domingo, 29 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo sexto)



(foto del autor)

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo sexto)                                                   

Salí a la calle como las putas de los edificios de apartamentos por horas, con el neceser en la mano y llamando un taxi a grito pelao.

En el neceser no iba lo preciso para atender mi compostura y aseo, sino un convoluto lleno de unos billetes de quinientos nosequé cada uno. Una fortuna, me dijo el director del manicomio al despedirse de mí con un guiño. Yo lo hice con una pregunta:

- ¿Quién tiene mi ropa interior?

¡Qué calle más rara! Sin aceras con arbolitos en sus alcorques para que meen los perritos, ni edificios medianeros unos de otros para conformar cuadras regulares.

¡Qué ciudad más rara! No me suena de nada. Ganas me dan de volverme a la cama.

Un taxi se digna parar. Le digo a su conductor que me lleve a la avenida del Libertador esquina a Los Jabillos, edificio Junín en la urbanización La Florida.

Vuelve a mí su cara de piña y pregunta:


- ¿En la carretera de la Coruña, no?

Se me funden los plomos. Acabo de dar al taxista las señas de mi domicilio en Caracas. Uso el método de prueba y error y le digo:

- Perdone. Mejor me lleva usted al centro.

El hombre del taxi, mal aseado, menea la cabeza y se encoje de hombros. Y empezamos un viaje por lo desconocido hacia ninguna parte.
Nada me resulta familiar. Intento localizar el lugar de la acción recurriendo a mi acervo cinematográfico. Nada. Esto no es Nueva York, ni San Francisco, ni Caracas, ni La Habana. Debo de haber vivido en más lugares de los que memoria tengo. Intento sonsacar al hombre acerbo:

- ¿Por dónde queda un parque muy grande con árboles muy altos y una casa de fieras encerradas en jaulas con barrotes de hierro?

El taxista frena y me pide que me baje, cosa que hago pagándole con unos billetes que no sé a qué divisa representan. Me devuelve monedas que no son centavos de dólar, ni lochas de bolívar, ni centavos de pesos cubanos, ni céntimos de peseta.

Me encuentro otra vez ejerciendo de puta urbana, con el neceser en una mano y en la otra una bandeja de alpaca regalada por el personal sanitario del centro médico “en agradecimiento al paciente más constante”. ¡Serán güevones!




(foto del autor)

domingo, 22 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo quinto)


( foto Tina Modotti Edward Weston 1923 )

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo quinto)    ____                          

Cambia de tercio el hombre de la bata blanca que indaga y sorbe mate sin parar y va y me pregunta:

- ¿A usted le gustan las mujeres?

Respondo:

- A rabiar. Ellas siempre me decían: “esta tarde te veré”. ¿Cuál es la tarde de las mujeres? ¿usted lo sabe? ¿habrá sido ya esa tarde prometida mientras yo soñaba que pronto vendría?

Vuelve a la carga el galeno inquisidor:

- ¿Encuentra usted alguna relación entre ellas en general o alguna de ellas en particular y su enfermedad?

Callo. No pienso darle ninguna lección, que para eso quien cobra es él. Pero tengo manchas de rouge en la memoria. Para mis adentros me digo que seguro que sí. Que están relacionadas la enfermedad mía y ellas. En realidad han sido la causa remota y la próxima de todos mis descensos a los infiernos. ¿Por qué no iban a determinar que me durmiera sin fin…sin fin…sin fin? Me propongo que en la era moderna, la que empieza ahora, no sea así. Cuando estoy jodido pienso que la mujer que yo amaba no ha existido jamás. Y todo por buscar en otra persona, con forma de mujer, esa clase de felicidad desmesurada, probablemente inexistente.

Por el pasillo pasa una tía maciza, con unas piernas que le nacen de los sobacos y un culo a lo Emmanuelle Béart. Me vuelvo a mirar y meto la pata izquierda en un puto cubo de fregar. Rotura parcial del ligamento lateral externo de algo. Las mujeres excesivas deberían estar prohibidas. Violan mi derecho al equilibrio. Prefiero amodorrarme en mi zorrera.

En la siguiente sesión de trabajo me pregunta el médico que habla con acento porteño:

- ¿Tiene usted medios económicos para vivir fuera de aquí?

Contesto:

- El dinero no importa. Sigo sin saber quién diantres paga todo esto. Me gustaría probar con la hipnosis.

Cavilo. Es posible que haya sido yo un pez gordo de la mafia y corra con la cuenta hospitalaria la Cosa Nostra. ¿Por qué no?

El capellán de la clínica encarga al jardinero que me pregunte si quiero recibir algún sacramento. Debo ser respetuoso con la jerarquía. No me basta con un “pringao” de tres al cuarto. Contesto:

-Dile al cura ese que no me importaría hablar con un prelado consistorial o con una mujer-obispo, si es que ya está admitido por Roma el sacerdocio femenino, que no lo sé.

El capellán asegura que hará lo posible para que así sea.

La mujer antigua perdía su vida en el hogar, aguantando a un marido gruñón y criando a unos hijos que volaban pronto. La mujer nueva la pierde en trabajos frustrantes, en aras de lograr una independencia económica que no resuelve sus anhelos afectivos y cuando ejerce el poder lo hace al estilo hombruno. Fuman y fuman, hablan y hablan sin cesar por el móvil y beben alcohol. Ya veremos en qué terminan los tiempos modernos… ¡no sé, no sé…! Y yo aquí, huérfano de recuerdos y rehén de presentimientos.

Me digo: a fin de cuentas lo importante es tener algo que comer y algo que beber y alguien que te quiera. Un poco bastante mucho.               



( foto tomada por el autor )

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo cuarto)


( el autor explicando su aventura clínica )

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo cuarto)                              

Terapia conversacional… decía el muy gilipollas vestido a lo freudiano. Le pregunto si ha leído “El cuarteto de Alejandría”. Responde:

- Es usted el paciente mimado de esta santa casa ¿Ha intentado, por ventura, suicidarse usted alguna vez?

Estoy siendo prudente, pero no doblo la cerviz. Callo. No me empujen, que me vuelvo a dormir, coños.

Lo que vemos no es todo lo que hay… Si duermes ocho o diez años seguidos, lo sabes. Tienes mucho tiempo para no hacer nada… y piensas… o te parece que lo haces… o lo sientes así… a ojos cerrados. No hacer absolutamente nada durante años es una forma elevada de búsqueda espiritual.


En mi primera vida había una ranura de luz. Me parecía recordar.

Más de la mitad de los adultos tiene algún tipo de insomnio. Yo antes dormía siempre. Ahora, casi nunca. Recurro al rizópodo de la bata blanca y suelto dos perlas:

- ¿Podemos contratar a un vidente? ¿Usted cree en la percepción extrasensorial? pregunto al psicomicrobiólogo, por ver si se traga la pipa de fumar en pipa. Y también porque me acaba de entrar un ataque de analepsis y he recordado que fui discípulo del Gran Vidente Maharishi Mahesh Yogi, en su Centro para la Excelencia de la Educación en Bophal, India.

En realidad mi único problema es que no tengo ganas de discutir. Me da galbana. Ayer soñé que soñaba que volvía a caer en el limbo de los justos.

El loquero y yo intercambiamos unas banderillas de floreo:

- ¿No sería a consecuencia de un traumatismo craneal?, pregunto.

- No. No hay rastro, sólo petequias por todo el cuerpo, responde.

- Aún no puedo hablar de eso… ¿No tendré parásitos en el corazón o en el cerebro? digo. Y añado: ¿estado de fuga, quizás?

- ¿Con quién estoy hablando? me dice el mameluco.

- Eso quisiera saber yo. No me importaría ser un intelectual, sobre todo ahora que estoy solo, contesto. Y conste que sigo sin conocer la relación entre mi cerebro, mi mente y mi cuerpo. Por no hablar de mi espíritu, que está perdidito.

Las reglas del juego han cambiado durante mi etapa horizontal. Y no conozco el nuevo reglamento. Es mejor retirarse con gloria. Mi caso está basado en hechos reales. Si lo sabré yo…

- Tengo los tobillos helados y la nuca rígida y manchas de carmín en la memoria, le digo al psicólogo, o lo que quiera que sea, macrocéfalo. No puedo confiar en mi propia memoria.




( lo que queda del autor, en Cuba, al despertarse años después )

domingo, 8 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo tercero)


( fotos de mi niñez en el Buen Retiro ) 

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo tercero)                                                  

Nueva sesión con el psiconeurólogo. ¡Dale, machaca!

- ¿Cómo van sus recuerdos? me pregunta el hombre feo y duro de mollera.
- Muy bien ¿y usted? Un día un chino entró en casa y se meó en mi alfombra.

He tomado manía a este sujeto. No lo aguanto. Está convencido de que la mierda es mejor que la nada. Pido que me suba la dosis de orfidal, pues ahora resulta que no consigo dormir. Rechaza mi petición alegando que se acostumbra uno. El muy zote no comprende que mi insomnio actual algo tendrá que ver con la circunstancia de que he dormido, noche y día, no sé cuantos años. Y que las vacas flacas de la vigilia suelen suceder a las vacas gordas del sueño. Y viceversa.

Digo al médico interrogador:
- Por cierto doctor, quería preguntarle si, a su conocimiento, existen otros casos como el mío.

Carraspea un poco. Aclara la voz y me dice que él no ha tratado a ningún paciente con mis características. Pero que, sin embargo, en los manuales de su profesión hay descritos algunos casos.

Dejo para otro día la cuestión de la denominación, diagnóstico y tratamiento de mi enfermedad, pues, de momento, manejo la idea de que contraje la enfermedad del sueño porque me picó la 
mosca tsé-tsé cuando hice el servicio militar en Malabo.

Me intriga la cuestión de quién sufraga tan larga hospitalización. También la de si tengo familia y domicilio. Trabajo supongo que tendría, pero ya no, seguro que ahora no lo tengo. Como no tengo papeles tampoco sé cuándo es mi cumpleaños ni cuántas velitas me pondré en la tarta.

Una enfermera muy bruta pero noble, que es de Almendralejo ella y está tan rica como pan de pueblo, contesta a la pregunta sobre mi edad después, de abrirme la boca como a los burros. Dice que, por la dentadura, me calcula como unos cuarenta tacos.

Como quiera que albergo alguna esperancilla de que el día menos pensado y sin tomar agua bendita reanude con ella, antes de que se me olvide del todo, la saludable práctica del acoplamiento entre hombre y mujer, opté por no hacerle ver que si me habían alimentado por sonda unas ocho o diez mil veces, eso que se habían ahorrado de masticar los piños de mi boca. Amén de que mi madre tenía una dentadura perfecta y hoy en día resulta que los genética determina todo, incluyendo la funesta manía de pensar.

Al cabo de los tres meses, ya en buena forma física, el psiquiatra dice que debo prepararme para seguir una temporada más en la clínica. ¿No será que este hombre se ha enamorado un poco de mí?

Congenié con la prójima de Almendralejo. El sexo es precioso, incluso sin amor. ¿O mejor sin amor? Cuando hay sentimientos, el sexo no dura mucho. El definitivo argumento que la subió por fin a mi cama fue suspirar en su oído “nena, un polvo se le echa a un pobre”.  Fue precioso: tuve agujetas en el abdomen el resto del tiempo de la prórroga que me tiré en aquella clínica. La falta de uso.



( un día de campo en Parvulitos, que incluyo para convencer al psiquiatra de que tengo recuerdos )

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Poema LA LUNA QUE NO ES.


(el escritor y poeta Manuel María Torres Rojas)

Poema LA LUNA QUE NO ES                                                 

Por gentileza de mi querida colega y amiga Mery Larrinua estoy participando, con mi poema LA LUNA QUE NO ES, en el importante evento "Luz del Corazón-ELILUC Encuentros Literarios Internacionales".

Los poemas o relatos presentados por un grupo escogido de escritores hispanohablantes están siendo recitados, en el programa radial argentino “Una Noche Inolvidable” de Carlos Fernández, por ilustres voces de la radiodifusión argentina.



Con independencia de que se puede escuchar el texto completo de mi poesía pinchando en el video arriba insertado, me permito reproducirlo a continuación:

LA LUNA QUE NO ES

La luna que no es,
vino con el tercer sueño y vino malo, sueño malo. Vino amargo.
Caras de antes, traidores, sitios imposibles, gente de plomo.
Cuarenta y cinco años para diez de soledad:
¡brasas de carbón de encina!
Mi tierra se inundaba, enguachinada por la vena abierta 
en la concreta pared del embalse de la vega de Granada.
Mujeres e hijos en antracita. Violencia y rencor.
El odio africano de la máscara avarienta envenena
sus pellejos colgantes.
Fortifico La Casería con mis manos,
que cimbrean varas de avellano sobre la espalda del eunuco impostor.
Indulto los yerros de quienes llevan mi sangre.
Condenación a los avernos para la bruja y a su petimetre colgante.
¡Serán pasados por las armas de mi pluma! ¡Ajaré sus vanidades!
Morirán tal como viven, vestidos con la armadura de la mentira.
¡Mal rayo les parta!
Te lo dije: la luna es el sol
¡Realidad,
sueño,
las dos cosas son!
Manuel María Torres Rojas


(el autor en persona)

Pequeña nota biográfica

Manuel María Torres Rojas nació en Madrid en la década de los años sesenta.

Es Abogado, profesor de Derecho Civil en la Universidad Complutense de Madrid, escritor, fotógrafo y viajero.

Ha publicado diferentes libros de relatos autobiográficos, de viajes y de poesía.

Ha pronunciado diferentes conferencias en varios países centro y suramericanos. Igualmente ha sido investido Doctor Honoris Causa en prestigiosas Universidades de Latinoamérica.


domingo, 1 de noviembre de 2015

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo segundo)


( foto Frank Horvat )

Sin pijama y sin recuerdos. Capítulo segundo.             _____              

Me acuerdo de ella. ¡Dios!: tacones, manos, medias. Su falda, sus rodillas, su blusa, su melena, el nacimiento de su nuca. Me acuerdo de ella con el corazón, no con la memoria.

También recuerdo que bajaba andando con mi padre hasta el estadio Metropolitano y que mi equipo ganaba siempre la liga. Y que los malos, los hombres blancos, bajaron a segunda división. O casi.


He sido varias personas, yo. Una de ellas ha hecho mucho cine. Pero eso prefiero no contárselo al plasta del neuropsiquiatra.


Comencé como actor. Los papeles de Marcello Mastroianni y los de Alain Delon los interpretaba yo en la piel de ellos. Luego me hice director. Las películas de Chabrol y las de Rohmer, mías son. Ahora estoy haciendo los guiones de un tal Rafael Azcona, que se ha muerto hace poco y es otro de mis heterónimos. La frase de Truffaut que define el cine como “el arte de hacer que chicas guapas hagan bonitas cosas”, la pronuncié yo en una ceremonia de clausura del festival de Cannes. Acudí encarnando a Vitorio Gassman.


Abro los ojos y siento baja mi temperatura moral. Debe ser por haber dormido no se cuantísimo tiempo. Soy un hombre antiguo, lleno de entresijos. Y con dos cauces subterráneos, uno turbio y otro limpio. El arroyo primitivo es claro, hondo y silente. El manantial de la era moderna parece ancho, oscuro, horrisonante ¡Balada de los dos ríos!


No consigo recordar si llegué a vivir con ella.


Los médicos me dicen que debo permanecer en la clínica unos tres mesecitos más, de propina. Mis días corren unos con otros en la sala de rehabilitación aprendiendo a caminar y estirando los músculos ¿Para qué?