martes, 30 de noviembre de 2010

El hálito del erotismo


( foto izquierda Helmut Newton; derecha H.Cartier-Bresson )

Los recuerdos de la vida amorosa de un joven se componen de muslos, brazos, gestos, movimientos... Cuando el rostro aparece entre los demás miembros del cuerpo, termina la pubertad y empieza la edad madura del hombre.

Una soledad gélida me envolvía. Era algo más que la soledad del extranjero, surgía de mi interior, de mi ser, de mis recuerdos; era la soledad sin esperanzas que caracteriza al escritor. Mis hermanos culturales avanzaban o retrocedían cada uno por su propio camino; sólo nos comunicábamos mediante señales luminosas.

En esa época aún ardía en mi interior la llama resplandeciente de la alegría pura del erotismo, que me permitía entregarme al amor sin sentir remordimientos ni rechazo. La extraña sensación de tener que huir del “escenario del crimen” tras hacer el amor todavía no se había apoderado de mí. Cogía todo lo que Berlín me ofrecía con las dos manos, sin temores ni dobles intenciones... Existen ciertas épocas en la vida en las que el hálito del erotismo es claramente perceptible en una persona que anda entre los demás como un elegido, como alguien a quien no se puede ni ofender ni ensuciar.


La atmósfera de Londres era erótica; Londres es quizá la única ciudad del mundo con una atmósfera erótica inconfundible. En París la gente se besaba en la calle y hacía el amor en los cafés..., pero el erotismo es algo oculto y rodeado de secretos; el erotismo es siempre el dessous, nunca la desnudez. En Londres no he visto ni un beso dado en una mano en público que durase un segundo más de lo debido o se prolongase de cualquier forma. Más la ciudad rebosaba erotismo y en la niebla se oían gritos de placer.


( Párrafos extractados de la obra de Sándor Márai )

martes, 16 de noviembre de 2010

CONCIENCIA DE AUTOR


En la Casa del Libro he manoseado un nuevo libro de David Lodge. La tesis del profesor es que, en la novela contemporánea, se va perdiendo la ficción literaria para ir más a la confesión, la narración de una vida, la visión singular. Aparece sólo la conciencia del autor y no tanto las conciencias de muchos personajes, como en las clásicas novelas del siglo XIX.

Estoy de acuerdo. ¿Por qué es así? El lo atribuye a que hemos perdido nuestras certezas metafísicas y por eso presentamos nuestro punto de vista singular, que nadie puede impugnar. Por mi parte, pienso que es mucho más difícil escribir “Guerra y Paz” o “Madame Bovary” que las novelas unipersonales de hoy. Y que las que son corales, contienen personajes de cartón piedra, dicho sea en términos generales.


De todas formas, en esta etapa de mi vida, no quiero artificios literarios. Sólo memorias, autobiografías, diarios o dietarios. Correspondencia, incluso. Y, ahora y siempre, poesía.

viernes, 12 de noviembre de 2010

LA ELEGANCIA EN LA MUJER


( foto Di Donato )

UNA MUJER BELLA SÓLO NECESITA, PARA ESTAR ELEGANTE, TRES TRAPITOS CUALESQUIERA:
DOS EN UN SITIO, OTRO EN EL OTRO


lunes, 8 de noviembre de 2010

FELIZ POR OBLIGACIÓN


( foto tomada por el autor en Donostia )

No me gusta ser feliz por obligación. Defiendo el derecho de los ancianos a recluirse en un cenobio o en su pueblo con su vaca Margarita.

Hay que desmontar con urgencia la industria que se ha creado para entretener a los jubilados. Quien pretenda recolocar a los pensionistas para realizar tareas retribuídas debe responder de sus actos ante lo que antaño se llamaba, no sin exageración, “El Altísimo”. Garrote vil para los psicólogos que teorizan sobre la conveniencia de mantener los vínculos sociales hasta el día en que uno entregue la cuchara.

Cada cual con su cada “cuala”, el mundo se desliza, la vida se resbala. Flaubert escribió: “Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos”.

¿Por qué damos por supuesto que los ancianos desocupados son todos unos infelices estúpidos? Un respeto, oiga, en nombre de un futuro anciano, si es caso.