miércoles, 18 de julio de 2012

Largo y libre verano (segunda entrega)


(autor con hermana)

Tan aislados estábamos, que cada semana pasaba por las casas una galera grande llena de telas, puntillas de encaje, jabones y productos de olor. No existían las cremas de protección solar. La lata de Nivea ayudaba a freírnos al sol, quemaduras que se aliviaban por la noche con paños mojados en vinagre.
El comerciante que llevaba el carruaje tirado por mulas era conocido como “El Corsario”. Hecho el negocio, con sus manos de corsario nos regalaba caramelos caseros.

Conocíamos el valor de las cosas y aceptábamos la lógica de heredar camisas o abrigos de los hermanos mayores. Para sacar o meter pinzas o dobladillos, poner o quitar hombreras, o dar la vuelta a chaquetas o saharianas estaban las modistas que iban a coser a las casas en las máquinas Singer de pedales. Guadalupe se llamaba la nuestra de Madrid, que tenía una asombrosa permanente en el pelo y un novio torero o casi.



Los labradores hacían un baile, con laúdes y bandurrias, una o dos veces al mes, en la casa de los peones camineros. El que mejor tocaba el laúd, a púa, a quien yo veía que las mozas festejaban mucho, se apodaba Tomás “el de la alfalfa”. Siempre hice buenas migas con él, pues al caer la tarde me dejaba acompañarle a segar con hoz la alfalfa necesaria para echarla de comer a los conejos enjaulados, que servían para el arroz cuando no era temporada de caza; aunque me parece que en la dehesa las vedas no se respetaban escrupulosamente y las parejas de la Guardia Civil que hacían las rondas a pie eran tratadas con gran consideración.


Más de una vez vi a los “civiles” recibir un par de cartones de Chesterfield de contrabando, que provenían de los barcos extranjeros que venían a cargar sal a las salinas de San Pedro del Pinatar o a las de Torrevieja. También circulaba el Pall‑Mall largo y sin filtro, así como el rubio inglés de Virginia, este último protagonista de mi primer y desagradable encuentro con el tabaco.

Los mayores jugaban después de comer al dominó, a la sombra de un tejado de brezo que cubría un jardín redondo en cuyo centro había una fuente con un surtidor y unos peces que se decía servían para comerse las larvas de los mosquitos. El jardín se llamaba “Corea”, supongo que por aquella lejana guerra o quizás por la forma del techado. No creo que nuestros grillos fueran a la zaga de los coreanos en lo que a estruendo nocturno se refiere.



Por la noche jugaban al póquer y se llegaban a juntar diez o doce grandes coches, Packard, Chrysler, Pontiac o Citroën 15 ligero. El más pequeño era el Fiat Balilla de don Vicente, capitán retirado de la marina mercante casado con doña Herminia. No tenían hijos y eran parientes pobres de los amos. El Balilla era de dos plazas bajo la capota, más otros dos asientos que se descubrían en la parte posterior, donde hoy los coches llevan el maletero. Me gustaba ir atrás, cara al viento, tragando el polvo de los caminos sin asfaltar y mirando los taludes de tierras amarillas como el asperón.

A las interminables partidas de póquer se apuntaban algunos aviadores de la Academia General de San Javier, además de Ernesto, que era el administrador de la finca y del matrimonio Maura, Juan y Menchu. Él era gerente de la Unión Salinera Española y mi padre llamaba a Menchu Maura “la leona de Castilla”.

jueves, 12 de julio de 2012

Largo y libre verano




Aquellos interminables, calurosos y asilvestrados veranos imprimían carácter.

La luz del Levante mediterráneo y la privilegiada naturaleza de una finca de monte bajo y de labor, sin más contacto con el mundo exterior que los viejos aparatos de radio que sólo captaban, y eso por la noche, emisoras árabes del otro lado del mar y, nunca supe por qué, Radio Andorra. Una voz aguda de chica cantaba ¡aquí Radio Andorra, emisora del Principado de Andorra!

Vivíamos sumergidos nos sumergían en una especie de rústica felicidad que adormecía los espíritus pero mantenía bien abiertos nuestros sentidos.

En mi colegio apenas sí mandaban tareas para el verano, salvo la de rellenar un cuaderno de vacaciones. El ritmo de cada jornada nuestra era muy parecido al propio de los labriegos y jornaleros, cuyas familias vivían en casas diseminadas por la Dehesa de Campoamor. Las faenas del campo pautaban mi día a día.

Cuando empezaba el veraneo era ya la época de trillar con mulas en las eras, de recoger tomates y pimientos, melones y sandías, y las frutas y verduras de las huertas que se regaban con agua de pozos y acequias que la traían de enormes balsas llenas de tritones, renacuajos y pequeñas culebrillas de agua.

(foto Wendy Bevan)

Si la cosecha de tomates y pimientos era muy grande, las mujeres de los labradores los abrían y ponían a secar al sol en las eras, cuando éstas habían cumplido ya su función y el grano estaba recogido y entrojado.

Algunas noches era preciso y emocionante tirar cohetes en las eras para provocar que los conejos salieran disparados y dejasen de comer pimientos ya medio secos. Recuerdo muy bien que a la mañana siguiente deshacíamos con la mano las cagarrutas de los conejos y nuestras palmas se quedaban llenas de un polvo seco que era puro pimentón, pasado, eso sí, por el aparato digestivo de los conejos de monte.

Aquellas noches había que encerrar a los nobles dogos que guardaban la Casa Grande. Ena se llamaba la perra madre. Los cachorros blancos y negros eran de una belleza conmovedora.

El monte estaba lleno de caza menor y la sala de trofeos de la Casa Grande de cuernas de venado y colmillos de jabalís. Caza mayor nunca vi, pues debía de haberse extinguido. Sí me topé en cambio con liebres, lepóridos libres de mixomatosis, tejones, lirones y jinetas. La voracidad de los zorros obligaba a cuidar muy mucho del estado de las vallas y cercas de los corrales de gallinas, pavos y patos y de las cochiqueras de los cerdos. En las cocheras había jaulas colgadas de las paredes con hurones que se utilizaban para cazar los conejos en sus madrigueras y también otras con perdices para reclamo.

(dibujo G. García-Saúco)

Las salamanquesas de las paredes, los lagartos de las peñas y los alacranes que salían a la luz cuando los tractores preparaban los barbechos eran víctimas de mi curiosidad de aprendiz de naturalista, que demandaba observar los ejemplares presos en los tubos de cristal que quedaban vacíos de aspirinas o tabletas okal.

De noche, las salamanquesas eran verdaderas artistas comiendo los mosquitos que acudían a las raquíticas luces que arrojaban bombillas de 60 vatios.

En jornada de caza oí pegar un tiro involuntario a un precioso perro perdiguero y también vi llorar a su amo, un catalán de la familia propietaria de un cava hoy famoso, parientes de la dueña de la dehesa. También tenían un caniche que bebía café con leche.

Mi otro afán naturalista, nunca satisfecho, era intentar reproducir en casa los acuarios que el mar formaba al retirarse de las rocas que separaban la pequeña ensenada de la gran playa de arena. Me fascinaba esperar a que la ola marchase para correr, costaladas de por medio a causa del verdín de las algas, a observar el pequeño y perfecto mundo de algas, peces, cangrejos y caracolillos de mar que quedaba visible, hasta la siguiente ola, en los huecos horadados en las rocas volcánicas…

(dibujo Gonzalo Gil)


lunes, 9 de julio de 2012

¿Clásico o romántico?



Soy persona ordenada por fuera y desordenada por dentro.

Me explico: tengo un exterior clásico y un interior romántico.

Carrocería burguesa con motor ácrata, ¿me siguen?...

Cada día, necesito encerrarme un ratito a solas conmigo mismo para olisquear en mi desorden interno, no sea que se haya colado el virus del orden lógico en mi rayado disco duro.

¡Tranquilo en apariencia, inquieto en esencia!

miércoles, 4 de julio de 2012

¡El alba aparece!




¡El alba aparece!

En el fondo del aire
el alba aparece y
los trasquilones del sueño
se desvanecen.

La alba esclarece.


(fotos de la amanecida desde mi balcón)