domingo, 27 de febrero de 2011

El niño es el padre del hombre



Correr el tupido velo no se parece a ninguna biografía. Pilar Donoso -hija del autor del Boom- ha trazado un retrato de familia en los antípodas del sensacionalismo. Es un libro sutil, complejo y traspasado por el ansia de entender y de amar



"El niño es el padre del hombre", decía Wordsworth, y es verdad. El niño que fuimos, es decir, el peso de nuestra infancia, nos persigue durante toda nuestra vida; y los octogenarios, al morir, con las manos ya crispadas sobre el embozo, a menudo llaman a su madre como si fueran críos. La niñez es nuestra horma o nuestra cárcel.


Correr el tupido velo, la biografía que Pilar Donoso ha escrito sobre su padre, José Donoso, el conocido autor chileno perteneciente al Boom (El obsceno pájaro de la noche es su novela más célebre), es un libro que intenta, justamente, encontrar la puerta de esa prisión interior. Cuando se publicó, hace cosa de un año, escuché algunos comentarios críticos que le reprochaban a Pilar haber publicado demasiadas cosas íntimas de su padre. Y es verdad que cuenta cosas tremendas. Como, por ejemplo, que el propio Donoso confiesa en sus diarios "haber golpeado varias veces a mi madre con 'fuerza y prolongación' (...) Pero luego quedaba lleno de culpa y de arrepentimiento". Sin embargo, hay algo tan puro, tan verdadero y tan profundo en el trabajo de Pilar que el libro no resulta en absoluto indiscreto o indecente en sus revelaciones. Antes al contrario: todo cuanto dice, hasta lo más sangriento, está contado en sordina, con minúsculas, en los antípodas del sensacionalismo. Es un libro traspasado por el ansia de entender. Y de amar.


Esta biografía no es como ninguna otra. He leído muchas, porque es un género que me encanta, pero me resulta difícil recordar otro texto tan desnudo como éste. Pilar Donoso, que fue hija adoptiva de José y de su mujer, María Pilar, ha publicado el libro diez años después de la muerte de sus padres (fallecieron con dos meses de diferencia). Para redactarlo, leyó los diarios de su padre y de su madre. ¡Qué atrevimiento! Hace falta ser muy valiente para hacer algo así: las anotaciones privadas de ambos "me enfrentan a lo que no necesariamente quisiera saber", dice la autora. "En cada página, sin darme cuenta, me encontré también conmigo; tuve que reestructurarme una y mil veces frente a lo allí escrito, ante el desconcierto, el dolor, el amor, el miedo, el odio...".


En la primera parte del libro, Pilar incluye varias de las anotaciones que su padre había hecho sobre ella. Palabras terribles, frases demoledoras a las que la biógrafa, con admirable entereza, no añade ni un comentario, ni una defensa, ni una explicación, y que aplastan las páginas con un peso de plomo: "Pilarcita, eternamente limitada de mente", por ejemplo.


Pocas limitaciones mentales puede tener una mujer como Pilar Donoso, a quien no conozco, pero que es capaz de escribir una obra como ésta, tan sutil y compleja. Correr el tupido velo tiene una parte de, digamos, biografía convencional sobre José Donoso; se puede seguir su trayectoria creativa, se indaga sobre la gestación de sus libros más importantes, se cuentan pormenores del Boom latinoamericano, de sus integrantes y de la vida literaria de la época. Pero, sinceramente, a mí todo eso es lo que menos me importa: nunca fue uno de mis escritores preferidos, aunque desde luego era un autor notable. Ahora bien, lo que te atrapa de esta biografía, lo que te fascinará aunque no hayas leído jamás ni una línea del Donoso escritor, es lo que tiene de retrato de una familia. De una familia, como dicen los norteamericanos, "no funcional", es decir, problemática, pero que cuenta con la ventaja de que todos sus miembros escriben bien o muy bien, se autoanalizan y han dejado inteligentes testimonios de sus avatares.


"En mi casa era imposible diferenciar esa línea tenue entre la ficción y la realidad, y aún ahora me cuesta distinguirla", dice Pilar. Y también: "Asumí, siendo muy pequeña, el rol de madre de mis padres. Una vez, ya viejo, me dijo: 'Tú has sido más madre mía que yo padre tuyo". ¿Qué hay detrás de la vida visible, qué se oculta en lo que yo llamo secretos de alcoba, que no tienen por qué ser sexuales, sino que se refieren a ese último rincón de la intimidad que a veces sólo conoce nuestra almohada? En el caso de Donoso, María Pilar y Pilarcita, una carga suficiente de angustia y de dolor: la madre alcohólica y depresiva, el padre perseguido por sus demonios (mala relación con su propio padre, una bisexualidad clandestina que le avergonzaba, ataques de paranoia), la hija lidiando con sus propios fantasmas de niña adoptada y probablemente desprotegida: "Mi madre empezaba a tomar desde muy temprano y mezclaba el alcohol con Valium, por lo que ya a las ocho de la noche caía inconsciente a su cama; mi padre prefería no ver o no hacerse cargo del problema y permanecía en su altillo hasta lo más tarde posible". Ese padre, en fin, que a veces estaba "tan lleno de sí mismo" que era de un enorme egocentrismo. Y todo esto, con el telón de fondo de la inestabilidad financiera tan típica en casi todos los artistas: "No tiene ni seguro de vida, ni retiro, ni capital, ni rentas fijas mensuales. Vive en una constante zozobra económica".


Releo lo que he escrito y veo que el libro podría parecer un vil recuento de miserias domésticas, una obscena exhibición de menudillos, quizá incluso una venganza de la hija. Pero no, nada de eso, porque Correr el tupido velo está lleno de hermosos fragmentos de los diarios del padre y de la madre; de cartas que se intercambian entre ellos; de reflexiones de ambos y de la propia Pilar. Y cómo se analizan los tres a sí mismos; cómo intentan entenderse y asumir sus fallos. Se quieren, se desean lo mejor y, aun así, se hacen daño. Lo cual es una tragedia muy común, una contradicción profundamente humana. Al final, el retrato que emerge de los personajes de este libro, pese a sus errores, sus egoísmos y sus excesos, es el de un puñado de buenas personas intentando sobrevivir a la desdicha. Correr el tupido velo es una declaración de amor escrita sobre el abismo.

(Pilar Donoso. Alfaguara. Madrid, 2010)

                                Reseña escrita por Rosa Montero para Babelia

martes, 22 de febrero de 2011

La Trainera naufraga



Un conocido mío, reputado gastrónomo, me pide asilo para acoger su crónica de un restaurante a la deriva. Desea firmar con uno de sus heterónimos. Mi albergue está a su disposición, y a la de todos ustedes. ¡A mandar!

"Este es el cuento de cómo un restaurante de solera está tirando por la borda su antiguo prestigio.

Quien suscribe, en otros tiempos, visitaba el restaurante La Trainera asiduamente. En la actualidad, de tarde en tarde. La Trainera va a la deriva. Precios exorbitantes y calidad mediocre, tirando a mala.
Sus pescados son invariablemente de vivero. El jamón que sirven es de tercera categoría, muy salado casi siempre y cortado de cualquier manera. Las ostras, de regular calidad y de una única clase y tamaño, salvo en lo que a su precio se refiere, que es excesivo.
La cocina se limita a una plancha y unas cacerolas para hervir, siempre demasiado. No se preparan guisos ni asados. No hay platos del día, ni recomendaciones del chef, si es que existe tal figura. No se ofrecen verduras, legumbres u hortalizas. Los pescados a la plancha se presentan a la mesa mondos y lirondos, sin guarnición de clase alguna. Si el cliente desea una ensalada, será castigado con un tomate insípido e incoloro, endivias de plástico y ¡cebolla de guisar! Nada de cebolleta o cebolla roja (que reservan para una llamada “ensalada de berros” caducados y secos, con atún en escabeche cocido en vinagre) ni apio, ni rúcola, ni escarola ni nada de nada.
El aceite utilizado en la cocina no es ni virgen, ni extra, ni tan siquiera de oliva. El menaje es patético. Cubertería, vajilla y cristalería son cuarteleras, indignas de un comedor de colegio. Manteles: ni están ni se les esperan. O sea, que no hay manteles, ni tan siquiera de papel.
La bodega se queda en unas cuantas referencias, desactualizadas y excluyentes de cualquier denominación o autoría distinta a Rioja o Ribera, mal conservadas y servidas a infame temperatura. Alegan que su clientela pide siempre “el vino de la casa”.
De verse obligado a esperar en la barra, le infligen a uno un tinto caliente. No se atreva el incauto a pedir, como tapa, un poquito de salpicón. Viene rancio de la cámara y cocido en vinagre, no precisamente de Jerez.
La decoración es la misma que en los años sesenta. Estilo marinero, reinterpretado en Castilla. Eso sí, una vez al año se pintan los comedores, durante el cierre agosteño.
No hay postres caseros ni repostería, propia o ajena. El pan, correoso y frío como el agua del río. Como agua mineral, con o sin gas, evitan ofrecer marcas de calidad con presentaciones de actualidad.
Este parte médico es desesperanzador. Pero ya saben ustedes: donde no hay publicidad, resplandece la verdad. Que pongan manos a la obra y se apliquen el cuento."    Fdo: El Chapulín Cucharetero

La Trainera, c/ Lagasca,60
28001 Madrid

viernes, 18 de febrero de 2011

Teorema de Eva


( foto Wendy Bevan )

Uno de sus amantes se llamaba Sándor y el otro se llamaba como yo, porque era yo.

El nombre de Sándor no se debía a que sus padres fueran imaginativos para la cosa de la nomenclatura, sino sencillamente a que eran húngaros.

Sándor y yo fuimos amantes de Eva allá por los años 90, no sé si simultánea o sucesivamente.

Tuve con ella una relación estrecha y breve. Estrecha porque su cama era small size y breve porque el incendio de nuestros corazones y cuerpos se extinguió en un invierno. Conocí a Eva en casa de unas amigas de vida alegre y el rayo que no cesa prendió en ambos la brasa de una pasión. Pero, como la memoria es traidora, también pudo suceder que me fuera presentada en una recepción que ofreció el Ayuntamiento de Madrid a un grupo de espeleólogos australianos y sin fronteras.

Cuando se acabó lo que me daba no volví a verla.

Andaba yo por entonces en otras "liaisons dangereuses" y ya se sabe que la mancha de una mora con otra verde se va. Me sumí una vida disgregada y cometí incontables insensateces, entre otras, con una seductora profesional fichada por falsificadora y estafadora.

Seguí mi camino y no volví a pensar, al menos en voz alta, en Eva. Quiso el destino que, cuando caí preso del vicio solitario de escribir, citara yo a Eva en uno de estos de mis relatos, en que procuro quedarme más bien corto que largo. La mano que mece mi lápiz me hizo poner nombre y apellido al personaje de Eva, así como su domicilio real en Madrid años 90, como atestiguan los huesitos de mis ronquidos.

El día 16 de octubre del año de la Rata recibo un correo electrificado de un amable señor llamado Sándor quien me cuenta que, hallándose en el trance de buscar en internet algo sobre un antiguo amor, se ha topado con mi blog. Al parecer Sándor conoció a Eva en 1986 en Buenos Aires. Tratóla allá y acá y perdió su estela en los años 90. Me pide ayuda para conocer sus coordenadas actuales. Respondí así:

“Amigo Sándor: no tengo ni idea qué pasó con Eva. No se nada de su vida. ¡Era preciosa!”

Sándor apostilló de esta manera mi mail con otro suyo:

“…y muy buena amiga. Muchas gracias de todas maneras”.

Sándor y la melatonina me removieron, durante un par de toledanas noches, el légamo de aquel estanque que yo creía más seco que el Mar de Aral.
  


Creencia errónea, como todas las mías.

Tales posos aventan el perfume de Guerlain que ella usaba, después que Sándor dejara escrito en mi blog el 24 de octubre, a las 6:05 a.m.:

“Quisiera lanzar un grito de esperanza a una amiga de antes (pero siempre presente), Eva, citada en el texto «Los huesitos de mis ronquidos»: Evita, no tengo noticias tuyas desde hace 20 años, pero pienso en ti a menudo y espero que, dónde tu estés, seas feliz. O si un día, por casualidad, caes sobre esta página: escríbeme por favor, porque te recuerdo y te extraño”.

A vuelta de electrón le digo a Sándor:

“Mil gracias por su bello y poético comentario dejado en mi blog. Palabras así me ayudan a escribir. Lamentablemente no sé nada de Eva. ¡Tan joven y tan bella!...”

Sándor me escribe el 28 de octubre contándome que marcha a Argentina pues aún no ha perdido por entero la esperanza de localizar a Eva. Y ello aún desconociendo si vive allá o, antes al contrario, en España. Tampoco conoce si casóse y ha cambiado de apellido. Sándor, que mal duerme como yo, al dormivela, me confiesa que todo el pasado le bulle por su cabeza desde los rincones de su memoria.

A Sándor le gustaría saber desde y hasta cuándo conocí a Eva, qué tipo de relación me unía a ella y, en resumen, y nada más y nada menos, que cuál es mi pensamiento sobre ella. Añade Sándor, con gracejo y sabiduría, que me pregunta lo anterior consciente de que Eva tenía varias vidas. Bailarina, modelo, empresario y courtisanne.

El 12 de noviembre me animo y mando a Sándor este correíto:


“Comprendo muy bien lo de las fotos de Eva. Nada debe hacerse sin su permiso. Simplemente se me ocurrió que su retrato en mi blog podría ayudar a su localización. No tengo datos de ella. Creo que la conocí en 1994, en una recepción en el Ayuntamiento de Madrid. Me parece que se dedicaba a las relaciones públicas. Fuimos amigos íntimos durante aquel invierno. En fin, eso es todo. P.D. Eva era bella e inteligente. Valiente y fuerte.”

Está claro que a Sándor le duele esa mujer en todo el cuerpo, creo yo. Y también lo es que su amor por ella está meneando el árbol de mis recuerdos.


Eva amaba las ostras y más si se trataba de las carnosas, que los franceses llaman spéciales, a ser posible de la casa Guillaume. Era una mujer libre, viviendo en un país como el nuestro en el que la querencia por la libertad es epidérmica. Pensaba yo que el mundo era lo suficientemente abierto como para admitir ya mayores dosis de licencias y desopresiones. Su flor era la nomeolvides. Su color el azul y su pelo a lo garçon.
Nunca antes había conocido a una mujer que durmiese con calcetines blancos de deporte.

Vivía la noche de la movida madrileña sin ser consciente de que eso iba a darse en llamar movida madrileña. Los fines de semana de aquel corto y cálido invierno me presentaba en su apartamento, de cuya puerta tenía yo un llavín, con una bandejita de bollería de Mallorca, repletita de torteles y croissants calenticos y envuelticos con su cordelillo blanco y la lazadita que dejan para llevarla colgandera de un dedo. Me gustaba su acento porteño tamizado por la meseta castellana. Bailaba el tango como ninguna.

Jamás se me ocurrió preguntarle por su vida nocherniega. Me bastaba con saber que los sábados y los domingos la tenía para mí solito. Me acompañaba, sin entusiasmo, a ver películas de arte y ensayo, que ella llamaba de parto y desmayo.


Aquel invierno andaba yo preparando una tesina sobre el valor alusivo de algunas categorías originales en la poética de tradición china. Me topé con un poemita, muy anterior a la era cristiana, que contaba que el poeta había encontrado a una bella mujer preciosa y blanca. El buen hombre exclama:“¡yo la he encontrado! ¡ella me conviene!”.

Anteanoche me dio por evocar, no recuerdo si despierto o en brazos de Morfeo, que en algún lugar remoto y época pretérita creí reconocer, en foto de la jura de un gobierno argentino, a la mismísima Eva tomando posesión de la cartera de Planificación Familiar. No puedo prometerlo y no lo prometo, pero vive Dios que Eva era capaz de eso y mucho más.

No sé contar porqué murieron las matinés que dedicábamos a los juegos de cama. Es muy posible que no hubiera una declaración formal de ruptura de hostilidades sino que, simplemente, dejamos de vernos y sanseacabó. Dicho por corto y por derecho. El merequeté químico que habían organizado nuestros neurotransmisores, con la feniletilamina a la cabeza, extinguió el torbellino interno que nos tenía tontilocos. El méli-mélo de nuestros mezclados fluídos se transformó en compota de mirabeles y luego en nada.
Hoy día 20 de noviembre de este año de las ratas de sacristía, recibo de Sándor sentencia sin recurso:

“Encontré a Eva. Le conté que había conocido tu blog y nos acercamos a un cíbercafé en el barrio de La Recoleta en Buenos Aires. Me dijo que tú, eras tú, pero que te llamas Carlos. A mí me da igual. Nos vamos a casar el sábado que viene en el juzgado que queda en la calle Corrientes. ¡Y chau!”.

lunes, 14 de febrero de 2011

Al viejo estilo VIII


( capítulo octavo y final )


Los domingos el párroco del Pilar de la Horadada se acercaba a la finca para decir misa en la capilla de la Casa Grande a las 12 en punto. Antes, confesaba. Una vez un hermano mío, que era muy escrupuloso de conciencia y no tendría más allá de 11 ó 12 años, atascó la misa hasta pasadas las 12 y media, contándole al cura no se sabe qué pecados imposibles, en medio de grandes muestras de impaciencia por parte de todos nosotros que confiábamos en darnos un chapuzón antes de comer.

Me parece que aquel día las bambas Pirelli, los meybas y las gafas y tubos de bucear Nemrod se quedaron esperando en la tartana, igual que esperando se quedó el camino que atravesaba el río Seco flanqueado de pitas en un horizonte de montes de esparto. Total, que nos quedamos sin nadar hasta “los palos”, que así llamábamos a unas estacas situadas en medio de la pequeña ensenada de la playa de Campoamor. De ellas los pescadores prendían unas redes finas para atrapar lubinas, magres o pajeles. Nunca me monté en el balandro cuyo timón llevaba don Vicente. Sí lo hacía a menudo mi escrupuloso hermano quien muchas y muchas noches me despertaba para que le recitase los credos o señormiojesucristos que creía haber olvidado.

Con las tormentas de septiembre se anunciaba el otoño, el colegio y el presentimiento de un Madrid triste y de un colegio sin luz. El río Seco cogía algo de agua, que gustaba a ranas, tritones y libélulas. Los juncales hermoseaban y las invisibles chicharras de los pinos enmudecían ante los truenos.

De vuelta a Madrid tocaba forrar los libros del colegio con un rígido papel azul morado al que adheríamos unas etiquetas con pegamento que se humedecía con saliva y en las que escribíamos con letra de caligrafía la asignatura correspondiente. Costaba volver a la rutina y también costaba hacerse con las botas Segarra después de haber estado cuatro meses en alpargatas. Pero lo que verdaderamente sentía yo era perder, hasta el verano siguiente, la luna azul de medianoche. Y la libertad.


( la foto de arriba es de Wendy Bevan; la de abajo, no lo sé )

miércoles, 9 de febrero de 2011

Al viejo estilo VII


( el autor, "al viejo estilo" )

( capítulo séptimo )

Los sábados mi padre acompañaba en el coche grande y negro al dueño de la dehesa a depositar en un banco en Cartagena toda la recaudación de la semana, que don Antonio obtenía como corresponsal de los bancos en San Pedro del Pinatar. En aquella época los bancos no tenían sucursales en buena parte de los pueblos y apoderaban al cacique o al rico de la zona , que venían a ser la misma persona, para el cobro de las letras de cambio aceptadas por los lugareños. Ello dejaba una buena comisión y requería honestidad y pulcritud en el manejo de los fondos.

En la guantera del coche vi una vez una pistola que seguramente jamás fue utilizada ni siquiera para practicar el tiro. En aquella España privada de libertades, la profesión de atracador debía ser muy poco atractiva. En los años 50 se cometió un atraco muy sonado contra la joyería Aldao, en la Gran Vía de Madrid. La cosa debía ser tan poco frecuente que enseguida se cantó una coplilla cuyo estribillo decía “Aldao, Aldao las joyas te han robao”.

Mi padre aprovechaba el viaje sabatino para firmar los papeles propios de su cargo en la Administración pública, que un policía le acercaba desde Madrid bien a Cartagena, bien a la estación-apeadero de Balsicas.

En las dunas de la playa grande, mi yo femenino esperaba que ocurriera algo. Pero nunca pasaba algo. Sólo nada.

viernes, 4 de febrero de 2011

Al viejo estilo VI


( capítulo sexto )

La única mujer que hacía lo mismo que los hombres era la Maura. También reía y fumaba como ellos. Ni mi madre, ni doña Encarnita, la señora y dueña de la dehesa, ni Marisa, su señorita de compañía, se mezclaban con los caballeros salvo en las comidas y en las misas.

El entorno femenino se completaba con las guardesas. La hija de los que cuidaban la Casona se llamaba Pilar Treviño y era muy simpática y guapa. Candelaria se ocupaba de la casita de la playa. Tenía dos o tres hijos rubios y descalzos.

Pepe, el de la tartana, cantaba muy bien flamenco. Creo que de él me viene la afición que aún conservo por el cante. Pepe Pinto, Juanito Valderrama, Manolo Caracol, Antonio Molina, Carmen Morell y Pepe Blanco, estaban de moda entonces, cuando Manolete murió en Linares, cornada que cogió a mi familia en Campoamor. Yo no tengo memoria de estar en este mundo cuando acaeció aquel duelo nacional. Igual que a la llegada a Barajas de Jorge Negrete, prototipo de macho mexicano que revolucionó mucho al personal femenino de la pacata España.

A propósito de la tartana diré que aún me persigue una leyenda familiar que atribuye a mi descuido la caída desde el carruaje de mi hermano pequeño, entonces de pocos meses de edad. Yo recuerdo que fué en la cuesta de los pinos, pero no estoy seguro de ser yo quien llevara en brazos a mi hermanillo. Sea como fuere, el porrazo no tuvo consecuencias y Valeriano mide ahora casi dos metros, el angelito.

Uno de los aviadores que jugaba al póquer, llamado, si mal no me equivoco, “la pava”, alguna mañana de playa nos entretuvo con su avioneta de entrenamiento pegándonos pasadas en vuelo invertido. La cabeza del “jodío” piloto pasaba casi rozando, lo prometo, los cables del teléfono o del telégrafo, que no sé de qué eran, porque me parece que, en los primeros años de nuestros veraneos mediterráneos, no había teléfono en la finca. Por cierto que, una vez, un zagal llevó un recado al patrón de la finca, creo que de parte de la fábrica de chocolates Tárraga. La partida de dominó estaba caliente y el recadero no recibió propina. Entonces el chavea va y dice “don Antonio, y si me preguntan cuánto me ha dado usted de propina ¿qué les digo yo?”.