lunes, 29 de octubre de 2012

Adiós del todo



(foto C. Aftel)

...hay que saber acabar con este equívoco. Nuestros caminos son distintos y es necio que yo esté queriendo enderezar el suyo o torcer el mío.
Adiós del todo.
(JRJ. Epistolario)

domingo, 28 de octubre de 2012

De dos hermanas



(foto tomada por mí en San Sebastián)

De dos hermanas, la otra tiene siempre
no sé qué dulce encanto.

Juan Ramón Jiménez

viernes, 26 de octubre de 2012

No es una belleza concreta





(foto tomada por al autor)

Mujer: ¿a quién culpas hoy de tu llanto tan frecuente?
¿No tienes quién te enseñe a vivir en soledad?


martes, 23 de octubre de 2012

Mis abuelos por parte de madre


(mi abuelo en 1955)

Mi abuelo Enrique era elegante, siempre con chaleco y leontina, sombrero y bastón con puño de plata. Tenía los ojos azules, la tez muy blanca y el pelo rubio claro. Bien parecido, gustaba de tertulias y espectáculos. Dicen que era muy aficionado a las señoras.

Una vez me llevó al Aliatar Cinema a ver una película clasificada 3‑R (mayores con reparos) . Fue nuestro secreto. En la taquilla le dijo muy serio a la encargada que su nieto pagaría las entradas. Yo le miraba confuso y él, con la contera de su bastón, tocó mi hombro y me llamó “mal pagaor”. Murió cuando yo tendría doce o trece años. Alguien me habló entonces de parientes ilegítimos. Cosas de pueblo, supongo.


Mi abuela Emilia fue toda una belleza de joven. De mayor, diabética insulinodependiente. Presumida, siempre. Recuerdo al practicante hirviendo la jeringuilla, que tenía el émbolo azul oscuro, mirando al trasluz cómo la gota del fármaco asomaba por la punta de la larga aguja que había sacado de su cajita de acero brillante. Mi abuela suspiraba mucho y tenía mucha sorna. Mandaba en la casa y dejaba en paz a su marido. Debieron firmar un tratado de no agresión.



Doña Emilia vivía en un mundo coqueto y femenino, cuidada por una hija solterona y por un nutrido servicio doméstico. Cocinera, doncella, asistentas, planchadora, costurera. Los hombres de la familia no entraban en sus habitaciones, y mucho menos en su cuarto‑tocador o en su baño. Yo sí entraba algunas veces en el gineceo de la abuela, seguramente por no contar oficialmente aún con uso de razón. Nunca he visto ni veré nada tan... genuínamente femenino. Centenares de potes, tarros y frascos de cremas, pomadas y polvos. Infiernillos para calentar tenacillas, bigudíes, una hilera de barras de labios, cajas y cajas de medias de seda, untes de brillantina para el pelo, tintes de todas clases... Los perfumes, franceses y en delicado cristal de roca, ocupaban una mesa entera.



Doña Emilia llamaba constantemente a su hija solterona “MariquillaLuisa” y la atosigaba tratándola con guasa de “coneja” y “luchona”. La tía María Luisa murió con el juicio perdido y su mirada de niña. Todos sus sobrinos somos deudores del inmenso cariño que nos dio en vida.


(mis abuelos en la Casería de los Cipreses)




Comer en casa de los abuelos era un ritual arábigo‑andaluz, refinado y de enorme variedad. El abuelo, en las comidas y en todo lo demás, hacía vida aparte. Comía, solo, a la una de la tarde. Mantel de hilo y encajes, flores en el centro, lavamanos de plata y cristal de bohemia. Jamón de las Alpujarras cortado con tijera en pequeños dados. Uvas moscatel peladas y sin pepitas. Chanquetes y boqueroncitos de Málaga. Su pescado favorito era la merluza blanca del Mediterráneo, en Granada conocida como “pescá” de Almuñecar.


Como quiera que no había frigoríficos eléctricos y, hasta que se montó en Maracena una fábrica de hielo en barras, éste se bajaba de los neveros de Sierra Nevada, creo que en seras o espuertas a lomos de mulas.

Don Enrique comía poca carne, apenas sí una chuletilla de choto al ajillo, o unos riñoncitos de corderito lechal. También sesos y criadillas rebozadas y fritas. Para postre prefería la fruta de la estación y de sus huertas, aunque también le vi tomar piononos de Santa Fe, o pastelillos llamados “felipes” y “bizcotelas”, que se compraban en La Campana o en los López‑Mezquita. Dormía un rato la siesta y se iba a su tertulia, me parece que en el Centro Artístico.

Antes de cenar, si el tiempo y la estación eran propicios, Miguel el chófer le acercaba a Los Cipreses y allí la tertulia se hacía bajo una gran higuera, en un paseo de naranjos que estaba orientado a poniente. Charlaban y contemplaban la puesta de sol los notables de Maracena. A uno lo llamaban “El Cachorro”, a otro “Pepico el del Encerraero” y a otro tercero “El Pitute”.


Quizás compartió también tertulia con mi abuelo el cura del Cerrillo de Maracena, a quien mi padre años después ayudó a mantener la pequeña iglesia, a la que donó la custodia.


Hablando de curas, los domingos acudíamos a misa de doce al Cerrillo, que lindaba con nuestra finca, vía del ferrocarril por medio. Una vez me caí por un balate, que es el borde exterior de una acequia y me hice un chichón importante. La tata Mariana decidió poner un duro de plata de los llamados cabezones encima de uno de los raíles del tren. Pasó un tren, el duro se puso al rojo vivo y, envuelto en un pañuelo, me lo apretó contra el chichón. Aseguro que fue mano de santo, pues el bulto de la frente se redujo a la nada en un santiamén..

sábado, 20 de octubre de 2012

Domingos de infancia



(el autor en la Casa de Campo)

En los años sesenta pasé muchas tardes de domingo en la Casa de Campo, el pulmón de Madrid.

Me oreaba y desentristecía bajo la luz de la capa de cielo velazqueño, frente a la silueta de la sierra madrileña. La Casa de Campo continuaba cerrada al público porque se decía que quedaban sin explosionar bombas de mano y obuses y granadas y otros cohetes de la guerra incivil. Pero los gerifaltes del régimen franquista y sus familias y amigos ¡vaya que si disfrutaban de aquel maravilloso parque de monte y pinadas y encinares!

Era emocionante, aunque nunca encontramos espoletas ni detonantes. Las trincheras de un frente de guerra son perfectas para jugar a la paz. Y a juegos de amor.

Mis hermanos y yo usufructuábamos la preciosa finca pública, porque éramos amigos de los hijos de un ministro de Franco, compañeros de mis hermanos en el colegio de El Pilar.



Venía a buscarnos un inmenso automóvil, un Packard negro del Parque Móvil Ministerial. Nosotros éramos dos chicos y una chica, al igual que nuestros amigos. Mi tata se llamaba Sagrario y era de Ventas con Peña Aguilera, provincia de Toledo. La de ellos se llamaba Sabina y no me acuerdo de dónde era, pero sí de su acento asturiano.

A guisa de correspondencia, nosotros llevábamos merienda para todos, chófer oficial incluido. Bocadillos de queso de bola y carne de membrillo, o bollos suizos con jamón de york, más un plátano y una onza de chocolate Matías López por barba.

Una tarde el ministro en persona me encaramó a su caballo a horcajadas y me preguntó si estaba cómodo. Yo tenía siete u ocho años y era muy leído. Quise enfatizar y contesté que “incomodísimo”. Se acabó el paseo a caballo, aquella tarde y todas las del resto de mi vida. Si me hubiera limitado a contestar “muy cómodo”, igual termino de socio de un club hípico para pijos, en vez de afiliado al Atlético de Madrid, equipo que por entonces ganaba campeonatos de liga y todo.

Todavía conservo aquel carnet del Atleti, de piel granate y letras de purpurina de Casio, y también los recuerdos del enorme Packard negro, del olor a jara, a resina y a romero de los campos de sílice del Noroeste de Madrid y de mi yaya Sagrario, que en gloria esté, igual que su novio, un miliciano que nunca volvió del exilio francés. Ella jamás tuvo ojos para otros hombres, pues siempre guardó ausencia de su Emiliano.

Del colegio rememoro ahora el solar, el patio norte, el central y el pabellón de ingreso. Y a Don Ramón, maestro de cocina y canaricultor de provecho.

Hoy casi todo quedó atrás o no existe. Como los alcornocales, algarrobales y almecinos de mi viejo parque del Buen Retiro. Por no hablar de mis primeros amores de aquí, del barrio. O del mar.

¡Cómo lamento haberte dejado, mar!


miércoles, 17 de octubre de 2012

A ella



(foto Polaroid de Chloé Aftel)


A ella que, cuando estrechaba mi mano, hacía
como que se la llevaba al corazón.

jueves, 11 de octubre de 2012

Me gustan todas


,
(foto de Jock Sturges)


No me atrevería yo a defender mis licenciosas costumbres
ni a luchar con las armas en defensa de mis vicios.

Lo admito, si de algo sirve reconocer las faltas:
ahora bien, tras reconocerlas, vuelvo insensato a mis pecados.
Odio, pero no soy capaz, en mis deseos, de no ser lo que odio ser:
¡ay, qué duro es soportar lo que deseas quitarte de encima!

No tengo, en efecto, fuerzas ni normas para regirme a mí mismo:
soy arrastrado por rauda corriente, cual popa de navío a la deriva.

No es una belleza concreta la que excite mi amor:
existen cien razones para que esté yo siempre enamorado.

Si una mujer bajó sus ojos ruborosos hacia la tierra,
me abraso y ese pudor es para mí una como una emboscada;
si otra es provocativa, cautivo quedo porque no es sosa
y me da esperanzas de moverse bien en mullido lecho.

Si parece huraña y émula de las sabinas puritanas,
pienso que quiere, pero que en el fondo está disimulando;
si eres culta, me agradas por estar dotada de extraordinarias
cualidades; si inexperta, me gustas por tu sencillez.

Aquella mujer que dice que los versos de Calímaco son rústicos al
lado de los míos: a la que agrado, al instante ella me agrada;
está también la que me critica a mí, poeta, y a mis versos:
desearía tener debajo de mí los muslos de la detractora.



(foto Henri Lartigue)


Chica que camina delicadamente: cautiva con su meneo; otra mujer es ruda:
pero podrá ser más suave al contacto con un hombre.

A ésta, porque canta dulcemente y modula con gran soltura
la voz, quisiera darle besos robados mientras canta;
esta otra recorre las quejumbrosas cuerdas del arpa con su hábil
pulgar: ¿quién no se enamoraría de manos tan sabias?

Aquélla agrada con sus gestos, mueve ritmicamente los brazos
y contonea su delicada cintura con sensual destreza: por no hablar
de mí, a quien cualquier cosa altera…

Tú, porque eres tan alta, igualas a las antiguas heroínas
y puedes ocupar tendida toda la cama; aquella otra es manejable
por su pequeñez; las dos me pierden: la grande y la chica se
avienen a mis deseos.

Si no está arreglada: me imagino lo que ganaría arreglándose;
Si está acicalada: ella misma exhibe sus propios encantos.

La mujer blanca me cautivará, también me cautivará la rubia:
pero también es agradable Venus en el color oscuro.
¡Si cuelgan oscuros cabellos de un cuello de nieve…!
Leda era el centro de las miradas por su negra cabellera;
si amarillean…, agradó Aurora por su cabello azafranado:
mi amor se acomoda a todas las leyendas.

La joven me atrae, me seduce la madura:
aquélla es superior por su físico, mas ésta es la que sobresale.

Ovidio (43 a.C.-circa 17 d. C.) Amores,II,4

He tomado el texto de Ovidio de la Antología de la Literatura Latina de Fernández Corte y Moreno Hernández; me he permitido introducir numerosas correcciones y adiciones para procurar una lectura más fácil, aunque cuidando de no perder rigor y sabor al gran Ovidio.  

domingo, 7 de octubre de 2012

¡Mira que te lo tengo dicho!



(ambas ilustraciones Alexandra Valenti Photography)


Mira que te lo tengo dicho cientos y cientos de veces-¡no fumes que es malísimo para la salud! Y tú,-¡que si quieres arroz Catalina!-, ni caso. Como quien oye llover, pongamos por caso.



No entiendo qué mosca te ha picado. Echas los pies por alto y te pones conmigo como un basilisco por cualquier cosa de nada.



miércoles, 3 de octubre de 2012

Del amor


(fotos de Masao Yamamoto)

Cuando nuestras miradas se encontraron, las fuer­zas nos abandonaron, nos abrazamos y ella apretó su rostro contra mi pecho, y se echó a llorar; mientras besaba su cara, sus hombros y sus manos mojadas de lágrimas, -¡oh, qué infelices éramos los dos! –yo le declaré mi amor y, con un dolor punzante en el corazón, entendí qué vano, mezquino y engañoso era todo lo que nos había impedido amarnos. Comprendí que cuando uno ama, al razonar sobre ese amor, hay que partir de algo superior, más importante que la felicidad o la infelicidad, el pecado o la virtud entendida en su sentido corriente, o bien no juzgar en absoluto lo que sentimos.

La besé por última vez, estreché la mano, y nos separamos para siempre…


Título original: O liubvi (Del amor), publicado por primera vez en la revista Russkaya misl, 1898, Nº VIII, con la firma de "Antón Chejov".


martes, 2 de octubre de 2012

Despacito y buena letra



(manos de García Márquez; foto Kim Manresa)


Las prisas y las redes sociales

Los usuarios de las redes tendemos a la lectura apresurada, literal y reduccionista de los pequeños fragmentos de textos que en ellas escribimos y comentamos.

Me refiero fundamentalmente a Twitter y Facebook. Los blogs, esos cuadernos de bitácora digitales, admiten lecturas y escrituras algo más pausadas y, por tanto, más reflexivas.

Supongo que lo escueto de los escritos y la inmediatez con que se comentan y replican conducen ineluctablemente a la levedad de la prosa de las redes. Siempre andamos de prisa y corriendo.

La prisa es enemiga de la escritura, prosa o verso. También lo es del ingenio y de la ironía fina. Un pedacito de texto agudo y zumbón está destinado a ser recibido con onomatopeyas, abreviaturas y signos ortográficos indescifrables para mí, en la mayoría de los casos.

Y conste que soy enemigo acérrimo del academicismo y gravedad de los fuegos de artificio literarios. Procuro escribir corto y por derecho, pero nunca a uña de caballo. Tampoco me gustan los escritores estreñidos, aquellos quienes, para escribir la lista de la compra, hacen unos gestos tan difíciles que parece que van a poner un huevo.

¿Por qué estamos todos, entonces, en las redes sociales? Pues porque nos sentimos solos y necesitados de afecto. Y ello ocurre o puede ocurrir con sesenta años o con veinte primaveras.

Dicho y hecho de un tirón
¡Quiquiriquí! ¡Más canta el gallo que la perdiz!


(tomé esta foto en La Habana)