domingo, 11 de enero de 2015

Pregunto a mi hermano muerto


(fotos del autor)

Pregunto a mi hermano muerto por la eternidad y me dice que, hasta este momento, no dispone de datos suficientes:

- “Ha pasado poco tiempo aún”, me dice.

Y eso que mi hermano murió el primero de marzo de mil novecientos noventa y nueve.

A ver si consigo transmitir a mi hermano un diálogo que vengo de leer. Idan Segev, neurobiólogo, va y dice:

− “Dios es una invención del cerebro. Si yo fuera capaz de construir un robot con un cerebro tan complejo como el mío, seguro que creería en Dios”.

Pasko Rakic, otro genio, le responde:


− “Muy probablemente, el robot pensaría que su constructor es Dios”.

Las religiones monoteístas necesitan de la pulsión de la muerte. Y de la culpa. Es mejor renunciar aquí y ahora para asegurarse un más allá feliz, te vienen a decir.

Sabemos que los animales no tienen religión, pero sí quizás alguna forma de paraíso. Se lo merecen por querernos y cuidar de nosotros, sus amos, con la fe del carbonero y la fidelidad legendaria de las antiguas mujeres.

Spinoza, panteísta él, imaginaba que si los animales crearan su Dios, lo inventarían a su imagen y semejanza: con grandes orejas para el Señor de los asnos, una trompa para el Dios de los elefantes y con un aguijón para el de las abejas.

¡Quién sabe dónde! ¡Vaya usted a saber! ¡No somos nadie! ¡A mí, que me registren! ¡Se hará lo que se pueda!