miércoles, 24 de julio de 2013

Amar en silencio



(el autor, sin la palabra)

¡Amar sin el verbo, sin la palabra!

¡Amor de dulces y silenciosas heridas!

Piel contra piel entre seres mudos.

Miradas, suspiros, candores, deseos,

ternuras en enjambre, azares sin convocatoria, sin orden del día

ni agendas incompatibles para mañana;

sin memoria de ayer, sin balance de hoy.

¡Sexo sin cuenta de resultados!


( los versos son de un tal Manuel María Torres Rojas )

sábado, 20 de julio de 2013

A mi padre muerto


(mi padre)

Pocos días antes de su muerte, mi padre recibió la extre­maunción.

Terminado el rito sacramental, tuve ocasión de que­darme a solas con él en la habitación de la Clínica Nuestra Se­ñora del Mar, en donde murió. Le pregunté por su impresión al recibir los óleos y me dijo literalmente: “emotivo pero no grato”. Contundente y en buen castellano.

Lamento ahora no haber tenido ocasiones para haber charlado tranquilamente con mi padre de lo divino y de lo humano. En los años en que a él le tocó ser padre y a mí ser hijo las distancias eran tales que hacían prácticamente imposible una comunicación franca y menos de tú a tú.

También echo de menos que no nos haya dejado escritas sus experiencias, por ejemplo, en tiempos de la guerra civil española. Nunca quiso hablar de ella. Carmen Laforet y Josefina Aldecoa, no mucho antes de morir, publicaron re­membranzas de ciertas etapas de sus vidas, niñez incluida. Tengo sus libros en la cola de espera, así como el más reciente de los hermanos Esther y Óscar Tusquets.

Todavía me afecta hoy hacer memoria de los juicios de intención que hizo “mon père” sobre mis propósitos en la vida, cuando le comuniqué, recién terminada mi licenciatura con Premio Extraordinario, que no deseaba preparar oposiciones. La conversación terminó abruptamente.

Todavía no había cumplido yo la mayoría de edad, que en aquel entonces se alcanzaba a los veintiún años. Y eso los hombres, que las mujeres habían de esperar hasta los veinticinco. ¡Qué disparate!

Mi yo de entonces no quería criar culo sentado en un cuarto de estudio memorizando temas de Derecho. Yo deseaba ganarme ya la vida, ligar con mozas y hacer cine. Satisfice, a mi modo, las tres vocaciones. Y fui libre unos cuantos años.

¡Lástima no conocer enton­ces el Tao! Hubiera procurado explicarle a mi padre que “intentar contro­lar el futuro es como usurpar el lugar del maestro carpintero. Al usar sus herramientas, lo más probable es que te cortes la mano”. Lo digo porque mi padre era Abogado del Estado y pensaba que tal desempeño era lo mejor y más seguro. ¡Qué coñazo!

Hoy, desde las lluvias de un abril cálido y de nuevo libre, me gustaría estar con mi padre para, sin palabras, decirle que le quise mucho. Aunque no me gustara su manera de ser con mi madre ni de pensar respecto de mí.

Y pasar con el padre una sobretarde en el zaguán de “Los Cipreses”, la finca familiar de la vega de Granada, que ya no es de labor ni de la familia. Sin habla ni parla miraríamos juntos la puesta del sol por encima de la línea del cielo de Maracena.

Ya lo dijo el poeta japonés:
“Con quien no habla
cuanto tiene en mente

paso una agradable velada.”



(de izquierda a derecha: mi hermana mayor, mi padre, tía Pepita y
un servidor con niqui de rayas)

sábado, 13 de julio de 2013

El que espera desespera


(fotos del autor)

A los telefonillos portátiles les dicen “móviles” en España, y "celulares", en algunos países del otro lado del mar océano.

Cuando llamo a una mujer de las nuevas a menudo ocurre que se acaba su batería a poco de empezar a hablar.

Las chicas me dicen:

- Te llamo luego, cuando llegue a casa…se va a cortar, no queda batería.

Deben dormir en el parque, porque el móvil no suena luego.

¿Cuándo es luego para una bella mujer?

Una hora. Pasa una hora de la cita convenida para la cena.

Suena mi aparato en el restaurante. Me dice ella:

- Ahora no puedo hablar. Voy conduciendo, no tengo manos libres ni apenas cobertura y la batería se está muriendo.

Pido otro vino y apunto en mi cuadernito “moleskine”. Sumo los tiempos de mis esperas a ellas, a las distintas ellas. En los últimos tiempos, desde que desperté en la clínica de mi letargo sabático, he invertido en aguardar el advenimiento de La Mujer unas quinientas veinticinco horas con cuarenta minutos. Toda una vida.

- ¿Quedamos ya para mañana? digo

- Mejor te llamo luego. Cuando llegue a casa, me dice.

Nada. No suena nada. No pasa nada.

Al día siguiente, me manda un mensajito de letras:

- Lo siento. Estaba cansada y me dormí viendo la tele.

¡Natural!, son criaturas jóvenes, libres e independientes.

- Quedaste en llamarme, recuerdo el día de después…

- No pude. A mi prima le dio un cólico nefrítico. La llevé a urgencias en Alcalá.

- Voy en un taxi. La calle está cortada y hay un tapón enorme. No me esperes. Te llamo luego.

He pasado de ser el hombre que duerme, a ser el hombre que espera.

- No me esperes que tengo que sacar al perro.

- Claro. Lo que pasa es que ya te he esperado una horita. ¿Me la devuelves? insinúo.

- Ahora no puedo. Te llamo luego. No tengo saldo, me dice ¿Por qué no me llamaste ayer?, añade


-Pues…porque quedaste en llamar tú, contesto.

- ¿Y eso que tiene que ver?, replica ella airada.

- No quería agobiarte, susurro.

- Corazón, contigo nunca se sabe. ¡Eres más rarito!, termina la diosa de socrática.

- A ti te pasa algo… ¿Tienes novia? Acusa otro día.

- Ya sabes que no, me defiendo yo.

- ¿Hay algo que no te gusta de mí? Me espeta.

- No es eso. Me gusta todo de ti menos tú cuando te pones imposible, replico de forma retórica…

- ¡Anoche me colgaste!, me acusa ella.

- No quería discutir. Nos hubiéramos dicho cosas irreparables, le digo yo.

- Pues dímelas ahora, añade.

- Cuando me veas triste y malhumorado, todo lo que tienes que hacer es quitarte la ropa. Tu desnudez me hace vulnerable, contesto.

Aburrido y solitario repaso los mensajes que he recibido hoy:

- Sí, pero más tarde. No tengo batería…

- ¿Ya se te pasó el cabreo?

- Anoche te encontré muy raro. Espero equivocarme.

- ¡Hola! Ayer me lié y después me fui a la camita. Besitos muchos.

- Hazme una perdida, que estoy en el trabajo.

- Salí del fisioterapeuta y te hice una perdida. Cené y me dormí.

- Toc… toc… ¿Me llamas luego?

- En ké stás pensando en ste instante?

- Gracias por todo. Igualmente.

- Cuando kieras.

- Hola! Ya te has olvidado de mí…? Besos.

- ¿Duermes?

- ¿Te veo mañana?

- Pienso en ti y…

- Mañana te veré.

Pero nunca llega ese mañana.

- ¿A qué hora vendrás? inquiero.

- A la que tú quieras, contesta.

Quiero ahora, me digo para mis adentros…

miércoles, 3 de julio de 2013

Terca luz


(el autor y El País Semanal)

Hoy, en plena ola de calor africano, me permito invitarme a mí mismo a
Casa de Citas, mayormente para no abusar de mis improbables lectores.
Para más INRI, se trata de una poesía de mi cosecha lírica.
¡Ustedes perdonen!

De la terca luz su postrer fulgor reúno,
cautiva y descompuesta en oros y malvas y esmeraldas
vela mi ánima de ambarinos linos.

Tal vez fuera piadoso luz se recogiera
en un solo haz de domésticas volutas, polvo de libros,
y así el niño que queda apenas tuviera otra encomienda
que limpiar las celdillas de su memoria.

Mas... ¡qué va!... la impía luminiscencia no ceja
y derriba el nido de mi cama

Quiebra el rayo por el cristal herido
y rompe en topacios y opalinas y cárdenas turmalinas
que a danzar invitan al hombre antiguo y a la mujer nueva.
Bailamos tres, el hombre solo,
la mujer que llega y el eterno niño.

Peces fusiformes chocan, mecánicos,
sus bocas en minerales besos de estéril cortejo,
mil cristales bermellones revientan
las paredes cotidianas de mi egocéntrica guarida.

¡Inclemente luz que a su albedrío administra las sombras!

Tarde quita claridad y el ocaso abate ecos de colores
y gemas presas en los vitrales de mi caleidoscopio.

Hombre, mujer y niño lamentan la noche.

_______________________________

Años después este poema dio nombre a mi último libro recopilatorio de mi producción poética.