viernes, 26 de septiembre de 2014

EL HOMBRE QUE ESPERA UNA PERDIDA


(fotos tomadas por el autor)

Las mujeres de la edad moderna están apagadas, o fuera de servicio. O, lo que es peor, carecen de identidad, pues sus números de los portátiles “no pertenecen a ningún abonado”.

 Si llamo, con mi móvil, a una mujer de la era moderna, normalmente se agota la batería de su portátil a poco de empezar a hablar. Contrasta la energía de la mujer de hoy con las escasas prestaciones de sus pilas recargables.

Las chicas me dicen:

 Estoy en el parque. Te llamo luego, cuando llegue a casa.

Deben dormirse en el parque porque el móvil no suena luego. ¿Cuándo es luego para una mujer?

Espero en el restaurante. Una hora. Pasa, por tanto, una hora de la acostumbrada por mí para la cena. Tengo hambre.

  Ahora no puedo hablar. Voy conduciendo, no tengo manos libres ni apenas cobertura y la batería se está muriendo, me dice la rapaza que está citada y no comparece.

Pido un vino y apunto en mi cuadernito moleskine. Sumo: en los últimos tiempos, desde que desperté en la clínica, he invertido en esperar el santo advenimiento de las hembras, quinientas veinticinco horas con cuarenta minutos. Toda una vida.

  ¿Quedamos ya para mañana? Insinúo a una pelirroja de rizo natural.

 Mejor te llamo luego. Cuando llegue a casa.
 Nada. Tan solo me llama mi tía Honorata. Desea que mañana la transporte al pedicuro, antes llamado callista.Al día siguiente, la mujer de la cabellera color fuego de leña, me manda un mensajito de letras:

 Lo siento. Estaba cansada y me dormí viendo la tele.

Natural. La televisión es el laúdano moderno.

 Quedaste en llamarme, me atrevo a susurrar a una tercera.
- No pude. A mi prima le dio un cólico nefrítico. La llevé a urgencias en Alcalá, dice.
 Voy en un taxi. La calle está cortada y hay un tapón enorme. No me esperes. Te llamo luego, afirma otra.


 He pasado de ser el hombre que duerme, a ser el hombre que espera.

 Pues no me esperes, que tengo que sacar al perro.
 Ya. Claro. Lo que pasa es que ya te he esperado una horita. ¿Me la devuelves? ironizo.
 Ahora no puedo. Luego te hago una perdida. No tengo saldo, contesta.
 ¿Por qué no me llamaste ayer? me dice al otro día.
 Quedaste en llamar tú, respondo.
 ¿Y eso qué tiene que ver?, replica la chica de Burgos.
 No quería agobiarte, mascullo.
 Corazón, contigo nunca se sabe. ¡Eres más rarito!, termina.
 A ti te pasa algo… ¿Tienes novia? Acusa otra bachillera.
 Ya sabes que no. ¿Quieres que hagamos de novios tú y yo? Le digo a modo de morcilla guasona.
 Hay algo que no te gusta de mí, sospecha en voz alta la sufragista.
 No es eso. A mí me gusta todo de ti, menos tú misma cuando te pones celosa, me atrevo a farfullar.
 ¡Anoche me colgaste!, me dice ella.
─ No quería discutir. Nos hubiéramos dicho cosas irreparables, le digo yo.
 Pues dímelas ahora, añade.
- Cuando me veas triste y malhumorado, todo lo que tienes que hacer es quitarte la ropa. Tu desnudez me hace vulnerable, contesto con un pié en Gª Martin.

Aburrido y solitario repaso los mensajes que he recibido hoy:

 Sí, pero más tarde. No tengo batería…
 ¿Ya se te pasó el cabreo?
 Anoche te encontré muy raro. Espero equivocarme.
 ¡Hola! Ayer me lié y después me fui a la camita. Besitos muchos.
 Hazme una perdida, que estoy en el trabajo.
 Salí del fisioterapeuta y te hice una perdida. Cené y me dormí.
 Toc… toc… ¿Me llamas luego?
 En ké stás pensando en ste instante?
 Gracias por todo. Igualmente.
 Kuando kieras.
 Hola! Ya te has olvidado de mí…? Besos.
 ¿Duermes?
 ¿Te veo mañana?
 Pienso en ti y…
 ¡He soñado contigo!
 Mañana te veré.

Pero nunca llega ese mañana.

 ¿A qué hora vendrás?
 A la que tú quieras, contesta.
 Quiero ahora, digo yo.


 En esta noche oscura, me acuesto “…dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado…” ( Juan de la Cruz, el fraile que no tenía móvil)

sábado, 6 de septiembre de 2014

Al viejo estilo


( Autor y hermana, del álbum familiar )

( Capítulo primero )

Por disposición paterna mi familia veraneaba un año en Granada y otro en la dehesa de Campoamor, provincia de Alicante. Veranear significaba pasar fuera de Madrid los tres meses del estío, más una propina hasta bien entrado octubre, hora de enjaularse en el colegio.

La dehesa era propiedad de unos amigos de mis padres, sin hijos. Dos mil quinientas hectáreas de pino carrasco, lentiscos, algarrobos y almendros, con costa propia, en medio de aquella España pobre y autárquica. Aún no se olfateaba la llegada del turismo ni los villanos atentados contra la ecología y el buen gusto que traería de su mano el estirón económico de manos puercas. ¡Torres de hormigón a orillas del mar! ¡Habráse visto!

Fuimos, sin saberlo, la última generación que pasó sus vacaciones al viejo estilo. Nadie nos obligaba a estudiar idiomas o cosas útiles para el futuro. El tiempo, infinito, era todo para nosotros. Aprendimos a no hacer nada, como enseña el Tao. A no hacer-haciendo.

La vieja casa ,con más años que un palmar, quedaba retirada del mar. Una tartana con una mula nos llevaba al baño diario en la caleta de la playa Yo solía ayudar a Pepe, “el de la tartana”, a enganchar la mula al carruaje, operación que requería tener muchas manos, y más para un crío de ciudad.

Cabe al mar,cambiábamos nuestras ropas en una casita que llamaban “La Barraca”, que tenía un aljibe con agua dulce. “La Barraca” estaba decorada con redes, boyas de grueso cristal verde, salvavidas de corcho y estrellas y conchas de mar. La hélice del motor fuera de borda se sumergía, para protegerla del salitre, en una gran barrica con agua dulce. Después del baño en el mar nos quitábamos la sal de la piel por el sencillo procedimiento de verternos encima el agua de unos barreños templados al sol en el patio de la barraca.

Algunos días la yaya Sagrario llevaba a la playa unos cestos de mimbre para alargar los baños hasta la noche. Tortillas de patatas, filetes empanados, ensalada de pimientos rojos y verdes, sandías y melones puestos a refrescar en lebrillos con barras de hielo cubiertas con sacos. Higos y brevas dulces, albaricoques de secano, melocotones pequeños y prietos. La siesta se dormía en colchonetas de paja sobre el suelo empedrado de guijarros y cantos rodados del porche de la barraca.