martes, 31 de enero de 2012

Delicatessen



(foto del autor)


Ayer fui preterido a causa de un hombre más joven, más alto y más rubio que yo.

Todo ocurrió en el ritual del aperitivo vespertino, que el día de ayer celebré en la barra del bar que hay instalado en el espacio “Delicatessen” de los grandes almacenes de siempre y que no voy a citar aquí y ahora porque estoy enfadado con ellos.

Abrevio el cuento ya que, cuanto antes termine, mejor para ustedes. Me acomodo en la barra y constato que no hay ningún cliente en todo su perímetro. La señorita que atiende el bar advierte mi presencia y alarga el paso hacia mí. Mas, héteme aquí que, cuando voy a pedir una copita de vino blanco con unas piezas de sushi, aparece por el extremo opuesto un chaval más alto, más joven y más rubio que yo, con cara de soplagaitas, eso sí. La señorita olfatea la llegada de mi oponente, se da la vuelta y se pone a atenderle a él, a ese intruso recién llegado.

Me aguanto las ganas de reprender a la camarera y al tío ese, que era más largo que un día sin pan, y espero estoicamente. Llega una segunda empleada, gordita y risueña. Pido mi copita de vino y, cuando tiene la botella en el aire para verter el ambarino fermento de la uva en mi copa, la moza que primero me ignoró llama a la oronda escanciadora. Ésta se vuelve y se ponen las dos a atender a las preguntas y demandas de mi desgalichado rival.

Como estoy releyendo a Marco Aurelio, aguanto con entereza. Cuando el hombre malamente educado se va, creo que sin comprar nada ni beber cosa alguna, la empleada rellenita me sirve mi preterido “chardonnay”, con tres rollitos de sushi. Es entonces cuando comento, comedidamente, a la niña del bar que me he sentido preterido por ser más viejo, más bajo y más moreno que ese hijo de mala madre quien, encima, se acaba de ir de vacío.

La chica que está de buen año reacciona prestamente, me pide disculpas y me ruega que acepte la invitación de la casa, cosa que hago al vuelo, como las perdices.

¡La ocasión la pintan calva! ¡Aquí te cojo, aquí te mato!

jueves, 26 de enero de 2012

¡Utilízame! (segunda parte)


( foto de Tyrone Lebon )

Segunda parte


Tus dedos de niña, llenos de rayones de bolígrafo, cuentan y cuentan sílabas para imposibles métricas de encorsetados versos.

¡Quién fuera tu padre, tu hijo, tu escritor, tu poeta, un hombre para tu uso! ¡Tu cepillo eléctrico y dental! ¡Quién te viera desnuda en mi balcón! ¡Quién aportara tus quince segundos finales! ¡Tu erecto botón sagrado!

Tus patines, tus rodilleras para el parque, tu profesor brasileño, tu maestro de lo eso que no se aprende en un taller, tu Chueca, tu Malasaña, tu vecino, ese hombre que quiere casarse…Tu bebé, no. Tu hijo, sí. Tu amante, sí. Tu amigo ¡no sé! … ¡no sé!

Me dices:

-Te llamo esta semana y nos tomamos un café.

Escribes para el taller: “plantar un tordo, un verraco”. No entiendo nada.

La niña tiene buena mano en la cocina. Abastece mi solitario frigorífico de Adán asilvestrado. Exquisitas verduras asadas, bien colmadas de berenjenas, esa hortaliza morada que me tiene enganchado. Calabacín no, que desprende un jugo que amarguea, dice ella. Su pollo asado, con sabia combinación de especias y hierbas, es un lujo para un gourmet en excedencia. ¡Su pasta blanca, bien rehogada con ajo y aceite de arbequina! La mujer de mi ferragosto castellano cocina suave y con gusto natural, sin darse importancia ni pote, como quien lava. Piensa en sus cosas. Es suficientemente culta y bella.

Si cenamos en un restaurante, se abstiene de leer la carta. Prefiere que pida yo, pero su mohín, que ya conozco, me insinúa que me equivoco. Cato el vino yo. Ella lo prueba…y su apostilla es certera. ¡Qué seria y graciosa es!

-Estos días soy distinta, no vayas a creer. Luego…seré de otra manera, me dice.

-Hoy he sido mala contigo. No puedo comprender que un vecino como tú compre en el Corte Inglés, a Isidoro Álvarez. ¡Algo estamos haciendo mal!, añade.

Me llama en la noche:

-No me gusta sentir que tú puedas hacerte dependiente de mí.

Como la tesis central de su inhabitual llamada se podía prestar a interpretaciones diferentes decidí resumirla en un sms, que envié a la diosa nada más colgar el teléfono y que rezaba así:

-“Me llamas para decir/que no deseas sentir/que te presiona notar/que tú llegues a advertir/que sea dependiente yo/de lo que sienta por ti…Agárrame esa mosca por el rabo.”

La respuesta de ella se materializó en un sms inmediato, a vuelta de correo:

-“Un monstruo tengo por amigo/que no desearía perderme/no quisiera ser ingrata/mas no quiero entretenerme/tampoco meter la pata.” Fdo. Marifé de Triana.

De vuelta a mi monástico retiro pienso en ella. Una mujer con el sexo húmedo me acerca a la memoria el recuerdo del olor especial que desprende un misterio no revelado a nadie, pleno de fascinación por su carácter hipnótico.

Ella ha reanimado en mí el deseo que se había adormilado en la costumbre. Una mujer con el coño ardiendo sin motivo atribuible a terceros, sin la intervención de persona o ser alguno, es capaz de subvertir el orden que yo había conseguido establecer a fuerza de años de retiro en mi cenobio urbano. Esta mujer me ha desequilibrado, me ha roto en añicos la capa exterior de mi aparente calma. ¡Qué disparate tan enorme!

He bailado boleros con tan sorprendente criatura en medio de la alta noche y en mitad de la puta calle: ¡nosotros, que fuimos tan sinceros…!

Estas líneas se mueven entre dos fuerzas antagónicas, que zarandean el lápiz que empuño sobre el papel.

La corriente hiperrealista trata de fijar los datos exteriores, lo que mi yo pesimista cree que ha sucedido y que la fatalidad me señala como definitivo. Lo que transcurrió con Ella, pasado está y no sucederá más.

La otra fuerza, la inversa, desea creer que existen resquicios para el futuro, y que su sexo se colará entre ellos para volver, encendido, al desnudo balcón.

La pulsión naturalista tira de mis piernas hacia abajo, hacia el centro de la tierra, a la busca de la quietud que proporciona una suerte de aburrida libertad interior. Ese jodido impulso de supervivencia lucha contra el otro caudal, especie de profunda, oscura y bellísima corriente de vida que me grita: ¡estúpido, nunca aprenderás nada, toma al vuelo lo que Ella te dé, agradece el regalo fugaz de su hermosura e ignora el futuro de dolor que te aguarda, te pongas como te pongas! ¿En nombre de qué necio tedio vital vas a renunciar a los ratos que Ella te quiera dedicar? ¿Acaso no te conoces aún? ¿Cuánto tiempo aguantas a quien te soporte a ratos? ¿Por qué elijes vivir y morir a solas, triste y libre? ¿No sería mejor perder la cabeza de una puta vez por todas y que pase lo que tenga que pasar?

El hombre que escribe hace un alto y pone en el papel: “no entiendo a ninguno de los dos hombres tercos que peleáis por nada. Me tenéis harto. ¿Acaso la chica ha pedido, prometido, insinuado algo? Atendedme ambos, que habitáis en un proyecto de anciano bipolar: no hay que elegir nada. Es ella quien no quiere futuro, enanos de mierda…”

lunes, 23 de enero de 2012

¡Utilízame!


(foto Darren Ankenman)

Primera parte



Mujer de espinas y miel, que tan dulcemente abrazas… ¿por qué te cuesta tantísimo ser abrazada por los brazos de alguien que sea más que un hombre-amigo? ¿Es acaso la ausencia de amor materno la que te duele?

Antiguo rigor de madre seca, que no mece, que no estruja a la hija que marchó de casa, con los ojos de ver mundo, pero sin atesorar años de ternuras suficientes, que tan solo contaba con diecisiete. Más que rigor, la sequedad de la madre es una cadena. Una condena. Tampoco fue bien-amado, en la casa de aquella familia de entonces, aquel hombre-padre que susurraba a la niña: ¡un año más, aguanta un año más! La hermana se sumerge, sobrevive de sí misma, se torna invisible como hermana.

Y el padre-hombre murió sin mar, sin escritura propia, sin sueños, sin hija, huérfano de abrazos de tiernos brazos. Al hermano le basta la provincia.

La niña tiene ahora, en los tiempos modernos, algunos años más que cuando se asomó al mundo de afuera. Pero su cuerpo no ha cumplido años, al menos exteriores, de los que se ven con el tacto.

¡Quién fuera novio de una novia que oliera a ella, que oliera como ella! Olor perfecto, olor de niña. Olor de piel tostada por fuera y cruda por dentro ¡Piel de niña, sexo de niña, pechos blancos de tiesos pezones sin hollar!

Mujer-niña con permanente ceño fruncido, de perenne mueca de determinación en su boca que sabe virgen, de dedo en la barbilla que ausculta una improbable espinilla de antigua adolescente.

¡Tu mano, tu olor a limpio, tu distancia presente y presentida!

Voz que no llora, que te aleja, que no llama, que no viene. No eres mujer de ayer, ni de hoy, ni de mañana, que no estarás… ¡un mañana que siempre auguras peor, incierto, lleno de sufridas tareas, de cansancio!

Sin hijo, sin padre, sin amante, sólo amigo, amigos...paseos, patines, cine, alguna charla con ellos, conmigo, que tachas tú de monólogo de mí, de ellos ¡No me dejas hablar!, me dices… ¡Me has interrumpido! te oigo decirme. Y tu venganza:

- ¡Ya no te cuento aquello que te estaba contando cuando no me dejaste seguir hablando!

Tu cuerpo, tus rodillas, tus piernas sin falda… En la cama, no acierto a utilizarte, aunque así me lo pides, a mí, que apenas te tenido y siempre con el temor y la amenaza de perderte.

Eres de nunca. Ni de ayer, ni de hoy ni de ningún mañana, que no lo tendremos, no.

¡Quién fuera tu padre! ¡quién tu amante! ¡quién tu hijo! ¡quién tu casa, quién tu almohada!

Seria, fuerte, seca, preocupada. No temes al lunes, mas te agitas en la tarde del domingo ¡la semana que viene empieza lo peor, repites! ¡el mes que viene vence el contrato de la casa! ¡se ha despedido la chica de mi empresa! No es suficiente un local, lo mínimo para que sea rentable el negocio son cinco, al menos cinco los puntos de venta, repites obsesionada.

-¡De la mano, no, del brazo, y llevándote yo! ¡A tu casa, no! ¡Quiero aire, calle, calor!, me ordenas ¡No, no me gusta dormir con otra persona! ¿Cuatro días de viaje? ¿Pasar yo cuatro días enteros con alguien?

No me parece cortés aclararle a ella que a mí tampoco me gusta compartir lecho para dormir. Los amantes deben descansar cada uno en su guarida, para recuperar así su fuero íntimo, una vez que cesen las caricias y el intercambio de fluidos de amor, que debemos procurar se prolongue hasta la extenuación. Mi ofrecimiento, en contra de mis reglas y costumbres, era fruto de las circunstancias: estábamos en mi casa, eran las cinco de la madrugada, el juego amoroso nos había extenuado. El asunto de la duración mínima de cuatro días para fugarse de viaje, no es un capricho mío, sino cálculo de precisión y experiencia. La diferencia entre huir de la gran ciudad en el mismísimo momento en que lo hacen dos millones de abejas esclavas o, por el contrario, desaparecer unas horas, o unas horas después, antes que el enjambre, es cualitativa y no de cantidad.

Y lo mismo es predicable para la vuelta al redil. Ya sé que hay muchas servidumbres que nos atan al rebaño, pero…si una mujer de éxito profesional y libre de cadenas familiares no puede o no quiere saltarse, de tarde en tarde, su rutina y calendario… ¿no debería realizar ciertos ajustes en su agenda? Además, en los hoteles es lícito dormir cada uno en su habitación y nadie está obligado a pasar las veinticuatro de cada día con su amante o compañero de escapada, aunque ésta nos haya llevado a Vladivostok.

(continuará...)

sábado, 7 de enero de 2012

¿Por qué escribe usted?



(foto J H Lartigue)


Me lo pregunta una señora en la Casa de América:

-¿Por qué escribe usted?

Me viene a la cabeza la cabeza la respuesta que dieron a tal cuestión gente muy principal en este oficio egocéntrico donde los haya. Bryce, García Márquez y Onetti contestaron que escriben para que les quieran, para ser queridos. Para que les queramos. Pero no caigo en esa tentación, yo que normalmente caigo en casi todas.

Son las ocho de la tarde, Madrid tiene por cielo un hongo de atómica contaminación y el vino que sirven en el sarao literario es ácido como la vida misma. Debe ser cosa de los recortes que perpetran los palurdos neoliberales que predican con el ajuste en cabeza ajena.

La señora del sombrero que quiere ser pamela insiste con saña digna de mejor causa:

-¿Por qué escribe usted?

Pasa cerca un camarero, el camarero, que lleva en ristre una bandeja de cartón en la que viajan unos cuantos canapés muertos. Estoy tentado de responder a la señora del sombrero que, dado que ahora ejerzo de memorialista de mis recuerdos, escribo para esclarecerme a mí mismo las cosas que me han pasado y para oscurecerme las que me van a acaecer en el incierto futuro. También podría acudir a Caballero Bonald en su Diario de Argónida : “También soy yo aquel que nunca escribe nada/ si no es en legítima defensa” y quedar como un ingenioso plagiario.

Sin embargo, algo me impide responder así. La señora es amable, sus ojos son del color de las turquesas y, por ende, no tiene culpa alguna de mi poco apego al mundillo social y metaliterario y, menos aún, al vino amargo.

-Es usted tan bella y paciente que se merece una respuesta corta, le digo a la dama del sombrero. Verá usted: al principio empecé a escribir para que me quisiera una chica que me gustaba mucho, que tenía el pelo “a lo garçon” y se llamaba Amparito. El caso es que mi recurso a la escritura surtió efecto y fuimos novios formales una temporada de otoño, hasta que me entró el desamor con el año nuevo. Yo continué escribiendo, pero cambiando el registro, puesto que me dió rellenar por cuartillas para fastidiar a la moza del pelo corto.

La señora del sombrero con vocación de pamela me regaló una preciosa sonrisa de agrado y dulcificó su dulce voz para insistir:

-Y ahora, ¿por qué sigue usted con la escritura? ¿cuál es su causa motiva?

La dama con sombrero y sonrisa se había destocado y esponjaba su melena con conocimiento de causa. Propuse a Leonor, que tal era su gracia, continuar nuestra charla en un sitio con comida y bebida de verdad. Colocó su enguantada mano en mi brazo izquierdo y salimos al estruendo del Paseo de Recoletos.

Ahora ya sé por qué escribiré los próximos meses. 

miércoles, 4 de enero de 2012

...Y se armó el belén (capítulo séptimo y final)


Por añadidura, siendo yo niño de orden y lógica, en la bendita noche de los reales magos de un año de anteantaño tuve una experiencia preternatural. La pared de mi cuarto se iluminó y me invadió una emoción profunda. Era una luz tan hermosa como la de un atardecer de otoño. La luz se convirtió en un bienestar tan absoluto que me desbordó de contento y me hizo comprender los asuntos de la Antigüedad. Al final tomó la forma de una cascada velada por organdí. Me dormí lleno de paz y armonía como si estuviera unido a la naturaleza de las cosas. De todas las cosas.

Sumido en tal iluminación, una fuerza interior me dijo que, pasadas las brumas del invierno, debía intentar conocer el mundo subterráneo de nuestro barrio, de manera que consiguiera llegar al colegio sin pisar aceras ni cruzar calles, entonces adoquinadas. Es decir, sin salir del mundo oculto, verdadera cuarta dimensión de lo que está ahí pero no vemos, de igual forma que una sola hoja de árbol puede ocultarnos la luna.

Ese mandato era de un hondo tan profundo que vislumbrar no pude su principio. Probablemente su origen se agotaba en mí mismo, igual que el corazón late por sí mismo y la mente piensa por sí misma. Cumplí el mandamiento en marzo siguiente y su relato pertenece a otro futuro escrito, pues en éste deseo renunciar a lo esencial para agarrarme a las pequeñas cosas que comparecen de mi pasado. Sólo puedo añadir ahora que, siendo invierno, la voz interior me decía que tras las nubes siempre está la primavera y que en primavera es bueno no olvidar que vuelven los inviernos y que debajo de la luz existe un mundo ciego. Ciego sí, mas lúcido y preciso. Como el rayo del amor o coup de foudre, según en qué idioma se mire.

Un camello, creo que en la Navidad siguiente, tuvo la gentileza de dejarnos una hermosa boñiga de rumiante en la alfombra del salón, que era de la Real Fábrica. Yo había visto en el campo bostas y deposiciones y de otros rumiantes, como bueyes, vacas y mulas, y certifico que las de los camellos orientales son diferentes, ya que sólo comen vegetales biodietéticos y granos especiados y perfumados.


Nunca quise ir a Galerías Preciados a entregar mi carta a los emisarios de los Reyes. Sabía diferenciar lo que son promociones comerciales de los mercaderes, de la magnanimidad y longanimidad de los auténticos reyes que hacen magia y premian a los niños buenos, salvan a los marinos atrapados por tormentas y dotan con bolsas de doblones de oro a las doncellas pobres para que puedan matrimoniar con hidalgos que no tienen con qué hacer cantar a un ciego. ¡Cosa de Reyes es obrar bien y tener mala fama!

Siempre conseguí que SSMM me trajeran todo lo que pedía. A ello contribuía no sólo la moderación de mis encargos sino también el método por mí empleado.

La moderación consistía en ir comprobando en el Bazar Horta, en Pabú o en Deportes Cóndor cuánto sumaba lo que yo quería tener y nunca pasar de la cifra que mi orden natural consideraba tope máximo a lograr cada Navidad. En este sentido, debo confesar y confieso que nunca me gustó la canción “Todos queremos más” que cantaba Alberto Castillo. Revela avaricia y afán de acumular riquezas. Prefiero no tener sobre qué Dios me llueva antes que ser pájaro gordo de muchas campanillas.

La manera de hacer llegar a los Reyes Magos mis propuestas también ayudaba a que estos bienhechores colmaran mis esperanzas. En vez de escribir una carta larga y farragosa y dejársela a un empleado de Pepín Fernández, que era el dueño de los grandes almacenes, yo apuntaba a punta de regaliz las dos o tres cosas objeto de mi limpio deseo sobre la superficie helada de un flan chino El Mandarín. Cerraba los ojos y me lo zampaba de un sorbo y sin respirar. Nunca me falló. ¡Mano de santo!

El día de Reyes un cielo azul inmenso y vacío amanecía sobre el estanque del Retiro, cubierto como estaba con una colcha de hielo de un palmo de alto. Por bajo nadaban poblados cardúmenes de bellos peces de eufónicos apellidos. Calicos, burbujas, carpas, cometas, telescópicos y otros cuyo nombre no recuerdo y que no pienso mirar en el Espasa, que no tengo ganas de levantarme ahora.


Como quiera que yo tenía la certidumbre de que todos mis deseos estaban materializados en el sillón de tela damasquina marcado por mi par de zapatos, mi curiosidad se ceñía a comprobar qué clase de dulces habían comido Sus Majestades. Y si habían bebido de la botella de Cointreau, o de la de Marie Brizard o de la de licor Calisay, o si quizás de la de Benedictine, pues sabido es que en el fondo de cada copa de licor hay un secreto. El mío era evitar tener un pedir que pareciera un dar.
Mosca me tenía el dato de que la paja destinada a los rumiantes desaparecía siempre. Me daba en la nariz que los camélidos orientales, acostumbrados a cruzar por los desiertos arábigos y del Negev y a nutrirse de exquisitas raíces y frutos secos, de cereales salvajes y henos perfumados por los céfiros que soplaban los profetas del Antiguo Testamento, no iban a rebajarse a comer humilde paja castellana. ¡Hasta ahí podían llegar las cosas!

El día 8 de enero volvíamos a la jaula colegial, yo a mis proyectos de hacer de mi habitación un acuario gigante, o un huerto cercano a mi espíritu. También tramaba dedicarme en lo porvenir a la cría del mochuelo boreal.

Mas en aquel primerizo mes del nuevo año, el regomello dominante que me reconcomía era el irresistible arrebato de abrirme paso por la negrura del subsuelo de mi barrio. Así lo demandaba la poderosa acometida interior que me fue insuflada por aquél fulgor cegador sobrevenido en la noche más oriental de todas las noches.

En aquellos tiempos de color azul mahón, me representaba a mi mismo atravesando medio barrio reptando de casa en casa por el inframundo de la cuarta dimensión.

Bajaba yo a los cuartos de calderas, donde reina Pedro Botero, y me colaba por entre las rejas que cubren los intersticios horadados entre los muros de carga de nuestra finca y los medianeros contiguos. A ciegas, saltaba del nº 38 al 40 y luego al 42, y vecinos, de mi calle. Para cruzar de acera me arrastraba por alcantarillas, pozos y galerías de servicio. Siempre bajo tierra. Nunca sobre el ras del suelo. En las tinieblas.

Las ratas me seguían, después de clavarme sus ojillos rojos como el infierno y de comprobar que yo era niño de fiar.

Y yo imaginaba y esperaba, esperaba e imaginaba. Aguardaba a que las piedras se trocaran en rocas y se cubrieran de musgo. Tal vez en otro país, en otro tiempo…