domingo, 31 de marzo de 2013

Murcia no es París


(el autor en Murcia)

Murcia es lo contrario que París. En los pagos murcianos anida el ruido y la furia, la moral ciudadana se evaporó en los años burbujeriles y la gente quiere ser rica y no culta. Esto último me lo dijo, tal cual, Tony, el recepcionista nocturno del Hotel Neptuno. La inteligencia de mis improbables lectoras hace innecesario aclarar que me refiero a la moral de las instituciones y partidos de aquella región y no a la moral individual de cada persona, que ni quiero ni puedo juzgar.

Como no me duelen prendas, ni me pienso volver a casar con nadie ni por la Iglesia ni por lo civil, tengo que decir que he notado a París más guarro de lo propio de la Ville de la Lumiére. Se lo comenté al hombre francés, pero que ha estudiado en Colombia, que me transportó a Orly para tomar el avión de vuelta y me dijo lapidariamente:

—“los inmigrantes no cuidan las cosas”.

No comparto el comentario xenófobo del taxista parisino, pero, como buen escritor de moral y de costumbres que soy, dejo aquí constancia de la opinión del taxista por mí consultado.


(foto tomada por el autor en el Mar Menor)

Enrique Vila-Matas se quejaba el otro día de su bien amada Barcelona, por estar inundada ahora de turistas gaudinianos.

Yo tengo la tesis de que para escribir es mejor no vivir en la ciudad soñada, si es que tal existe. Te distrae. Es mejor escribir en el limbo.

Escucho llover sobre los cristales de mi casa. Ya cada día es más primavera sobre el barrio que se aleja. Por mi calle anda abril y ya no me quito de encima las estrellitas de colores, hasta vaya usted a saber cuándo. Y encima resulta que soy un proyecto de hombre mayor y en crisis, con la familia interrumpida. ¡Qué de recuerdos! ¡Cuántos colores hubo!

Es bueno enamorarse de cuando en cuando… Lo que ocurre es que, cuando amo a una mujer, deseo que se vaya para poder soñar con ella.

Todos escribimos hoy autoficción. No son autobiografías, ni actas notariales, ni diarios, ni memorias, ni novelas puras que son pura imaginación. Pero también lo que escribimos es todo eso. Es literatura, con perdón.
Cesare Pavese se suicidó por estas fechas hace setenta y tantos años. Antes había escrito que “los suicidios son homicidios íntimos”.


(tomé la foto en Lo-Pagán)

Cuando el verano pasado tomé los doce baños en el Mar Menor, se palpaba en el ambiente una grave preocupación por los efectos de la crisis en los negocios locales de hostelería y restauración. Dije al alcalde que, a cambio de ser nombrado cronista de la villa de San Pedro del Pinatar, estaba dispuesto a proponerle la solución infalible e inefable para alejar el temor local.

Se trataba de sacar en procesión a la Virgen del Carmen para que un impedido, previamente rebozado en los lodos de Mar Menor, se levantase de la silla de ruedas gritando ¡milagro, milagro!
En ningún momento entramos en el asunto de si el “probecico” tenía que ser auténtico o valía cualquier aficionado local. Ni por esas. Ni me han nombrado cronista local, ni han sacado a la Virgen en procesión. Será por no estimar adecuadamente el efecto beneficioso que una retransmisión en directo del milagro de los lodos hubiera producido, a buen seguro, en el mundo mundial. También puede ser porque el alcalde es socialista y tiene más miedo de lo normal a la religión.

Aquel día no reconocí a un amigo de infancia que había ido a Murcia a la vaina de los lodos del Mar Menor. No lo identifiqué porque la última vez que lo vi era un crío que pesaría 40 ó 45 kilos y ahora es un cachalote de unos 130 kilos en canal. Le pregunté por la razón de su desparrame carnal y se limitó a decir, con cara de mala leche eso sí, que había cogido querencia a las albóndigas de pavo.
A ese antiguo amigo de Murcia le fastidia que use un hipocorístico para llamarle por su nombre de pila. El nene se llama Enrique y no quiere que yo le llame Quique, como hace todo el mundo.

lunes, 25 de marzo de 2013

París - Murcia


(El autor en París)
                                                     - PARÍS -
El coqueto hotelito del distrito XVIIème tenía dos recepcionistas que se turnaban.

La de alba tez y bellos ojos se llamaba Mathilde. La otra no. El hotel es el Villa Eugenie, 167 Rue de Rome 75017 París.

Más, héteme aquí que, quien aconsejaba certeramente en materia de gastronomía y transporte era la otra. La menos agraciada de las dos.

La cena en el bistrôt Le Clou, fue exquisita. El nido de hongos salvajes con un huevo poché todavía hace que mis espartanas glándulas y papilas guatativas manen jugos por el recuerdo de semejante prodigio.

El plato de resistencia me recordó tiempos pasados en Aquitania. ¡Vaya lubina al horno con una muselina de echalotas! El vino, del Languedoc, no me dijo gran cosa. Olía mejor que sabía. Le Clou está en el número 132, rue Cardinet. Hay que bajarse en la estación de metro de Malesherbes, línea nº 3.


Ahorro a mis improbables lectoras la descripción del postre. La foto de la pizarra es ilustrativa.



(fotos tomadas por mí)


El distrito XVII
ème, como casi todo en la vida, está partido en dos. De un lado del ferrocarril, los pobres. Del otro lado, los ricos.

Hay un sitio en el mundo que se llama París. Un sitio muy grande y hermoso y otra vez grande. Es más o menos lo que dijo César Vallejo, quien murió allí en 1938, cuarenta y pico años después de haber nacido al contrario que en París, en un pueblecito andino pobre, oscuro y remoto que se llama Santiago de Chuco, en el norte del Perú.

La otra recomendación culinaria de la mujer de recepción que no era blanca ni se llamabas Mathilde dio con nosotros, a la siguiente noche, en un restaurante italiano por nombre Nove Sette, 97, rue des Dames, Paris XVII
ème.

Bien decorado, gente guapa en las mesas y un servicio joven, al parecer con contratos más basura que las hipotecas USA. Me costó diez minutos y tres interlocutores distintos que comprendieran y aceptaran que la chica joven de mi mesa iba a cenar dos entradas.

Cenamos bien, la pasta en su punto y el vino toscano también.

Era domingo noche, el  distrito 17º estaba con dominguitis y en una esquina una chica ebria se pegó un trompazo de marca mayor. La pobre necesitaba Benadón en vena.




A la vuelta de París me fui a Murcia, que también tiene lo suyo.

viernes, 22 de marzo de 2013

Escenas matritenses



Escena primera

Lluvia y frío. El encargado de Linogar, tienda de ropa para la casa, me para por la calle:

— Don Manuel, hace mucho que no vemos a su mujer por la tienda.

Sonrío y le digo:
— Es natural. Tampoco yo la veo por casa. Hace tiempo que me dejó. ¿Cómo van las ventas?
Me dice:
— Regular. Era mejor local el anterior, el de la esquina de frente por frente. Además… ¡con la que está cayendo!
Sigue el hombre con sus cavilaciones. Me mira hondo y suelta:
— De todas formas, a mí lo que me gusta es el toro.
Me quedo de muestra, cual perro perdiguero que ha venteado una liebre:
— ¿El toro? Pregunto con prudencia.
Sigue:
— Si, Don Manuel. Aunque trabaje en el comercio, yo soy mozo de espadas.
Me enseña su carné profesional del sindicato correspondiente. No me cuesta mostrar curiosidad:
— ¿Lleva usted ahora a algún matador? Inmediatamente me doy cuenta de que he confundido los oficios de mozo de espadas y de apoderado. Pero ya no tiene arreglo.
Sigue el hombre del toro:
— Claro, estoy con zutanito, un chico de Salamanca que promete. El domingo toreamos en Almagro.
Le doy la mano y deseo suerte para ambos. No menciono al toro, que será torturado y muerto en el ara de la Fiesta Nacional. Se despide:
— Estoy loco por dejar la tienda. A mí lo que me gusta es el toro. ¡Ah!...cuando se empareje usted de nuevo, no deje de recomendar a ella, a la siguiente, mi establecimiento.

Escena segunda

Son los euros que cuesta, aunque no los valga, un reloj Rolex de caballero montado no sé si en platino o en oro blanco y, eso sí, cuajadito de brillantes.

Tal espantajo se me apareció en el curso de una recepción en la casa Rolex, a la que acudí invitado por la firma Wempe.

La prenda relojera, del gusto de emires y jeques árabes, estaba protegida dentro de una vitrina rodeada de rayos láser, como las que salen en las películas de atracos perfectos. Son esos filmes en que uno está deseando que ganen los malos y pierda la policía.

Me presentan a un ciudadano con pinta de asentador de pescado en traje de domingo que se autoproclama aristócrata. El aristócrata hortera o impostor, cargaba un peluco, también Rolex, de esos que parecen un huevo frito de oro amarillo. Para salir del paralís que me había embargado, comento yo que el esperpento de los trescientos sesenta mil euros es propio de narcotraficantes colombianos y me corrige, al parecer con conocimiento de causa:

— No, no lo crea. Conozco bien Colombia porque compro allí esmeraldas. Los narcos colombianos gastan oro amarillo. El oro blanco queda para los narcos árabes que trafican en Oriente con el opio y derivados.

Por lo demás la recepción estuvo perfecta. Las damas bellísimas, los caballeros elegantísimos, incluido un servidor, que practicó el sincorbatismo. El comercio y el bebercio, ahora llamado catering, muy selecto y abundante.

Observé y paladeé, con satisfacción, que el sempiterno y vulgar Moët Chandon había sido sustituido por el champagne Ruinart, que me gusta más. La comida era abundante porque estaba prevista la asistencia de ciento veinte gilipollas y a la postre sólo concurrimos unos setenta, y mal contados.

miércoles, 20 de marzo de 2013

¿Por qué escribe usted?


( Lartigue. Bibí 1920)

Me lo pregunta una señora en el Círculo de Bellas Artes:

— ¿Por qué escribe usted?

Me viene a la cabeza la cabeza la respuesta que dieron a tal cuestión gente muy principal en este oficio, egocéntrico donde los haya. Bryce, García Márquez y Onetti contestaron que escribían para que les quisieran, para ser queridos. Para que les queramos nosotros sus lectores.

Pero no caigo en esa tentación, yo que normalmente caigo en casi todas. La dama que interroga tiene ese acento que se prende en la garganta de las mujeres que empiezan a dudar si merece la pena seguir siendo fieles a un marido que solo sabe ir al trabajo y al cuarto de baño.

Son las ocho de la tarde, Madrid tiene por cielo un hongo de atómica contaminación y el vino que sirven en el sarao literario es ácido como la vida misma. Debe ser cosa de los recortes que perpetran los palurdos neoliberales que predican con el ajuste en cabeza ajena. Los cocktails literario ya no son lo que eran.

La señora del sombrero que quiere ser pamela insiste con tozudez digna de mejor causa:

— ¿Por qué escribe usted?

Pasa cerca un camarero, el camarero, que lleva en ristre una bandeja de cartón en la que viajan unos cuantos canapés muertos.

Tentado estoy de responder a la señora que, dado que ahora ejerzo de memorialista de mis recuerdos, escribo para esclarecerme a mí mismo las cosas que me han pasado y para oscurecer las que me van a acaecer en el futuro, que se presenta tan incierto como el reinado de Witiza.

También podría acudir a Caballero Bonald en su Diario de Argónida : “También soy yo aquel que nunca escribe nada/ si no es en legítima defensa” y quedar como un ingenioso plagiario.

Sin embargo, hay algo me impide responder así. La señora es amable, sus ojos son del color de las turquesas y, por ende, no tiene culpa alguna de mi poco apego al mundillo social y metaliterario y, menos aún, al vino amargo.

— Es usted tan bella y paciente que se merece una respuesta más elaborada de lo que acostumbro, le digo a la dama del sombrero.

La mujer de prometedoras maneras me mira con alguna chispa de curiosidad.

— Verá usted –prosigo-, al principio empecé a escribir para que me quisiera una chica que me gustaba mucho, que tenía el pelo a lo garçon y que se llamaba Amparito y era de Murcia. El caso es que mi recurso a la escritura surtió efecto y fuimos novios formales una temporada de otoño, hasta que a ella le  entró el desamor de año nuevo. Yo continué escribiendo, pero cambiando el registro, puesto que me dio por rellenar cuartillas para fastidiar a la moza del pelo corto.

La señora del sombrero con vocación de pamela me regaló una preciosa sonrisa de agrado y dulcificó su voz de trigo para insistir:

-Y ahora, ¿por qué sigue usted con la escritura? ¿cuál es la causa que le motiva para encerrarse a solas con un lápiz y una resma de cuartillas?

La dama con sombrero y sonrisa coralina se había destocado y esponjaba su melena con conocimiento de causa.

Propuse a Lucía, que tal era su gracia, continuar nuestra charla en un sitio con comida y bebida de verdad. Colocó su enguantada mano en mi brazo izquierdo y salimos al estruendo del Paseo de Recoletos.

domingo, 17 de marzo de 2013

Crueldad veneciana



(fotos tomadas por el autor)

Durante la cena, a medida que la noche se cerraba, la confidencia de aquella mujer con roja mata de pelo rojo se iba transformando en cruel descripción, con pelos y señales, de su infidelidad para conmigo.

Y conste que de ella, mutable cual pluma al viento, mi razón no esperaba sino unas migajas de calor. Apenas eso.

A pesar de mi convicción intelectual, jamás me había sido dado imaginar que la hiel de su confesión fuera tan amarga, y tan honda la daga que me rasgó en dos. En aquella cena en la trattoria Da Ernesto en Venezia, la diosa de la roja mata de pelo rojo, en el fragor del champagne Taittinger, me invitó a contemplar en su teléfono de bolsillo una foto de su amante ultramarino.


(en la amarga cena)



Airado, rehusé su ponzoña y salí a la puta calle a llorar un cigarrillo.
En el camino de vuelta al hotel, ambos en marmóreo y civilizado silencio, se me hizo evidente la imposibilidad de pasar con ella aquella amarga noche.

Necesitaba estar a solas con mi cabreo. Sentía repulsión hacia ella y su cruel y estúpida confesión. Llamé a un aquataxi y pedí a su conductor que acercara a aquella mujer, de pronto tan ajena a mí, a nuestro hotel, contiguo a La Fenice.

Liberado de su insoportable presencia de mujer, me metí en el lounge bar del edificio Mondadori. Dos vodkas después, la cosa estaba clara. Tenía un plan.

De regreso al hotel pedí en recepción una segunda habitación, lo más alejada posible de aquella que habíamos compartido cuatro noches, con sus madrugadas, sus desayunos y sus apasionadas siestas.

Me resulta imposible dormir sin pijama y con recuerdos.






(nuestra habitación)

El problema del pijama era más fácil de solucionar que la cuestión del peso del recuerdo de su olor de hembra ¿Por qué me conmueven tantísimo las mujeres fatalmente pelirrojas?

Un billete de cincuenta euros convenció al hombre de la conserjería de que el guión exigía una llamada suya a la habitación de la infiel mujer de la mata de pelo rojo para pedir, en nombre mío, que hiciera al pronto mi equipaje.

Con otros veinte machacantes más, un mozo transportó mis maletas de la 425 a la 201. En plantas distintas y en alas opuestas. Distancia de seguridad.

En el minibar de mi nuevo cuarto no había ni vodka ni hielo. Opté por beber a morro dos botellines de Beefeater. Me tragué una píldora sedante, me lavé cara y dientes y soñé con mi patio y mi aljibe y con las trenzas de mi primer amor, el que sentí hacia una niña rubia trigo.

¿Siempre caeré en los mismos errores? ¿Es que no he de cansarme de desear la fruta del cercado ajeno?


¡Qué ciudad más puta y fría es Venezia!




Me desperté en un puro sobresalto. Las pesadillas me hacían gritar.

El estómago me dice que el momento más duro de mi vida no ha llegado aún. Que llegará cuando el deseo se agote y no me queden ganas de zascandilear.

Desayuno un bull shot bien cargado de vodka. Me confortaba la idea de que hay diosas con tan buenas tragaderas que son capaces de dártelas con un tipejo que sólo sirve para ir a la oficina y al retrete ¡Con su pan se lo coman!

¿Qué he de hacer con la tunanta de la habitación 425? Si me tropiezo con ella en medio de un pasillo del hotel ¿temblará la firmeza de mi decisión? No me será fácil desapegarme de esa pelirroja para siempre jamás amén. No parece, no.
De la carpetilla de mi cuarto, viudo de amor, saco una cuartilla con el membrete del “Hotel de La Fenice y Des Artistes”, San Marco, Campiello della Fenice 1936, y escribo:

—“Fuiste desleal a tu conciencia al no apostar, tan solo, por el amor que yo te entregaba…”

Ya se sabe que la mejor manera de olvidar a una mujer es hacer literatura con ella.




(mi cuaderno moleskine)

El resto de mi carta a la infiel eran prosaicas instrucciones sobre el aquataxi que la habría de depositar en el aeropuerto Marco Polo aquella misma tarde y acerca del número de su vuelo para Madrid. La pasta, como siempre, corría de mi cuenta.

martes, 12 de marzo de 2013

Diálogo entre sexos



Con la noche a medio hacer, escribo a ella: 

Mi cuerpo se pasea por la habitación llena de libros, versos y nada de ti. 

Ella me responde: 

Así lo quisiste tú. 

Replico: 

Esto quise de ti: ¡que fueras cuanto no has sido! 

Al clarecer el día, recibo este mensaje de ella: 

¡Siempre quedan asuntos pendientes! 

Envié esta pregunta por respuesta: 

¿El polvo del reencuentro tal vez?
  
Ella no demoró su respuesta a mi sutil planteamiento sobre la celebración del reencuentro con un buen revolcón:
 
—Esta noche, querido, no puedo acompañarte…caigo rendida, también sola como tú. Somos dos, solos y tontos. 

Un caballero como el que suscribe contestaría tal y como lo hice yo:
 
-Descansa como si la vida te fuera en ello ¡Qué inútil ser dos! 

Ella mensajeó su réplica:
 
—Cierto, hay que ser más simples, ser uno en lugar de dos. 

Rematé la faena con un adorno por alto:
 
—¡Qué cansancio ser dos inútilmente! ¡Que tengas un buen día! 



(foto tomada por el autor)

A la tarde siguiente, sin noticias de ella, decidí ensayar con una pregunta formulada en lenguaje propio de la diplomacia vaticana: 
—¿Cómo ves la cuestión de un polvo de gala para santificar la reanudación de nuestras relaciones personales? 

En cosa de segundos, ella escribió lo que sigue:

 
—Pues claro, eso no lo dudes… 

Su respuesta me dejó jodido. Cuando una mujer te asevera rotundamente que está de acuerdo en tus deseos, pero lo afirma de modo inconcreto, mal se presentan las cosas. Mi cerebro, que es más elemental que el mecanismo de un chupete, hubiera preferido algo así como: “Mañana por la tarde, a eso de las siete, me esperas en tu casa con un magnum de Dom Perignon Vintage 2000 Extra Brut, bien enterrado en un balde repleto de hielo picadito.”

Pasó el tiempo, me fui unos días a una verde y atlántica isla y otros cuantos a la osada ciudad de Nueva York. 

La mujer delgada y larguirucha con tez color de nardo de olor cambiaba conmigo mensajes telefónicos, unas veces de amor y otras de guerra. 

Con la luna nueva de noviembre la niña blanca que echa chiribitas de oro por su alba piel me escribe en el teléfono: 

—Manuel, ordenado, meticuloso, serio, perfeccionista. Y yo despistada, desordenada y alocada. Yo no sé  qué soy para ti, pero para mí eres tú eres el hombre ideal. Tuya, mío. 

Rodaron unos cuantos días más, que se fueron en el entrecruce de nuestras misivas, encendidas a veces, otras languidecientes. Así, alguna vez, ella me decía esto: 

—Pronto me olvidaste guajiro. Ya me lo temía. Penita me da pero así es la vida. 

O esto otro: 

—¿Y tu agenda femenina, cómo va? 



Mis correos contenían lo mismo fórmulas elusivas que protestas de amor romántico. O pullas de las de antes, de cuando la infancia: 

—Si yo soy un manjuarí, tú eres una ornitorrinco flacucha y desgarbada. 

Hace unos días, la mujer veleidosa cual veleta en campanario, me escribe lo que tiene pinta de la sentencia que pone fin a nuestra particular guerra de los sexos: 

—No soy para ti, mi querido Manuel, y no tengo intención de cambiar. Con los años uno va a peor y eso lo sabes tú bien. Dicen que los polos iguales se repelen. Evitemos las malas ocasiones. Así, si coincidimos alguna vez, podremos echarnos unas risas, que son muy sanas. Eres encantador y contigo es imposible aburrirse, pero…


Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Al menos por ahora.