jueves, 28 de febrero de 2013

No he conocido una mujer igual a otra



(fotos del autor)

«Todas las mujeres son iguales. Sólo las diferencia su sentido moral» dice Röhmer.

En el origen, las mujeres fueron territoriales. Los hombres cazadores o nómadas.

Necesito una esfera de libertad cada vez más reducida en lo espacial pero más nítida e inviolable en lo moral. Mantengo algunos principios encerrados en la caja negra de mi memoria. Cuanto mayor soy me siento más radical, y cuanto más radical, más libre.

Con palabras de buena crianza ahora voy a poner una enmienda a Röhmer. Un neuro-científico por nombre Damasio, premio de investigación Príncipe de Asturias, demuestra en la revista “Nature” que el sentido, el juicio moral, depende, muy mucho, de las emociones. Las personas que tienen dañado el córtex prefrontal ventromedial tienen alteradas seriamente sus emociones -como la compasión, la vergüenza y la culpa- relacionadas con los valores morales.

Y lo que es más curioso: la inteligencia, el razonamiento lógico y el conocimiento de las propias normas éticas son normales en esas personas.

He perdido la cuenta. De los días. Estoy fuera de tiempo. Ucrónico. Y de lugar. Utópico. Nunca he estado en fiestas abiertas. Sanfermines, Fallas, Feria de Sevilla, El Rocío. Jamás estaré, y no por agorafobia, sino porque no tienen meollo.

Mi única obligación constitucional es seguir vivo. Más o menos. Nada ni nadie me obliga a leer prensa. Ni a ver televisión.

El mar ruge contra el cabecero de mi cama. Me oigo decir en sueños: «dale a Clara los huesitos de mis ronquidos». Mañana hará un día relindo.


Clara y Tao duermen en paz. Escribo sobre su falda fugitiva. A duerme y vela:

 ¿por qué te has vestido?, me preguntó.

 Creo que vas a dejarme y no quiero que me pilles en bata, repliqué yo.

Posé mi mano en la rodilla de Ella. Aguda, estrecha, lisa, frágil, la rodilla de Claire. Ella tomó mi gesto de deseo por uno de consuelo.

¡Ah!: no he conocido una mujer igual a otra.

jueves, 21 de febrero de 2013

Me han dicho que usted escribe



(fotos del autor en La Habana)

Asistí hace poco a un sarao literario en la Casa de América.
Una señora de buen ver se me acercó y, amablemente, dio origen a este breve diálogo: 

—Me han dicho que usted escribe.
—Sí, señora.
—Y... ¿desde cuándo lo hace usted?
—Pues... más o menos desde que aprendí la cuatro letras. Empecé yo solito, juntando las letras de los rótulos de los comercios de la calle que me nació. A escribir me enseñaron los libros que, a hurtadillas, tomaba de la biblioteca de mi padre.
—Bien, bien, aprueba la bella dama, y... ¿de qué tratan sus libros?
—Señora, mis relatos tratan de lo que está escrito en ellos, es decir, del amor, de las mujeres y de la vida y de mis cosas.

La dama sonrió, deslizó en mi mano izquierda un papelito con su número de teléfono y se marchó balanceando sus caderas al ritmo del mar Caribe.

De vuelta al hotel, sucumbí a la tópica tentación de preguntarme, ¿qué se necesita para escribir? ¿inspiración o talento?


Faulkner vino en mi ayuda cuando recordé que escribió:

—“El escritor sólo necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación".

Un servidor, en su modestia, vuelve y vuelve en su escritura a la esa patria irrenunciable que es la infancia.

Rilke, creo que en su precioso librito “Cartas a un joven poeta”, aconseja así:

“Y aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo? Vuelva su atención hacia ella. Intente hacer resurgir las inmersas sensaciones de ese vasto pasado. Así verá cómo su personalidad se afirma, cómo se ensancha su soledad convirtiéndose en penumbrosa morada, mientras discurre muy lejos el estrépito de los demás. Y si de este volverse hacia dentro, si de este sumergirse en su propio mundo, brotan luego unos versos, entonces ya no se le ocurrirá preguntar a nadie si son buenos”.

En resumen, tener algo que decir, a ser posible algo que te haya conmovido, y escribirlo con buena letra, lisa y llanamente.

jueves, 14 de febrero de 2013

En la consulta del psicoanalista


Nueva sesión con el psico-neurólogo ¡Dale, machaca!

 ¿Cómo van sus recuerdos? me pregunta el hombre feo y duro de mollera.

— Muy bien ¿y usted?-respondo-. Un día un chino se meó en mi alfombra.

He tomado manía a este sujeto. No lo aguanto. Está convencido de que una mierda es mejor que nada.

Pido que me suba la dosis de orfidal, pues ahora resulta que no consigo dormir. Rechaza mi petición alegando que se acostumbra uno. El muy zote no comprende que mi insomnio actual algo tendrá que ver con la circunstancia de que he dormido, noche y día, no sé cuantos años. Y que las vacas flacas de la vigilia suelen suceder a las vacas gordas del sueño.

—Por cierto doctor, quería preguntarle si, a su conocimiento, existen otros casos como el mío.

Carraspea un poco. Aclara la voz y me dice que él no ha tratado a ningún paciente de mis características. Pero que, sin embargo, en los manuales de su profesión hay descritos algunos casos parecidos.

Aparco para otro día la cuestión de la denominación, diagnóstico y tratamiento de mi enfermedad, pues, de momento, manejo la idea de que contraje la enfermedad del sueño porque me picó una
mosca tsé-tsé cuando hice el servicio militar en Malabo.

Me intriga la cuestión de quién sufraga tan larga hospitalización. También la de si tengo familia y domicilio. Trabajo supongo que tendría, pero ya no, seguro que ahora no lo tengo. Como no tengo papeles tampoco sé cuándo es mi cumpleaños ni cuántas velitas me pondré en la tarta.

Una enfermera muy bruta, que es de Almendralejo, ella, y está muy rica y fuma como un carretero, contesta a mi pregunta sobre mi edad después de abrirme la boca como a los burros. Dice que me calcula como unos cincuenta tacos.

Como quiera que albergo alguna esperancilla de que el día menos pensado y sin tomar agua bendita reanude con ella, antes de que se me olvide del todo, la saludable práctica del acoplamiento, opté por no hacerle ver que si me habían alimentado por sonda unas ocho o diez mil veces, eso que se habían ahorrado de masticar los piños de mi boca. Amén de que mi madre tenía una dentadura perfecta y hoy en día resulta que los genes determinan todo, incluyendo la funesta manía de pensar.

Al cabo de los tres meses, y ya en buena forma física, el psiquiatra dice que debo prepararme para seguir una temporada más en la clínica.




Congenié con la prójima de Almendralejo. El sexo es precioso, incluso sin amor. ¿O mejor sin amor? Cuando hay sentimientos, el sexo no dura mucho. El argumento que la subió por fin a mi cama fue suspirar en su oído “nena, un polvo se le echa a un pobre”. Tuve agujetas en el abdomen el resto del tiempo de propina que me tiré en aquella clínica. La falta de uso.

Terapia conversacional… decía el gilipollas del galeno. Le pregunté si había leído “El cuarteto de Alejandría”.


Responde:

— Es usted el paciente mimado de esta clínica. ¿Ha intentado suicidarse alguna vez?

Estoy siendo prudente, pero no doblo la cerviz. Callo. No me empujen, que me vuelvo a dormir, coños.

Lo que vemos no es todo lo que hay. Si duermes ocho o diez años seguidos, lo sabes. Tienes mucho tiempo para no hacer nada y piensas, o te parece que lo haces, o lo sientes así, a ojos cerrados. En mi primera vida había una ranura de luz. Me parece.

Más de la mitad de los adultos tiene algún tipo de insomnio. Yo antes dormía siempre. Ahora, casi nunca.

— ¿Podemos contratar a un vidente?, pregunto al psico-biólogo. ¿Usted cree en la percepción extrasensorial?, añado, pues me acaba de entrar un ataque de analepsis y he recordado que fui discípulo del Gran Vidente 
Maharishi Mahesh Yogi, en su Centro para la Excelencia de la Educación en Bophal, India.

En realidad mi único problema es que no tengo ganas de discutir. Me da galbana. Ayer soñé que soñaba que volvía a caer en el limbo de los justos.

El loquero y yo intercambiamos unas banderillas:

— ¿No sería a consecuencia de un traumatismo craneal?, pregunto.

— No. No hay rastro, sólo petequias por todo el cuerpo, responde.

— Aún no puedo hablar de eso. ¿No tendré parásitos en el corazón o en el cerebro?, digo. Y añado ¿estado de fuga, quizás?

— ¿Con quién estoy hablando?, me dice.

— Eso quisiera saber yo. No me importaría ser un intelectual, sobre todo ahora que estoy solo, contesto. Y conste que sigo sin conocer la relación entre mi cerebro, mi mente y mi cuerpo. Por no hablar de mi espíritu que está perdidito.

Las reglas del juego han cambiado. Y no conozco el nuevo reglamento. Es mejor retirarse con gloria. Mi caso está basado en hechos reales. Si lo sabré yo.

— Tengo los tobillos helados y la nuca rígida y manchas de carmín en la memoria, le digo al psicólogo, o lo que sea, argentino. No puedo confiar en mi propia memoria.

Cambia de tercio el cristiano que sorbe mate sin parar:

— ¿A usted le gustan las mujeres?

Respondo:

— A rabiar. Ellas siempre me decían: “esta tarde te veré”. ¿Cuál es la tarde de las mujeres? ¿Vd. lo sabe?

Vuelve a la carga:

— ¿Encuentra usted alguna relación entre ellas en general o alguna de ellas en particular y su enfermedad?

Callo. No pienso darle ninguna lección, que para eso cobra él. Pero tengo manchas de rouge en la memoria. Para mis adentros me digo que seguro que sí. Que están relacionadas la enfermedad mía y ellas. Que en realidad han sido la causa remota y la próxima de todos mis descensos a los infiernos. ¿Por qué no iban a determinar que me durmiera sin fin, sin fin, sin fin? Me propongo que en la era moderna no sea así. Cuando estoy jodido pienso que la mujer que yo amaba no ha existido jamás. Y todo por buscar esa clase de felicidad desmesurada.

Por el pasillo pasa una tía maciza, con unas piernas que le nacen de los sobacos y un culo a lo Emmanuelle Béart. Me vuelvo a mirar y meto la pata izquierda en un puto cubo de fregar. Rotura parcial del ligamento lateral externo de algo. Las mujeres excesivas deberían estar prohibidas. Violan mi derecho al equilibrio. Prefiero amodorrarme en mi zorrera.



Me pregunta el rioplatense:

— ¿Tiene usted medios económicos para vivir fuera de aquí?

Contesto:

— El dinero no importa. Sigo sin saber quién concho paga todo esto. Me gustaría probar con la hipnosis.

Es posible que haya sido yo un pez gordo de la mafia y corra con la cuenta la Cosa Nostra.
El capellán de la clínica encarga al jardinero que me pregunte si quiero recibir algún sacramento. Debo ser respetuoso con la jerarquía. Contesto que no me importaría hablar con un prelado consistorial o con una mujer cura, si es que ya está admitido por Roma el sacerdocio femenino, que no lo sé. Asegura que hará lo posible para que así sea.

La mujer antigua perdía su vida en el hogar, aguantando un marido gruñón y criando a unos hijos que volaban pronto. La mujer nueva la pierde en trabajos frustrantes y cuando ejerce el poder lo hace al estilo hombruno. Fuma, habla por el móvil y bebe alcohol. Ya veremos. ¡No sé, no sé! Y yo aquí, huérfano de recuerdos y rehén de presentimientos.

A fin de cuentas lo importante es tener algo que comer y algo que beber y alguien que te quiera.


jueves, 7 de febrero de 2013

Granada en su Vega Alta y en Los Cipreses

Memoria de la pérdida de una época

Cuando escribo sobre la Casería de Los Cipreses, perdida irremediablemente
para mi familia, me debato entre la nostalgia de un precioso pasado y la certidumbre
de un futuro en que nada será como antes.

La Casería de Los Cipreses



( el autor en Los Cipreses )

El lino se segaba a mano, con hoces. Las gavillas se sumergían en el agua del estanque, previamente llenado con agua de la acequia. Aplastábamos el lino para que no flotara en el agua, con piedras planas y pesadas. El problema venía al cabo de unos días, cuando la fibra empezaba a pudrirse y olía a huevos podridos.


Delante de la fachada principal había una plazoleta con dos enormes nogales y tres tinajas grandes, enterradas en el suelo para decantar agua de las acequias; se tapaban con unas losas redondas con argollas para tirar de ellas. Pasados los nogales se entraba en el jardín, con preciosos setos  de boj para separar los parterres. Para entrar o salir del jardín se pasaba bajo dos arcos formados por cipreses "domesticados".

  
Las hazas lindantes con la carretera de Jaén fueron expropiadas por las Administraciones Públicas para ampliar esa vía. El justiprecio fue ínfimo, máxime si se tiene en cuenta que era la mejor tierra de labor, y la casa quedó devaluada al resultar mucho más pegada al tráfico y sus molestias. Ignoro si hubo más expropiaciones en otras áreas de Los Cipreses. La Casería fue antaño una maravillosa y recoleta finca de placer y labranza. ¿Qué queda de ello?

La casa tenía dos enormes salones, uno en cada planta. Por la puerta principal se accedía al zaguán, revestido de azulejos. Percheros, paragüeros, bancos renacimiento y dos arcos a cada lado del acceso al salón. Enfrente, la puerta de cristales plomados que daba al patio de los naranjos. En él, una gran morera con herrajes para que la copa diera mucha sombra. Paredes cubiertas de hiedras con troncos como puños. Al fondo dos enormes tilos.

A la izquierda del zaguán, el cuarto de estar. Mesa grande faldera para desayunar. Butacas y divanes. Aparato de radio.


La siguiente puerta, de dos hojas, era la entrada al comedor, que era muy grande con balcón y ventanas a dos fachadas. Vigas de madera vista, mesa maciza para dieciséis o dieciocho comensales y óleos de época: “Essaú y el plato de lentejas”, una “Última Cena” escuela sevillana, y una chimenea revestida de azulejos que no me gustaba nada y que no se encendió nunca. Tan alta era la chimenea que entrabamos en su lar sin agachar la cabeza.

El piso del comedor y los azulejos de los zócalos altos de la casa eran de Fajalauza, exactamente iguales a los de mi hotel favorito: El Nacional de La Habana. La historiadora que me guió en Cuba me confirmó que la azulejería del hotel se encargó a Fajalauza por aquellos años. Era el hotel favorito de los gansters de Estados Unidos.


La escalera que une ambas plantas tenía los peldaños de mármol blanco y unos buenos pasamanos  de madera noble. Las contrahuellas eran muy bellas, fabricadas con azulejitos blanquiazules. Por ahí debe haber una foto mía, hecho un primor.


Un gran vitral plomado con cristales venecianos que permitían adivinar la hilera de avellanos que bordeada la acequia que separaba las hazas de sembradura, hazas que se llevó el viento expropiatorio.

En el salón de arriba mis padres se prepararon sus aposentos, muy "modern style", divididos por una gran puerta corredera con cristales ¡venecianos! En todos los dormitorios contábamos con aguamaniles, jofainas y útiles para refrescarnos. En mi habitación firmé el famoso pacto de caballeros con el ratón que se comía mi jabón, según relato en este cuentecillo: 




A "mon père" le dio por empotrar armarios en nuestros dormitorios, que no en el suyo, bien provisto de muebles de maderas de raíz de olivo y lunas de tres cuerpos.

En el salón de abajo habían tres ambientes distintos, sin separaciones físicas. aunque sí morales. "Fumoir" para hombres, zona de costura, bolillos incluidos, para mujeres y área mixta para juegos de salón y de cartas. Palé, canasta, roby, whist.

En la casona había algunas piezas apreciables de pintura granadina. Morcillo, Suárez, López-Mezquita, Cuesta y otros. También había lienzos de Ramón Carazo y de Madrazo. Sin faltar uno de Miguelito (sic padre dixit) Rodríguez Acosta.