jueves, 22 de septiembre de 2011

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo décimotercero)



A la hora de almorzar me viene en gana probar un poco de chupe de gallina y un pescado sancochado, a ser posible una buena rueda de mero. La comitiva me desplaza hacia el barrio de La Candelaria. Invito a sentarse a mi mesa al comandante, quien acepta después de juntar sus tacones reglamentariamente por decimocuarta vez en lo que va de día ¡Jesús qué manía!

En el “pluscafé” indago:
- ¿Qué se oye decir en los cuartos de banderas?

El comandante me suelta de carrerilla y sin respirar:

- El apoyo del ejército bolivariano al proyecto revolucionario es irrestricto. También compartimos la estrategia de nuestro Jefe de lentificar el calendario de medidas a favor del pueblo debido al zaperoco que se ha formado con el derrumbe del precio del barril de petróleo en los mercados de futuros.

Así que noté a Chávez tan modosito la otra noche. Si la facturación de la compañía petrolera pública venezolana significa la mitad del producto interno bruto del país, pues eso, que la cosa la tienen jodida y bien jodida.

- ¿Puedo hablarle francamente? pregunto al comandante. Sin esperar su contestación inquiero sobre el resultado de los planes estatales para industrializar el país y hacerlo menos dependiente del petróleo.

El comandante me mira como yo debía mirar a mi loquero de la clínica de Madrid, aquella en la que me dormí o me durmieron unos añitos de nada.

- Convendría más, doctor Torres, que platique usted de todo esto directamente con nuestro Jefe.

Levanto la sobremesa y digo a mi hermético señorito de compañía que haga el favor de llevarme al hotel, pues deseo dormir el vino un rato.

En el hotel Tamanaco reparo en que las toallas y sábanas tienen agujeros, que el papel del retrete se parece al de estraza, que los grifos del baño tienen roña y la moqueta más mugre que la cama de un ciego.
 


Me despierta el teléfono.

- Doctor Torres le paso una llamada de palacio.

Al otro lado, un acento dulce me ruega que acepte la invitación del Jefe para desayunar el día de mañana. A las 6:45 a.m. en punto. Para ello debo estar en el lobby del hotel a las 6:15, también a.m.

Me contenta haber dormido la siesta, pues esta noche no me da tiempo a acostarme si debo cumplir con el horario propuesto y aceptado.

Paso la noche bebiendo agua mineral en el Pompóm Club, en donde fui recibido, como socio de honor, con una acriollada interpretación de la musiquilla de Casablanca.

A las 6:45 a.m. estábamos Chávez y yo desayunando él y cenando yo. Pegaditos a un estanque andaluz repletico de nenúfares y agapantos.

- ¡Eres un gran carajo! Ya veo que te dedicas a joder a preguntas a tu comandante-asistente. Te cuento yo mismito de qué va la vaina del petróleo.

Otorgo y callo. Aliento a Hugo Rafael al estilo vernáculo:

- ¡Epa, compae! ¡échale bolas, pués!

viernes, 16 de septiembre de 2011

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo duodécimo)



( el autor en el museo de Arte Contemporáneo )

Chávez se olvida de que mañana madruga. Me cuenta el ex teniente coronel de paracaidistas las llamadas que recibió de Fidel Castro durante el golpe que le montaron militares y empresarios, el día 11 de abril del año 2002. Mientras Hugo estaba atrincherado en el Palacio de Miraflores, sitiado por las tropas que se alzaron en tan curiosa asonada, Fidel llamaba insistiendo a su amigo para que aguantase el tipo. “¡No te inmoles!”, “no dimitas, no renuncies”, me cuenta Chávez que le aconsejaba Fidel.

La cara de Chávez ha cambiado. Este hombre las pasó canutas hasta que el 14 de abril retomó el poder, gracias a que la división blindada y el regimiento de paracaidistas de Maracay amenazaron con arrasar a sangre y fuego Caracas si Chávez no era restituido. Ayudó y no poco, que el gobierno golpista eligiera como presidente a quien fungía como capo de la confederación de empresarios de allá, un tal Carmona. Empezó su gobierno títere aboliendo, por decreto, todas las instituciones más o menos democráticas.

Certifico que al emperador Chávez el recuerdo de su estancia en prisión en Fuerte Tiuna, sede de la comandancia general del ejército venezolano y el de su viajecito posterior en helicóptero a la isla de La Orchila le conmueve profundamente. Cuarenta y ocho horas feas y amargas.

Yo me pongo en plan “por atún y a ver al duque”:

- ¿Cómo murió Fidel?

Chávez, mudo.

- ¿Se despidió de ti?

Suelta cada palabra como si fueran cálculos renales:

- Ni de mí ni de nadie. Se desvaneció. No me consta su muerte. No la deseaba. Para mi hermano Fidel morir era una derrota inadmisible ante el imperialismo. Cuando escribió: “… tal vez se me escuche. Seré cuidadoso.” entendí clarito su mensaje. De ahí que ahorita ande yo con más ojo. La historia absolverá a Fidel.

De vuelta en el Tamanaco, me aticé un par de tragos de ron destilado en una hacienda de Ocumare del Tuy.

Caigo en brazos de Morfeo y empiezo con la soñadera. Dormía en un delta de bancos de arena y gritaba sin cesar: ¡qué sueño tan desgraciado, qué sueño tan desgraciado! Dormía con los ojos abiertos. Mi mente no dejaba en paz a mi cuerpo. ¿Qué puedes hacer?, decía: ¡Estás perdido! Mirar a ella es todo fuego. Si vuelves la cabeza, cuitas y más cuitas. ¿Qué vas a hacer? ¿Por qué no pasas las cosas de una luz a otra luz?


( foto Wendy Bevan )

Despierto y compruebo que llevo el pijama puesto y que mi gato duerme y ronca. Me propongo aprovechar el día de hoy y el de mañana también. La simple cagada de una moscarda te puede llevar al otro barrio. En el entretanto salgo a la calle y disfruto del espectáculo.

Me provoca volver al museo de Arte Contemporáneo. Así se lo digo a mi compadre militar quien dispone lo necesario para la visita. En el trayecto encuentro a Caracas bastante desmejorada, la pobre.

Al cabo de una hora de ver arte contemporáneo, le digo al comandante que me asiste que tengo el antojo de darme un garbeo por el museo de Arte Colonial, en la Quinta Anauco. Luego propongo asomarnos al museo Arturo Michelena y rematar la faena en la Galería de Arte Nacional.

En verdad no recuerdo qué hacía yo en Venezuela en mi otra vida. Conforta comprobar que al hombre que me acompaña todo le parece correcto.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Sin pijama y sin recuerdos (capítulo undécimo)


A las siete y media en punto me avisan de recepción. En el lobby del hotel aguarda mi asistente militar.

En el trayecto hacia La Casona pregunto al comandante si me recomienda evitar algún tema de conversación.

- No. Ya usted sabe que Hugo Chávez se faja con el más guapo. Quizás sea conveniente, doctor, que no toque usted la vaina de miss Venezuela.

Tomo nota y me animo a formular la misma cuestión en positivo.

- ¿Asuntos que son del agrado del ciudadano emperador?

El oficial me indica que Chávez, al día de hoy, se interesa vivamente por la industria de la farmacopornografía como motor del mercado en la economía capitalista de este siglo. Pongo cara de Buster Keaton. Me quedo con gana de preguntarle a mi amabilísimo acompañante si sabe dónde se encuentra mi gato.

Recorro las preciosas galerías coloniales de la residencia oficial del número uno de la república venezolana. No aprecio cambio alguno respecto de las que frecuenté en tiempos de Carlos Andrés Pérez, Herrera Campíns y Rafael Caldera. Reveo con placer los óleos del maestro Armando Reverón. Envuelto en la niebla del pasado, no espabilo del todo hasta que me estremece el abrazo de oso que me propina el compañero Chávez. Acabo de perder la única preocupación que sentía, esto es, el modo y manera de saludar a un emperador presidente de república bolivariana.

- ¡Cónchales! ¡Qué bien luces después de tanto tiempo! ¿Dónde fue que tú te metiste mi compay? inquiere el camarada Hugo.

Si le digo a Hugo Chávez Frías que no tengo ni puñetera idea de dónde vengo ni a dónde voy igual le chafo la cena. Como es seguro que mi asistente le ha pasado una nota sobre mi descubrimiento, eso sí, por error, de un método para recobrar la memoria, insisto en esa historieta y le comento, en contra de la evidencia, que le veo más delgado que antes.

Chávez se interesa por mis experimentos en Ontario pues se presenta, modestamente, como hombre que, además de hablar bien y saber escribir a máquina, protege a las ciencias en general, y a la neurocirugía en particular. Se ilusiona con la idea de llevarme un día de estos a la clínica La Floresta para que vea los ensayos clínicos que unos médicos cubanos, de los muchos que quedaron por estos pagos, huérfanos de Fidel, están haciendo con guerrilleros colombianos de las FARC; la idea es mejorar su carácter para que no se tomen las cosas tan a pecho. A base de implantar microchips en sus cerebros.

Digo a Hugo que tengo un amigo psiquiatra dedicado a la patología dual y que está contento con los resultados clínicos que obtiene con los deportistas de élite a base del zolpidén. Omití decirle que el zolpidén, según la dosis y la sustancia que acompañe su ingesta, produce al día siguiente una amnesia de padre y muy señor mío.

Nos acomodan para cenar en un precioso porche lleno de orquídeas de mil clases. La mesa está bien vestida con cubertería de plata vermeille. De guante blanco y calzón corto, nos sirven una cremita helada de espuma de auyama. Chávez, bendice la mesa así: “vamos a pedirle a Dios por la Patria Nueva”. Inefable.

Repuesto de la sorpresa, me hago cruces. Reconozco y degusto un sabroso lebranche cachicameado, seguido de unas virutas de muchacho al limón verde sobre un lecho de papitas nuevas, chayotas, cebollitas colorás y su poquito de yuca andina. De postre, la mejor torta de jojoto que nunca comí, que en el paladar me da que lleva su miajita de batata morá. Como vino, después de probar un delicioso sauterne, dimos cuenta de un chablis pouilly fussé en su punto, que antecedió a un viejo Vega-Sicilia que ya lo quisiera yo para los días de fiesta mayor.




Encontré a Chávez gracioso como siempre y más calmo que nunca. Apenas si cargó contra Estados Unidos mientras elogiaba continuamente a Don Felipe VI y a la astucia que ha demostrado poniéndose al frente de la tercera república española. Incluso me llegó a confesar que de ahí le vino la idea de que el parlamento venezolano le proclamara emperador.

- ¡Coño Hugo! ¿por qué no te quedaste en rey?

En una pura risotada, Chávez me dice:

- Te hago el cuento corto. Efectivamente mi primera idea era limitarme a ser rey. Sin embargo, me acordé de lo que me pasó con el papá de Don Felipe en la cumbre de Chile, cuando me mandó callar. Con el corazón en la mano, te digo que a mí no me importó tanto el bufido de Juan Carlos, como que no lo acompañara de un guiño entre amigos, para que los otros colegas se dieran cuenta de que él y yo éramos panas. Antes de entrar a la sala de reuniones había bromeado con Juan Carlos poniéndome a la orden de mi majestad. ¡A ver si ahora un rey se atreve a mandar callar a un emperador!

Había llegado la hora de desplegar mis encantos. A tal fin pregunto su opinión sobre la farmacopornografía.

- ¡Carajo Manolito! me contenta que saques ese tema a colación. ¿No te habrá soplado el dato el jalamecates del comandante que he puesto a tus órdenes?

Tranquilicé a Hugo mintiendo como un bellaco. No. Era ocurrencia mía.

- Está clarito. Es la base de un capitalismo que se mete en la gestión política de la vida privada. Es un capitalismo caliente, psicotrópico y chabacano. La depresión se convierte en prozac; la erección, en viagra; la masculinidad, en testosterona; la fertilidad, en píldora. La pornografía es hoy el gran motor impulsor de la economía informática. Existen más de un millón y medio de webs para adultos.

Bueno, reflexiono. La cibernética será el futuro, pero yo aún me masturbo a mano. Los Estados son hoy bases de datos que extravían como los borrachos noctívagos hacen con el contenido de sus bolsillos. El servicio de seguridad de la policía política de la República Democrática alemana tenía expedientes sobre sus ciudadanos que ocupaban ciento sesenta kilómetros de largo.

¡Alma de cántaro!, me digo. Lo bueno de los hombres poderosos es que te hacen pasar una agradable velada sin que uno tenga que decir esta boca es mía.

- Mañana me desayuno con el nuncio de la Santa Sede y el primado de Venezuela. Vienen a plantear, acompañados del embajador USA, la renovación, con una subida del ciento por cien en su capítulo económico, de los acuerdos con el Vaticano. He extendido la ayuda económica a las confesiones protestantes que me sugirió George W. Bush III. No pienso resistirme más allá de muy poco. No quiero volver a toparme con la iglesia. Para una vez que me resistí un poco al realero que me cuestan, casi me descabalgan del trono.


lunes, 5 de septiembre de 2011

Los sueños...


Los sueños...
¡Cómo endulzan la sombra!

Tomé esta foto durante mi reciente exilio espiritual en el campo mallorquín, que hoy mi cuerpo abandona.
"Los sueños..." es el inicio de un conmovedor poema escrito por Juan Ramón Jiménez en 1913.