martes, 23 de agosto de 2011

El alma de mi hermana



Se me ha muerto mi hermana, la mayor y más querida. Se van quienes amé, aquellas personas que me amaron. Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando; y estaré solo, sin árbol verde, sin pozo blanco…y mi espíritu errará, nostálgico de quienes se van para no volver. ¡Qué lejos! ¡Qué solo!
Su alma, el alma de mi hermana,
¡qué lejos y qué cerca de mí!

( Tomo en préstamo cosas de Juan Ramón Jiménez, de memoria, en desorden y mezcladas con otras mías. Las fotos, hechas con mi móvil...  )

jueves, 18 de agosto de 2011

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo décimo)

Duermo como un bendito y amanezco en el aeropuerto de Maiquetía.

Bajo del avión. Una banda militar ataca con brío el himno “Gloria al Bravo Pueblo”. Terminado que hubo la charanga patriótica, se acerca un general con un montón de estrellas quien me comunica que el emperador Hugo Chávez me ha concedido la ciudadanía venezolana, con derecho a pensión vitalicia. Y no contento con eso, va y me condecora e impone la medalla y banda de la Orden del Mérito al Buen Revolucionario. Y añade que Su Serenidad el emperador Chávez estaría muy honrado en cenar conmigo esa misma noche, precisando que sería una cena privada, sin discursos. ¡Qué gusto!

El comandante que dirige mi traslado hasta la suite presidencial del hotel Tamanaco me da buena espina y por eso decido jugar al despiste preguntando:

- ¿Cómo van las cosas por España?

Efectivamente, el militar es un criollo vernáculo bien entrenado y me responde con un laconismo alejado de la verborrea caribeña:

- ¿Se refiere usted a la Confederación de Estados Ibéricos, Catalanes y Vascongados?

No hay mejor información que la suministrada por un oficial de Estado Mayor al servicio de la inteligencia militar. Aseveré que sí y que mi pregunta venía a cuento porque había estado unos años muy ocupado, sin apenas tiempo de recibir información sobre la vieja Europa.

Le conté que, en el último lustro, había dirigido el departamento de neurocirugía del Toronto Western Hospital en Ontario, Canadá, dedicado a implantar electrodos en el hipotálamo de pacientes voluntarios que andaban un poquillo flojos de memoria. Mi equipo u yo conseguimos subir el volumen de los circuitos de la memoria y que la gente recordara escenas olvidadas muchísimos años antes. Con los impulsos eléctricos de una veintena de electrodos se hacen virguerías en el cerebro. Omití confesar que mi equipo lo que realmente buscaba en el hipotálamo era reducir el apetito, saciando la sensación de hambre. Pensábamos que tendría más éxito comercial la oferta de saciar el deseo de comer, sin ingerir alimento alguno, que la de recobrar la memoria.

El comandante se dio por enterado y me dijo que la Confederación de Estados Ibéricos, Catalanes y Vascongados, antes España y Portugal, estaba compuesta por dieciocho estados, con capital en Lisboa y que funcionaba correctamente. El Senado radicaba en Barcelona y el Congreso de los Diputados en Bilbao. Madrid había sido ascendida a la categoría de municipio pedáneo de Chinchón.

Agradecí su resumen y, por simple curiosidad, indagué sobre el estado de la cosa política en los Estados Ibéricos.

El comandante sonríe durante un nanosegundo y me cuenta que el Presidente de la Confederación es Don Felipe VI y que el partido en el gobierno, de tinte progresista, se llama Empresarios de la Construcción Unidos Jamás Serán Vencidos.

¡Señor, Señor, qué trajín! Ya en el vestíbulo del hotel correspondí al oficial haciéndole por mi parte de una revelación clave:

- De buena tinta puedo asegurarle que el sol se está despertando. Un nuevo ciclo solar ha comenzado.

En mi suite del hotel Tamanaco medito. Hace pocas horas no tenía ni un jodido papel. Ahora tengo tres pasaportes y no sé cuantas condecoraciones y pensiones de por vida.

Descabezo un sueñecito reparador, hasta que empiezo a soñar con ella. ¡Válgame Dios! La voz hueca me machaca. La mujer que tú conocías, no ha existido jamás, vomita el sonsonete. ¡Qué sofocación!



viernes, 12 de agosto de 2011

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo noveno)


( el autor en La Habana, interrogado por una amable policía )

Me despierta una azafata. Sus ojos relucen más que el sol. Hemos llegado a La Habana.

Dos funcionarios de inmigración me ahorran los trámites de aduanas y demás vainas. Se ve que ha funcionado el fax del comisario Gumersindo Morales, y de qué manera, porque un coche de servicio oficial me deposita en el Hotel Nacional.

Me desazona que ahora se llame Hotel Hilton Nacional, pero prefiero callar como un cartujo. Siguen los obsequiosos detalles de bienvenida y recibo alojamiento en la planta de huéspedes ilustres. En la misma habitación de siempre. En la número 804.

Enciendo la tele y mi corazón empieza a fibrilar. Está pronunciando un discurso, retransmitido en directo, el presidente de la República de Cuba, ciudadano Fulgencio Batista junior. Se le saltan las lágrimas cuando recuerda la figura de su egregio abuelo, el sargento Batista ¡Qué angelito!

Desde recepción me ruegan que atienda a dos señores de la policía política. Así lo hago en el bar de la veranda del jardín. Empieza un interrogatorio sobre mi grado de amistad con el ex dictador comunista, el mayor de los hermanos Castro. Los polis tienen mucho interés en recibir información sobre el relato de mi tercer encuentro con Fidel y otras menudencias, tales como mi idea sobre si, en la etapa final del paraíso del proletariado, el sistema de libre mercado será pecado venial o mortal.

Me dan a elegir entre presentarme mañana y tarde en sus oficinas para proseguir sus averiguaciones o llevarme inmediatamente de vuelta al aeropuerto, que ahora es privado y se llama “Aeródromo del General Batista y Cía. S.A”. Ofrecen pagarme un pasaje para donde guste y no cobrarme las tasas habituales, amén de un pasaporte cubano de conveniencia.

La duda ofende y el hombre con agujeros en la memoria, pero con instinto de supervivencia, elige el plan B.

En el aeropuerto, a mi demanda, me entregan un billete de los caros para Caracas.


¡Señor, Señor, sucede que, desde que desperté, no paro!

jueves, 4 de agosto de 2011

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo octavo)


( mi carnet de socio del Atleti )

En el aeropuerto compro, con dinero en metálico, un pasaje para La Habana. En el mostrador de embarque una encantadora señorita me pide pasaporte y visado. Como quiera que no hago ademán de buscar en los bolsillos, pues me limito a enseñar el carnet de socio del Atleti que siempre llevo en a mano, la muy zorra hace una llamadita por teléfono y un guardia civil con bigote y tricornio me conduce a la comisaría del aeropuerto.

Nadie cree que esté indocumentado. Dicen que mi carnet está caducado.  Me miran feo. Temo perder el vuelo y pido ver al comisario jefe.

Diez minutos después entro en un despacho, presidido por la foto de un señor alto y rubiales que se parece al enano de Franco como un huevo a una castaña.

El hombre que mira por la ventana se vuelve, me observa con cara de poli bueno y exclama:

- ¡Coño, don Manuel!

Ahora soy yo el que mira y me viene la segunda iluminación del día:

- ¡Coño Gumer! ¡Usted es Gumersindo Morales!

Nos damos un abrazo y no se me ocurre otra cosa que preguntarle si no está ya jubilado. Me contesta que no, que ahora la edad de jubilación está establecida en los setenta y cinco años, ordena que me hagan unas fotos y me hace entrega de un pasaporte de apátrida en su categoría de platino plus.

El visado lo arregla con una carta de su puño y letra dirigida al Director General de Inmigración de la República de Cuba.

No hay tiempo para decirle a Gumersindo que en todos estos añitos no he hecho nada, que he estado durmiendo, pero sí de prometerle que cuando vuelva por España nos tomaremos un cafelito y rememoraremos su pasado, que yo no lo tengo. Me acompaña a una puerta de embarque que queda donde Cristo dio las tres voces y un poco más allá.

Por ruego de mi amigo el comisario sabio y honesto me instalan en grand-class; cierro los ojos y concilio el sueño yo solito y sin orfidal. Antes de despegar empiezo a roncar y a soñar ¡La Habana!