jueves, 22 de marzo de 2012

Pasado de un escritor insomne


(ilustración de George Grosz)

Otra noche dedicada a espantar a dos manos las sombras de los espectros de un pasado ajeno y muerto.

Almas en pena que no tuvieron, en vida, propia vida. Dan vueltas a sus trabajos y antiguas quimeras, a sus poderzuelos sicarios. Los aparecidos de hoy creyeron ser alguien y, lo que no lograron de mí entonces, quieren arrancármelo ahora que son trasgos fantasmones.

A las claritas del día vuelve mi vida de luz y paz. Ni fortuna ni pobreza de espíritu. Soy radical y libre. Cuanto mayor, más radical y más libre.

No quiero trato con seres redivivos forrados de oro y de miserias: ¡que ardan en los fuegos eternos!

Sigue el aquelarre. A la noche siguiente la estantigua emerge para urdir, en los montes de El Pardo, una conspiración “pinochetiana”; grito mi condenación y me largo a mi mundo, a resistir. Los cofrades del pandemónium se quedan meando sangre en los urinarios químicos montados para el banquete de los insurrectos.




jueves, 15 de marzo de 2012

Escritor, espía de sí mismo


Un escritor es un espía de sí mismo. Por eso yo espío a esa persona que vive en casa, escribe en mi mesa de caoba y duerme en mi cama y se llama como yo, pues yo soy uno en esencia y dúplice en persona inmaterial.

Tal vez sea que cada alma, cada espíritu, habita en dos cuerpos distintos. O que un cuerpo alberga a dos espíritus diferentes.

Así se explica que, día sí y día también, los libros que estoy leyendo cambien de emplazamiento, mis lápices y cuadernos de habitación, mi termo del té de mesa y…mis novias de novio.

La noche de anoche resultó ser noche toledana. La melatonina obliga. En el prefacio nocturno y cubista del primer sueño asisto a un tráiler sobre mi evolución por selección natural. Mi abuela no soporta que la evolución sea ciega y que yo resulte un subproducto sin autoría intelectual. No buscado.

En el segundo tempo de mi noche inacabada, la orquesta filarmónica nacional de Hungría, dirigida por Zsolt Hamar, interpreta un poema sinfónico titulado “La metafísica del babuino”. A su término un psicólogo-primatólogo que venía de pasarse la friolera de quince años estudiando a mis primos en la reserva de Moremi, en el delta del Okavango, salió al escenario travestido de babuino al tiempo que gritaba “¡tenemos conciencia y sentido de seres sociales!”.

Me despierto. Los tejados aún están oscuros. Aún no amanece. Y yo, convertido en paria social, me dispongo a recordar el amor que quita el miedo a la muerte. Me reafirmo en el propósito de exigirme a mí mismo el respeto que merezco. Mis cuentos no deben ser sometidos a las indignidades del juicio ajeno y de la competencia con otros.

Amanece. O no. No, no quiere abrir la alborada.

Vuelve la noche a mi guarida y mis fantasmas salen a pasear. Deambulan por el tercer sueño. Culpas en pena. Miedo me dan los remordimientos que me sobrevendrán por mis actos futuros, cuando los vaya cometiendo.

Me levanto de un brinco y me voy a ver la ampliación del museo del Prado. Mi simpatía por Paul Valéry no ha muerto. Le digo a Moneo que, cuando estoy dentro del edificio de Villanueva, recuerdo el buen tiempo que hace fuera.

jueves, 8 de marzo de 2012

¿Es verdad lo que escribo?


Una lectora de estos blogs de mis pecados que, a veces, me traen por la calle de la Amargura, y que vive ella cerquita de mi casa, me pregunta, en la cola del “super” del barrio:

-Todo lo que cuentas en tus cuadernos de bitácora, ¿en verdad te ha sucedido a ti?

La cajera, una chica del norte de Bulgaria más lista que el hambre, cuando llega mi turno de pagar me suelta, con su carita de oficial del ejército ex-rojo, esta preguntita:

-¿Tiene usted nuestra tarjeta de fidelidad? Por cierto, no he podido evitar quedar intrigada por lo que le ha planteado la clienta que se acaba de marchar… ¿es usted, acaso, de esos escritores que narran todo en primera persona del singular?

Camino de casa, cargado de latitas de atún bajo en sal, yogures de soja y sobres de tofu, cavilaba un servidor sobre la conveniencia de explicar a mis improbables lectoras ambas cuestiones.

Subí a mi piso, encendí el ordenador y… allá van mis respuestas:

No, no tengo la tarjeta de cliente fiel. No soy portador del gen de la fidelidad.

Sí, aunque mis historias no siempre son trasunto de recuerdos personales, en su mayoría y en una buena parte sí que lo son. Si mal no me acuerdo.

Los seres que en ellas aparecen existen o existieron, pero a trechos. Y todos ellos entre sí se prestan rasgos de sus filiaciones y subjetividades.

Las criaturas que no son entes de razón responden en mis cuentos a otros nombres que difieren de los reales. Vamos, que les cambio su gracia:

-Señora: “¿cuál es su gracia de usted?” Así se preguntaba antes a las damas.

Ella contestaba tal que así:

“Exuperancia, para servir a Dios y a usted”

¡Qué cosas! Se hablaba sentenciosamente. En aquel entonces.

En mis historietas, la ficha antropométrica del narrador no se corresponde con la del autor, pero puede personificarle. Aquél, cuando le viene al caso, atribuye a un varón peripecias acaecidas a una hembra, y a la inversa: ¡madame Bovary soy yo, gritaba Flaubert!

Pues señor, érase que se era, sin faltar un sí ni un no, y yo fui y vine y no me dieron nada. ¡En la flor de la vida y sin poderlo ganar!

Va de cuento…

jueves, 1 de marzo de 2012

Al ocaso


(El Bosco. Fragmento de El jardín de las delicias)

Al ocaso, 

torpe ya el ojo de mi perra, 

el viejo sapo se ducha bajo el chorro 

de la manguera del holgazán jardinero. 

Parece que todos dormitan 

sueños milenarios. 

La brisa de lejanos montes 

mitiga el calor del santo día. 

Hoy, también, el sol se pone. 

¡Menos mal!


(ilustración A. Sinobas)