permití preguntarle si el edificio en que estábamos era una sede administrativa o, antes bien, otra residencia.

− ¿Usted sabe cuántas veces han intentado liquidarme los servicios secretos del Imperio? Es mi deber tomar ciertas precauciones para privarles ese gustazo a los lacayos del imperialismo. A mí no se me afrijola tan fácilmente.

Luego era verdad la leyenda de que Fidel nunca duerme días seguidos en la misma cama. No quise jugar a adivinar la cifra de veces que habían intentado darle matarile y preferí indagar en su misteriosa promesa de ayer.

− Pues mire usted, amigo Torres, estoy puto de que los libros y las hemerotecas atribuyan el pacífico final que tuvo la crisis de los misiles a Kennedy y al camarada Nikita Jrushchov. Minimizan ante la Historia mi papel y eso me da mucho coraje. Yo creo firmemente que yo fui el más consciente y paciente de nosotros tres. Tenía bien clarito que era mi deber preservar al planeta de lo que hubiera sido, sin ninguna duda, la tercera guerra mundial. Ya sé que usted es muy aplicado, pero le ruego que me escuche como si estuviera hablando de amor con Catherine Deneuve. Ahora sí que voy a platicar con usted cosas que no he contado a casi nadie.


 El Comandante se apeó de la cinta de caminar y me invitó a limonada de coco sin azúcar. Me tomó del bracete y me llevó a un rincón que tenía dos sillones fraileros. Yo estaba muerto de ganas de escuchar su historia y sorprendido por su alusión a la Deneuve, aunque ya sabía que Castro es gran aficionado al cine francés.

− Kennedy estaba en serios aprietos pues le achuchaban los halcones del Pentágono y algún que otro consejero civil que se había vendido a los republicanos. Eso por un lado. Por el otro, el campesino Jrushchov era prácticamente rehén de algunos generales y mariscales del ejército ruso quienes, unidos al ala dura del partido comunista, estaban en vías de perpetrar un golpe de estado por considerar que el bolchevique del zapato en mano en la ONU era un blando. Y yo en medio de ambos, con mi pueblo padeciendo un calvario y cómplice, no del todo voluntario, de la instalación en mi isla de plataformas de lanzamiento de misiles con cabeza nuclear que alcanzaban una buena porción del territorio de USA. Incluso en mi partido comunista tenía yo mis problemillas con algunos mencheviques que me acusaban de ser poco menos que un aventurero putchista pequeño-burgués. Los muy cabrones habían colaborado con Batista y me querían dejar en la calle y sin llavín.

Intuí que era bueno dar un respiro al anciano que me miraba con los ojos que ponen los locos cuando están soltando una verdad como un puño. Para ello utilicé la treta de pedir más limonada y, de poder ser, galletas maríafontaneda, de las que ayer había merendado Fidel.

− Abra bien los oídos, joven. Ni McNamara, ni Gromiko, ni el hermano de Kennedy, ni menos mis embajadores tenían poder ni tiempo para conseguirme lo que logró la madre de Carmiña, que se llamaba Manoli y trabajaba para mí con la lealtad que ha heredado su hija.

No caí de culo gracias a que el sillón estilo remordimiento tenía un respaldo a prueba de saltos del padre prior. Entonces si que lamenté no llevar una grabadora encima, o cuando menos, tener a mano papel y lápiz.

− Mi fiel Manoli, que me veía mucho más preocupado que cuando me eché al monte para tumbar al carigordo comemierda de Batista, me dijo que el cocinero de la Casa Blanca era de su pueblo y que Kennedy le tenía en mucha estima.

Mi gozo en un pozo. Pensé que el Comandante estaba más loco que una cabra y que qué moños hacia yo charlando con él. Pero no había más cáscaras que mantener el tipo y obedecer al Comandante tratando de ver en él a la Deneuve que trabajó con don Luis Buñuel.

− Me faltó tiempo para decirle a Manoli que necesitaba hablar urgentísimamente con el presidente Kennedy, quien no debía atenderme en su despacho sino en un teléfono limpio de escuchas y sin otra presencia que la de su hermano Bob. Manoli tomó el encargo como si le hubiera pedido un caldo gallego para cenar y se fue sin decir oste ni moste.

Mi yo surrealista empezó a pensar que, bien mirado, lo que estaba oyendo era más divertido que si al Comandante le hubiera dado por decirme que tenía, en un arcón de su habitación, el otro brazo incorrupto de Santa Teresa y me aposté de muestra como perro perdiguero.


− Le dije a mi gente que, entretanto, me comunicaran a como diera lugar con Jrushchov y, traductores de por medio, le pedí al camarada veinticuatro horas sin un solo movimiento de sus tropas en las bases de mi territorio. Y que ningún navío soviético, de guerra o mercante, intentase romper el bloqueo naval de los norteamericanos. Recuerde usted, amigo Torres, que un proyectil soviético del tipo SAM acababa de derribar en suelo cubano a un avión espía U2 de las fuerzas aéreas USA. Para colmo de males el piloto resultó ser católico como los Kennedy y, además, parece que buena persona. Ya usted sabe que el lobby judío y los anglicanos, calvinistas, evangelistas y demás hierbas, estaban desesperados por echar a los católicos de la Casa Blanca, sí o sí.

Me vino a las mientes que este cuento gallego caribeño era mucho más majo que las cacas de novelas históricas que tantísimo éxito tienen en la actualidad. Y yo allí, en La Habana, sin poder ir al barbero y depositario único, a título universal, de la confesión de un viejo rojo, auténtico resistente al cambio climático y a cualquier terremoto ideológico. Puro pleistoceno.

− Jrushchov me asegura que haría todo lo humanamente posible para que sus guardianes respetaran una especie de tregua de veinticuatro horas y tiene la prudencia de no preguntarme de qué iba la vaina. Nada más colgar al del Kremlim, me advierte mi secretario que Manoli le manda decirme que en el teléfono de la cocina está el presidente Kennedy al aparato. Me zumbé como una liebre escaleras abajo y agarré como un poseso el teléfono que pendía de la ajedrezada pared de la cocina. Por cierto, que el teléfono era uno de esos de bakelita, fabricado por la ITT norteamericana y más prieto que un negro mandinga.

Palpo el bolsillo de mi chaqueta y me entra el canguelo al descubrir que he olvidado la pastilla para controlar la hipertensión. Tocaba tragarla a las cinco en punto. Me consuelo pensando que tampoco era una mala manera de palmarla, aunque mi cadáver terminase pasto de los tiburones que nadan bien cerquita del malecón, y que si moría en brazos de Fidel, a ver quién de los míos podía presumir de muerte tan descomedida.

− Total, que allá mismito voy y le digo a Kennedy, con mi inglés que entonces era bien bueno, que si conseguía aguantar 24 horas sin bombardear las plataformas de misiles y si abrían unos pasillos en el mar, yo le prometía que los soviéticos desmantelarían todas las rampas y se llevarían todos los cohetitos, con sus cabecitas nucleares, que pudiera haber en Cuba y que, francamente joven, le diré que nunca supe cuántos fueron, aunque se dijo que eran cuarenta y dos de alcance intermedio. ¿Tiene usted prisa? ¿Sabe usted que Kennedy me hablaba también desde un teléfono instalado en la cocina de la Casa Blanca?



El Comandante, mayor pero no lelo, se estaba dando cuenta de que un color se me iba y otro se me venía y se puso a jugar conmigo haciéndose el interesante, como si fuera necesario añadir intriga a la intriga y meter fuego al fuego.

− Para que no me regañe mi equipo médico habitual voy a abreviar. Encajaron todas las piezas, Jrushchov, que era hombre de paz y no como algún premio Nobel, cumplió su parte del trato y ordenó a sus dos hombres fieles destacados en La Habana que empezase el desmantelamiento. Para que vea que conservo la memoria le diré que se trataba del camarada Rashidov, entonces secretario del Partido en Uzbekistán y de mi amigo el mariscal Biryuzov, jefe de las Fuerzas Coheteriles Estratégicas de la URSS.

Fidel tomó un sorbito de su guarapo y mordió sin mucho interés una galletica.

− Los U2 de las fuerzas aéreas norteamericanas empezaron a comprobar que los rusos recogían los bártulos nucleares y se volvían para su tierra. Me contaron los nuestros que en una ocasión faltó un pelo para que chocaran navíos rusos y americanos, aunque supongo que de esto se enteraron por alguna emisora de radio, porque nosotros no teníamos ni barcos, ni aviones, ni nada de nada. En fin, que la crisis acabó sin una guerra mundial termonuclear y que evité la invasión de Cuba. Es cierto que hubo tensión entre nosotros y la URSS, pero nuestra alianza aguantó mal que bien hasta el final de la guerra fría.

Entendí que la revelación ya estaba completa y que era mejor no entrar en detalles porque la realidad supera al arte. Me limité a comentar que lo que no consiga un gallego no lo consigue nadie.

− Así es joven. Carmiña está convencida de que el Niño Jesús nació en Santiago de Compostela. Dice que los Reyes Magos de Oriente fueron guiados a tierra gallega por la famosa estrella y de ahí lo de Compostela, que es campo de estrella y no compóntelas como puedas, como pensaba yo. La buena de Manoli le metió en la cabeza a su hija que otra prueba irrefutable del nacimiento del Niño Dios en tierras gallegas es que su mote de Jesús “el Galileo” es una mala traducción del arameo. La versión buena es Jesús “el Galego”.

Al despedirme, Fidel me preguntó si todavía tendría tiempo de parlotear una tarde más antes de regresarme para España.

Ni que decir tiene que acepté. El jugo de lo que resultó ser larga propina, me lo reservo para futura ocasión, si es que ésta se presenta y yo sigo vivo, que hay mucho loco suelto.